sábado, 12 de septiembre de 2015

Los famosos 2.520 años, ¿proceden de la Biblia o de la numerología esotérica?


 
    Los testigos de Jehová creen que desde que fue interrumpida la monarquía judaica, presumiblemente en el año 607 a.e.c., hasta 1914, transcurrieron 2.520 años. En ese año de 1914 suponen que la monarquía fue reinstaurada en la persona de Jesucristo en el cielo.

    A los 2.520 años los llaman los ‘tiempos de las naciones o de los gentiles’ -aunque los dos términos son diferentes- y para ellos estos tiempos tienen la misma duración que los siete tiempos del profeta Daniel. Quiere decir que los siete tiempos y los tiempos de los gentiles son una misma cosa para los testigos de Jehová. Esta identificación de ambos tiempos como si fueran uno solo procede del adventista Nelson Horatio Barbour, que así se lo inculcó al fundador de los Estudiantes Internacionales de la Biblia, Charles Taze Russell, quien ciegamente aceptó de Barbour todas las doctrinas que tienen que ver con tiempos y fechas y no investigó si eran ciertas o no.

    Barbour confundió los siete tiempos de Daniel con los tiempos de los gentiles, cuando en realidad no tienen relación entre sí. Los siete tiempos de Daniel aplicaron única y exclusivamente a Nabucodonosor y se supone que duraron siete años de 360 días, no de 365 días, aunque la Historia no da razón de ellos. Y los tiempos de los gentiles se cuentan a partir de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 de nuestra era, cuando fue definitivamente suprimido el servicio sacerdotal en el Templo. La Biblia no indica cuánto duran estos tiempos de los gentiles ni dice que sean lo mismo que los siete tiempos de Daniel. Pero los testigos de Jehová han sido aleccionados a aceptarlos como si fueran lo mismo, prohibiéndoseles que utilicen su intelecto para investigar libre o independientemente la verdad que aquí se les oculta.

    Sea que los 2.520 años se refieran a los siete tiempos de Daniel o a los tiempos de los gentiles, surge una pregunta: ¿Se basan esos 2.520 años en la Biblia o son simplemente especulación humana fundamentada en la pseudocienca de la numerología esotérica? El esoterismo es para los testigos de Jehová sinónimo de demonismo.

    Ya en la Edad Media los judíos especulaban, mediante barajar números y aplicar cifras de tiempos a los textos bíblicos, que el Mesías aparecería en tal o cual año del futuro. Una de las aplicaciones de su numerología tenía su base en la interpretación de los textos del profeta Daniel relacionados con el sueño de Nabucodonosor.

    Daniel le aseguró al rey babilonio que sería destronado y comería hierba como si fuera una bestia durante siete tiempos, al cabo de los cuales volvería a ocupar el trono. Los exégetas han entendido que estos siete tiempos fueron siete años proféticos de 360 días, diferentes de siete años solares de 365 días cada uno. Pero algunos estudiosos judíos quisieron ir más allá de lo escrito e interpretaron que esos siete tiempos tendrían una mayor aplicación en el futuro y se referían a la venida del Mesías como rey liberador de la tierra de Israel.

    Para ello sacaron de contexto cierto pasaje de las Escrituras (Números 14:34) donde se dice que los israelitas pagarían por sus errores ‘un año por cada día’.  De la misma manera interpretaron Ezequiel 4:6 en el sentido de que habría que contar un año por cada día. Sin embargo el texto de Ezequiel no habla de observar un año por cada día, sino ‘un día por cada año’. Estimando ambos textos como una regla para medir ciertos días bíblicos, aunque Ezequiel habla de observar días en vez de años, aplicaron esto como norma general para medir tiempos bíblicos, aunque en el caso de los siete tiempos de Daniel no la aplicaron rigurosamente. Los siete tiempos los entendieron como periodos variables de 1.260, 1.290 y 1.335 días, que elevaron a años. Así creyeron calcular que el Mesías aparecería en tal o cual fecha, algo que no sucedió.

    Esta interpretación judaica de los tiempos bíblicos la copiaron algunos estudiosos cristianos para tratar de saber cuándo vendría Jesucristo por segunda vez, en tanto que los judíos esperaban a su Mesías por primera vez. Particularmente fueron los protestantes los que tomaron en serio este cómputo basado en especulación numérica humana, creyendo que se trataba de entendimiento oculto basado en las Escrituras, lo cual inflaba de orgullo a quienes se sumían en la tarea.

