sábado, 31 de agosto de 2013

La sangre: aspectos científicos y religiosos (3)


    Las que algunos consideran “fracciones” sanguíneas, siendo las más generalizadas la hemoglobina, las globulinas y los factores de coagulación, se extraen por lo general de los glóbulos rojos o del plasma, empleando para ello masivas cantidades de sangre procedentes de donaciones. Otras “fracciones” se obtienen de las plaquetas o trombocitos. Con referencia a la hemoglobina, cabe preguntarse por qué razón algunas personas no eruditas en Medicina la consideran como una fracción sanguínea cuando supone el 97% de los glóbulos rojos, los cuales, siguiendo esta pauta, podrían considerarse a su vez como fracciones sanguíneas del grupo de elementos formes o celulares (compuesto conjuntamente por los glóbulos rojos o eritrocitos, los blancos o leucocitos y las plaquetas o trombocitos), según una clasificación más científica.

    En varios círculos religiosos, por motivos que los propios adeptos no comprenden, pero que deben obedecer ciegamente, se considera un grave pecado trasplantarse glóbulos rojos, pero en cambio sí está permitida en conciencia una transfusión de hemoglobina, la cual es componente mayoritaria de los glóbulos rojos y por tanto no se trata de una simple “fracción”. Por la misma razón, cualquier indagador sincero puede cuestionarse por qué es un grave pecado transfundirse glóbulos blancos, cuando la leche materna, concretamente el calostro, los contiene en mayor cantidad que la sangre y los bebés los reciben por vía bucal mientras son amamantados.

    Se aduce que los glóbulos rojos y los blancos son dos de los cuatro componentes principales de la sangre. Y sin embargo la ciencia médica en general cataloga a los glóbulos rojos y a los blancos como componentes secundarios, formando parte del grupo de elementos formes o celulares. Por otro lado, no hay consenso en Medicina sobre cuáles son los componentes primarios y cuáles los secundarios de la sangre. La prohibición de transfundirse elementos de la sangre, sean primarios o secundarios, no está basada en cuestiones médicas. Forzosamente, pues, ha de hallarse su proscripción en cuestionamientos de carácter religioso, fundados en superficiales interpretaciones bíblicas. ¿Prohíbe la Biblia las transfusiones de sangre completa o de cualquiera de sus componentes principales, sean dos, cuatro ó dieciséis, que en esto no hay acuerdo entre los especialistas médicos?

    La primera vez que en la Biblia aparece el mandato de no ingerir la sangre de un animal sacrificado para comer es en Génesis 9:4, donde le dice Dios a Noé y a sus hijos y esposas recientemente salidos del Arca: “Lo único que no deben comer es la carne con su alma, es decir, su sangre”. Hasta entonces solamente se les había permitido comer vegetales. Ahora se incluía la carne como alimento. Tan solo la sangre no debían comer. Era una señal de respeto por la vida del animal. Si ingerían la sangre, se hacían responsables de la muerte del animal.

    Este mandato fue incluído más tarde en la Ley dada al pueblo de Israel. En Levítico 17:13 y 14 leemos: “Si un hombre de Israel, o alguno de los extranjeros que viven en medio de ustedes, caza un animal o ave que está permitido comer, derramará su sangre y la cubrirá con tierra… No comerán la sangre de ningún animal…” En la Ley seguía vigente el mandato de no ingerir la sangre del animal que se sacrificaba para comer. El hecho de derramar la sangre en tierra significaba que la persona no se hacía responsable de la muerte del animal. Si tomaba la sangre, se hacía reo de muerte.

    En cambio, si alguien hallaba un animal muerto o despedazado por fiera (y por tanto, no desangrado) y lo comía, la ingestión de carne conjuntamente con la sangre coagulada no hacía a la persona responsable de la muerte del animal. En tal caso la persona únicamente tenía que lavar sus prendas y ser impuro hasta el atardecer, pero no se acarreaba la muerte por este hecho. Es lo que expresa Levítico 17:15, donde se lee: “Toda persona nacida en el país, o todo forastero que haya comido carne de animal muerto o destrozado deberá lavar sus vestidos y bañarse en agua, y quedará impuro hasta la tarde; después será puro”.

    Por otro lado, un israelita que encontraba un animal muerto y no desangrado podía vendérselo a un extranjero, el cual sí podía impunemente comerlo con su sangre. En Deuteronomio 14:21 leemos: “No comerán de ningún animal hallado muerto. Se lo darás al forastero que reside en tu ciudad o bien lo venderás a un extranjero”. Cabe preguntarse lo siguiente: Si ese extranjero en cuestión era descendiente de Noé, como todo el mundo, ¿cómo es que podía comer sangre, en este caso la sangre coagulada dentro del animal? Aquí el asunto estaba en que quien mataba un animal para comer debía derramar su sangre en tierra para no hacerse responsable de esa muerte, que debía pagar con la suya propia; pero si comía un animal no desangrado que él no había matado, no se hacía responsable de esa muerte y solamente se le consideraba impuro.  

miércoles, 28 de agosto de 2013

La sangre: aspectos científicos y religiosos (2)


    La mayoría de los libros de texto que se estudian en las universidades de Medicina desglosan correctamente la sangre en dos componentes principales: el plasma (55% de la sangre) y el conjunto de elementos celulares (45%). El conjunto de elementos celulares o formes lo constituyen los eritrocitos (glóbulos rojos), leucocitos (glóbulos blancos) y trombocitos (plaquetas). Según esta clasificación científica, los glóbulos rojos y blancos y las plaquetas no son por separado componentes principales de la sangre, sino integrantes del grupo de elementos celulares. Otros textos eruditos, como los del doctor Denise Harmening, dividen la sangre en 16 componentes principales, entre los que figuran las albúminas, la hemoglobina y las globulinas, elementos éstos que algunos que no son doctos en Medicina estiman como “fracciones sanguíneas”, cuando resultan de capital importancia en las hemotransfusiones.

    Ya se ha indicado que el 90% del plasma está compuesto de agua, el 8% de albúminas y el 2% restante de grasas, azúcares y elementos diversos en menor proporción. De las albúminas del plasma se obtienen globulinas, fundamentales para mantener una buena salud. En cuanto a los glóbulos rojos, su 97% está constituído por la hemoglobina, que transporta oxígeno a las células y tejidos del cuerpo. De los trombocitos o plaquetas, que coagulan la sangre en las heridas para evitar su pérdida masiva, se obtienen asimismo otros importantes elementos menos conocidos.     

    Con respecto a los leucocitos o glóbulos blancos, se sabe que están de paso en la sangre, camino a los tejidos. Por esa razón la mayor concentración de leucocitos se da fuera del torrente sanguíneo, sobre todo en la leche materna. Cuando la madre alimenta a su bebé le pasa leucocitos a través de los pechos. El calostro materno contiene más leucocitos que la sangre. Cualquier órgano del cuerpo contiene más leucocitos que la propia sangre; por eso cuando se trasplanta un órgano la persona recibe una gran dosis de leucocitos. Por cierto, la sangre es también un órgano, y cuando se transfunde a un paciente sangre completa lo que se hace en realidad es un trasplante de órgano.

