viernes, 19 de diciembre de 2014

La Biblia no dice que los judíos estuvieron 70 años desterrados en Babilonia...


   Muchos lectores nos piden que maticemos algo más el asunto de los 70 años que el Cuerpo Gobernante entiende como 70 años de destierro judío después de la destrucción de Jerusalén. Entiende también que esos 70 años transcurrieron entre el 607 y el 537 a.e.c. porque añade al 537 los supuestos 70 años de destierro.

    La Biblia no dice que los judíos estuvieron 70 años desterrados en Babilonia después de que Nabucodonosor destruyó Jerusalén. No lo dice por ninguna parte.

    Por ejemplo, Jeremías 25:11 no dice: “Y después de que sea destruída Jerusalén, los judíos serán llevados al destierro por setenta años”. No, sino que expresa: “Y todas estas naciones servirán al rey de Babilonia setenta años”. Jeremías se refiere a todas las naciones que Babilonia había conquistado a Asiria. Servir al rey de Babilonia no era ir al destierro. Las naciones al completo, salvo selectos individuos, no fueron al destierro, sino solamente la nación de Judá, por no haber servido al rey de Babilonia.

    Jeremías 27:11 dice que servir al rey de Babilonia es someterse a él, sin necesidad de salir de la propia tierra. Se lee: “Y en cuanto a la nación que ponga su cuello bajo el yugo del rey de Babilonia y realmente le sirva, yo también ciertamente la dejaré descansar sobre su suelo -es la expresión de Jehová- y ciertamente lo cultivará y morará en él”. Servir al rey de Babilonia significaba someterse a las leyes y tributos de Babilonia, tal como antes se había estado en servidumbre al rey de Asiria mediante acatar sus leyes y pagar los correspondientes tributos. Servir al rey de Asiria no significó el destierro.

    Tampoco Jeremías 29:10 dice: “Conforme ustedes, los desterrados de Jerusalén del año en que Nabucodonosor destruyó la ciudad, cumplan setenta años en el destierro, yo los libertaré”. No dice eso, sino: “Conforme se cumplan setenta años en Babilonia, yo los libertaré”. Esos setenta años los aplica Jeremías a los desterrados de once años antes de que Nabucodonosor regresara para destruir Jerusalén; es decir, Jeremías se dirigía a los desterrados del año 7/8 de Nabucodonosor y no a los del año 18/19, cuando arrasó la ciudad y el templo. Jeremías 29:2 aclara que la carta a los de Babilonia la dirige el profeta a los desterrados del tiempo del rey Jeconías o Joaquín y no a los del tiempo de Sedequías.

    Si los desterrados del año 18/19 de Nabucodonosor, cuando destruyó Jerusalén, hubieran estado 70 años desterrados, los del año 7/8 del rey babilonio habrían estado 81 años en el destierro. Eso está en disconformidad con Jeremías 25:12, que indica que el tiempo máximo de servicio al rey de Babilonia era de 70 años. “Conforme se cumplan los setenta años, pediré cuentas al rey de Babilonia”, dice el texto. Pedir cuentas a un rey significa que ya no va a reinar más. Y como al rey babilonio se le pedían cuentas justamente al pasar 70 años, quiere decir que nadie podía servirle más allá de esos 70 años. Daniel el profeta, por ejemplo, no pudo haberle servido por más de 80 años, ni tampoco los desterrados del año 7/8 de Nabucodonosor pudieron haber estado en Babilonia 81 años, como se insinúa al aplicar 70 años de destierro a los judíos cautivos en el año 18/19 de Nabucodonosor, lo que significa que los desterrados de 11 años antes habrían permanecido 81 años en el destierro.

    El Cuerpo Gobernante enseña que al rey de Babilonia se le pidieron cuentas en el 537 a.e.c., cuando fueron libertados los judíos. Al rey de Babilonia no se le pudieron pedir cuentas en el 537 a.e.c. porque para ese año ya no existía el rey de Babilonia. Había dejado de ser rey un año y medio antes, en octubre del 539 a.e.c., que fue cuando realmente se le pidieron cuentas. El rey de Babilonia ahora era Ciro y a él no se le pidieron cuentas.

    Los 70 años habían comenzado en el 609 a.e.c.. cuando Babilonia terminó de conquistar Asiria y todas las naciones entraron en servidumbre a, o bajo el dominio de, Babilonia. La fecha del 539 a.e.c. para la caída de Babilonia la hallaron los historiadores precisamente porque partieron del 609 a.e.c. como año de la toma de la ciudad de Harrán, que fue el último reducto de Asiria. A partir de ese año Babilonia se constituyó en imperio absoluto tras anexionarse toda Asiria y las naciones que habían estado bajo su dominio. Dado que la parte gloriosa del imperio babilonio duró 70 años, los historiadores aplicaron esos 70 años al 609 y así llegaron en principio al 539 a.e.c. como año de la caída de Babilonia. Después esas fechas se corroborarían por otros medios.

