martes, 15 de enero de 2019

Jerusalén: ¿destruída en el 607 o en el 587 a.e.c.? (y 2)


 
    Las fechas del 609 y del 539 a.e.c. son inseparables entre sí y la del 539 depende de la del 609 a.e.c. Si, como enseñan la Sociedad Watchtower y el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, la caída de Harrán hubiera acaecido en el año 629 a.e.c., los 70 años hubieran terminado en el 559 a.e.c. como fecha de la caída de Babilonia; pero está demostrado (por la Historia, la Arqueología y la Astronomía) que no fue así. La fecha del 629 a.e.c. para la toma de Harrán que defienden los testigos de Jehová es totalmente errónea. Esta fecha está basada en la creencia de que los judaítas que Nabucodonosor se llevó al cautiverio en el año 18-19 de su reinado estuvieron setenta años desterrados en Babilonia.

    El historiador Flavio Josefo escribe en su obra ‘Contra Apión’, la última que redactó, que los cimientos del templo de Jerusalén ‘fueron puestos en el año segundo de Ciro, cincuenta años después de haber sido destruido el templo anterior’. El año segundo de Ciro correspondió al 537 a.e.c. La gerencia de los testigos de Jehová afirma que los cimientos fueron puestos en el año 536 a.e.c. Si esto es así, cincuenta años atrás llevarían al 586 a.e.c. como año de la destrucción del templo de Jerusalén; de todas maneras nunca se alcanzaría el año 606 ó el 607 a.e.c. para tal destrucción.

    Los historiadores evidencian con múltiples pruebas que Nabucodonosor subió al trono de Babilonia en el 605 a.e.c. Esta evidencia histórica está amparada y corroborada inequívocamente por las ciencias de la Arqueología y la Astronomía.

    Las decenas de miles de tablillas cuneiformes descubiertas en tierras de la antigua Babilonia indican en su cabecera el nombre del rey en funciones y el año de su reinado. Existen tablillas para los 43 años de reinado de Nabucodonosor y no hay tablillas más allá de esos años. Hay tablillas para los 2 años de Evil Merodac y no se descubren más tablillas de este rey. Hay tablillas para los 4 años de reinado de Neriglisar, una tablilla para un mes de reinado de Labashi Marduk (que murió en su año de ascenso) y existen tablillas para los 17 años de reinado de Nabonido, no encontrándose más tablillas que indiquen que los reyes citados reinasen más años.

    Estos cinco reyes babilonios gobernaron un total de 66 años. Los historiadores aplicaron esos 66 años al 605 a.e.c., en que subió al trono Nabucodonosor, y así confirmaron inicialmente el año 539 a.e.c. como el de la caída de Babilonia. Si, como afirma el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, Nabucodonosor hubiera empezado a reinar en el 625 a.e.c., los 66 años llegarían al 559 a.e.c. como año de la caída de Babilonia, lo cual es inexacto a todas luces.

    Los mismos testigos de Jehová aceptan el 539 a.e.c. como año de la caída de Babilonia. El hecho de que el Cuerpo Gobernante haga empezar a reinar a Nabucodonosor en el 625 a.e.c. se debe a que añade erróneamente 20 años al cómputo del reinado de los precitados reyes babilonios, 20 años que salen de la creencia de que los judaítas del año 18-19 de Nabucodonosor estuvieron 70 años desterrados en Babilonia, cuando los 70 años de los que habla la Biblia se refieren a Babilonia y no a los desterrados.

    Aun a sabiendas de que no está en lo correcto, el Cuerpo Gobernante se obliga a defender que los judaítas del tiempo de Nabucodonosor estuvieron 70 años desterrados. De otra manera no pueden los testigos de Jehová llegar al año 607 a.e.c. y aplicarle a esa fecha los 2.520 años de los hipotéticos siete tiempos de Daniel (que los Testigos equiparan a los tiempos de los gentiles) para alcanzar así el año 1914 como el del inicio del reinado y presencia invisible de Jesucristo en el cielo.