    Algunos literalistas bíblicos, basados en la desacertada opinión personal que en los años cuarenta expresó un solo individuo, continúan no estando de acuerdo con la avanzada ciencia médica de la sangre, particularmente en lo que respecta a las hemotransfusiones. Hasta no hace mucho, éstos razonaban equivocadamente que no había diferencia entre comer sangre (o alimentos que la contenían) e inyectarse directamente sangre en las venas. Hoy reconocen, porque la ciencia médica lo ha demostrado, que si se ingiere alimentos que contienen sangre, como las morcillas, ello conlleva un proceso digestivo que transforma por completo dicho alimento y por tanto no pasa a las venas como sangre; en cambio, mediante una transfusión o trasplante, la sangre se inyecta en el torrente sanguíneo y lo inyectado continúa siendo sangre, ello en el supuesto de que se transfunda sangre completa, porque lo habitual suele ser una transfusión de plasma o de cualquiera de los elementos formes y sus derivados, todos los cuales, ya separados de la sangre, no son propiamente sangre. Así, el plasma y los elementos formes (eritrocitos, leucocitos y trombocitos), aislados de la sangre, no son sangre, sino ex componentes sanguíneos.  El ejemplo del agua nos da una idea. El agua se compone principalmente de hidrógeno y oxígeno. Cualquiera de estos dos elementos por separado no es agua. Con la sangre ocurre lo mismo: separados sus elementos, éstos no pueden considerarse sangre. Unicamente merece tal consideración la sangre completa.

    Los aludidos literalistas basan hoy sus creencias prohibitorias en el supuesto ya desfasado de que la sangre se divide en cuatro elementos primarios: plasma, glóbulos, rojos, glóbulos blancos y plaquetas. Tal creencia no se basa en la Biblia, sino en viejos conceptos médicos. La Biblia tan solo habla de no ingerir la sangre de animales sacrificados, sin especificar división sanguínea alguna. Tal división solamente es ofrecida por los manuales básicos de primeros auxilios destinados al profano y que, aunque aceptables para el fin al que se los destina, no son de profunda erudición. En las universidades se estudian otras divisiones sanguíneas más acordes con la ciencia médica.  

    Aunque el plasma es considerado como elemento primordial, los otros tres elementos de la sangre que popularmente son estimados como primarios, los libros de texto médicos los catalogan dentro del grupo de los elementos formes. Otros textos eruditos clasifican la sangre por su composición química. De ello se deduce que no es dogmático afirmar que la sangre tiene como componentes principales al plasma, los glóbulos rojos, los blancos y las plaquetas. Esta es solamente una de las varias divisiones existentes, precisamente atendiendo a que de los mismos pueden extraerse otros elementos que se malinterpretan como “fracciones” y que algunos textos universitarios, de acreditados doctores, consideran como componentes sanguíneos principales.    

 

jueves, 22 de agosto de 2013

La sangre: aspectos científicos y religiosos (1)


    El libro Emergency Care (Atención de Emergencias), el más generalizado en la materia, expone que la sangre consta de cuatros elementos principales: Plasma, glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas. El libro en cuestión no se considera científicamente erudito al ciento por ciento, sino que se trata de un elemental manual de primeros auxilios destinado al público en general. La información y composición de la sangre que presenta es muy rudimentaria, a nivel de principiante, y está escrita para ser entendida por el profano. Por esa razón no es un libro de  texto que se estudie en las universidades de Medicina. El desglose de la sangre en los cuatro componentes principales mencionados se ofrece a título orientativo y por ser esos componentes los más utilizados para extraer de ellos los elementos que más se emplean en las transfusiones, principalmente globulinas y hemoglobina. 

    Sin embargo, los libros de Medicina suelen estructurar la sangre en dos componentes principales, a saber: el plasma (55% del volumen sanguíneo) y el conjunto de los elementos formes o celulares (45% de la sangre) suspendidos en el plasma. Dichos elementos formes son: los eritrocitos o glóbulos rojos, los leucocitos o glóbulos blancos y los trombocitos o plaquetas. Esta división más exacta de la sangre en dos componentes principales deja como elementos secundarios a los glóbulos rojos y blancos y las plaquetas. El plasma está compuesto de agua en su 90% y de proteínas diversas en su 8%, siendo el 2% restante grasas, azúcares y otros elementos minerales. Del plasma se obtienen los subelementos denominados globulinas.

    De manera que la clasificación científica de la sangre no responde a la vulgarmente presentada en cuatro componentes principales (plasma, glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas), sino a la que se estudia dividida en dos componentes principales (plasma y elementos celulares o formes). Aún existen otras clasificaciones científicas que dividen la sangre en los componentes principales químicos de: proteínas, grasas, azúcares y otros. Y unos de los libros de texto más aceptados en las universidades médicas, escritos por el doctor Denise Harmening, clasifican la sangre en 16 componentes principales.

    Así que a día de hoy no es posible establecer con certeza absoluta qué componentes de la sangre son los principales y cuáles son los que se consideran secundarios o derivados o fracciones. No obstante, la erudición se inclina por la clasificación cada vez más extendida de plasma y el conjunto de elementos formes o celulares (glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas) suspendidos en el plasma. Por lo expuesto se deduce que  los glóbulos rojos y blancos y las plaquetas no se consideran componentes principales de la sangre, sino subelementos o fracciones que se hallan en el plasma. De los elementos formes o celulares se extraen a su vez otros derivados, siendo el más considerable la hemoglobina, que constituye el 97% de los eritrocitos o glóbulos rojos. Los glóbulos rojos, y concretamente la hemoglobina, dan su color característico a la sangre y transportan oxígeno a las células y tejidos del cuerpo. Cuando hay escasez de ellos, el cuerpo padece anemia. Una transfusión de eritrocitos o de hemoglobina se hace imprescindible para combatir la falta de oxígeno de las células ante una pérdida masiva de sangre. No es suficiente con tratar de aumentar el volumen sanguíneo mediante los que inadecuadamente se designan como “sustitutos de la sangre”, pero que no aportan el oxígeno que precisa con urgencia el paciente.

    De la misma manera que los elementos principales del agua (hidrógeno y oxígeno) no son agua si se los toma por separado, así los componentes de la sangre (plasma y elementos formes de eritrocitos, leucocitos y trombocitos) no son sangre si los separamos entre sí. El plasma sin los elementos celulares no es sangre, como tampoco los elementos celulares sin el plasma son sangre propiamente dicha. Para ser sangre precisan estar todos reunidos, plasma y elementos celulares.

    Se resume, pues, que los componentes principales de la sangre son realmente dos: el plasma y el conjunto de elementos celulares. Son, por tanto, fracciones o derivados del segundo grupo (y no componentes principales) los glóbulos rojos (eritrocitos), los blancos (leucocitos) y las plaquetas (trombocitos), los cuales a su vez pueden descomponerse en otros elementos empleados actualmente en Medicina, concretamente en las hemotransfusiones.