    Los 70 años de los que habla Jeremías no se refieren al destierro de los judíos, sino al tiempo en que Babilonia mantuvo en servidumbre a las naciones conquistadas a Asiria. Esta servidumbre terminó cuando Ciro conquistó Babilonia y ahora las naciones debían servir al rey de Persia. Jeremías 29:10 se malinterpreta porque despista la preposición “en” que aparece en la Traducción del Nuevo Mundo. Todas las traducciones bíblicas importantes han corregido esa preposición de acuerdo con los manuscritos hebreos. En estos manuscritos la preposición que ahí aparece se traduce por “a, de, para”. De ahí que se lea, sobre todo en las biblias que traducen directamente de los manuscritos antiguos: “Cuando a Babilonia se le cumplan los setenta años…” “Cuando se cumplan los setenta años de Babilonia…”

    La Traducción del Nuevo Mundo en sueco, de principios del siglo XXI, vierte el texto de Jeremías 29:10 así: “Conforme se cumplan setenta años para Babilonia…” Así, pues, los 70 años de los que habla Jeremías se refieren a Babilonia y no al destierro de los judíos. Por lo tanto es incorrecto interpretar que los judíos del tiempo en que Jerusalén fue destruída estuvieron 70 años en el destierro y añadir esos 70 años al 537 a.e.c. para así llegar al 607 a.e.c. como año de la destrucción de Jerusalén. Pero el Cuerpo Gobernante defiende con uñas y dientes esas fechas porque, sin ellas, no puede predicar el año 1914 como la fecha del fin del tiempo de los gentiles y el invisible establecimiento real de Cristo en el cielo, así como lo que todo ello significa. Sin las fechas de 607, 537 a.e.c. y 1914, la entera doctrina jehovista se viene abajo.
 
 
 

 

 

jueves, 18 de diciembre de 2014

Asambleas regionales en España



De España nos comunican que las asambleas regionales (de verano) ya no se darán divididas en la mañana y la tarde y concluyendo hacia las 6 de la tarde.  

A partir de 2015 el horario habitual de las asambleas regionales se está estudiando que sea de 9 de la mañana a 2 de la tarde, aproximadamente.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Pedro quiere buscar información histórica para demostrar a un estudio que Jerusalén cayó en el 607 y no en el 587 a.e.c.

 

    -Hola, Juan, tú que estás empapado en Historia, ¿puedo preguntarte algo?

    -Pregunta, Pedro; pero no creas que estoy tan empapado en Historia.

    -Verás, es que tengo un estudio que me pide que busque información acerca de cómo puede demostrarse por la Historia que Jerusalén fue destruída por Nabucodonosor en el año 607 a.e.c.

    -Y tu estudio te habrá dicho que esa destrucción acaeció en el 587 a.e.c., ¿no?

    -Exacto.

    -Y tú has intentado demostrárselo por la Biblia.

    -Claro, Juan. Y ahí andamos con el tira y afloja, porque mi estudio pide que le demuestre el año 607 a.e.c. por la Historia.

    -¿Y cómo has intentado demostrárselo con la Biblia, si la Biblia no da fechas?

    -Bueno, le he dicho que como los judíos salieron del destierro en el año 537 a.e.c. y estuvieron en Babilonia 70 años, esa cantidad de años nos lleva a la fecha del 607 a.e.c. como el año de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor.

    -¿Y cómo le demuestras a tu estudio que los judíos fueron liberados en el 537?

    -Hombre, como Babilonia cayó en el 539…

    -¿Y cómo demuestras que Babilonia cayó en el 539, Pedro?

    -Bueno, es una fecha que dan los historiadores.

    -Ahí queríamos llegar. Si no fuera por los historiadores, no habría manera de conocer la fecha 539 a.e.c. ni las fechas 537 y 607 a.e.c.

    -No, claro.

    -Entonces, ¿por qué se acepta la fecha del 539 a.e.c. para la caída de Babilonia, pero no se acepta la fecha del 587 a.e.c. que dan los historiadores para la destrucción de Jerusalén?

    -Pero, Juan… por la Biblia sabemos que la destrucción de Jerusalén aconteció en el 607 a.e.c.

    -Ya hemos dejado sentado que la Biblia no da fechas. Por lo tanto, por la Biblia no puede demostrarse que Jerusalén cayera en el 607 a.e.c.

    -Bueno, pero se sobreentiende con ayuda de la cronología histórica.

    -Pedro, por la cronología histórica no llegamos al 607 a.e.c.

    -Bueno, al margen de todo esto, ¿cómo le demuestro a mi estudio que Jerusalén fue destruída en el año 607 y no en el 587 a.e.c.?