    La fecha de 1914 le fue transmitida a Russell por el adventista Barbour. Esta fecha parte del año 1844 y apareció por vez primera en el libro ‘Horas del Apocalipsis’, publicado por Edward Bishop Elliott. De este libro tomó las fechas el adventista Barbour, fechas que le pasó a Russell como bíblicas. Sin la fecha de 1914 no es posible defender el año 1919 como el tiempo en que Jesucristo eligió al Cuerpo Gobernante como su esclavo fiel y discreto, y eso que el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová no existía en 1919. Tampoco existían los testigos de Jehová, sino los Estudiantes de la Biblia.

    Rutherford cambió el nombre de los Estudiantes de la Biblia a testigos de Jehová en 1931 y lo hizo únicamente con el 27% de los Estudiantes de la Biblia (además de a los nuevos afiliados) que no habían abandonado las filas en 1926, tras el escándalo de la doctrina de Rutherford de que en 1925 iban a resucitar los antiguos patriarcas de Israel. El Cuerpo Gobernante vino a la existencia en 1971, y en 1976 se impuso como el supremo dirigente de los testigos de Jehová, por encima del presidente de la Watchtower.  A lo que se llama Cuerpo Gobernante antes de 1971 es a la Junta Directiva de la Watchtower, que efectivamente era un cuerpo gobernante, pero de la Sociedad mercantil y no de los testigos de Jehová. A partir de 1971 hubo, pues, dos cuerpos gobernantes: el de la Sociedad y el de los testigos de Jehová.

    Una manera segura de comprobar que Nabucodonosor subió al trono en el año 605 a.e.c. es por medio del diario astronómico VAT 4956, una tablilla descubierta en las excavaciones de la antigua Babilonia. Este diario indica en su cabecera que fue escrito en el año 37 de Nabucodonosor y da 28 posiciones estelares de la Luna y los cinco planetas conocidos, si bien la Luna tan solo aparece en 13 de estas posiciones. Los astrónomos tradujeron los datos del diario a nomenclatura moderna y los hicieron pasar por el sofisticado programa informático que indica las posiciones estelares en cualquier época del presente, el pasado y el futuro, dentro de un periodo de 25.920 años. La razón de esos 25.920 años está en el movimiento de precesión de la Tierra, cuyo eje vuelve al punto de partida en ese largo periodo.

    Tras el profundo estudio de la tablilla, los astrónomos descubrieron que las posiciones del diario VAT 4956 solamente pudieron darse en el año 568 a.e.c. Este año es conocido actualmente como ‘el año científico absoluto’ y sirve para medir los tiempos de la Historia. Y dado que la tablilla indica que fue escrita en el año 37 de Nabucodonosor, si al año 568 le sumamos 37 años alcanzamos el 605 a.e.c. como año de ascenso al trono de Nabucodonosor.

    Dado que Nabucodonosor ascendió en el año 605 a.e.c. y en su año 18-19 destruyó Jerusalén, la fecha de tal destrucción fue por consiguiente el año que iba del 587 al 586 a.e.c. (el año comenzaba con la primavera). Por tanto la fecha del 587 a.e.c. fue el año en que los babilonios arrasaron Jerusalén y su templo. En modo alguno pudo ser el año 606 ó 607 a.e.c. Tal año se basa en el errado cálculo de que los judaítas estuvieron 70 años en el destierro después de que Nabucodonosor arrasó Jerusalén en su año 18-19 de reinado.

    Al desaparecer el año 607 a.e.c. como fecha de la destrucción de Jerusalén, desaparece también el cálculo de 2.520 años para los siete tiempos de Daniel y desaparece asimismo el año 1914 como fecha de la entronización de Jesucristo. Fechas y tiempos son producto de la mente de religiosos exaltados que en el siglo XIX se basaban en la numerología para sus cálculos acerca del tiempo en que Jesucristo había de aparecer de nuevo sobre la Tierra.

