sábado, 22 de noviembre de 2014

¿Cómo pudo la gente entender la Biblia antes de existir los testigos de Jehová?



    En La Atalaya del 1 de octubre de 1994, página 8, leemos: "Todos los que quieren entender la Biblia deben reconocer que la ‘grandemente diversificada sabiduría de Dios’ solo puede conocerse mediante el conducto de comunicación de Jehová..."

    Lo precedente significa que, según el Cuerpo Gobernante (CG) hoy día -y según la Sociedad Watchtower en otro tiempo-, nadie puede entender la Biblia si no es a través del exclusivo canal de comunicación de Dios con el hombre, es decir, la organización de los testigos de Jehová, tal como predica el esclavo fiel y discreto de Patterson. Si esto es así, ¿cómo pudo Charles T. Russell entender la Biblia antes de que existiera ese hipotético canal exclusivo de comunicación de Dios con el hombre?

    Russell ni siquiera era testigo de Jehová. Actualmente el CG asegura que Russell era un precursor como Juan el Bautista. Quiere decir que, si Juan no era cristiano, tampoco Russell lo era. Ni siquiera se le considera hoy el ‘esclavo fiel y discreto’, como en su día fue considerado. La nueva enseñanza del CG es que el esclavo fiel y discreto comenzó a existir en 1919, cuando el liderazgo jehovista cree ahora que en aquel año la junta directiva de la Waytchtower fue nombrada como tal esclavo por el mismo Jesucristo.

    Durante los siglos precedentes, ¿cómo pudieron entender la Biblia las personas? Tengamos en cuenta que el CG basa gran parte de sus interpretaciones bíblicas en las opiniones y estudios de los doctos católicos y protestantes. Precisamente los adventistas, en la persona de Nelson Horatio Barbour, fueron los que le dejaron en herencia a Russell las doctrinas que aún forman el esqueleto del cuerpo de creencias de los testigos de Jehová, como son los 2.520 años de los llamados tiempos de los gentiles y las fechas de 1914, 607 y 537, aunque estas dos últimas están corregidas de las primitivas 606 y 536, que durante más de seis décadas se predicaron como palabra de Dios.

    El CG aduce que Russell investigó él solo y por su cuenta las Escrituras, sin contactar con ningún esclavo fiel y discreto que pudiese dirigirle en el entendimiento correcto. Hoy el CG afirma que Russell predicaba la verdad, puesto que entendía correctamente lo que leía en la Biblia, y eso era lo que enseñaba. ¿Cómo, si no existía un esclavo fiel y discreto que lo guiara?

    Ahora resulta que hasta 1919 no hubo ningún esclavo fiel y discreto en los tiempos pasados, lo que significa que Russell no entendió la Biblia y por lo tanto no podía estar predicando la verdad. Pero si en 1919 Jesucristo eligió a la junta directiva de la Watchtower como su esclavo porque estaba enseñando la verdad, ¿cómo es que esa verdad de entonces no está vigente hoy día, sino que ha cambiado por completo, aduciendo ‘nuevas luces’ de entendimiento? La nueva luz no es compatible con el nombramiento del esclavo, debido a que si el Amo lo nombró porque estaba predicando y enseñando la verdad en 1919, esa verdad tenía que ser hoy día la misma que en 1919. Pero ya vemos que no es así, que las nuevas luces han desplazado a lo que se creía que era la verdad en 1919 y tiempos anteriores.

    Si nadie entendió la Biblia en tiempos anteriores a la existencia del esclavo fiel y discreto y nadie la entiende en la cristiandad, según el esclavo jehovista, ¿por qué el CG consulta las obras con trabajos basados en la Biblia de los eruditos católicos y protestantes y acepta muchos de sus puntos de vista, puntos que después publica como si fueran propios porque los guía el espíritu santo?

    Y si el que a sí mismo se llama esclavo fiel y discreto, que reside en Patterson, cambia constantemente el entendimiento de lo que lee en la Biblia, ¿cómo puede afirmar que la Biblia solamente puede entenderse a través del que el mismo CG llama único canal de comunicación de Dios con el hombre, que es el CG mismo? Si el CG cambia el entendimiento de lo que lee en la Biblia, es porque evidentemente no está percibiendo correctamente el contenido de lo escrito en la Biblia. Ya Jesucristo advirtió que si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.
 
 
 

domingo, 16 de noviembre de 2014

El ser humano creado por ‘Elohim’ o, literalmente, ‘dioses’


 

    En las traducciones bíblicas leemos que ‘Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Macho y hembra los creó’. La palabra que en castellano se traduce por ‘Dios’, en hebreo es ‘Elohim’, que literalmente significa ‘dioses’, en plural. Por tanto la traducción correcta del mencionado pasaje bíblico sería la siguiente: ‘Los dioses crearon al hombre a su imagen y semejanza. Macho y hembra los crearon’. Es decir, que si el hombre y la mujer fueron creados macho y hembra, a imagen y semejanza de los dioses, eso significa que los dioses eran machos y hembras. O sea, de carne y hueso. Si no, mal se entiende la semejanza o imagen, porque es evidente que el versículo alude a la apariencia física y no tan solo a un supuesto aspecto espiritual de amor, justicia, sabiduría y poder, del que es acreedor el hombre, al igual que los dioses.