    -Ay, Pedro, me haces la pregunta del millón.

    -¿Por qué?

    -Te recomendaría que no tocases el tema.

    -Que no lo toque, ¿por qué, Juan?

    -Jugamos con fuego. Y la Biblia dice que no se pueden recoger brasas sin chamuscarse.

    -No entiendo, ¿por qué dices que no toque este tema?

    -El Cuerpo Gobernante no quiere que andemos investigando esto y pide que aceptemos sin más que Jerusalén fue destruída en el 607 a.e.c.

    -Me asustas. ¿Qué es lo que ocurre si se investiga, Juan? Yo solamente busco información histórica para proporcionársela a mi estudio. ¿Qué hay de malo en eso?

    -Nos pueden tachar de apóstatas.

    -¿De… apóstatas? ¿Es que la Historia no dice nada acerca de la fecha del 607?

    -Por la Historia no puede demostrarse que Jerusalén cayó en el 607 a.e.c.

    -¿No?

    -Definitivamente no, Pedro. En cambio sí puede demostrarse por la Historia, la Arqueología y la Astronomía que Jerusalén cayó en el 587 a.e.c.

    -Pues me dejas planchado. Tiene que haber un error en eso que dices. No puede ser que Jerusalén no haya sido destruída en el 607 a.e.c.

    -Solo te digo que por la Historia no se demuestra.

    -Pero a la fuerza tiene que haber sido destruída en el 607 a.e.c., si no, los 2.520 años no llegarían hasta 1914.

    -Te digo, Pedro, lo que se desprende de la Historia, además de la Arqueología y la Astronomía.

    -Pero no puede ser que Jerusalén haya caído en el 587 a.e.c. Si así fuera, los 2.520 años terminarían en 1934.

    -No afirmo nada.

    -¿Y qué tiene que ver aquí la Arqueología y la Astronomía, Juan? ¿Es que no es suficiente con la Historia?

    -Con la Historia ha sido suficiente; pero las otras dos ciencias no hacen más que corroborar lo que dice la Historia.

    -Si es como dices, está claro que esas tres ciencias contradicen a la Biblia.

    -Si quieres que te diga la verdad, no la contradicen, Pedro.

    -¿Cómo que no? Si dicen que Jerusalén cayó en el 587 a.e.c., pero por la Biblia se demuestra que cayó en el 607 a.e.c., ¿eso no es contradecir a la Biblia?

    -Para poder afirmar eso necesitas antes estar documentado de lo que dice la parte contraria, o sea, la Historia, la Arqueología y la Astronomía.

    -No creo que sea necesario documentarse de todo eso, Juan. Con la Biblia es suficiente.

    -Entonces, ¿por qué quieres buscar información acerca de la fecha exacta en que cayó Jerusalén en tiempos de Nabucodonosor?

    -Porque me lo ha pedido mi estudio.

    -Pero si no te documentas de lo que dice la Historia, la Arqueología y la Astronomía, mal podrás responder a tu estudio.

    -Es que tú me estás diciendo que Jerusalén cayó en el 587 a.e.c.

    -Yo no lo digo, Pedro. Lo dice la Historia y las otras dos ciencias conjuntamente.

    -Bueno, resumiendo, ¿qué le digo a mi estudio? Porque me dejas como estaba.

    -No le digas nada. Este asunto es mejor dejarlo dormir porque te traería de cabeza y estarías desobedeciendo al Cuerpo Gobernante al investigar por tu cuenta.

    -Yo no tengo constancia de que el Cuerpo Gobernante haya dicho eso.

    -¿No? Investigar no es otra cosa que pensar con independencia de lo que dice esclavo fiel y discreto. Eso sí que lo habrás leído en las Atalayas, ¿verdad?

    -El pensar independiente… sí, claro.

    -Pues lo mejor es no tocar el tema, Pedro. Te quemarías…

    -De verdad, Juan, que me quedo chafado. Me ha picado la curiosidad. Puede que más adelante te pida que me expliques todo esto…

    -Puede.

 

jueves, 11 de diciembre de 2014

Hermanos que estafaron a otros hermanos



    La práctica totalidad de los periódicos mundiales de habla hispana da cuenta del juicio que se celebra en Barcelona (España) contra varios miembros de los testigos de Jehová, principalmente ancianos, que se quedaron con los ahorros de unos 700 hermanos en la fe mediante falsas promesas de alta rentabilidad de los mismos si los invertían en la compañía Mutua Mas Vida S.A., a la que representaban, la cual se descubrió que tenía los mismos administradores que la Rural New Life S.A. y que también formó parte del entramado de captación de los ahorros de las personas defraudadas.

    Puestos al habla por vía telemática con un anciano de Barcelona con el que regularmente mantenemos correspondencia, nos enteramos de los detalles del asunto, que viene de bastante tiempo atrás, si bien la prensa ya da suficientes datos para hacerse una idea de los hechos.