    Todas las fechas anunciadas para tal suceso resultaron erróneas, sin olvidar que Russell predicaba el año 1914 como el del Armagedón, según está escrito en la literatura de su tiempo. Y Russell lo había heredado todo de los adventistas, sin detenerse a investigar si lo recibido era cierto o no. Si Russell hubiera tenido el suficiente conocimiento bíblico, Barbour no le hubiera engañado tan fácilmente.

 

domingo, 13 de enero de 2019

Jerusalén: ¿destruída en el 607 o en el 587 a.e.c.? (1)


 
    Jerusalén fue destruída por Nabucodonosor ¿en el año 607 ó en el 587 a.e.c.? Los testigos de Jehová enseñan que fue en el 607; pero los historiadores dicen que en el 587 a.e.c. ¿Cuál es la fecha verdadera?

    La fecha del 607 a.e.c., así como la del 537 a.e.c., fueron establecidas en el año 1943, en tiempos de Nathan H. Knorr, entonces presidente de la Sociedad Watchtower, y se dieron a conocer en el libro de los testigos de Jehová ‘La verdad os hará libres’. La fecha del 607 se basa en la creencia de que los judaítas salieron del destierro en el 537 a.e.c. y que estuvieron en Babilonia 70 años. 70 años atrás llevan al 607 a.e.c.

    En tiempos de Russell y de Rutherford, los presidentes anteriores, se enseñaba que Jerusalén había caído en el 606 a.e.c. y que los judaítas salieron del destierro en el 536 a.e.c. Estas fechas -la del 606 y la del 536 a.e.c., al igual que la de 1914- le fueron inculcadas a Charles Taze Russell por el adventista Nelson Horatio Barbour, y Russell no investigó si eran ciertas o no. Las dio como bíblicas sin más y se puso a predicarlas como verdaderas. 67 años después las fechas 606 y 536 a.e.c. fueron cambiadas por no ser bíblicas, aunque las nuevas se basaban en fechas erróneas.

    Barbour había tomado las fechas de religiosos protestantes anteriores. Estos religiosos interpretaban el año 606 a.e.c. como el del ascenso al trono de Nabucodonosor, mientras los historiadores decían que Nabucodonosor había ascendido en el 605 a.e.c. Como se creía que los judaítas habían salido del destierro en el 536 a.e.c., esos 70 años entre el 606 y el 536 se tomaban, no como el tiempo de destierro, sino como el tiempo de servidumbre o sumisión de los judaítas a Babilonia. En esos 70 años estaban incluidos los tres destierros de los habitantes de Jerusalén, a saber, el del año 7-8 de Nabucodonosor, el del año 18-19 y el del año 23 de su reinado.

    Barbour, creyendo que los judaítas que Nabucodonosor se llevó cautivos estuvieron 70 años en Babilonia, equivocó la fecha y tomó el 606 a.e.c. como el año en que Nabucodonosor destruyó Jerusalén, con lo que pasó el inicio de su reinado al 624 a.e.c., en contra de lo que demostraban los historiadores, que afirmaban que el año de ascenso de Nabucodonosor fue el 605 a.e.c.

    La fecha del 606 a.e.c. se la transmitió Barbour a Russell como el año en que Nabucodonosor tomó Jerusalén y Russell así la predicó. En 1943 la presidencia de la Watchtower, que entonces regía las congregaciones de los testigos de Jehová, adelantó al 607 a.e.c. el año de la supuesta destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor. De paso adelantó la fecha del 536 al 537 a.e.c. Desde entonces es obligado que todo testigo de Jehová predique como bíblicas las fechas 607 y 537 a.e.c. Quien así no lo acepte, es expulsado de la congregación con el consiguiente profundo repudio de los demás miembros, que ni siquiera lo saludan.

    Aunque los testigos de Jehová se sientan heridos en su amor propio, si se aplica imparcialmente la cronología histórica a la Biblia, se descubre que la fecha de la destrucción de Jerusalén no fue la del 607 a.e.c., sino la del año 587 a.e.c. En efecto, la lectura de Esdras 6:15 indica que el nuevo templo de Jerusalén, reconstruído, se terminó e inauguró en el año sexto de Darío. ¿A qué año de nuestro cómputo correspondió el año sexto de Darío?