    En la actualidad rara vez se transfunde al paciente sangre completa. Lo que se le transfunde es cualquiera de los componentes principales, que ya no son sangre, como el plasma, que en su mayoría es agua. En cuanto a la transfusión de los elementos celulares, solamente se toma cada uno de ellos o sus derivados, por separado (sobre todo plaquetas y glóbulos rojos, y de estos últimos, la hemoglobina). Se enfatiza que ninguno de los componentes principales o secundarios de la sangre son sangre cuando ya se han separado del órgano líquido. El plasma no es sangre, como tampoco los elementos celulares (eritrocitos, leucocitos y trombocitos). Solamente se consideran sangre cuando están todos ellos (plasma y elementos celulares) juntos.

 

viernes, 16 de agosto de 2013

La gran muchedumbre, ¿se queda en la tierra o va al cielo?


    Según la doctrina que la Watchtower y el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová heredaron de su antiguo presidente J. F. Rutherford,  la gran muchedumbre apareció en 1935. Hasta entonces todos los testigos de Jehová, que lo eran desde 1931 al ser rebautizados con este nombre por el propio Rutherford, creían pertenecer al grupo de los hipotéticos 144.000 coherederos del reino celestial con Cristo. Dado que Rutherford observó que el número de los 144.000 estaba a punto de cumplirse, o más exactamente, sobrepasado, pues los tales andaban en escena desde el siglo primero, de ahí que se agarrara al comodín de la gran muchedumbre, sin caer en la cuenta de que esa gran muchedumbre era algo que estaba reservado para el futuro.

    Según el libro bíblico de Apocalipsis, la gran muchedumbre no aparece hasta después de la gran tribulación, que aún no ha sucedido. Así lo muestra Apocalipsis 7:14 que, hablando de la gran muchedumbre, especifica que “éstos son los que salen de la gran tribulación”. Si la gran muchedumbre es denominada como tal por primera vez y aparece después de la gran tribulación, no puede estar en funciones desde 1935, como se obliga a aseverar el Cuerpo Gobernante, aún a sabiendas de que Rutherford se equivocó en este sentido, como se había equivocado en tantas otras doctrinas que fueron producto de su elucubración mental, condenando al ostracismo a quien no las aceptara o las pusiera en duda.

    De manera que la gran muchedumbre, según la Biblia, no aparece en escena hasta pasada la gran tribulación futura. Solo entonces puede llamarse gran muchedumbre a este grupo superviviente, no antes. ¿Y dónde ubica el Apocalipsis a la gran muchedumbre, en la tierra o en el cielo? Apocalipsis 7:9 dice: “Después de estas cosas, ví y ¡miren!, una gran muchedumbre que ningún hombre podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, de pie, delante del trono y delante del Cordero”.

    La expresión “delante del trono”, ¿qué indica? Pues ni más ni menos que lo que dice el Salmo 11:4, texto al que remite una nota tras la palabra trono, según la Traducción del Nuevo Mundo (TNM). El Salmo en cuestión expresa literalmente: “Jehová está en su santo templo. Jehová... en los cielos está su trono”. Así que, si el trono de Dios está en el cielo y la gran muchedumbre está delante de ese trono, quiere decir que la Biblia sitúa a la gran muchedumbre en el cielo, no en la tierra.

    En Apocalipsis 7:15 también se lee que los de la gran muchedumbre “están delante del trono de Dios y le están rindiendo servicio sagrado día y noche en su templo”. El Cuerpo Gobernante asegura que la expresión “delante del trono” obviamente se refiere a que la gran muchedumbre rinde servicio sagrado a Dios en la parte terrestre del templo. Sin embargo, otra nota después de la palabra “delante” que aparece en Apocalipsis 7:15 en la TNM, vuelve a remitir al lector al Salmo 11:4, que indica que Jehová tiene su trono en el cielo, en su santo templo. ¿Qué es exactamente el “santo templo”?

    Si el lector consulta una traducción interlineal del Nuevo Testamento, en la que se muestra el texto griego y su versión literal bajo él, por ejemplo, la traducción interlinear editada por la Watchtower, observará que la palabra griega con que la TNM vierte “templo” a secas en Apocalipsis 7:15, es la declinación correspondiente del vocablo “naós”. ¿Qué es el naós? En el antiguo templo de Jerusalén la palabra griega naós, según los escritores del Nuevo Testamento, designaba el edificio que contenía las estancias de “el Santo” (en hebreo Hekal) y “el Santísimo” (en hebreo Debir); es decir, el naós se refería al santuario propiamente dicho. Para calificar el conjunto del templo con sus patios, los escritores utilizaron el vocablo griego “hierón”, que más propiamente hacía referencia a las zonas interiores del templo, como los patios, más que al mismo “naós”.

    Por tanto, la traducción correcta de Apocalipsis 7:15 es la que vierte la palabra templo como “santuario” (o vocablo similar), que es a lo que la palabra griega “naós” se refiere. En el naós o santuario únicamente podían entrar los sacerdotes. Pero, dado que el Cuerpo Gobernante considera que la gran muchedumbre no son sacerdotes como lo son los 144.000 ungidos, sitúa a dicha gran muchedumbre no en el santuario del templo, sino en uno de los patios del templo de Salomón. Hasta no hace mucho afirmaba que la gran muchedumbre rendía servicio sagrado a Dios en el patio de los gentiles (correspondiente al templo de Herodes); pero como la gran muchedumbre no se equipara a los gentiles, sino a los prosélitos judíos, de ahí que el Cuerpo Gobernante desviara el entendimiento hacia uno de los innominados patios exteriores del templo salomónico.

    Con todo, Apocalipsis 7:15 no dice que la gran muchedumbre está en el “hierón” ni en cualquiera de sus patios, sino que sirve en el “naós” o santuario que, como veremos, está en el cielo, no en la tierra. Es de observar que, sorprendentemente, la TNM sí vierte la expresión “santuario del templo” cuando traduce “naós” en otros textos, como en Apocalipsis 11:19. donde se lee: “Y fue abierto el santuario del templo de Dios, que está en el cielo”. Notamos de paso que ese santuario o naós está en el cielo. La nota a la que se remite al lector de la versión CD tras la palabra templo especifica que ésta es traducción del vocablo griego naós. Por esa razón la TNM pone entre corchetes la expresión “santuario del” antes de “templo”.