    Los administradores de las compañías citadas se defienden aduciendo que las empresas quebraron porque muchos de los impositores retiraron sus fondos antes de que realmente la empresa pudiera negociarlos y produjeran dividendos. Pero la acusación argumenta que el negocio no producía y se devolvían cantidades a los primeros inversores con las aportaciones recibidas de los últimos que entraban en la cadena.

    Exactamente es lo que también hacían los administradores de la Sociedad española Afinsa, a la que estaban vinculados como agentes numerosos testigos de Jehová que convencieron a sus correligionarios de invertir sus ahorros en sellos de colección que la empresa ofrecía como garantía del dinero depositado. El caso es que miles de pequeños ahorradores fueron a la ruina al no poder rescatar sus inversiones, sobre todo porque el gobierno español decretó el cierre de Afinsa al comprobar que no tenía suficiente liquidez para realizar sus operaciones y los sellos que ofrecía como garantía estaban más que supravalorados en relación con el valor del mercado de coleccionistas, aparte de que la investigación descubrió que no había suficientes sellos para todos los inversores.

    El anciano de Barcelona especifica que estas cosas ocurren porque en realidad los individuos que se meten de lleno en tales negocios, sean ellos sus creadores o sus agentes de ventas, aunque ejerzan de ancianos, siervos ministeriales o sean simples publicadores, llevan una doble vida y no creen siquiera en la Biblia, mucho menos en lo que diga o desdiga el Cuerpo Gobernante. Creen que han perdido el tiempo en las filas jehovistas y ahora tan solo piensan en hacerse ricos lo más pronto posible a costa de los bobos. Es la lección que han aprendido del propio Cuerpo Gobernante, que en el fondo no hace más que pedir contribuciones monetarias solapadamente, además de tiempo y energías, a los incautos.

    Estos sujetos que así entran en turbios negocios no creen que el fin está tan cerca como se predica, como tampoco lo cree el Cuerpo Gobernante. De otra manera éste no se metería a edificar nuevos complejos betelitas ni salones de asambleas o de reuniones, ni a comprar y vender inmuebles, ni andaría invirtiendo en hedge funds, unos fondos de inversión que solamente los muy millonarios del planeta pueden permitirse. Y tiene la desfachatez de aconsejar a sus adeptos que no hagan grandes planes para el futuro ni cursen carreras universitarias, sino que mejor sirvan de tiempo completo a los intereses de la ‘organización jehovista’. Ya lo aconsejaban años antes de 1975 y muchos incautos que creyeron de buena fe hasta vendieron sus propiedades y hasta dieron el dinero a la ‘organización’. En la hoja del Ministerio de julio de 1974 se especifica algo de esto.

    El anciano barcelonés también teme que los testigos que demandaron a sus hermanos que los engañaron pierdan sus privilegios en las congregaciones. De hecho, ya los tienen perdidos al no seguir el que entienden por consejo bíblico de no denunciar ante los tribunales seglares a los hermanos en la fe, sino que deben aceptar resignadamente la pérdida de sus bienes. Muchos de estos hermanos invirtieron los ahorros de toda su vida y no pocos se encuentran desesperados al ver que, llegado el momento de jubilarse, no tendrán lo suficiente para vivir. Otros han perdido por completo la fe en la ‘organización’ y siguen asistiendo a las reuniones e informando predicación que no realizan, todo por salvar las apariencias y no enfrentarse, si presentan su escrito de desasociación, al dolor profundo de ser despreciados de por vida por sus amistades y familiares que siguen dentro.

    Nuestro anciano fue uno de los que ni picó ni se metió en el negocio porque intuía que todo era una fachada y el día menos pensado iría la pretendida empresa a pique, con el consiguiente dolor para los modestos inversores que cándidamente les confiaron sus ahorros. El aconseja que no se metan en inversiones de este tipo, aunque si finalmente se diera el hipotético caso de verse coronadas con el éxito proclamado de antemano. Preferible es dejar el dinero en la cuenta bancaria e incluso en un cajón de casa o bajo una losa, porque más vale perder intereses por la devaluación que no perder el pequeño o mediano capital conseguido con tantos sudores.    

   

  

viernes, 5 de diciembre de 2014

El equívoco doctrinal de los 70 años hace que se tambaleen las fechas 607, 537 y 1914.



    La base doctrinal de los testigos de Jehová reside en el concepto de que los judíos estuvieron 70 años desterrados en Babilonia tras la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor en su año 18 (ó 19 por el cómputo judío).

    A este concepto se le añadió otra base: la de las fechas 607 y 537 a.e.c. y 1914 e.c., mediando 70 años entre las dos primeras y 2.520 años entre la primera y la última.