    Pasados los tiempos sin que apareciera ningún Mesías o Cristo (y no apareció porque todo era teoría sin fundamento bíblico), en 1823 se dio un definitivo entendimiento al asunto de los siete tiempos de Daniel. El escrutador bíblico John Aquila Brown publicó en 1823 su obra ‘El Atardecer’ y en ella dio a conocer que los siete tiempos duraban exactamente 2.520 años, siendo Brown el primero en apuntar a esta cantidad de años. Hasta su tiempo se aceptaba por lo general que los siete tiempos duraban 1.260 años. Brown lo que hizo en principio fue duplicar esa cifra y la elevó a 2.520 años.

    Sin embargo, la realidad es que los 2.520 años salieron de realizar el siguiente cálculo: Los 7 tiempos que Daniel aplicó a Nabucodonosor se contaban como 7 años de 360 días, por lo que constaron de 2.520 días. Estos días los elevó Brown a años y así llegó a los 2.520 años. Pero estos 2.520 años los contó después erróneamente como años solares de 365 días, en lugar de 360, y así estableció que los 2.520 años comenzaron en el 604 a.e.c. y terminarían en 1917, año en que según Brown brillaría la gloria de Israel. Casualmente el ejército inglés liberó a Jerusalén a finales de 1917 y la teoría profética de Brown fue tomada demasiado en serio por algunos indagadores bíblicos.

    Esos 2.520 años fueron definitivamente aceptados por la mayoría de los escrutadores bíblicos del siglo XIX, aunque todos siguieron cometiendo el error de contarlos como 2.520 años solares de 365 días, en lugar de años proféticos (por llamarlos de alguna manera) de 360 días. De ser el caso, Brown debió haber operado con años de 360 días, ya que los 2.520 días de los 7 tiempos correspondían a años de 360 días y no de 365.

    Si los 7 tiempos de Daniel se hubieran contado por años solares, hubieran arrojado 2.556 días y no 2.520. Paralelamente, si Brown hubiera procedido en consonancia con los 2.520 días de Daniel, los 2.520 años hubieran terminado en 1880 y no en 1917. Para llegar a la fecha de 1917 Brown calculó años solares de 365,25 días. Si hubiera aplicado años ‘proféticos’ de 360 días hubiera llegado a la fecha de 1880, que hubiera sido lo más lógico.

    Por los años treinta venía predicando un tal William Miller, fundador del adventismo, que Cristo vendría como rey y juez en 1843, que era el año al que en conclusión llegaba tras aplicar los 2.520 años de rigor al 677 a.e.c. Como el Cristo no llegó, pospuso su venida para 1844 y tampoco llegó el esperado. Eso hizo que el movimiento adventista de Miller se fraccionase en varios grupos. Uno de sus discípulos fue Nelson H. Narbour, que se separó decepcionado.

    En ese mismo año de 1844 el escrutador Edward O. Elliot publicó su libro ‘Horas con el Apocalipsis’. Elliot fue el primero en afirmar que los siete tiempos de Daniel, contrariamente a lo que había publicado Brown, iban del 606 a.e.c. a 1914, esperando que en 1914 regresase Cristo a reinar en la tierra, una vez destruídos los gobiernos humanos. Pero Elliot se equivocó en un año de menos al realizar el cálculo, ya que entre el 606 a.e.c. y 1914 no mediaban 2.520 años, sino 2.519. Escrutadores y teólogos posteriores a Elliot aceptaron las fechas 606 a.e.c. y 1914 como el lapso de 2.520 años de los siete tiempos de Daniel.

    El libro de Elliot lo leyó el adventista Barbour hacia los años 1870 y aceptó del mismo, entre otras, la fecha del 606 a.e.c., pero no como la del inicio de los 2.520 años de los siete tiempos. Con reservas aceptó la de 1914, aunque para él no era el año del regreso de Cristo, sino el 1873, año en que, no habiendo llegado Cristo como Barbour esperaba, lo trasladó a 1874, que tampoco llegó. Finalmente concluyó que Jesucrito si había comenzado su reinado, aunque en el cielo. En 1876 contactó con él Russell, quien aceptó sin rechistar las fechas y doctrinas de Barbour. Ya para entonces Barbour había admitido el año 1914 como el del regreso visible de Cristo a la tierra, en tanto que el año 1874 lo predicó como el de la invisible toma de poder real de Jesucrito en el cielo, algo que no pudieron ver ojos humanos.