    Esa misma expresión de “santuario del” deberían haber colocado los compiladores de la TNM entre corchetes antes de la palabra “templo” que aparece en Apocalipsis 7:15, donde asimismo la nota correspondiente indica que el vocablo griego correspondiente es “naós”, y por tanto, “santuario” y no templo a secas. Pero al no hacerlo así, el Cuerpo Gobernante lo que realmente hace es tratar de ocultar que la gran muchedumbre sirve a Dios en el santuario de su templo, que está en el cielo. Por tanto, la gran muchedumbre no sirve a Dios en ningún patio o parte terrestre del templo celestial. No existe tal parte terrestre del naós celestial. La gran muchedumbre, pues, según la Biblia, rinde servicio sagrado a Dios en el mismo cielo, que es donde está situado el naós o santuario, no en la tierra.   

domingo, 11 de agosto de 2013

Por qué el Cuerpo Gobernante suprimirá las fechas 607 y 1914, tal como suprimió la de 1918 (Parte 4)


    La razón de que el Cuerpo Gobernante pretende anular las fechas 607 y 1914 es porque están basadas en las antiguas de 606 y 1914, esta última con diferente matiz del que tiene en la actualidad. Tales fechas son producto mental de especuladores bíblicos y parten del año 1844, con la publicación del libro de Edward Elliot “Horas con el Apocalipsis”, del cual tomó el adventista Nelson H. Barbour la especulación sobre las fechas y la transmitió a Charles T. Russell, que no se paró a realizar una investigación imparcial y seria y, llevado por su inexperiencia y entusiasmo, incorporó a su movimiento religioso como verdades bíblicas las fechas que Barbour le inculcó. El Cuerpo Gobernante reconoce que tales fechas son interpretaciones incorrectas de cuando la luz del entendimiento no brillaba como hoy. Considera que esas fechas míticas deben ser anuladas del conjunto doctrinal por carecer de consistencia y estar en contra de la verdad bíblica.

    Con respecto a los 2.520 años que se ha supuesto que duraban los diete tiempos de Daniel y los tiempos de los gentiles, éstos también están en vías de desaparecer del acerbo doctrinal del Cuerpo Gobernante. Los 2.520 años están igualmente basados en especulación humana. El primero que contempló dicha duración fue el escrutador bíblico John Aquila Brown, que en 1823 publicó su obra “El Atardecer”, en la cual teorizó que los siete tiempos de Daniel, que hasta entonces se consideraban por lo general de 1.260 años, duraban exactamente el doble.

    Brown calculó que los 2.520 años se extendían desde el 604 a.e.c. hasta 1917, con la restauración de la gloria de Israel. En 1917 el ejército inglés liberó a Jerusalén de los turcos y la que se entendió como “profecía de Brown” cobró actualidad. El partir Brown del año 604 a.e.c. fue porque los historiadores consideraban correctamente ese año como el primero de reinado de Nabucodonosor, que había ascendido al trono en el 605 a.e.c., fecha que ahora el Cuerpo Gobernante entiende que es la correcta y no la del 625 a.e.c. que aún continúa defendiendo por haberse aferrado sus antecesores al error demostrado de que el destierro de los judíos tras la destrucción de Jerusalén había durado 70 años, cuando los textos bíblicos se refieren a 70 años de duración del imperio babilonio tras la conquista del último reducto de Asiria, la ciudad de Harrán, y no al destierro judío. Esos 70 años también están sobre el tapete del Cuerpo Gobernante para su oportuna corrección, que habrá de levantar efervescentes ampollas en su día, tal como las levantará cuando comience a comunicar oficialmente la supresión de fechas que se consideraban vitales en el entramado watchtoweriano, bajo pena de excomunión de quien no las aceptaba.

    El Cuerpo Gobernante sabe que un elevado porcentaje de los testigos, sobre todo a partir de la Atalaya de julio 2013 que será considerada en septiembre, abandonará las filas, la gran mayoría de ellos sin presentar siquiera su carta de renuncia. Sencillamente, dejarán de asistir a las reuniones y asambleas y no habrá suficientes ancianos para las visitas de pastoreo de los tales. Las nuevas perspectivas de los líderes de Patterson son un mayor énfasis en la predicación y mayor dedicación de los adeptos a la preparación de las reuniones y su participación en ellas, al estudio personal y de familia y a la lectura diaria de la Biblia y las publicaciones de la Sociedad Watchtower. Se exigirá el máximo de tiempo, energías y medios económicos. Se exigirá estar en todo momento “intensamente ocupados en la obra del Señor”.

    El ostracismo, desprecio y odio hacia los que abandonan la obra del Reino y escuchan a los apóstatas se hará más intenso, sin importar si son familiares directos. Se hará constante hincapié en que estamos en los últimos días del sistema, aún si éstos duraran cientos de años más. Los superintendentes viajantes ya están enfatizando en sus visitas a las congregaciones que la predicación de las buenas nuevas del Reino de los testigos de Jehová cumple profecía bíblica y que eso es lo más importante para un adorador de Jehová y, por tanto, apoyador de su organización en la Tierra.

    Se hace ver ahora la predicación como garantía de resurrección, ya que el Armagedón y el nuevo orden mundial pudieran estar más lejanos de lo que se pensaba y probablemente los testigos actuales y los de años venideros no los vean. Se oye decir ya desde las plataformas que quien no participe intensamente en la obra de predicar, difícilmente podrá estar en la memoria de Jehová al tiempo de la resurrección. La esperanza actual no es la de llegar a ver hoy el nuevo orden o el paraíso prometido, sino la de resucitar y disfrutar eternamente de ese paraíso futuro, si es que la persona ha apoyado activamente y sin reservas al esclavo fiel y discreto, siendo sumiso a él en todo momento.  

    Tales nuevas exigencias constituyen la contrapartida de la supresión de las fechas 607, 537 y 1914, entre otras, que fueron en su día la espina dorsal de las enseñanzas de la Sociedad Watchtower y del Cuerpo Gobernante, pero que pronto verán su definitivamente eliminación del acerbo doctrinal característico de los testigos de Jehová.

   

jueves, 8 de agosto de 2013

Por qué el Cuerpo Gobernante suprimirá las fechas 607 y 1914, tal como suprimió la de 1918 (Parte 3)


    Años antes de 1914 Russell se dio cuenta de que entre el 606 a.e.c. y 1914 no mediaban los 2.520 años de los supuestos siete tiempos del profeta Daniel, sino exactamente 2.519 años. Por dicho motivo Russell pensó trasladar el año 1914 a 1915. En esa cuenta andaba cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, que no era lo que Russell esperaba, y concluyó que aquella guerra desembocaría en el Armagedón ese mismo año. Pasó 1914 sin que viniera el Armagedón y Russell definitivamente atrasó la fecha de 1914 a 1915, esperando en este último año lo que no aconteció en el anterior. Por tal razón reeditó el segundo tomo de Estudios en las Escrituras, titulado “El tiempo se ha acercado”, y todo lo que en la primera edición aplicaba a 1914 ahora lo trasladaba a 1915. Pero pasó 1915 y tampoco vino el Armagedón, lo cual le causó no poca amargura a Russell, que murió con evidente decepción la noche de difuntos de 1916.