    El tema no tiene vuelta de hoja; pero los eclesiásticos, sean católicos o protestantes, se aferran a una falsa tabla de salvación al defender con uñas y dientes que la palabra hebrea ‘Elohim’ es en realidad un plural mayestático, algo así como cuando un rey dice ‘nos’, en lugar de ‘yo’. Pero los eruditos en el idioma hebreo no están de acuerdo con esa pseudo afirmación eclesiástica y defienden que ‘Elohim’ es el plural de ‘Elohá’ y que si la Biblia realmente quisiera decir ‘Dios’ en singular, la palabra correspondiente en el versículo de Génesis que nos ocupa hubiera sido ‘Elohá’ y no ‘Elohim’. Por tanto, en la Biblia se habla de ‘dioses’, en plural; es decir, seres de una inteligencia superior a la del hombre y, evidentemente, portadores de avanzada tecnología.

    Cómo lograron los dioses crear a los humanos, eso ya es otro López que desconocemos. No es descabellado suponer -y es tan solo una hipótesis- que tales dioses trastocarían el ADN de algún sujeto simiesco -por llamarlo de alguna manera- que habitaba la Tierra y que estaba dotado de cierta inteligencia, superior a la de los demás simios, como el dado en llamar ‘hombre de Neandertal’, y le implantaron genes de los propios dioses. O que los dioses macho se aparearon con las hembras terrestres y les nació la actual raza humana, en sus múltiples variedades y otras que habrían desaparecido con el transcurso del tiempo. O viceversa, que serían las hembras de los dioses las que tomaron los machos terrestres. De dónde procedían esos dioses y diosas, no lo sabemos. Las antiguas crónicas sumerias hablan de seres de aspecto humano que bajaron de las alturas etéreas, crearon a los hombres o los transformaron de otros seres que habitaban el planeta, y les enseñaron artes y ciencias.

    Es evidente que la historia real de la humanidad, tal vez con cientos de miles de años de antigüedad, ha sido borrada a propósito, apareciendo en su lugar otra historia a conveniencia de quienes la reescribieron. De ahí la bíblica narración de Adán y Eva como las primeras personas creadas en el planeta unos seis mil años atrás, según la cronología que se inserta en las páginas de la Biblia. Cuando la nación de Israel fue prácticamente hecha desaparecer por el imperio asirio, la de Judá tomó su lugar. Judá era una nación pobre y despoblada de vegetación, todo lo contrario de su homónima Israel. Los líderes religiosos de Judá, deseosos de acaparar la gloria que en otro tiempo tuvo Israel, comenzaron a fabricar relatos mediante los cuales se pretendía hacer ver al mundo que Judá era la nación escogida por Dios y la más privilegiada de la Tierra. Para ello crearon el mito de los patriarcas y de que Israel se componía de 12 tribus, de las que el reinado caía sobre Judá.

    Con el tiempo, relataron, 10 tribus de Israel se separaron y perdieron los privilegios divinos, no siendo ya parte de la nación escogida por Dios. Ahora la nación escogida era Judá. Cuando los judíos fueron llevados al destierro de Babilonia en tiempos de Nabucodonosor, sus líderes se empaparon de la sapiencia y religión babilónicas y tomaron como propios gran parte de sus mitos y leyendas. Así redactaron como suya la historia de Adán y Eva y los patriarcas, insertándolos en una aparentemente lógica cronología resumida. La realidad es que la arqueología nada ha revelado de la existencia de los patriarcas y de los grandes reyes de Judá. Tan solo a partir del siglo VII antes de nuestra era, y sobre todo a partir del rey Josías de Jerusalén en el siglo VI, es cuando las excavaciones arqueológicas suministran información fidedigna y confirman la existencia de personajes judaicos.

    Es patente que, tras el regreso del destierro babilónico, comenzaron a escribirse los relatos bíblicos, aunque ya en tiempos de Josías los sacerdotes habían escrito el ‘libro de la Ley’ -una forma del Deuteronomio- y lo habían ‘descubierto’ casualmente en el templo, a raíz de unas obras, haciéndoselo creer así al rey Josías y al pueblo entero. A pesar del futuro halagüeño que se describía en los relatos, el pueblo judío no consiguió levantar cabeza y durante toda su existencia estuvo a merced de las grandes potencias del momento: asirios, babilonios, griegos y romanos. Estos últimos finalmente destruyeron su capital y su nación y dispersaron a sus habitantes en el año 70 de nuestra era. Las promesas mesiánicas que los sacerdotes judíos habían embutido en las Escrituras que consideraban sagradas jamás se realizaron, dado que solamente fueron maquinaciones humanas para glorificar la nación y de paso tener el control del pueblo y vivir a costa de él.

    Cuando el cristianismo subió a escena, se crearon los evangelios y los escritos paulinos, junto con otros imputados a diferentes autores. Los evangelistas, sobre todo Mateo, aplicaron al personaje de Jesús de Nazaret el cumplimiento de antiguas profecías del judaísmo, las cuales los judíos esperaban que se cumplieran en un judío que literalmente los libertara del yugo político y militar al que estaban sometidos y los condujera a una gloriosa independencia nacional que con el tiempo se convertiría en un gran imperio mundial.