    A su vez sobre la anterior base se edificó la de las fechas 1918 (inspección de Jesucristo a su esclavo fiel y discreto) y 1919 (nombramiento del esclavo sobre los bienes del Amo). Todas las demás doctrinas jehovistas se levantan sobre estos tres conceptos básicos.

    Si fallara la base de los 70 años de destierro, se vendrían abajo casi todas las doctrinas principales, ya que se fundamentan en fechas que a su vez fueron originadas por la creencia de que los habitantes de Judá estuvieron 70 años en el destierro después de ser destruída su ciudad capital por el rey babilonio.

    A día de hoy el Cuerpo Gobernante sabe que las fechas que predica no son bíblicas, ya que no se encuentran en la Biblia y ni siquiera se insinúan en ella. De momento el CG ha suprimido la fecha de 1918 por ser una invención sin fundamento de Rutherford, aunque la fecha de 1919 es consecuencia de la de 1918 y ya se baraja la posibilidad de que sea trasladada a 1914, quedando así definitivamente inutilizada la de 1919, que Rutherford se sacó de la manga en 1927, al publicar esa extraña doctrina de inspección y nombramiento  en la Atalaya del 15 de febrero, o sea, ocho años después de la supuesta nominación.

    ¿Por qué tampoco son bíblicas las fechas 607, 537 y 1914? Por la sencilla razón de que son producto de elucubración mental humana, como está demostrado por la Historia, la Arqueología y la Astronomía. Pero de momento el CG las mantiene para no perder adeptos. Paulatinamente irá desprendiéndose de ellas porque sabe que no son bíblicas.

    Las fechas 607 y 537 son un arreglo doctrinal efectuado en 1943 por la Watchtower. Las fechas que hasta entonces se predicaron por décadas fueron las del 606 y 536. Estas fechas se basaban en la errónea creencia de que Ciro liberó a los cautivos en el 536 a.e.c. Y como Babilonia tuvo en servidumbre a la nación de Judá por 70 años, de ahí que el comienzo de esa servidumbre recayera en el 606 a.e.c. Ese año lo consideraban el de inicio de reinado de Nabucodonosor, aunque el año de la destrucción de Jerusalén se estimaba en 587 a.e.c.

    Ya en 1843 el teólogo Thomas Rawson Birks, después de haber leído en Jeremías que Nabucodonosor arrasó Jerusalén en el año 19 de su reinado, creyó corroborar la fecha del 606 añadiendo 19 años al 587. Pero se equivocó en un año, ya que no es lo mismo el año 19 que 19 años. Birks debió haber sumado 18 años al 587 y así hubiera llegado al 605 como año de subida al trono de Nabucodonosor, tal como demostraban los historiadores.

    El primero en afirmar que los siete tiempos del profeta Daniel corrían del 606 a.e.c. a 1914 fue Edward O. Elliot, aunque se equivocó en un año menos. El adventista Nelson H. Barbour leyó a Elliot y aceptó sus cálculos, todos los cuales, fechas incluidas, pasó a Russell, quien no se entretuvo en averiguar si tales fechas eran correctas o no. Russell aceptó también de Barbour el entendimiento de que el 606 a.e.c. fue el año de la destrucción de Jerusalén, a pesar de que los antecesores de Barbour sabían que tal destrucción acaeció en el 587 a.e.c. Los antecesores de Barbour hablaban de ‘servidumbre de Judá a Babilonia’; pero Barbour confundió ‘servidumbre’ con ‘destierro’. Para él la servidumbre se refería al destierro y concluyó que el destierro más importante del pueblo de Judá fue el del año de la destrucción de Jerusalén, cuando en la Biblia se lee que el destierro más importante aconteció 11 años antes de la destrucción de Jerusalén.

    Debido al error de un año menos en el computo de los 2.520 años, en 1943 la Watchtower, en el libro ‘La verdad os hará libres’, adelantó del 606 al 607 la hipotética destrucción de Jerusalén, a fin de cuadrar los 2.520 años que concluían en 1914. Al adelantar un año la fecha del 606, le quedaba descuadrada la del 536 y por esa razón adelantó esta última al 537. En adelante había de predicarse que Jerusalén cayó en el 607 y que sus habitantes cautivos habían sido liberados en el 537 a.e.c. Las fechas del 607 y 537, pues, están basadas en las ya erróneas fechas de 606 y 536 a.e.c.

    La Biblia no dice cuántos años estuvieron desterrados los judíos llevados cautivos tras la destrucción de Jerusalén. Una lectura imparcial y cuidadosa de los versículos donde Jeremías habla de los 70 años descubre que ese lapso de tiempo no se refiere al destierro de los judíos, sino al tiempo en que las naciones estarían en servidumbre al rey de Babilonia. El mismo Jeremías especifica que servir al rey de Babilonia no significa ir al destierro, sino que tal servicio podía hacerse en la propia tierra de cada cual. Servir al rey de Babilonia significaba someterse a las leyes y tributos del nuevo imperio, tal como antes se había estado en servidumbre al rey de Asiria sin salir de la propia tierra.