    Rutherford pasó por alto el cambio que Russell había hecho para 1915 y volvió al año 1914, aunque sin saber exactamente qué fue lo que aconteció en ese año 1914. Tras la muerte de Rutherford, ya en la presidencia Natan H. Knorr, Fred Franz se encargó de corregir el entuerto arrastrado desde los tiempos de Russell. Así que, para cuadrar los famosos 2.520 años, que ya para entonces se equipararon erróneamente a los tiempos de los gentiles cuando éstos nada tienen que ver con los siete tiempos de Daniel, Franz pudo haber hecho lo que hizo Russell: pasar a 1915 la fecha de 1914. Pero no lo hizo debido a que ya Rutherford había establecido con carácter retroactivo que 1918, que salía de sumar medio tiempo o tres años y medio a 1914, fue el año de la inspección del Amo Jesucristo a su esclavo; y que 1919 fue el año del nombramiento del esclavo sobre los bienes del Amo (edificios, terrenos, locales, imprenta, publicaciones, predicación…)

    Si Franz retrasaba a 1915 lo que se esperaba para 1914, las fechas de inspección y nombramiento hubieran sufrido el consiguiente cambio de 1918 y 1919 a 1919 y 1920, respectivamente. Ello podría dar lugar a pedir explicaciones por parte de la grey con respecto al año 1919, en el sentido de que, si el nombramiento se trasladaba a 1920, con qué autoridad pudo hablar y decidir el esclavo en 1919. Para evitar eso, Franz hizo algo más descabellado: adelantó la supuesta destrucción de Jerusalén al año 607 a.e.c. y así le cuadraron los 2.520 años. Pero al mismo tiempo adelantó al 537 a.e.c. la salida del cautiverio de los judíos, y de esa manera le cuadraban los supuestos 70 años de destierro. Si antes se expulsaba de las filas a quien no aceptaba las fechas 606 y 536, ahora se expulsaba a quien no aceptaba las del 607 y 537.

    Pasó el tiempo y en 1971 se formó el Cuerpo Gobernante tal como se define en la actualidad. Con carácter retrospectivo se dio el nombre de cuerpo gobernante a los directores de la Watchtower. Sin embargo, al momento de la creación del Cuerpo Gobernante en 1971, coexistían dos cuerpos gobernantes: la junta directiva y el nuevo cuerpo, cuyos miembros superaban en número a los de la junta, si bien los componentes de la junta, o la mayoría de ellos, lo fueron también del actualizado Cuerpo Gobernante. A día de hoy también coexisten el Cuerpo Gobernante y la junta directiva de la Watchtower. El Cuerpo Gobernante del tiempo de Knorr tomó la dirección de la Watchtower y de los testigos de Jehová el 1 de enero de 1976.

    Ya por entonces se sabía que las fechas 607, 537, 1914, 1918 y 1919 eran falsas, como lo habían sido las del 606, 536 y 1874, aunque los más veteranos del recientemente creado Cuerpo Gobernante, que eran los que llevaban la voz cantante, pospusieron para un futuro todo posible cambio o anulación de fechas. En 2012, ya fallecidos a edad avanzada los máximos dirigentes del Cuerpo Gobernante, se inició la remodelación y se comenzó por la fecha de 1918, establecida sin ton ni son por Rutherford en 1927 como la del año de inspección del Amo Jesucristo, si bien años antes había apuntado a ese 1918 como año de la destrucción de la cristiandad.

    Por lo pronto la fecha de 1918, que antes era el año de inspección del Amo Jesucristo, ha sido pasada a 1914 al objeto de dar más consistencia a este último año, del que incluso se tienen dudas de que sea el año de la presencia invisible de Jesucristo en su reino celestial. Al menos el Cuerpo Gobernante sabe que no es el año de inicio de su reinado, pues éste se vislumbra para el futuro, después de la gran tribulación y el Armagedón, que es justamente cuando el Amo llega y nombra (o debiera llegar y nombrar) a su esclavo terrestre como administrador de sus bienes, según la doctrina del Cuerpo Gobernante.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Por qué el Cuerpo Gobernante suprimirá las fechas 607 y 1914, tal como suprimió la de 1918 (Parte 2)


    Suprimida la antibíblica fecha de 1918 sin que los adeptos se hayan alborotado por haber sido alterada una de las bases doctrinales de la estructura watchtoweriana, el Cuerpo Gobernante tiene vía libre para dar a conocer asimismo la supresión de las fechas 607 a.e.c. y 1914 e.c., sin que ello escandalice a la grey. La fecha del 607 a.e.c. está actualmente defendida como el año en que Jerusalén fue destruída por Nabucodonosor y suprimido el reinado de Jehová en la Tierra. El año 1914 se define como aquel en que Jesucristo, después de 2.520 años, tomó en el cielo su poder como rey, restableciendo de esa manera el reinado de Jehová sobre la Tierra, aunque el establecimiento definitivo tendrá lugar, según el Cuerpo Gobernante, después del Armagedón.

    El Cuerpo Gobernante sabe que las fechas 607 y 1914 son tan bíblicas como la de 1918, que resultó ser falsa. Cuando definitivamente se anuncie la supresión, se intuye que aún en fecha algo lejana, el actual nuevo y provisional entendimiento de que en 1914 Jesucristo inspeccionó a la junta directiva de la Watchtower también será suprimido y dicha inspección pasará al año 1919. Este año de 1919 quedará definitivamente como el de la inspección del Amo y del nombramiento del esclavo.  

    La fecha del 607 a.e.c. sale de un remiendo doctrinal que el vicepresidente de la Watchtower, Fred Franz, a la sazón el único teólogo de la Sociedad en tiempos del presidente Knorr, encajó en el libro “La verdad os hará libre”, de su propia pluma e invención, que editó en 1943. Entonces no había un cuerpo gobernante que escribiera y diera ningún tipo de alimento espiritual, sino que todo dependía de una sola persona: Russell en sus días, Rutherford en los suyos y Franz hasta 1975 (a partir de 1976 tomó las riendas el Cuerpo Gobernante, distinto de la junta de directores que con carácter retroactivo se la denominó “cuerpo gobernante”, lo que significaría que había dos cuerpos gobernantes en la Watchtower).

    El año 607 suplía en el libro de Franz al 606 a.e.c., que era el año que Russell y Rutherford aceptaron como el de la destrucción de Jerusalén, en tanto que la liberación de los cautivos judíos se defendía en el 536 a.e.c. y el fin de los reinos humanos o Armagedón se esperaba para 1914, cuarenta años después de 1874, año que hasta 1943 se predicaba oficialmente como el de la presencia invisible de Jesucristo en su reino. Russell no inventó las fechas 606 y 1914 ni las sacó de su lectura de la Biblia, sino que las aceptó ciegamente en 1876, sin indagar ni sopesar la veracidad o no veracidad de las mismas, del adventista Nelson Horatio Barbour. Barbour las había aceptado a su vez del libro “Horas con el Apocalipsis”, que escribió en 1844 el estudioso bíblico Edward Elliot y quien fue el primero en dar a conocer juntas las fechas 606 y 1914, relacionadas entre sí por los 2.520 años que se estimaban de los siete tiempos de Daniel.

    Otros estudiosos bíblicos también aceptaron las fechas de Elliot. Solamente había una diferencia entre todos estos estudiosos y Barbour: que aquéllos consideraban el año 606, no como el de la destrucción de Jerusalén, sino como el del inicio de los 70 años de servidumbre de la nación de Judá al rey de Babilonia. En esos 70 años estaban incluídos los tres grandes destierros de los judíos, a saber, el del año 7 de Nabucodonosor, el del año 18 (con la destrucción de Jerusalén) y el del año 23. No era, pues, para ellos, la del 606 la fecha de la destrucción de Jerusalén, sino la del inicio de los 70 años de servidumbre. La destrucción de Jerusalén la estimaban en el 587 a.e.c.