    Con ello los judíos aceptaron solapadamente la antigua cronología desde la creación de los míticos Adán y Eva. La Iglesia Católica se aferró a tal cronología y, como hicieran en otro tiempo los judíos, desecharon toda historia seglar que no se ajustara a las edades señaladas por la Biblia. Así, se declaró herético afirmar que el hombre habitaba la Tierra desde cientos e incluso miles de siglos antes de existir Adán y Eva. Se sabe que la Iglesia ordenó quemar en las hogueras de la Inquisición, e incluso mucho antes (se alude de paso a la quema de la Biblioteca de Alejandría), los códices y libros impresos que contuvieran relatos históricos que no se acomodaban a la doctrina eclesiástica.

    Hoy día el cristianismo y el judaísmo están tan profundamente arraigados en los pueblos que escrupulosamente los observan, que todo lo que se diga en desacuerdo con lo relatado en la Biblia no puede en modo alguno ser creído, aún si se aludieran pruebas. Los dioses no existen para cristianos y judíos. Tan solo el singular Dios, aunque en el texto hebreo de la Biblia aparezca en plural. Literalmente ‘Elohim’ formó al hombre del barro y a la mujer de una costilla del hombre. El lector bíblico, influenciado por las creencias de los doctores eclesiásticos, se ha hecho plenamente literalista y donde la Biblia dice ‘dioses’, dicha expresión ha de aceptarla e interpretarla como ‘Dios’. Si no, pierden sentido los relatos posteriores sobre ‘un solo Dios, YHWH’.   

viernes, 14 de noviembre de 2014

Pudiera aproximarse nuevo cambio en el entendimiento de la generación que no pasará.


 
    No hace mucho nos comentaban que la generación de la que habló Jesucristo pudiera ser entendida como la de las personas que en nuestro siglo verían el cumplimiento final -cumplimiento final, no inicial- de los eventos que se citan principalmente en el capítulo 24 de Mateo. Ahora, aunque no tenemos forma de comprobar si lo nuevo que nos comentan es o no rigurosamente cierto (aunque el río suena fuerte), voces muy cercanas al Cuerpo Gobernante dejan caer que se está gestando o a punto de gestar nuevo entendimiento sobre la generación que no pasará. Esa generación pudiera referirse definitiva y únicamente a las personas que vieron la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 de la era actual.

    Quedaría, pues, sin efecto el entendimiento que hoy se tiene de los dos grupos de ungidos de los que se afirma que constituyen la generación que no pasará. De todas maneras el énfasis se pone, no en la generación, sino en el hecho de que el fin está muy próximo, dado lo avanzado del tiempo desde que Jesucristo comenzó a reinar en 1914 (o más exactamente fue entronizado) y dado lo evidente de la señal compuesta que él profetizó en su día y que se palpa en la actualidad en todas partes del mundo, todo ello según el Cuerpo Gobernante.

    Puede que pronto veamos publicado en La Atalaya algo así como: “Todo indica que la generación a la que se refería Jesucristo era únicamente la de su tiempo, la que presenció la destrucción de Jerusalén en el año 70, y no la que en un futuro lejano sería testigo del Armagedón. En vista de que la luz de la verdad va en aumento, hacemos bien en adoptar un corazón de sabiduría y aceptar decididamente todo cuanto el esclavo fiel y discreto, iluminado por el espíritu santo, nos dispensa como alimento al tiempo debido, según la profecía del propio Jesucristo”.

    Sería el cuarto cambio significativo en el entendimiento de la famosa generación. Primero se predicó, durante décadas, que la generación la componían las personas que en 1914 tenían suficiente edad para comprender los acontecimientos de aquel tiempo y que tales personas presenciarían el Armagedón. Después, mediados los noventa, el entendimiento de la generación cambió al conjunto de los inicuos que no aceptaban que el reino de Dios se estableció en los cielos en 1914. Posteriormente, en la primera década del nuevo siglo, la generación se cambió a los ungidos, matizándose posteriormente que se trata de ungidos que se traslapan o solapan unos a otros. En la actualidad la generación la componen dos grupos de ungidos: el primero de ellos vivía en 1914 y el segundo es un grupo de ungidos nacidos posteriormente, pero que han sido traslapados, imbricados o superpuestos por los del primer grupo, a modo de las tejas de un tejado que se cubren unas a otras.

    Esperaremos pacientemente el desarrollo de los acontecimientos, sin negar ni afirmar nada de cuanto se nos avisa entre bastidores.

   

sábado, 8 de noviembre de 2014

Llegan los nuevos salones y megasalones


 
    Recientemente la curia dirigente de los testigos de Jehová ha decidido hacer desaparecer 295 salones del reino, sustituyéndolos por 214 de nueva construcción, con 261 auditorios. Dicen entender los adeptos que la palabra “auditorios” puede referirse a congregaciones, aunque algunos ancianos creen que no, dado que en Inglaterra, por ejemplo, muchos salones nuevos que sustituyen a otros que desaparecen albergarán cuatro congregaciones. Si tal es el caso en gran Bretaña, posiblemente lo sea también en el resto del mundo.  

