miércoles, 6 de mayo de 2015

Los ‘esclavos’ que Russell y otros consiguieron reclutar


    Cuando terminó la Guerra de Secesión norteamericana en 1865, andaba Charles T. Russell en los 13 años de edad. Ya a los 18 años, huérfano de madre y sin tres de sus hermanos, ayudaba a su padre en el negocio de venta de ropa. Se dice que los Russell tenían cinco tiendas, aunque no se sabe quiénes y cómo las atendían, dado que solamente eran tres de familia. Por entonces Charles T. Russell comenzó a preocuparse por los asuntos religiosos.

    Se ignora si el negocio de ropa de Ch. T. Russell era próspero. A pesar de que sus adeptos argumentan que vendió el negocio e invirtió su dinero en la obra de predicación, lo cierto es que la venta de un comercio de ropa no daba para pasarse años predicando sin trabajar. Así pues, Russell se dedicó a la edición de literatura religiosa tras cerrar la tienda. Para distribuir dicha literatura solicitó voluntarios que efectuasen gratuitamente la tarea. A pesar de que los distribuidores -colportores que se llamaban entonces- percibían unas pequeñas comisiones por su labor, lo cierto es que Russell ahorró una ingente cantidad de dinero en sueldos, aparte de que la impresión le salía relativamente económica al ser decenas de millares los libros que se imprimían y vendían, si bien se disimulaba la palabra ‘venta’ al cambiarla por la de ‘contribución para cubrir gastos de impresión’, dando la sensación de que no se obtenía ganancia.

    De ser cierto que no había ganancia en la venta de libros, Russell no habría podido comprar el edificio para la sede religiosa ni tener dinero para los cuantiosos y largos viajes que realizó por el mundo. La impresión de literatura le daba para eso y mucho más. Se ayudó también en un tiempo con la venta de ‘trigo milagroso’, ‘fríjoles mileniales’ y ‘semilla maravillosa de algodón’, de los que se demostró la falsedad de sus virtudes. Asimismo trataba de colocar  ‘remedios milagrosos’ para curar diversas enfermedades, que finalmente quedaron en productos de charlatanería.

    ¿Qué impulsó a Russell a cerrar su negocio de ropa y dedicarse de lleno a la industria editorial? La idea de que, contando con centenares o miles de distribuidores espontáneos de su literatura, a los que no habría que pagar un salario por su trabajo de difusión gratuita, él podría enriquecerse en breve tiempo. Pero esta idea la adaptó Russell de los explotadores de esclavos de las plantaciones del Sur de Estados Unidos.

    Oficialmente se hace ver que la Guerra de Secesión estadounidense que entre 1861 y 1865 protagonizaron los estados del Norte contra los del Sur se debió a que los norteños querían abolir la esclavitud. La realidad es bien distinta: los norteños no podían comercialmente competir en muchos aspectos con los sureños debido a que éstos contaban con mano de obra gratuita, salvo los gastos de manutención de los esclavos. En cambio los norteños apenas tenían esclavos y se obligaban a contratar empleados, con lo que la mano de obra encarecía el producto. Por supuesto, hubo otras causas encubiertas para la confrontación civil; pero la liberación de los esclavos era vital para que la manufacturación del Sur elevara los costos debido a que, sin esclavos, se precisaba contratar asalariados.

    A Russell, pues, se le encendió un foco cuando descubrió que podía contar con ‘esclavos’ o trabajadores entusiastas y desinteresados que por unos céntimos hiciesen el trabajo que en otras circunstancias era misión de vendedores asalariados. Para el éxito editorial era primordial ahorrar costos de salarios. Y nada mejor que imprimir literatura religiosa que llegase al corazón más que a la mente. Los distribuidores creían que estaban efectuando la ‘obra de Dios’ o que su labor era meritoria para ganar el cielo.