    Sin embargo, Barbour no entendió el asunto de “servidumbre”. Para él servidumbre y destierro eran la misma cosa; así que estableció sin investigación seria alguna que lo que había acontecido en el 606 a.e.c. fue la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor, cuando los historiadores y los arqueólogos demostraban con irrefutables pruebas que tal destrucción había tenido lugar en el 587 a.e.c., a la sazón el año 18 de Nabucodonosor. Esto fue lo que Russell aceptó del adventista Barbour, que el 606 a.e.c. fue el año de la destrucción de Jerusalén y el del principal cautiverio de los judíos y que éstos salieron de Babilonia 70 años después, en el 536 a.e.c. Russell, joven entusiasta, se lanzó irreflexivamente a predicar el significado de los años 606 (destrucción de Jerusalén), 536 (liberación de los cautivos judíos), 1874 (inicio del reinado de Jesucristo) y 1914 (destrucción de los reinos del mundo en la batalla de Armagedón). El tiempo demostró que todas estas fechas, y lo que significaban, eran falsas.

    Una pregunta queda por responder. ¿De dónde sacó la fecha del 606 a.e.c. el analista bíblico Edward Elliot? La obtuvo del libro “Primer elemento de la sagrada profecía”, que escribió en 1843 el teólogo Thomas Rawson Birks. Birks había leído en Jeremías 52:12 que Nabucodonosor destruyó Jerusalén en el año 19 de su reinado. Como Birks sabía que tal destrucción aconteció en el 587 a.e.c., lo que hizo fue sumar 19 años al 587 y así llegó al 606, año que a su entender era el primero de Nabucodonosor. Sumados al 606 los 70 años de duración del sometimiento de la nación de Judá a Babilonia, se llegó al 536 a.e.c. como año de la liberación de los cautivos judíos (y su descendencia) que habían sido tomados de Jerusalén en los años 7, 18 y 23 de Nabucodonosor. Sin embargo Birks se equivocó, pues no es lo mismo “el año diecinueve” que “diecinueve años”, por lo que Birks debió haber sumado 18 años al 587 y hubiera alcanzado el 605, que era el año que los historiadores y los arqueólogos daban para el ascenso al trono de Nabucodonosor.

    Elliot acogió la fecha 606 a.e.c. de Birks, pero no dio explicaciones de la misma en su libro. Barbour leyó a su vez a Elliot y aceptó la fecha 606 a.e.c., aunque la malentendió como año de la destrucción de Jerusalén, cuando en realidad esa destrucción la aceptaban como acontecida en el 587 a.e.c. los estudiosos bíblicos anteriores a Barbour. Barbour transmitió, entre otras, la fecha del 606 a Russell, que la aceptó si hacer averiguaciones sobre su veracidad y la proclamó allí por donde iba como año marcado en la Biblia. El presidente Rutherford tampoco se paró en averiguaciones, hasta que en tiempos de Knorr el vicepresidente Franz quiso enderezar el error de los 2.519 años que se contabilizaban entre el 606 a.e.c. y 1914, aunque aumentó dicho error al adelantar al 607 a.e.c. la destrucción de Jerusalén. Con el tiempo la Watchtower se obligó a adelantar los acontecimientos históricos en 20 años, a fin de que le cuadraran los supuestos 70 años de destierro de los judíos tras ser destruída por Nabucodonosor la ciudad de Jerusalén.

lunes, 5 de agosto de 2013

Por qué el Cuerpo Gobernante suprimirá las fechas 607 y 1914, tal como suprimió la de 1918 (Parte 1)


    El Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová suprimió recientemente la fecha de 1918 por entender que no era bíblica. Dicha fecha fue establecida arbitrariamente o sin base lógica por el presidente de la Watchtower, J. F. Rutherford. Dado que el fin del sistema o Armagedón no vino en 1914, como esperaba el fundador de la Sociedad Watchtower,  Charles T. Russell, y con él la mayoría de los adeptos a las doctrinas russellitas (algunos no creían que 1914 fuera el año del Armagedón, como predicaba Russell), Rutherford creyó entender que tres años y medio después del otoño de 1914, es decir en 1918, llegaría el fin de la cristiandad, por destrucción divina, y siete años después, en 1925, acontecería la resurrección de los patriarcas, evento que sería seguido del Armagedón, tal como predicó mediante masivas conferencias a nivel mundial y por medio de la multimillonaria venta del libreto “Millones que ahora viven no morirán jamás”.

    Ni la resurrección de los patriarcas ni el Armagedón tuvieron cumplimiento en 1925, por cuya razón en 1926 abandonó las filas de los Estudiantes russellitas de la Biblia el 80% de los adeptos, tal como se desprende de la información del Anuario de 1928 de la Watchtower, donde se recoge que menos de 20.000 personas participaron en 1927 de los emblemas en la conmemoración anual de la Cena del Señor, mientras el anuario del año anterior ofrecía el dato de casi 100.000 participantes en la conmemoración de 1926.

    Es de observar que en aquellos tiempos absolutamente todos los Estudiantes de la Biblia participaban de los emblemas de pan y vino. Para 1931 Rutherford tomó el grupo que quedaba del viejo movimiento russellita y lo redenominó como “Testigos de Jehová”, que fundó con el 20% superviviente de los antiguos Estudiantes de la Biblia más los nuevos adeptos que entraron entre 1927 y 1930. Rutherford fundó un movimiento religioso diferente del de Russell; por eso a partir de 1927 arrinconó la mayoría de las doctrinas del fundador de la Watchtower e implantó en su lugar las suyas propias, aún más descabelladas.

    En la revista que en castellano se conoce como La Atalaya, Rutherford publicó en el ejemplar del 15 de febrero de 1927 que el Amo Jesucristo había inspeccionado al esclavo fiel y discreto en 1918 y que en 1919 lo había nombrado como administrador de sus bienes terrenales. Previamente estableció que el esclavo fiel y discreto no era Russell, como hasta entonces se creía, sino el entero cuerpo de los ungidos, es decir, todos los Estudiantes de la Biblia, ya que todos ellos entendían que tenían la unción celestial. Eso significa que Russell, aunque había muerto en 1916 y se suponía que dirigía los asuntos desde el cielo, estaba considerado como el esclavo fiel y discreto en los años 1918 y 1919, cuando el Amo inspeccionó y nombró sobre sus bienes, supuestamente, al ya fallecido esclavo fiel y discreto.

    El tardíamente denominado por Rutherford esclavo fiel y discreto (a saber, todos los ungidos o Estudiantes de la Biblia) no se enteró, pues, de la visita del Amo en 1918 ni del nombramiento en 1919. Es el caso de un rey que visita a una persona en su casa y al año siguiente le nombra su administrador, pero la persona en cuestión no se entera de ello hasta nueve años después. Rutherford implantó en 1927 como dogma de fe tal doctrina retrospectiva de inspección y nombramiento, bajo pena de excomunión de quien no lo aceptara.