    El libro ‘Toda Escritura’, de los testigos de Jehová, especifica que el año sexto de Darío correspondió al 515 a.e.c., lo cual está de acuerdo con los historiadores. Darío subió al trono en el 521 a.e.c. y su año primero de reinado fue el 520; su año segundo, el 519; su año tercero, el 518; su año cuarto, el 517; su año quinto, el 516, y su año sexto el 515 a.e.c.

    En el libro de Zacarías, capítulo 7, se lee que en el año cuarto de Darío (es decir, en el 517 a.e.c.), los judaítas llevaban 70 años ayunando en el mes quinto. En ese mes, según Jeremías 52:12, aconteció la destrucción de Jerusalén y su templo. Por tanto los judaítas, en el año cuarto de Darío (517 a.e.c.), llevaban 70 años ayunando por la destrucción del templo.

    Si en el año 517 llevaban los judaítas 70 años ayunando por la destrucción del templo, es patente que 70 años atrás remiten al 587 a.e.c. como fecha de la destrucción del templo de Jerusalén por los babilonios. Así, por la propia Biblia y la cronología histórica a ella aplicada, se comprueba que Jerusalén y su templo fueron destruidos por Nabucodonosor en el año 587 a.e.c.

    El error del adventista Barbour estuvo en que de la lectura de la Biblia interpretó que los judaítas que Nabucodonosor se llevó cautivos en el año 18-19 de su reinado estuvieron 70 años desterrados en Babilonia. Barbour, al leer Jeremías 29:10, confundió los 70 años de duración del imperio babilonio tras su conquista definitiva de Asiria con 70 supuestos años de destierro de los judaítas. La verdad es que, con los 70 años, Jeremías 29:10 no se refiere al destierro judaíta, sino a Babilonia.

    Aun en la actualidad el texto de Jeremías 29:10 se le hace entender a los testigos de Jehová de la siguiente manera: ‘Conforme ustedes cumplan setenta años de destierro en Babilonia, yo me acordaré de ustedes’. Pero el texto en realidad dice: ‘Conforme se cumplan setenta años en Babilonia, yo me acordaré de ustedes’. Nada se indica en el texto acerca del destierro judaíta.

    Todo el mal entendido está en la preposición ‘de’, que se presta a confusión. La preposición del texto hebreo (‘le’) es incorrecto verterla como ‘de’ en este versículo. Lo correcto, según los especialistas en el idioma, es verter la preposición hebrea al castellano por una de estas tres preposiciones: ‘A, de, para’.

    Por esa razón, desde principios del siglo XX (siglo XX, no XXI), las biblias que traducen directamente de los manuscritos hebreos o los consultan vierten el texto así: ‘Cuando se cumplan los setenta años de Babilonia, yo los rescataré’ (Biblia Nácar Colunga). ‘Cuando a Babilonia se le cumplan los setenta años…’ (Biblia de Jerusalén). O, como lo vierte en el año 2002 la Traducción del Nuevo Mundo de los testigos de Jehová: ‘Conforme se cumplan setenta años para Babilonia…’ La traducción correcta, pues, está en cualquiera de las tres preposiciones citadas: ‘A, de, para’.

    Es evidente, y en esto están de acuerdo todos los eruditos en el idioma hebreo, que el texto de Jeremías 29:10 se refiere a los 70 años que duró el imperio babilonio después de conquistar definitivamente Asiria, lo cual aconteció con la toma de la ciudad de Harrán por Nabopolasar en el año 609 a.e.c. De hecho los historiadores llegaron en principio a la fecha del 539 a.e.c. para la caída de Babilonia aplicando esos 70 años al 609 a.e.c. Ambas fechas se corroboran por diversos medios.