    En realidad los cautivos de Jerusalén en el año 18 de Nabucodonosor permanecieron desterrados siete semanas de años, o sea, 49 años. Josefo escribe que los cimientos del nuevo templo de Jerusalén fueron puestos en el año segundo de Ciro, después de haber permanecido el templo anterior derruido por 50 años. Puesto que el año de reinado comenzaba con la primavera, el año segundo de Ciro como rey de Babilonia corresponde al nuestro de 537 a.e.c. 50 años atrás nos llevan al 587 a.e.c. como año de la destrucción del templo y la ciudad.

    Los judíos habrían salido del destierro en la primavera del 538 y no en la del 537 a.e.c. La confusión está en que el CG continúa entendiendo, como otros habían hecho antes, que el año de reinado de Ciro comenzaba en el otoño y no en la primavera. Como el año primero de Ciro sobre Babilonia comenzó en la primavera (marzo) del 538 a.e.c. y el edicto se dio al comienzo de ese año primero, los judíos tuvieron tiempo de preparar sus cosas y salir de Babilonia hacia finales de abril de aquel año. El año segundo fue, pues, el del 537, cuando se pusieron los cimientos del templo (hacia mediados de julio). 

    Dado que los judíos llevados cautivos por Nabucodonosor en su año 18 de reinado no estuvieron desterrados 70 años en Babilonia, la base doctrinal de los testigos de Jehová no se tiene en pie y en consecuencia fallan todas las fechas establecidas sobre dicha base de los 70 años. Algo que ayuda a entender esto es que Jeremías, capítulo 10, aclara que los 70 años se aplican a los desterrados del año 7-8 de Nabucodonosor y no a los del año 18-19, es decir, que se refiere a los desterrados de 11 años atrás. Y con esos 70 años Jeremías no alude al destierro de los judíos, sino al tiempo en que Babilonia mantuvo en sujeción o servidumbre a las naciones, incluída la nación de Judá. Ahí está todo el error del CG, heredado de la Watchtower, a su vez heredado de Russell, y a su vez también heredado del adventista Barbour, que equivocó los términos y Russell no advirtió el engaño, de entusiasmado como estaba y por no haber investigado a fondo lo que al respecto dice la Biblia.

 

lunes, 1 de diciembre de 2014

Se arma el belén (2)