    El año 1919 salió como consecuencia directa de lo supuestamente acaecido en 1918. El año 1919 está, pues, íntimamente ligado a 1918, de tal manera que sería imposible separar un año del otro. Pero en la actualidad, desde octubre de 2012, el Cuerpo Gobernante ha suprimido el año 1918 como el de la inspección del Amo Jesucristo y lo ha retrotraído a 1914; y sin embargo ha dejado intacto el año 1919, con la matización de que en ese año no se le nombró al esclavo fiel y discreto sobre los bienes del Amo, sino que lo que sucedió en tal año fue el nombramiento de la junta de directores de la Watchtower como “esclavo fiel y discreto para dar el alimento correcto de la verdad a los domésticos”.

    Varios superintendentes y ancianos no están de acuerdo con este punto de vista y así lo están comunicando a Patterson en nombre de los miembros de sus respectivas congregaciones. Razonan que cuando un personaje nombra a uno de sus esclavos para dar el alimento a los demás es cuando el personaje en cuestión se va de viaje, no cuando regresa o viene para realizar una inspección. Por tanto, el nombramiento como esclavo fiel y discreto hubo de darlo Jesucristo a los suyos cuando en el año 33 partía para el cielo. Es ilógico que nombre a nadie como esclavo a partir de 1919.

    Ya en 1878 y 1879 Russell había declarado que el Amo Jesucristo había inspeccionado y nombrado administrador al esclavo, es decir, al propio Russell, aunque él mismo entendiera oscuramente que el esclavo podría ser la entera organización de fieles simpatizantes de la Watchtower. Esta doctrina fue arrinconada por Rutherford cuando en su lugar estableció las fechas de 1918 y 1919.

    Vemos que las fechas de 1878 y 1879 fueron suprimidas en su día por no considerarse bíblicas. Lo mismo ha sucedido con 1918, que no era fecha bíblica. Sin embargo, sí se considera fecha bíblica el año 1919, cuando por lógica no lo es, ya que dependía de 1918. El dejar intacta la fecha de 1919 se debe a que en ese año fueron liberados de la prisión Rutherford y los directores de la Watchtower, lo cual para el Cuerpo Gobernante es prueba evidente de que el Amo Jesucristo los había nombrado para alimentar a los suyos. Se da a entender que el año 1919 no está ligado a fechas anteriores, aunque ahora se afirme provisionalmente que la inspección del Amo tuvo lugar a partir de 1914.

    Antes pensaban los de la Watchtower, con Rutherford a la cabeza, que a todos los cristianos Estudiantes de la Biblia o ungidos los había nombrado el Amo Jesucristo como administradores de sus bienes en la Tierra, argumentación ahora sin efecto, pues el nombramiento sobre los bienes del Amo dicen que tendrá lugar durante la gran tribulación, que el mismo Cuerpo Gobernante no sabe lo que es exactamente, pues lo diferencia del Armagedón. Pero si el nombramiento se pospone para el futuro, ello significa que habrá entonces una nueva inspección por el Amo. Y Mateo 25:45-47, de donde el Cuerpo Gobernante saca la errónea doctrina del esclavo fiel y discreto, nada dice de más de una inspección y nombramiento.

 

sábado, 3 de agosto de 2013

¿Estuvieron los judíos 70 años en el destierro? (y 2)

    Queda demostrado que el texto de Jeremías 29:10 no indica que los judíos habrían de permanecer 70 años en el destierro babilonio, sino que esos 70 años se refieren al tiempo en que Babilonia dominó la escena mundial tras conquistar el último reducto de Asiria, la ciudad de Harrán. En ninguna parte menciona la Biblia que los judíos habrían de estar o estuvieron 70 años desterrados después de que Nabucodonosor destruyera la ciudad de Jerusalén en el año 18 de su reinado (o el 19 por el cómputo judío). El texto de Jeremías 29:10 es parte de una carta que el profeta escribió a los desterrados de Jerusalén, pero no a los del año 18 ó 19 de Nabucodonosor, sino a los del año 7 de dicho monarca (o el año 8 por el cómputo judío).
    Si los 70 años fueran de destierro, habría que aplicarlos a los desterrados del año 7 u 8, no a los del 18 ó 19. En ese caso los judíos habrían permanecido 81 años desterrados, lo cual está en desacuerdo con Jeremías 25:11 y 12, donde el profeta escribe que al rey de Babilonia se le serviría por 70 años, pasados los cuales rendiría cuentas, lo que significa que ya no podría seguir reinando y, en consecuencia, ninguna nación o individuo podría servirle por más de 70 años. Al rey de Babilonia se le pidieron cuentas cuando cayó ante Ciro en el año 539 antes de la era cristiana (a.e.c.). Los historiadores llegaron en principio a esa fecha partiendo del año 609 a.e.c., en que Nabopolasar tomó la ciudad de Harrán, con lo que finalizó el imperio asirio. Al 609 a.e.c. le sumaron los historiadores los 70 años de dominio babilonio y así obtuvieron inicialmente la fecha del 539 a.e.c., corroborada después como exacta por diversos medios, lo que significó que también era exacta la fecha del 609 a.e.c.
    Dado que cuatro años después de la toma de Harrán, el hijo de Nabopolasar, Nabucodonosor, subió al trono de Babilonia tras la batalla de Karkemis, ello sitúa la fecha de ascensión de Nabucodonosor en el 605 a.e.c., como demuestran con multitud de pruebas los historiadores, los arqueólogos y los astrónomos. Como la Biblia indica que Nabucodonosor destruyó Jerusalén en el año 18/19 de su reinado, si a la fecha del 605 se le aplican 18 años, se alcanza la del 587 a.e.c. como año de aquella destrucción.
    El 587 a.e.c. está acorde con lo que manifiesta Josefo en su obra “Contra Apión”, donde escribe que desde la destrucción del templo de Jerusalén por Nabucodonosor hasta la puesta de los cimientos del nuevo templo, en el año segundo de Ciro, transcurrieron 50 años. Como Ciro libertó a los judíos en el año primero de reinar sobre Babilonia, por el cómputo judío tal año primero corrió de octubre del 539 al octubre del 538 a.e.c., iniciándose a continuación el año segundo, entre octubre del 538 y octubre del 537 a.e.c. Por el cómputo persa, el año primero de Ciro abarcó de la primavera del 538 a.e.c. a la primavera del 537 a.e.c. Hacia el mes de julio del 537 a.e.c. (el segundo año de Ciro en Babilonia, tanto por el cómputo judío como por el persa) es cuando se sitúa la puesta de los cimientos del nuevo templo de Jerusalén. Ello significa que, si transcurrieron 50 años desde la destrucción del anterior templo, la fecha del arrasamiento tuvo lugar en el mes de julio del año 587 a.e.c. (537 + 50 = 587).
    Puesto que Ciro emitió su decreto de liberación en su año primero, los judíos que se hallaban cautivos en Babilonia forzosamente hubieron de iniciar el regreso a su país en la primavera del 538 a.e.c. Sería ilógico pensar que habrían de esperar un año más para abandonar el destierro. Así que los desterrados en el año 18 ó 19 de Nabucodonosor (según se compute) permanecieron en Babilonia 49 años (del 587 al 538 a.e.c.), cumpliéndose 50 años en el 537 a.e.c., cuando se colocaron los cimientos del templo en el año segundo de Ciro, según Josefo. Los judíos tomados cautivos 11 años antes, en el 7 u 8 de Nabucodonosor) estuvieron en Babilonia 60 años, no 81, como aseveran quienes se dejan llevar por el malentendido que derivan de Jeremías 29:10. Y los tomados cautivos en el año 23 de Nabucodonosor pasaron 44 años en Babilonia.
    Los judíos, pues, no estuvieron 70 años en el destierro de Babilonia. Los 70 años vienen, por un lado, de la incorrecta interpretación del texto de Jeremías 29:10, al aplicarse a los judíos los 70 años que el profeta aplica a la duración del imperio babilonio tras finalizarse la conquista de Asiria. Por otro lado, la tradición ha entendido como 70 años de destierro los años transcurridos entre la destrucción del templo salomónico y la inauguración del nuevo. Exactamente fueron 72 años, aunque coloquialmente se hable de 70 años, cuando el nuevo templo estaba en su mediación. De igual manera se dice que la versión griega de la Biblia la escribieron 70 personas, cuando en realidad fueron 72 los traductores.
    En conclusión, los judíos tomados cautivos por Nabucodonosor en su año 18 de reinado, cuando destruyó Jerusalén, no permanecieron 70 años en el destierro, sino exactamente 49. Y los 70 años que menciona Jeremías 29:10 se refieren a Babilonia como imperio dominador, no a la duración del destierro judío.   