 

 

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Los tres reyes


    En la constelación de Orión existe el llamado ‘cinturón de Orión’, formado por tres brillantes estrellas cuyos nombres son: Alnitak, Alnilam y Mintaka. En la antigüedad eran conocidas como ‘los tres reyes’.

    Estas estrellas se alinean de nordeste a suroeste, precedidas por la estrella Sirio. El conjunto apunta directamente al nacimiento del Sol en la fecha del 25 de Diciembre.

    El escritor del evangelio de Mateo, que la Iglesia reconoce que no se sabe quién es, conocía esto y lo plasmó por escrito diciendo que ‘una estrella guiaba al lugar del nacimiento de Cristo a tres magos de Oriente’, lo cual es creído al pie de la letra por los devotos cristianos.

    La celebración del nacimiento de Cristo (Sol de Justicia y Verdad) tiene, pues, connotaciones astronómicas cuya realidad escapa a los creyentes.

    El 22 de Diciembre el Sol llega a su punto más bajo en su descenso de norte a sur. Ahí permanece detenido por tres días, por debajo de la constelación de la Cruz. Se dice entonces que el Sol ‘muere en la cruz’.

    Al cabo de los tres días el Sol inicia su ascenso hacia el norte. Esto ocurre el 25 de Diciembre y los antiguos creían que el Sol renacía o nacía de nuevo.

    Con el tiempo estas observaciones se transformaron en mitos religiosos y el Sol se convirtió en un dios o una figura inteligente bajo el nombre de Horus, Attis, Mitra y muchos otros más, todos ellos nacidos el 25 de Diciembre por representar al Sol en su día de ascenso o resurrección.

    Posteriormente los atributos de estos dioses pasaron a Jesucristo y por esa razón la Iglesia celebra su nacimiento el 25 de Diciembre. Jesucristo es, pues, el mismísimo Sol al que adoraban los antiguos. Es el antiguo Horus o Mitra en la versión cristianizada.

    Aunque el evangelio no dice que los magos fueran reyes, sin embargo el hecho de que a las estrellas del cinturón de Orión se las conociera como ‘los tres reyes’ permaneció en la tradición eclesiástica bajo la creencia de que los magos eran reyes. De ahí la expresión ‘reyes magos’.

    Si estos magos obsequiaron al recién nacido Jesús con oro, además de incienso y mirra, según el evangelio, la familia hubiera dejado de ser pobre y no tenía por qué ofrecer en el Templo un par de tórtolas como sacrificio de purificación.

    Los famosos tres reyes del cinturón de Orión, pues, dieron paso a la leyenda evangélica y eclesiástica de los ‘tres reyes magos’ que, procedentes de las partes orientales, se dirigían al lugar donde nació Jesús, guiados por una estrella.

    En la realidad astronómica esa estrella es Sirio y los tres reyes son las tres estrellas principales del cinturón de la constelación de Orión, el conjunto de las cuales apunta hacia el nacimiento del Sol el 25 de Diciembre.

 

martes, 18 de diciembre de 2018

RUTHERFORD DA LA PUNTILLA (3)

(Del libro HISTORIA EN VERSO DE LA WATCHTOWER Y LOS TESTIGOS DE JEHOVA, de Teófilo Josefo Tadeo)
 


Medio lustro de aflicción

pasó, vacío de gloria,

y ocupó henchido de euforia

Rutherford el gran sillón.

Su buen sudor le supuso,

pues, no siendo el designado,

manejó como abogado

los hilos y al fin se impuso.

 

El juez Rutherford, llamaban

a este nuevo presidente

de carácter vehemente;

ante él los suyos temblaban.

Tipo rudo y prepotente,

nunca gozó del afecto

tan profundo y tan perfecto

que a Russell le dio su gente.

 

Publicó un libro siniestro

lleno de barbaridades

que hizo pasar por verdades

de su difunto maestro.

Tal suceso motivó

que se escindiera la secta,

mas él, de manera afecta,

con furia el fuego avivó.

 

Para el año dieciocho

profetizó sin piedad

que la entera cristiandad

sufriría su desmocho.