    Fácil es detectar que todo el quid de la cuestión está en economizar gastos de mantenimiento, pues cuatro congregaciones en un mismo salón recaudarían lo que antes se recaudaba en otros tantos salones, con la ventaja de que ahora solamente ha de atenderse a un único local, puede que ahora convertido en megasalón, hecho que supone una gran economía. El problema gordo es para los asistentes que tengan que desplazarse de zonas lejanas, sobre todo para aquellos que han de ajustar sus horarios de salida del trabajo a media o una hora menos, si es que las respectivas empresas y patronos les conceden el privilegio y no les descuentan del salario el tiempo trabajado de menos.

    No pocos ancianos consideran que la mayoría de los salones que desaparecen son alquilados, lo que no implica que haya un buen número de ellos en propiedad y que con toda seguridad serán vendidos. Es obvio que la recaudación por dichas transacciones iría a parar directamente a las arcas jehovistas, bien del Cuerpo Gobernante o de la Sociedad Watchtower principal. Los ancianos aludidos saben que se pedirán masivos aportes económicos para la construcción de los nuevos salones, aparte de las cuotas ya estipuladas para salones del reino, y que el importe de la venta de los viejos salones no se invertirá en los nuevos. Estos mismos ancianos creen que los 295 salones referidos bien pudieran desaparecer porque ni siquiera las congregaciones que los usan pueden cubrir los gastos de sustentación de los mismos, en vista de la grave crisis económica que probablemente afecta a sus miembros, que es actualmente el caso en los países occidentales que ven aumentar las filas del desempleo.

    Testigos acérrimos echan en cara, a otros que se muestran dubitativos, que el dinero que se recauda de la venta de salones y otras aportaciones se destina a levantar nuevos lugares de reunión en las naciones pobres. Cierto. Pero la pregunta es si dichos lugares de reunión son tan confortables y vistosos como los que se construyen en los países más pudientes y no se trata simplemente de chozas con cuatro palos, cañizos y bancos de madera, que es lo que vemos en remotos lugares de Africa y Oceanía, por ejemplo. Está claro que aquí no solamente no se invierte un centavo -aunque en contados casos la inversión raye en lo trivial-, sino que los propios hermanos se encargan de buscar y acarrear el material por su cuenta, amén de aportar gratuitamente la mano de obra.

    Los nuevos salones y megasalones del reino que se están proyectando puede que en apariencia resulten más económicos de mantener; pero los usuarios de los mismos estarán conscientes de ello y es probable que hasta aporten menos de lo que aportaban antes en sus respectivos viejos salones. A ello contribuirá lo exiguo de la economía y la escasez o falta de trabajo. Si el salón finalmente no es tan ‘mega’ y lo utilizan cuatro congregaciones, los congregados tendrán que ajustarse a unos horarios que serán incómodos e incluso inapropiados para la mayoría, que es lo que sucede actualmente en algunos salones saturados de congregaciones. En el trasiego de viejos a nuevos salones es evidente que algunos hermanos ‘se perderán’, al haber encontrado la disculpa perfecta para ‘de momento ir a otro lugar de reunión más a la mano’, por causa del trabajo. A ese nuevo lugar de reunión al que aluden, por supuesto, ni acudirán, aunque de vez en cuando aparezcan por el salón de la congregación a la que nominalmente pertenecen para que así ‘no les echen los perros’ los ancianos. Con el tiempo se esfumarán del todo.

    Es perfectamente comprensible que se sacudan de encima los salones alquilados, que significan un gasto exorbitante para los tiempos que corren; pero no se entiende la razón por la que otros tengan que ser vendidos para levantar en otra parte nuevos salones que en parte los sustituyan, a no ser que se trate de magasalones donde en  salas separadas entren al menos dos congregaciones en un mismo horario de reuniones. Dado que el CG no aclara sus manifestaciones verbales, no sabemos si los nuevos salones son dúplex o individuales. Lo que sí se intuye con claridad es que el producto de la venta de los salones en propiedad no revertirá en esos nuevos que se proyectan y son las congregaciones las que, como siempre, han de aportar los capitales, además de la mano de obra, y escriturar los espacios inmobiliarios a nombre del CG, de alguna Asociación de testigos de Jehová o de la Watchtower.  

   

  

martes, 4 de noviembre de 2014

El Apocalipsis es un libro de contenido simbólico y no literal



    La Traducción del Nuevo Mundo (TNM) vierte Apocalipsis 1:1 de la siguiente manera: “Una revelación por Jesucristo, que Dios le dio, para mostrar a sus esclavos las cosas que tienen que suceder dentro de poco. Y él envió a su ángel y mediante éste la presentó en señales a su esclavo Juan”.  

    La Biblia Reina Valera de 1569 traduce el mismo pasaje así: “La revelación de Jesús, el Cristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que conviene que sean hechas presto; y envió, y las indicó por señales por su ángel a Juan su siervo”.

    Y la Biblia Jubileo 2000 lo vierte como sigue: La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que conviene que sean hechas presto; y envió, y las indicó por señales por su ángel a Juan su siervo”.

    Es indudable que tanto la TNM como la Biblia Jubileo 2000 han copiado su porción de la antigua Reina Valera de 1569, que especifica que la revelación por Jesucristo fue presentada “en señales” o de manera simbólica. Todas las demás traducciones o versiones bíblicas omiten la expresión “en o por señales”, dado que la misma no aparece en los manuscritos griegos, como puede comprobarse por las traducciones interlineales de la Biblia. Sin embargo, se hace patente por la lectura del libro de Apocalipsis que todo él es simbólico. Por tanto, aunque la expresión “en señales” de las versiones bíblicas reseñadas es un añadido literal, no deja de ser oportuna su inclusión al indicar que lo que el libro refleja no ha de tomarse al pie de la letra, sino que en su totalidad se trata de alegorías.