jueves, 1 de agosto de 2013

¿Estuvieron los judíos 70 años en el destierro? (1)

    Es creencia común entre muchos estudiosos de los pasajes bíblicos que los judíos que el rey Nabucodonosor II tomó cautivos de Jerusalén en su año 18 de reinado (o el 19 según el cómputo judío) estuvieron 70 años desterrados en Babilonia. Tales estudiosos citan el texto de Jeremías 29:10, donde aún puede leerse en algunas biblias (cada vez en menos) que “cuando se cumplan setenta años en Babilonia, os restauraré a vuestra tierra”. Los lectores de tales versiones entienden el texto más o menos de esta manera: “Cuando cumpláis setenta años de destierro en Babilonia, os restauraré a vuestra tierra”.
    Así que el entendimiento que le dan muchos al texto de Jeremías 29:10 es que los judíos habían de estar desterrados en Babilonia por setenta años, tras los cuales volverían a su tierra. Estos mismos lectores dan por supuesto que el mencionado pasaje bíblico de Jeremías se refiere a los desterrados del año 18 de Nabucodonosor, cuando en Jerusalén reinaba Sedequías. ¿Pudiera ser esto cierto?
    El versículo 1 del capítulo 29 de Jeremías expresa que el profeta se dirigía por carta a los desterrados de Jerusalén. Pero el versículo 2 especifica a qué desterrados concretamente escribía el profeta. Dice que fue a los desterrados del tiempo del rey judío Jeconías. ¿Quién es este Jeconías? Varias notas al margen del versículo 2 remiten al libro segundo de los Reyes, 24:8 y siguientes. Aquí se lee que en el tercer mes de reinar Joaquín en Jerusalén, Nabucodonosor entró en la ciudad y se llevó los tesoros del Templo y a las personas más importantes de entre los judíos, entre ellos al propio rey Joaquín. Por el contexto sabemos que Joaquín y Jeconías eran la misma persona. También leemos que todo esto aconteció en el año octavo (o el séptimo por el computo babilonio) del reinado de Nabucodonosor.
    Por tanto, en caso de que los 70 años mencionados por Jeremías 29:10 se adjudicaran al destierro de los judíos, aplicarían solamente a los desterrados del año séptimo/octavo de Nabucodonosor, no a los desterrados del año dieciocho/diecinueve del rey babilonio. Aquí surge una cuestión extraña. Si, según entienden muchos, los judíos del año 18 ó 19 de Nabucodonosor estuvieron 70 años en el destierro, los tomados cautivos en el año 7 u 8, es decir, 11 años antes, habrían permanecido 81 años desterrados en Babilonia. Eso es contrario a lo que dice Jeremías 25:11, donde se lee que “todas las naciones habrían de estar en servidumbre al rey de Babilonia durante setenta años”. Y en el versículo 12 se aclara que “transcurridos los setenta años, el rey y la nación de Babilonia rendirían cuentas”. Rendir cuentas un rey significa que ya no podría seguir reinando. Si al transcurrir 70 años se le piden cuentas al rey de Babilonia, quiere decir que ya nadie podría servirle por más tiempo, dado que el rey en cuestión había sido destronado. Así que el tiempo máximo de servicio al rey de Babilonia, según Jeremías, sería de 70 años, no de 81. Pasados esos 70 años, finalizaría toda servidumbre de las naciones a dicho rey.
    Toda la explicación al malentendido de tantos lectores está en la preposición “en” que en algunas biblias aún aparece en el texto de Jeremías 29:10 y en que los 70 años no se refieren al destierro de los judíos, sino al tiempo en que la nación de Babilonia detentaría el poder como imperio absoluto después de conquistar el último reducto de Asiria, la ciudad de Harrán. Durante esos 70 años Babilonia mantendría en servidumbre a todas las naciones que había conquistado a Asiria, incluída Judá.
    Con respecto a la preposición “en” traducida incorrectamente en Jeremías 29:10, la mayoría de las versiones bíblicas la han corregido según los manuscritos hebreos. La preposición que en ellos figura se vierte correctamente como “a”, “de” ó “para”. Por eso leemos hoy en Jeremías 29:10, con toda corrección: “Cuando se cumplan los setenta años de Babilonia”. O “cuando a Babilonia se le cumplan los setenta años”. O, como por ejemplo lo vierte la Traducción del Nuevo Mundo (TNM) en sueco y en danés, “conforme se cumplan setenta años para Babilonia”. En las versiones a otros idiomas, la TNM es de las pocas que continúa ofreciendo incorrectamente la preposición “en”.
    Así que, considerando imparcialmente el asunto, los 70 años a los que alude el profeta Jeremías no se refieren al destierro de los judíos, sino al tiempo en que Babilonia tendría en sujeción a las naciones que había conquistado a Asiria, entre las que se hallaba Judá, cuyos habitantes fueron los únicos que, como nación, fueron llevados masivamente al destierro (en tres tandas), todo ello debido a que no sirvieron al rey de Babilonia tal como lo hacían las demás naciones. Si le hubieran servido, no habrían sido castigados con destierros.
    Es de observar que el mayor destierro de los judíos acaeció en el año 7 u 8 de Nabucodonosor, en tiempos del rey judío Joaquín o Jeconías. A estos desterrados es a quienes el profeta se dirige por carta hablándoles de los 70 años de Babilonia. Jeremías dice también que en ese año fueron tomados como cautivos 3.023 judíos. Once años después Nabucodonosor destruyó Jerusalén y se llevó al destierro a 832 judíos, cuando reinaba Sedequías en la capital judía. Y cinco años más tarde tomó 745 cautivos de Jerusalén. (Continuará).