Que, sin tregua y parsimonia,

Dios mataría a millones

que daban sus devociones

a la grande Babilonia.

 

Por una publicación

que a la nación criticaba

cuando en la contienda entraba,

fue recluído en prisión.

Cuando con la primavera

la libertad conseguía,

la rabia que le envolvía

le hizo perder la sesera.

 

Lanzó un folleto, además

de agudas disertaciones,

pregonando que millones

no morirían jamás,

e incluso fue más allá,

todo por llenar las arcas,

y afirmó que los patriarcas

resucitarían ya.

 

El veinticinco sería

el año de tal evento

y, tras su acontecimiento,

el Armagedón vendría.

Fue un lustro de excitación

para la feligresía,

que extendió su fantasía

por todo pueblo y región.

 

Con razones oportunas

los de la médica ciencia

pregonaban a conciencia

el uso de las vacunas.

La Watchtower saltó al punto

con esta declaración:

que toda vacunación

era diabólico asunto.

 

En el año veintidós,

Rutherford más incendiaba

los ánimos cuando daba

como primicias de Dios

tardías explicaciones

de que el Cristo visitó

a su esclavo y lo nombró

su mayordomo en funciones.

 

Todo oyente esto aceptó

como palabra del cielo,

así picando el anzuelo;

pero nadie detectó

que si un rey viene a un hogar,

el dueño al punto se entera,

no a la cuarta primavera:

absurdo es tal razonar.

 

Si, por dar fiel alimento,

el Cristo hubiera nombrado

en la tierra apoderado,

no valdría el argumento

de que la luz ha aumentado

desde aquel lejano día,

pues Cristo no nombraría

a quien todo lo ha cambiado.

 

¿Pues no dice la Escritura

que Cristo siempre es el mismo

y que nos lleva al abismo

toda enseñanza insegura?

Aquélla del diecinueve,

por mucha luz aumentar,

no es doctrina de cambiar,

así truene y así nieve.

 

La postrera Navidad

que Rutherford celebró,

en el veintiséis paró

y ya tal festividad

llegó a su caducidad,

igual que los cumpleaños,

que eran eventos extraños

para la misma “verdad”.

 

Pasado el tiempo, atizó

a la secta el gran lamento

y quedó como un jumento

quien tan mal profetizó.

Agachadas las orejas

por mentir sin fundamento,

perdió el ochenta por ciento

de las cándidas ovejas.

 

Amainada la tormenta,

a los suyos instruyó

y Beth Sarim construyó

allá por el año treinta.

Recaudó por donaciones

como casi tres decenas

de millares y, sin penas,

colmó así sus ambiciones.

 

La suntuosa mansión

patriarcas albergaría,

a los que se esperaría

pronto en la resurrección.

Mientras tanto, en buen apaño,

Rutherford la ocuparía

y harto la disfrutaría

mes a mes y año tras año.

 

Tenía el fatuo señor

un Cadillac en la puerta

con su chófer siempre alerta,

y en la bodega, la flor

de esos caldos tan selectos

que todo experto alababa

y a los que él bien prodigaba

sus más cálidos afectos.

 

Otro Cadillac radiante

le esperaba en la ciudad,

producto de la piedad

de la manada ignorante

que soportaba las pruebas

y de buena fe creía

que el dinero se invertía

íntegro en las buenas nuevas.

 

Fundó su propia emisora

para lanzar por las ondas

fantasías trapisondas

que fraguaba sin demora.

Por tal novedoso medio

hizo del temor su espada

y la multitud captada

le supuso pingüe predio.

 

También por los años treinta,

cuando el alcohol fue prohibido,

Rutherford, enfurecido,

a la misma Ley se enfrenta.

Critica la prohibición

y, con voz de ordeno y mando,

se agencia de contrabando

bebidas de otra nación.

 

Novedad interesante

fue que la predicación

aprovechó la invención

de un artefacto parlante

que gramófono llamaban

e iban con él por las casas

agitando así a las masas,

que hasta la puerta atrancaban.