    Russell predicó el año 1914 como el del advenimiento de Cristo a la tierra en la batalla de Armagedón. No obstante, unos años antes se dio cuenta de que entre el 606 a.e.c. y 1914 no mediaban 2.520 y pensó trasladar la fecha del Armagedón a 1915. En esa cuenta andaba cuando estalló la Gran Guerra y Russell pensó que la universal contienda desembocaría en el Armagedón aquel mismo año. Pasó 1914 y, constatando que Cristo no había venido a la tierra, trasladó la fecha de 1914 a 1915, que también pasó sin ver la llegada de Cristo.

    Todos los predicadores del siglo XIX, especialmente Brown, Miller, Elliot, Barbour y Russell constataron amargamente que no se habían realizado sus expectativas de regreso de Cristo a la tierra, a pesar de la extensa predicación que con tanto entusiasmo habían escenificado. No pudo hacerse realidad lo que esperaban, sencillamente porque fueron más allá de las cosas escritas en la Biblia y aceptaron y predicaron que Jesucristo aparecería tras cumplirse 2.520 años a partir de cierto año antes de la era presente. No pudo hacerse realidad lo que esperaban porque los 2.520 años fueron producto de la mente humana, que se basó en esa pseudociencia de la numerología esotérica que tanto enorgullece a quienes se consideran que tienen una mente privilegiada y creen saber más que la propia Biblia y que los propios congéneres.

    En 1943 la sociedad Watch Tower de los testigos de Jehová adelantó un año la fecha de la supuesta destrucción de Jerusalén, así como otro año la hipotética salida del destierro de los judaítas que se hallaban en Babilonia. Las fechas del 606 y 536 fueron adelantadas respectivamente al 607 y 537 a.e.c. De acuerdo con la lógica matemática, estas últimas fechas, basadas en fechas incorrectas, son también incorrectas.

    Del estudio imparcial de la Historia, la Arqueología y la Astronomía, aplicadas las tres ciencias al imperio neobabilonio, se deduce que Nabucodonosor subió al trono en el 605 a.e.c.. siendo su primer año de reinado el 604 a.e.c., y por tanto su año 18, en que se acercó a destruir Jerusalén, correspondió al 587 a.e.c. Esta fecha está de acuerdo también con lo que escribe Josefo en su obra ‘Contra Apión’, donde dice que el nuevo templo, refiriéndose a los cimientos, se inició en el año segundo de Ciro, transcurridos cincuenta años desde la destrucción del templo anterior. Todos los historiadores están de acuerdo en que el segundo año de Ciro, en referencia a la colocación de los cimientos del templo, correspondió al 537 a.e.c. Cincuenta años atrás llevan por consiguiente al 587 a.e.c. como año de la destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén.

    En conclusión, los 2.520 años que continúan predicando los testigos de Jehová son el resultado de acomodar el esoterismo, en este caso la numerología esotérica, a ciertos textos bíblicos. De aplicar realmente los 2.520 años, éstos habrían concluido en 1877, ya que se trata de ‘años proféticos’ de 360 días cada uno, y no de años solares de 365 días. Por tanto la fecha de 1914 es del todo errónea y en tal año no aconteció ninguna toma de poder real por parte de Jesucristo. El ya tenía toda autoridad real en el cielo y sobre la tierra al tiempo de su ascensión, por lo que no precisaba un tiempo futuro específico en que fuera hecho rey, porque ya lo era desde que ascendió al cielo.

    La fecha de 1914, así como otras, las recibió Russell en herencia del adventista Barbour y Russell no se paró a investigar si eran verídicas o no. El año 1914 continúa siendo la piedra angular de la doctrina de los testigos de Jehová. No aconteció en aquel año la llegada de Cristo ni aconteció en 1925, 1941, 1975 o finales del siglo XX, como se predicaba, por la evidente razón de que todo cálculo aplicado a tales fechas está basado en numerología y especulación humana, y no en la Biblia.

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