    Los primeros códices del Nuevo Testamento, los más antiguos que se conocen, El Sinaíticus y el Vaticanus, parten de antes de mediados del siglo IV y difieren de los demás códices posteriores y de las narraciones del Nuevo Testamento actuales. Eusebio de Cesarea, brazo derecho del emperador Constantino en el Concilio de Nicea, en el año 325, fue al menos el encargado de realizar cincuenta copias para las distintas bibliotecas del Imperio Romano. En realidad se sospecha que Eusebio tuvo que ver en el asunto más que simplemente realizar esas cincuenta copias.
    Eusebio escribió la Historia Eclesiástica, y lo hizo para tratar de evidenciar que los obispos eran los continuadores de los apóstoles, a través de los llamados ‘padres apostólicos’. Nada sabe la historia seglar de estos padres apostólicos que Eusebio incluyó en su Historia Eclesiástica. De los mencionados padres únicamente se conocen sus cartas y escritos, pero no se rastrea su existencia por parte alguna. Es patente que tales padres apostólicos, así como sus hipotéticos escritos y la Historia Eclesiástica, son invención del propio Eusebio, todo lo cual lo escribió en el primer tercio del siglo IV, haciendo creer al lector que las cartas de los padres apóstolicos se fechan en el primer siglo, en tanto que los padres apologéticos datarían del siglo II y parte del III, según Eusebio.
    En lo que respecta al nacimiento de Jesús en Belén, Eusebio no parece conocer los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y Lucas, lo que significa que son añadidos posteriores para intentar demostrar que Jesús era el Mesías prometido y esperado por los judíos. Sin embargo, el escritor del evangelio atribuído a Mateo cometió serias equivocaciones al aplicar supuestas profecías al nacido en Belén.
    El escritor de Mateo no era judío, como supone la tradición católica. Un judío nunca citaría textos de la Septuaginta o traducción griega de las Escrituras hebreas. Un auténtico judío se guiaría siempre por la Escrituras de su propio pueblo y no por versiones en otro idioma. Este es el caso de Mateo, que cita de la traducción griega de la Septuaginta en lugar de hacerlo directamente de las Escrituras hebreas.  
    Una de las citas más controvertidas que hace el escritor del primer evangelio en Mateo 1:22 y 23 es la del pasaje de Isaías 7:14. Tal cita ha sido tomada de la parte de la versión de la Septuaginta y no de la versión hebrea, lo cual hubiera sido lo más lógico de haber sido judío el escritor del mencionado evangelio, que además se dice que escribió para los judíos y no para los gentiles. En Mateo se lee, relativo al nacimiento de Jesús en Belén: “Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa Dios con nosotros” (Biblia de Jerusalén). Ya de entrada es de observar que al recién nacido en Belén no se le impuso el nombre de Emmanuel, sino el de Jesús.
    El texto de Isaías 7:14, tal como lo presentan las versiones bíblicas basadas principalmente en la Septuaginta, dice: Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel” (Biblia Reina-Valera). Las versiones basadas en las Escrituras hebreas ofrecen el versículo de Isaías en términos algo diferentes, pero que vienen a ser idénticos a los que publica la Sociedad Bíblica en “La Biblia por Internet”: “Pues el Señor mismo os va a dar una señal: La joven está encinta y va a tener un hijo, al que pondrá por nombre Emanuel”. (Isaías 7:14).
    Dos importantes diferencias con la Septuaginta se aprecian en la biblia hebrea, de la que aquélla es una traducción al griego, aunque no todo lo fiel que pudiera desearse. La primera diferencia es que las versiones hebreas especifican que la mujer “está encinta”, es decir, que el relato habla en tiempo presente y no futuro. En cambio, las versiones basadas en la Septuaginta indican que la mujer “concebirá”, hablando de un tiempo futuro. La segunda y no menos importante diferencia estriba en que las versiones griegas de Isaías 7:14 hablan de “la virgen”, en tanto que las hebreas mencionan “la joven”. Se trata de un error, posiblemente no involuntario, en la traducción que se realizó del hebreo al griego del libro de Isaías. 
    En las Escrituras hebreas, Isaías 7:14 emplea la palabra “almah”. Este vocablo se refiere en términos generales a una mujer joven, sin especificar si es o no virgen. Puede ser una mujer soltera o casada, pero joven. Hemos de tener en cuenta que la virginidad no es exclusiva de la juventud. Una mujer anciana puede haber permanecido virgen toda su vida. De manera que el vocablo hebreo “almah” se traduce apropiadamente al castellano por “la joven”. Si Isaías 7:14 se hubiera referido a una virgen, hubiera empleado la palabra “betulah”, que en castellano se traduce por “virgen”; pero el caso es que la palabra hebrea que figura en el precitado versículo es “almah”, mujer joven, y no “betulah”, mujer virgen.
    Cuando los que tradujeron las Escrituras hebreas al griego se toparon con Isaías 7:14, el término hebreo “almah” (mujer joven) lo tradujeron con la palabra griega “parthenos”, que significa “virgen”. Lo más apropiado es que el vocablo griego “parthenos” se hubiera aplicado a la palabra hebrea “betulah”, si hubiera sido ésta la recogida en Isaías 7:14; pero el caso es que, erróneamente o no, se tradujo la locución hebrea “almah” con la griega “parthenos”. Posteriormente, cuando Jerónimo compuso la Vulgata en latín, el término griego “parthenos” lo vertió como “virgo”, de donde la traducción castellana a su vez asumió la palabra “virgen”.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Se arma el belén (1)


    Todos los años, semanas o días antes de la Navidad, se arma el belén en los países católicos, sobre todo en Italia y España. La tradición arranca de 1223, cuando San Francisco de Asís presentó a la admiración de los fieles el primer portal de Belén. Antes de esa fecha a nadie se le había ocurrido montar una réplica del nacimiento del niño Jesús. Se dice que en las catacumbas romanas podían admirarse pinturas que representaban el natalicio de Belén, además de otras escenas cristianas. Sin embargo, todas las representaciones artísticas que se exhiben en las paredes de las catacumbas hacen alusión a Mitra. En realidad las catacumbas eran el cementerio de Roma y todo arte religioso representado en ellas aludía a las creencias mitraicas, que en la capital del Imperio estuvieron vivas hasta bien entrado el siglo IV, cuando el cristianismo se impuso por fuerza.

    Los únicos relatos en los que se pretende basar la celebración del nacimiento de Cristo son los evangelios de Mateo y de Lucas, atribuídos al apóstol Mateo y al médico Lucas, que fue discípulo de Pablo de Tarso, conocido en el orbe católico como San Pablo. Tal atribución es producto de la tradición católica. En realidad no se sabe quiénes escribieron dichos evangelios. Lo que sí es cierto es que los otros dos evangelistas, Marcos y Juan -a los que también se les atribuyen los respectivos escritos por desconocerse quiénes fueron los autores reales-, nada refieren acerca del nacimiento de Jesús en Belén. De hecho, según se relata, las gentes conocían al Cristo como Jesús de Nazaret y no como Jesús de Belén. Las epístolas de Pablo nada especifican sobre el lugar de nacimiento de Jesucristo y otros detalles biográficos, y eso que fueron escritas antes que los evangelios, en opinión de los eclesiásticos.

