viernes, 28 de noviembre de 2014

Se arma el belén (1)


    Todos los años, semanas o días antes de la Navidad, se arma el belén en los países católicos, sobre todo en Italia y España. La tradición arranca de 1223, cuando San Francisco de Asís presentó a la admiración de los fieles el primer portal de Belén. Antes de esa fecha a nadie se le había ocurrido montar una réplica del nacimiento del niño Jesús. Se dice que en las catacumbas romanas podían admirarse pinturas que representaban el natalicio de Belén, además de otras escenas cristianas. Sin embargo, todas las representaciones artísticas que se exhiben en las paredes de las catacumbas hacen alusión a Mitra. En realidad las catacumbas eran el cementerio de Roma y todo arte religioso representado en ellas aludía a las creencias mitraicas, que en la capital del Imperio estuvieron vivas hasta bien entrado el siglo IV, cuando el cristianismo se impuso por fuerza.

    Los únicos relatos en los que se pretende basar la celebración del nacimiento de Cristo son los evangelios de Mateo y de Lucas, atribuídos al apóstol Mateo y al médico Lucas, que fue discípulo de Pablo de Tarso, conocido en el orbe católico como San Pablo. Tal atribución es producto de la tradición católica. En realidad no se sabe quiénes escribieron dichos evangelios. Lo que sí es cierto es que los otros dos evangelistas, Marcos y Juan -a los que también se les atribuyen los respectivos escritos por desconocerse quiénes fueron los autores reales-, nada refieren acerca del nacimiento de Jesús en Belén. De hecho, según se relata, las gentes conocían al Cristo como Jesús de Nazaret y no como Jesús de Belén. Las epístolas de Pablo nada especifican sobre el lugar de nacimiento de Jesucristo y otros detalles biográficos, y eso que fueron escritas antes que los evangelios, en opinión de los eclesiásticos.

    El evangelio de Lucas se extiende más que el de Mateo en los detalles del nacimiento en Belén y también en las circunstancias previas al acontecimiento. Mateo es el único que habla de la visita de los magos de oriente y no menciona su número ni que fueran reyes. Ambos evangelistas ofrecen su particular genealogía sobre el recién nacido; aunque deberían coincidir entre sí, sin embargo las dos genealogías difieren en la mayor parte de los ascendentes. Muchos teólogos razonaban que las genealogías diferían entre sí porque Mateo daba la descendencia por línea paterna, mientras que Lucas lo hacía por la materna. Sin embargo ya no defienden esto, dado que han caído en la cuenta de que los judíos tan solo tenían presente la línea paterna y no la materna. De la lectura de las genealogías evangélicas se infiere que el abuelo paterno del niño Jesús no era Joaquín, como popularmente se cree. Este Joaquín no es más que una asignación de los evangelios apócrifos.

    Los dos códices más antiguos del Nuevo Testamento, el Sinaíticus y el Vaticanus, omiten los relatos sobre el nacimiento de Jesús. Según los eruditos, ambos códices pudieran haber sido dos de las cincuenta copias que Eusebio de Cesarea escribió en el primer tercio del siglo IV para ser distribuidas entre las distintas bibliotecas del Imperio Romano. La omisión de los relatos del nacimiento de Jesús en estos primitivos códices neotestamentarios hace suponer que los dos primeros capítulos de Mateo y de Lucas en los evangelios que hoy manejamos fueron añadidos más tarde. Tal vez pudieran haber sido incorporados por Jerónimo de Estridón en la última quinta parte del siglo IV, cuando el Papa Dámaso le encargó con urgencia que tradujera al latín los códices escritos en griego, además de que incorporara otros escritos.

    El trabajo de Jerónimo se conoce como la Vulgata. Después de ver la luz la Vulgata es cuando se producen los códices basados en la misma y que difieren sustancialmente del Sinaiticus y el Vaticanus. Con todo, estos dos códices más antiguos han sufrido modificaciones -enmiendas y raspaduras, como demuestran los análisis con rayos ultravioleta- a lo largo del tiempo, tratando de incorporar en ellos parte de los relatos de la Vulgata latina y otras correcciones posteriores. Hasta que no se inventó la imprenta y se publicó masivamente la Biblia, la Iglesia Católica anduvo corrigiendo códices o falsificándolos de acuerdo con las últimas añadiduras a los libros del Nuevo Testamento.

    Para cuando los protestantes se separaron en el siglo XVI, la parte neotestamentaria entonces en boga era ya la definitiva, amparada por los respectivos códices que se habían amañado según las nuevas incorporaciones, pero haciéndolos pasar por mucho más antiguos. Así, la conocida ‘gran inserción’ en el evangelio de Lucas, capítulos 9:51 a 18:14, rellenado principalmente con textos del evangelio de Mateo y otros que fueron inventados (como la parábola del hijo pródigo), fue producto de antes de la invención de la imprenta, y los protestantes, al tomar toda la Escritura como palabra infalible de Dios, ignoraban la existencia de dicha gran añadidura, así como de otras, como los 18 primeros versículos del evangelio de Juan y todo el capítulo 21 del mismo evangelio, amén de los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas, más los textos añadidos de la resurrección y apariciones de Cristo, todos ellos incorporados desde los tiempos de Jerónimo en adelante. Si se cribasen todos estos textos, los cuatro evangelios principiarían con la predicación de Juan Bautista en el desierto y concluirían con el entierro de Cristo.

    Los papiros con relatos del Nuevo Testamento que los eclesiásticos atribuyen a los siglos II y III -no así los eruditos no eclesiásticos- se consideran falsificaciones del siglo IV o posteriores (algo a lo que la Iglesia de Roma ya nos tiene acostumbrados), realizados con estilo caligráfico de otros tiempos para dar la impresión de que los tales son de esos precisos siglos II y III. Un análisis de las tintas, que no se quiere hacer, revelaría sin lugar a dudas el periodo casi exacto de su confección. Lo que sí está demostrado es que los primeros códices del Nuevo Testamento parten de antes de mediados del siglo IV. Eusebio de Cesarea, que fue el brazo derecho del emperador Constantino en el Concilio de Nicea, en el año 325, con toda seguridad tiene mucho que ver en el asunto falsificador, dado que se le estima como el clérigo más embustero que haya pisado la Iglesia en todo tiempo. (Continúa en la segunda parte).

   

2 comentarios:

  1. Nos seria muy util que de vez en cuando nos mostraras pruebas de lo que afirmas , ademas de palabraS, nombres de esos eruditos
    Etc.
    Basicamente porque me pregunto, entre otras cosas, en que se basan para afirmar que se falsificaron sino se permite el analisis de tinta.Nadie me responde nunca.A ver si esta vez obtengo alguna respuesta.Seria interesante y me gustaria contrastar esa informacion.
    Saludos

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  2. Carambolas! Hasta donde es capaz de llegar esa gran secta catolica!...

    Así que en definitiva cualquier versión de la Biblia, llamese RV con sus variantes, TDM y demas, estan todas basadas en unas falsificaciones? Y todo por culpa de esa "prosti" de religión... y todavía hay quién la defiende! Sera porque cojean del mismo pié.

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