    A pesar de ser un libro de contenido simbólico, el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová deduce que ciertas partes son literales. Esa presumible literalidad les viene al dedo para poder demostrar la firmeza de sus creencias. Así, toma literalmente los textos que se refieren a los 144.000, la gran muchedumbre, la permanencia en el cielo de los 144.000 y los textos del capítulo 21 referentes a que la muerte no será más. De igual manera estima como profético el contenido general del libro, aduciendo que su cumplimiento se observa en nuestro tiempo. Ya a lo largo de los siglos otros escrutadores bíblicos afirmaban que los textos apocalípticos se cumplían en los respectivos días en que les tocó vivir.

    Es curioso que, hablando de los 144.000, el Cuerpo Gobernante -como antes hizo la Watchtower- asegure que literalmente están delante del trono de Dios, en su templo ubicado en el cielo. Sin embargo, cuando en el Apocalipsis se lee que también los de la gran muchedumbre están delante del trono de Dios y en su templo, el texto en cuestión lo interpretan los líderes jehovistas en sentido simbólico y manifiestan que en este caso se refiere a que los individuos de la gran muchedumbre están a la vista del trono de Dios en la parte terrestre de su templo. La Biblia no habla de ninguna parte terrestre del templo de Dios.

    De paso, el Cuerpo Gobernante enseña que los 144.000 y la gran muchedumbre son dos grupos distintos, cuando de la lectura de los textos bíblicos se infiere que son el mismo grupo bajo diferente denominación. Por esa razón ambos están delante del trono de Dios, en el templo, que no es otro que el mismo cielo, aunque todo ello entendido metafóricamente. El resto del Apocalipsis lo sigue entendiendo el Cuerpo Gobernante como aplicado a los testigos de Jehová en el siglo XX y en estos primeros años del XXI. Al no cumplirse las supuestas profecías que infieren de la lectura del Apocalipsis, los miembros del Cuerpo Gobernante van cambiando la interpretación, interpretación que jamás puede cumplirse literalmente por la sencilla razón de que el Apocalipsis no es un libro de contenido literal, sino simbólico.

    Ya en un principio -hablamos del siglo IV y no antes- el libro de Apocalipsis no se aceptaba plenamente en la Iglesia. Su lectura se hacía con reservas, al considerarse un escrito apócrifo. Finalmente la Iglesia -la Iglesia católica- lo incorporó definitivamente al Canon. Sea como fuere, el libro de Apocalipsis no se entiende si no es bajo la perspectiva de la Iglesia católica. Muchos eruditos están convencidos de que el Apocalipsis -sin mencionar los demás libros del Nuevo Testamento- fue escrito poco antes del año 325 por miembros de la que en breve sería Iglesia católica, fundada por el emperador Constantino. Para poder declarar públicamente que la Iglesia se basaba en Jesucristo y los apóstoles, Eusebio de Cesarea inventó los relatos de su famosa ‘Historia eclesiástica’, así como las cartas de los padres apostólicos, de los cuales nada sabe la historia seglar. Al Apocalipsis, como a otros libros, se les dio carácter retroactivo y se falsificaron documentos con caligrafía antigua para hacer ver que los relatos venían del siglo I, cuando en realidad todo era obra del siglo IV.

    En efecto, cuando en el texto apocalíptico se habla de que ciertos individuos están ante el trono de Dios en su templo celestial, ello se está refiriendo simbólicamente a la elevada posición del clero católico, obispos y sacerdotes, sobre los demás creyentes. Decir que aquéllos están en el cielo equivale tanto como a decir que están en lo supremo de la Iglesia, la cual se consideraba a sí misma como el templo y el trono de Dios.

    Y decir que ya no habría más muerte ni lamento ni dolor es un modo metafórico de expresar que el individuo viviría relativamente feliz, en contraposición a lo que se creía que había sido el llamado paganismo. Tales textos están tomados de Isaías, que habla de las futuras glorias de Judá y de la libertad y disfrute de los individuos al tiempo de la restauración. Incorporados dichos textos retroactivamente a Isaías -en realidad escritos tiempo después de la liberación del cautiverio babilónico-, se refieren a que los judíos ya no sufrirían más en el destierro, que era para ellos lamento, dolor y muerte. Por eso también escribe Isaías que se sentarían bajo su vid y su higuera, sin nadie que les hiciera temblar. Isaías expresa la alegría del pueblo restaurado a su tierra.

    Cuando el Apocalipsis refiere que la nueva Jerusalén celestial baja a la tierra, se quiere indicar que esa nueva Jerusalén es la Iglesia católica establecida entre la humanidad, Iglesia que mediante los sacramentos, simbolizados por árboles que dan frutos todos los meses del año, dispensa la salud espiritual a los creyentes. Y ese ‘vengo pronto’ del que habla Jesucristo alude -desde el punto de vista católico- a que él regresaría metafóricamente y estaría presente en la iglesia, dándole su atención desde los cielos, hasta la consumación de los siglos o fin del sistema mundial del que él mismo dice que ‘nadie sabe el día y la hora’.