    A Russell le sucedió en la presidencia de la Watch Tower Joseph F. Rutherford. Es curioso que los apellidos de ambos comenzaran por ‘Ru’. Para 1929, el sucesor de Russell había relegado a aquél al olvido y, consciente de los rendimientos que producía el negocio editorial, apartó definitivamente de la distribución los libros de Russell y en su lugar ofreció a la venta sus propios libros de la llamada ‘Colección Arco Iris’, por ser todos ellos de diferentes colores que semejaban a los del fenómeno natural, aunque en mayor número. Si Russell llegó a colocar algún millón de piezas literarias, Rutherford le triplicó y cuadruplicó en la venta. Posteriormente Nathan Knorr y Fred Franz, presidente y vicepresidente de la Watch Tower entre 1942 y 1977 -aunque en 1971 la creación del Cuerpo Gobernante los relegó a un segundo plano- dejarían empequeñecida la gesta editorial de Rutherford y Russell juntos.  

    Hoy no se pide un precio fijo por la literatura, sino que se solicita una contribución voluntaria para la obra mundial de predicación. Esto da la apariencia de que no se trata de una venta, aunque encubiertamente sí lo es. El testigo de Jehová de a pie continúa creyendo que esa contribución voluntaria es para cubrir gastos de impresión. Si esto es así, cabe preguntarse de dónde sale el dinero para comprar tantos edificios y terrenos por todo el orbe, y de dónde sale el dinero para invertirlo por decenas y centenas de millones de dólares en ‘hedge funds’, unos fondos de inversión de gran riesgo que solamente los multimillonarios del planeta pueden permitirse. Y cabe preguntarse que cómo es que la Watch Tower figura con el número 34 entre las principales empresas de Nueva York, que equivale a decir del mundo, ya que en Nueva York están representadas las más importantes empresas mundiales.

    A ello añadimos que el dinero para la construcción de salones del reino y de asambleas sale directamente de los que componen las congregaciones por todo el mundo. En los países pobres se construyen salones con la mínima parte de ese dinero. Si observamos cómo son algunos salones en Africa, por ejemplo, descubrimos que son chozas con cañizo y largos bancos en los que sentarse. Eso no supone una gran inversión, y con todo los propios hermanos que utilizan esos rústicos salones del reino contribuyen monetariamente al mantenimiento de los mismos.

    Por otro lado, el dinero de la venta de salones del reino y de asambleas, sobre todo en países desarrollados, no parece destinarse a la construcción de otros nuevos, sino que para ello se solicitan contribuciones a los hermanos. Ejemplo: la venta del salón de Horta en Barcelona (España) a una iglesia protestante causó indignación y escándalo entre los hermanos catalanes, pero ese dinero (4 millones de euros) ¿se destina a construir otro salón o, llegado el momento de edificar, se solicitan los recursos oportunos a los miembros de las congregación, tanto económica como laboralmente, siendo totalmente gratuita la mano de obra?

    A Russell se le pasó por alto el tema de la mano de obra gratis para construir el edificio de la sede principal y empleó parte de la recaudación de la literatura en comprarlo. Si hubiera caído en ello, habría solicitado fondos aparte para la construcción, además de los fondos de la venta de libros. En este aspecto le superó Rutherford, que se hizo construir la mansión privada de Beth Sarim con fondos aportados por los hermanos. Diez años después se hizo construir la mansión de Beth Shan, aunque no se sabe de dónde salieron los fondos. Lo que sí salió de las arcas de la Sociedad Watch Tower que él dirigía a su antojo fue el dinero para comprarse, no uno, si dos lujosos Cadillac de 16 cilindros, vehículos que muchos millonarios ni pudieron adquirir. El famoso gánster Al Capone tenía precisamente un Cadillac igual. Solo que Rutherford se consiguió dos Cadillac iguales para no ser menos, y eso en una época en la que la gente, sin trabajo, se moría de hambre. Y todo con el dinero que los hermanos donaban para la ‘obra mundial de predicación’.

    Todos los presidentes de la Watch Tower, a excepción del primero y desconocido William Henry Conley, que fundó la primitiva Watch Tower, se han valido de ‘esclavos’ para su propósito de elevar la empresa que representaban al súmmum de la mercantilidad y al excelso pódium de las finanzas y el negocio inmobiliario, aparte del editorial. Hoy día da la sensación de que el Cuerpo Gobernante nada tiene que ver con la Watch Tower. Sin embargo las contribuciones que se recaudan para la obra mundial, ¿van a parar a manos del Cuerpo Gobernante y de las suyas pasan a las de la Sociedad Watch Tower? Eso parece. Si no, ¿de dónde iba a sacar los millones la Watch Tower para invertirlos en inmuebles, terrenos y hedge funds?

  

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