 

En el año treinta y uno,

el Rutherford visionario,

divino depositario

del verbo y faro oportuno,

prendió luz en lo secreto

y dio sin vacilación

nueva denominación

al fiel esclavo discreto.

 

Como era este fiel esclavo

el cuerpo entero de ungidos,

que otros no eran conocidos,

el tal cargó con el clavo

de testigos de Jehová

o Israel espiritual,

tipo de aquel natural

que aquí ni viene ni va.

 

El treinta y cinco a la mano,

viendo que sobraban miles,

encendió nuevos candiles

el doctor watchtoweriano.

Siendo más que las lentejas

tantos hermanos y hermanas,

echó al vuelo las campanas

y los llamó “otras ovejas”.

 

Salvó así la situación,

con dos clases ovejunas

y dos distintas fortunas.

Tamaña suposición

a comprender no se alcanza:

el que unos vayan al cielo

y otros queden en el suelo,

dobla la única esperanza.

 

Libros imprimió a montones,

que a espuertas se colocaron;

dividendos reportaron

por millares de millones.

Arco Iris bautizó

a su extensa colección,

desechada por ficción

cuando bien se analizó.

 

Hasta al führer alemán

le dirigió una misiva

con su loa preceptiva,

torciendo aquél su ademán,

pues no permitió ni loco

que un tipo de pacotilla

le hiciera la pelotilla

con alabanza a descoco.

 

Había allí a la sazón

diez millares de testigos

declarados enemigos

sin aparente razón.

A unos dos mil recluyeron

sin juicio y sin escrutinio

en los campos de exterminio

y los demás se perdieron.

 

Y de nuevo le escribió

el de América del este;

esta vez, echando peste,

sin tacto, a aquél encendió

y ahora el führer, cual demente,

descargó toda su saña

de diabólica alimaña

aun sobre el más inocente.

 

El neoyorkino, rotundo,

lanzó el siguiente alegato:

que no es bíblico el mandato

de traer niños al mundo

antes del Armagedón,

tiempo en el que se encontraba,

según él lo presagiaba

por divina inspiración.

 

Y, puesto que en unos meses,

la tormenta estallaría,

sabio y práctico sería

que a los santos intereses

y con la frente bien alta

se dedicase el testigo,

librándose del castigo

que Dios traería sin falta.

 

Antes de eso, “nueva luz”

el gran jefe recibió

y por ella concibió

que no fue muerto en la cruz

el Cristo, sino clavado

con enorme sufrimiento

a un madero de tormento,

un poste hincado en el suelo.

 

La cruz no tenía brazos,

declaró la mar de ufano

el patrón watchtoweriano,

dando al tema carpetazo.

Pero se habla en la Escritura

de ‘los clavos de las manos’

y entienden los escribanos

‘stauros’ como ‘T’ pura.

 

En una gran asamblea

en Nueva York celebrada,

‘Gobierno y paz’ titulada,

se suscitó una pelea.

A los acomodadores

les dieron gruesos bastones

y levantaron chichones

a unos alborotadores.

 

Cerca del año cuarenta,

Rutherford, por vanidad,

compró una nueva heredad

apartada y suculenta.

La pagó sin dilación,

en secreto y con orgullo,

cargándole por chanchullo

todo a la organización.

 

Siendo los tiempos de guerra

y, creyendo que algún día

en la refriega andaría,

se construyó bajo tierra

dos búnkeres de hormigón

para su tranquilidad.

Casa de Seguridad,

Beth Shan, llamó a aquel rincón.

 

Nunca lo disfrutaría,

pues llegó el cuarenta y dos

y hubo de decir adiós

a cuanto más él quería.

Solicitó con audacia

sin falta ser enterrado

en su Beth Sarim amado,

mas se le negó tal gracia.

 

Los suyos lo mantuvieron

por largo tiempo insepulto,

en una heladera oculto,

y al final se decidieron

a inhumarlo en lo discreto,

sin ningún ceremonial

ni lápida memorial:

su tumba es hoy un secreto.