    El Armagedón se entiende también desde la perspectiva eclesiástica como referido al triunfo de la Iglesia sobre las naciones y los reinos del mundo. Y el comer las carnes de comandantes y otros significa que la Iglesia ‘comería’ los poderes mundiales y estaría por encima de todos ellos. Tal es lo que, cuando se gestaba el alumbramiento de la Iglesia católica, vislumbraba en el siglo IV el autor o autores del Apocalipsis, quienes creían que dicha entidad se mantendría firme y creciente a través de las edades.

    El atar a Satanás por mil años simbolizaría que éste ya no tendría el poder que por tiempo ilimitado -hasta el fin de los tiempos, que es la alegórica duración de mil años de la Iglesia- se suponía que tuvo en los tiempos del paganismo, ya que la Iglesia se concebía como más poderosa que el propio Satanás. El autor del Apocalipsis intuía que al final de los tiempos o de los simbólicos mil años, la Iglesia y los fieles sufrirían abiertamente la embestida demoníaca, de la que finalmente saldría triunfante un gran número. Y así lo expresó en un símil de parábola.

    Si algo puede tener cierto sentido literal es el desfile de los jinetes apocalípticos. Pero estos jinetes, de metafórico relato, han cabalgado entre la humanidad desde tiempos remotos y, conocida la avaricia humana y el hecho de que los desastres naturales acaecen siempre, jamás faltarán dichos jinetes a su cita en el futuro. Guerras, hambres, enfermedades, terremotos, muerte y otras calamidades, incluso todas juntas, constituyen la plaga eterna del viviente, sin importar el tiempo.

    Visto que el Apocalipsis es un libro de contenido simbólico y no literal, y dado que se escribió bajo la perspectiva de la Iglesia católica, la cual expresa en metáforas su devenir histórico, huelga cualquier interpretación de sentido literal que ofrezca toda entidad religiosa que pretenda establecerse como superior a las demás o argumente con sofisticados razonamientos que ha sido autorizada divinamente para ejercer su desbarajustado y cambiante ministerio, cual es el de la organización de los testigos de Jehová. Tampoco la Iglesia católica fue establecida por ningún Cristo, sino que es fruto de la política romana del siglo IV, a la que se incorporaron las creencias y ceremonias religiosas en boga en aquel tiempo, retrotrayéndolas al siglo de la supuesta existencia de un hipotético personaje del que los evangelios no aclaran si era judío o galileo.  

 

 

jueves, 30 de octubre de 2014

Reforzando el año 1914


 
    En la reunión de servicio de la tercera semana de octubre 2014 se habló de que el año 1914 salía de aplicar 2.520 años al 607 a.e.c. Dado lo complejo de explicar esos 2.520 años, así como el largo tiempo envuelto en explicarlo, en la demostración habida en la plataforma con un estudio bíblico se dio por entendido sin más que mediaban 2.520 años entre el 607 a.e.c. y 1914 e.c., con lo que se supone que el estudiante se quedaría como estaba. Pero lo peor de todo fue que tampoco se explicó de dónde salía la fecha del 607 a.e.c., algo que el estudiante no sabe en absoluto y que solamente un 1% o menos de los testigos de Jehová sabe.

    La mayoría de los testigos cree, porque no ha consultado las antiguas publicaciones de la Watchtower (anteriores a la existencia del Cuerpo Gobernante), que el 607 a.e.c. sale de aplicar al 537 a.e.c. los hipotéticos 70 años en que los judíos estuvieron desterrados en Babilonia después de que Nabucodonosor destruyera el templo y la ciudad de Jerusalén. En realidad no es así. El 607 a.e.c. no salió de aplicar 70 años al 537 a.e.c., en que se supone que los judíos salieron del destierro. Esa es una explicación posterior al establecimiento de las fechas del 607 y del 537 a.e.c. Tampoco los estudiantes bíblicos y la inmensa mayoría de los testigos saben desde cuándo se conocen los 2.520 años ni quién fue el primero en fijar tal cantidad de años a los siete tiempos de Daniel. Los testigos creen que su autor fue Russell, así como que fue también el autor de las fechas 607 y 537, cuando no es así. Por esa razón subimos las presentes líneas a modo de recordatorio para unos pocos y como instrucción para los muchos, sean testigos o estudiantes.

    El primero en establecer que los siete tiempos de Daniel duraban 2.520 años fue el escrutador bíblico John Aquila Brown, en 1823. A este propósito publicó el libro “El atardecer”, donde lo explica detalladamente. Antes de 1823 y desde 1195, los teólogos, sobre todo los protestantes a partir del siglo XVII, fijaban la duración de los siete tiempos por lo general en 1.260 años. Brown lo que hizo fue duplicar esa cantidad multiplicando 360 por 7, que se suponía que eran los siete tiempos o años que Daniel aplicó a Nabucodonosor, y el resultado lo elevó a años. Así, los siete tiempos que inicialmente eran de 2.520 días o 7 años, ahora pasaban a ser de 2.520 años, aplicando una norma de los judíos que se guiaban por la Cábala y la numerología, mediante la cual había que considerar un día bíblico como un año.

