viernes, 25 de marzo de 2016

El enigma de la resurrección de Cristo


    Los cuatro evangelios que la Iglesia aceptó como inspirados -hubo muchos más, pero se acordó dejarlos en cuatro porque cuatro eran los puntos cardinales- son los que se dieron en llamar de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. No se sabe quiénes fueron en realidad sus autores. La atribución a los susodichos evangelistas es parte de la tradición eclesiástica, a sabiendas de que no fueron ellos quienes los escribieron. Los protestantes se aferraron a la Biblia en el siglo XVI y la consideraron literalmente como Palabra de Dios, cuando ya la Iglesia había realizado múltiples enmiendas a lo largo de los siglos, sobre todo en el siglo XV, reescribiendo los códices correspondientes y haciéndolos pasar por más antiguos.

    Cuando se inventó la imprenta y salió a la luz la primera Biblia impresa, ya no fue posible reelaborar los códices, dado que las copias impresas de la Biblia llegaban a todas partes y no sucedía como en el caso de los códices, de los que se hacían contadas copias que se custodiaban en algunos monasterios y bibliotecas, códices que estaban directamente controlados por la Iglesia.

    Las biblias de hoy mencionan, de acuerdo con los viejos códices reestructurados, la resurrección de Cristo y sus apariciones. Sin embargo el más antiguo de estos códices, el Sinaíticus, escrito en el siglo IV, escapó al control de la Iglesia porque dicho códice se extravió mucho antes del siglo XV y apareció finalmente, en el siglo XIX, en el Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí. Con todo, los expertos han detectado a través de luz ultravioleta que este códice ha sido en buena parte alterado por medio de raspar escrituras y sobre escribir textos que sí aparecen en otros códices posteriores, lo que demuestra que la Iglesia lo tuvo bajo control hasta el momento de su temprana desaparición.    

    Es evidente que el códice Sinaíticus ni siquiera mencionaba la resurrección de Cristo, como lo refiere, por ejemplo, muy de pasada, Marcos 16:6. Por eso tantos expertos ajenos a las iglesias sospechan que los códices posteriores al Sinaíticus, los cuales sí mencionan la resurrección y las apariciones, pueden ser falsificaciones efectuadas con carácter retroactivo para tratar de demostrar las doctrinas eclesiásticas en boga durante los siglos X al XV.

    Los cuatro evangelios narran, con mayor o menor extensión, la pasión y muerte de Jesucristo. También su resurrección, aunque el evangelio de Marcos lo hace a vuelapluma y no menciona aparición alguna del resucitado Jesús. Este evangelio, seguramente el primero en escribirse y del que indudablemente copiaron los evangelistas Mateo y Lucas, que ampliaron detalles, termina abruptamente con la súbita huída de las tres mujeres (el evangelio de Mateo menciona dos mujeres y el de Juan una sola) que habían ido a la tumba del Rabí con ungüentos el domingo de madrugada, aunque ya José de Arimatea y Nicodemo habían impregnado el cuerpo de Jesús con áloe y mirra antes de envolverlo en telas y depositarlo en el sepulcro.

    Junto al sepulcro vacío hallaron las mujeres a un joven vestido de blanco (el evangelio de Lucas menciona dos hombres y ninguno el de Juan) que les dijo que su Señor había resucitado y por eso huyeron despavoridas. Así, de sopetón, concluye el relato de Marcos en su capítulo 16 y versículo 8. Manos posteriores le añadieron una conclusión más suave y larga, que corresponde en nuestras biblias a los versículos 9 al 20, los cuales no se hallan en el códice más antiguo, el Sinaíticus.

    Tampoco se hallan en este códice las apariciones del resucitado mencionadas por los otros tres evangelios y cuyos relatos se atribuyen a Mateo, Lucas y Juan. La conclusión añadida al evangelio de Marcos da pie para entender que ningún relato evangélico se escapa de trastoques literarios, interpolaciones y modificaciones posteriores. Para cuando los protestantes se separaron de la Iglesia católica, ésta ya había dado forma definitiva a los escritos neotestamentarios y a los códices supuestamente antiguos.

    En el códice Sinaíticus no figura el capítulo 21 del evangelio de Juan, que narra la aparición de Jesús a los apóstoles que pescaban en el lago Tiberiades. Los exegetas imparciales aducen que este capítulo es, por fuerza, uno de los muchos pasajes añadidos a los evangelios originales. El capítulo anterior concluye diciendo que “Jesús realizó otras muchas señales que no están escritas en este libro”. Si tal era la conclusión del evangelio, sobra por lógica cualquier texto posterior.

    Este capítulo 21 resulta sospechoso además por la implícita defensa del primado de Pedro, cuando expresa que Jesús le dijo tres veces al apóstol que apacentase sus ovejas y sus corderos. Otro pasaje sospechoso es la narración de la pesca de los 153 peces por parte de los apóstoles. El 153, cuyas cifras suman 9, era uno de los números considerados mágicos en las antiguas religiones, tal como también lo era el número 17. Y precisamente la suma de todos los números comprendidos entre el 1 y el 17 da 153.

    En los misterios de las viejas religiones se conmemoraba la muerte de ciertos dioses o humanos divinizados, así como su resurrección a los tres días, precisamente en el tiempo cercano al equinoccio de primavera. Tal es el caso de Osiris, Krisna, Dionisos, Mitra y algunos más. Por eso tantos expertos en religiones llegan a la conclusión de que la figura de Jesucristo se presenta como una amalgama fabulosa de aquellos seres endiosados que le antecedieron y que en realidad no existieron más que en la mente de quienes divulgaron las creencias que convenían al momento. Sin tratar de menoscabar la fe de los creyentes sinceros, la realidad es que no hay evidencia de que los textos evangélicos sobre la resurrección de Cristo y sus apariciones sean genuinos.


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