    El evangelio de Lucas se extiende más que el de Mateo en los detalles del nacimiento en Belén y también en las circunstancias previas al acontecimiento. Mateo es el único que habla de la visita de los magos de oriente y no menciona su número ni que fueran reyes. Ambos evangelistas ofrecen su particular genealogía sobre el recién nacido; aunque deberían coincidir entre sí, sin embargo las dos genealogías difieren en la mayor parte de los ascendentes. Muchos teólogos razonaban que las genealogías diferían entre sí porque Mateo daba la descendencia por línea paterna, mientras que Lucas lo hacía por la materna. Sin embargo ya no defienden esto, dado que han caído en la cuenta de que los judíos tan solo tenían presente la línea paterna y no la materna. De la lectura de las genealogías evangélicas se infiere que el abuelo paterno del niño Jesús no era Joaquín, como popularmente se cree. Este Joaquín no es más que una asignación de los evangelios apócrifos.

    Los dos códices más antiguos del Nuevo Testamento, el Sinaíticus y el Vaticanus, omiten los relatos sobre el nacimiento de Jesús. Según los eruditos, ambos códices pudieran haber sido dos de las cincuenta copias que Eusebio de Cesarea escribió en el primer tercio del siglo IV para ser distribuidas entre las distintas bibliotecas del Imperio Romano. La omisión de los relatos del nacimiento de Jesús en estos primitivos códices neotestamentarios hace suponer que los dos primeros capítulos de Mateo y de Lucas en los evangelios que hoy manejamos fueron añadidos más tarde. Tal vez pudieran haber sido incorporados por Jerónimo de Estridón en la última quinta parte del siglo IV, cuando el Papa Dámaso le encargó con urgencia que tradujera al latín los códices escritos en griego, además de que incorporara otros escritos.

    El trabajo de Jerónimo se conoce como la Vulgata. Después de ver la luz la Vulgata es cuando se producen los códices basados en la misma y que difieren sustancialmente del Sinaiticus y el Vaticanus. Con todo, estos dos códices más antiguos han sufrido modificaciones -enmiendas y raspaduras, como demuestran los análisis con rayos ultravioleta- a lo largo del tiempo, tratando de incorporar en ellos parte de los relatos de la Vulgata latina y otras correcciones posteriores. Hasta que no se inventó la imprenta y se publicó masivamente la Biblia, la Iglesia Católica anduvo corrigiendo códices o falsificándolos de acuerdo con las últimas añadiduras a los libros del Nuevo Testamento.

    Para cuando los protestantes se separaron en el siglo XVI, la parte neotestamentaria entonces en boga era ya la definitiva, amparada por los respectivos códices que se habían amañado según las nuevas incorporaciones, pero haciéndolos pasar por mucho más antiguos. Así, la conocida ‘gran inserción’ en el evangelio de Lucas, capítulos 9:51 a 18:14, rellenado principalmente con textos del evangelio de Mateo y otros que fueron inventados (como la parábola del hijo pródigo), fue producto de antes de la invención de la imprenta, y los protestantes, al tomar toda la Escritura como palabra infalible de Dios, ignoraban la existencia de dicha gran añadidura, así como de otras, como los 18 primeros versículos del evangelio de Juan y todo el capítulo 21 del mismo evangelio, amén de los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas, más los textos añadidos de la resurrección y apariciones de Cristo, todos ellos incorporados desde los tiempos de Jerónimo en adelante. Si se cribasen todos estos textos, los cuatro evangelios principiarían con la predicación de Juan Bautista en el desierto y concluirían con el entierro de Cristo.

    Los papiros con relatos del Nuevo Testamento que los eclesiásticos atribuyen a los siglos II y III -no así los eruditos no eclesiásticos- se consideran falsificaciones del siglo IV o posteriores (algo a lo que la Iglesia de Roma ya nos tiene acostumbrados), realizados con estilo caligráfico de otros tiempos para dar la impresión de que los tales son de esos precisos siglos II y III. Un análisis de las tintas, que no se quiere hacer, revelaría sin lugar a dudas el periodo casi exacto de su confección. Lo que sí está demostrado es que los primeros códices del Nuevo Testamento parten de antes de mediados del siglo IV. Eusebio de Cesarea, que fue el brazo derecho del emperador Constantino en el Concilio de Nicea, en el año 325, con toda seguridad tiene mucho que ver en el asunto falsificador, dado que se le estima como el clérigo más embustero que haya pisado la Iglesia en todo tiempo. (Continúa en la segunda parte).