    A partir de Brown, muchos teólogos protestantes aceptaron que los siete tiempos duraban 2.520 años. En 1843 el teólogo Thomas Rawson Birks estableció en su obra “Primer elemento de la sagrada profecía” que, puesto que se entendía que los judíos habían sido liberados del yugo babilonio en el 536 a.e.c. y la nación de Judá estuvo en servidumbre al rey de Babilonia por 70 años, dicha servidumbre habría comenzado en el 606 a.e.c. En esos 70 años se contaban los tres importantes destierros de los judíos, a saber, el del año 7/8, el del año 18/19 y el del año 23/24 de Nabucodonosor.

    Como ya los historiadores habían determinado que Nabucodonosor subió al trono en el 605 a.e.c., se calculó que el año de la destrucción de Jerusalén fue el 587 a.e.c. ó año 18/19 de Nabucodonosor. Birks creyó ver que la fecha del 606 a.e.c. se daba por partida doble al haber leído en Jeremías que Nabucodonosor arruinó Jerusalén en el año 19 de su reinado. Birks entonces sumó 19 años al 587 a.e.c. y así llegó también al 606 a.e.c. como año del comienzo del reinado de Nabucodonosor, que asimismo era el año del comienzo de la servidumbre de Judá a Babilonia. Sin embargo Birks se equivocó, pues debió haber sumado 18 años al 587 a.e.c. y así hubiera llegado correctamente a la fecha del 605 a.e.c. como el año en que Nabucodonosor había empezado a reinar.

    Por otro lado, la fecha del 536 a.e.c. estaba incorrecta, pues se suponía que, además de ser la de liberación de los judíos, era el primer año de Ciro como rey de Babilonia. Para entonces, aunque los religiosos protestantes se aferraban al 536 a.e.c., ya los historiadores habían establecido que Ciro conquistó Babilonia en el 539 a.e.c. y que los 70 años de glorioso reinado del imperio babilónico tras conquistar el último reducto de Asiria, la ciudad de Harrán, comenzaron en el 609 a.e.c. Esos 70 años de Babilonia son los que se citan en  Jeremías 25:11 y 12, al igual que en Jeremías 29:10. La verdad escueta es que estos versículos no se refieren al destierro de los judíos. Ni siquiera mencionan o hacen suponer tal destierro (en realidad hubo tres destierros de importancia).

    En 1844 el teólogo Edward Obispo Elliot publicó en su libro “Horas con el Apocalipsis” que los siete tiempos de Daniel, que para entonces se consideraban de 2.520 años, iban del 606 a.e.c. a 1914, aunque Elliot se equivocó en un año menos. A principios de los años 1870, el adventista Nelson Horatio Barbour, que había sido discípulo del fundador del adventismo William Miller, llegaba a Londres procedente de Australia. En Londres visitó la Biblioteca Nacional y halló en uno de los estantes el libro “Horas con el Apocalipsis”, de Elliot. De su lectura sacó en conclusión que el año de comienzo de reinado de Jesucristo sobre la tierra acaecería en 1873, aunque después, llegado el año y no viendo el acontecimiento, lo pospuso para 1874, que tampoco sucedió nada y Barbour entendió que la venida o presencia de Cristo había tenido lugar en el cielo, y no en la tierra, en 1874. Asimismo aceptó del libro de Elliot las fechas 606 a.e.c. y 1914, siendo esta última la fecha que se consideraba como el año de la destrucción de los reinos del mundo o Armagedón.

    La fecha del 606 a.e.c., que hasta entonces se consideraba como la del inicio de los 70 años de servidumbre de los judíos a Babilonia, Barbour la entendió como de destierro de los judíos, interpretando que el principal destierro fue el del año 18/19 de Nabucodonosor, cuando destruyó Jerusalén. Sin embargo el principal destierro fue el del año 7/8 de Nabucodonosor. Igualmente aceptó Barbour que los siete tiempos duraban 2.520 años, aunque confundió los siete tiempos de Daniel con los tiempos de los gentiles de los que habla Jesucristo en el evangelio de Lucas, cuya duración no se indica.

    En 1875 Barbour publicaba la revista “El Heraldo de la mañana”. En enero de 1876 un ejemplar llegó a manos de Charles Taze Russell, que independientemente escrutaba la Biblia con otros interesados. Sorprendido por lo que leyó, Russell solicitó una entrevista con Barbour. Ya reunidos, Barbour convenció a Russell de que Cristo estaba presente en su reino celestial desde 1874; que Jerusalén había caído en el 606 a.e.c.; que los judíos fueron llevados ese año al destierro, donde permanecieron 70 años (la Biblia no indica cuánto tiempo estuvieron los judíos desterrados); que los tiempos de los gentiles duraban 2.520 años, desde el 606 a.e.c. hasta 1914; y que en 1914 terminaban los tiempos de los gentiles y Jesucristo destruiría los reinos mundiales en la batalla del Armagedón. Russell, llevado por su entusiasmo, aceptó todas estas fechas y doctrinas sin rechistar y sin detenerse a comprobar si eran o no correctas. Y al momento comenzó a predicarlas y a enseñar que en 1914 todos los reinos del mundo llegarían a su fin y serían destruídos en el Armagedón. Esto lo reafirmó sobre todo a partir de la fundación de su revista “La Atalaya de Sión” en 1879. Toda la literatura que escribió Russell hasta 1914, cuyos tomos se conservan en varias bibliotecas, así lo especifica.

    Años antes de 1914 Russell se dio cuenta de que entre el 606 a.e.c. y 1914 no mediaban 2.520 años, sino 2.519. Por tal razón pensó trasladar el año 1914 a 1915 y de esta manera cuadrarían los 2.520 años. En ello estaba cuando a finales de julio de 1914 estalló la Gran Guerra y Russell pensó que la misma arrastraría a las naciones al Armagedón. Pasó 1914 sin que llegara el Armagedón y Russell definitivamente adoptó el 1915 como año del fin de los tiempos del los gentiles, el cual llevaría inevitablemente al Armagedón. Así lo reescribió en su obra “El tiempo se ha acercado”, que era el segundo tomo de sus “Estudios en las Escrituras”. Pasó 1915 sin ver tampoco realizado su tema de predicación y Russell comenzó a predicar aún con más ahínco para no caer en depresión, si bien declaraba que el Armagedón no tardaría en llegar. Russell murió el 31 de octubre de 1916, en la noche de Difuntos.

    En 1917 le sucedió Rutherford en la presidencia de la Watchtower. Durante su tiempo la fecha de 1914 quedó un tanto colgada y no se sabía exactamente qué es lo que había sucedido en tal año. La predicación de la época Rutherford giró en el hecho de que el reino de Cristo se había establecido en el cielo en 1874, tal como Russell había aceptado del adventista Barbour. Muerto Rutherford en enero de 1942, le sucedió como presidente Nathan Homer Knorr.

    En 1943 la Watchtower publicó el libro “La verdad os hará libres”, escrito por el vicepresidente Frederick William Franz, que en 1977 llegaría a presidente. En esos tiempos aún no existía el Cuerpo Gobernante como hoy se conoce, sino que la Sociedad era regida por el presidente, auxiliado por la Junta Directiva. Hoy día coexisten la Junta Directiva de la Watchtower y el Cuerpo Gobernante. Este último tomó las riendas en enero de 1976 y había sido creado en 1971 con los siete miembros de la Junta Directiva y el Presidente, más otras diez personas que en conjunto formaron el Cuerpo Gobernante.

    En el libro “La verdad os hará libres” se anuló la fecha de 1874, la cual pasó a 1914, año que en adelante había que predicar como el del establecimiento del reino de Cristo en el cielo, además de como fin del tiempo de los gentiles, si bien se permitía el tiempo de una generación antes de que llegara el fin real del sistema. En la actualidad se anuló el concepto de ‘generación’ que se tenía y hoy la generación la componen los ungidos que vivían en 1914 y que traslaparon a otros ungidos más jóvenes que aún viven.

    Fue en este mismo libro en que por vez primera se dieron a conocer las fechas del 607 y 537 a.e.c. Dado que había un error de un año en el cómputo que se tenía de los 2.520 años de los tiempos de los gentiles, que inicialmente habían sido los siete tiempos de Daniel, la fecha del 606 a.e.c. o año de la supuesta destrucción de Jerusalén se adelantó al año 607 a.e.c. y así quedaban cuadrados los 2.520 años. Sin embargo, al hacerlo quedaban descuadrados los supuestos 70 años de destierro de los judíos en Babilonia, por lo que paralelamente se adelantó la salida del destierro del año 536 al 537 a.e.c. En adelante había que predicar que los judíos salieron del destierro en el 537 a.e.c. y, como se entendía que estuvieron 70 años en el destierro, la destrucción de Jerusalén y el destierro habían tenido lugar en el 607 a.e.c.  Quien no creía, aceptaba y predicaba esto, se exponía a ser expulsado o desasociado de la congregación, y de hecho hubo no pocos expulsados y desasociados.

    Los años supuestamente bíblicos de 606 y 536 a.e.c. y los de 1874 y 1914, así como los 2.520 años, no fueron descubiertos o ideados por Russell, como tantos testigos de Jehová suponen, sino que vienen heredados de los adventistas y otros sujetos religiosos que se basaron en pura especulación mental. Por eso no aconteció lo que esperaban, a saber, la segunda venida o presencia de Cristo. Las fechas 607 y 537 a.e.c. son igualmente un remiendo doctrinal que la Watchtower aplicó en 1943 debido a que había un error de un año menos en el cómputo de lo que llamaban tiempo de los gentiles. Ese error se subsanó con otro error si cabe aún mayor, pues implicó adelantar un año la fecha de la hipotética destrucción de Jerusalén, además de adelantar un año la también hipotética fecha de la liberación de los judíos del yugo babilónico. Todo esto es lo que habría que explicar honestamente al estudiante bíblico; pero, de hacerlo, ninguno se haría testigo de Jehová.

    En la actualidad toda la base doctrinal del Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová está en los 70 años de destierro de los judíos tras ser destruída Jerusalén en el año 18/19 de Nabucodonosor, además de en las fechas 607 y 537 a.e.c., 1914 y 1919. No hace mucho se suprimió la fecha de 1918, supuestamente la de inspección de Jesucristo a su esclavo fiel y discreto, por no ser bíblica. Esta de 1918 y la de 1919 fueron invención de Rutherford, que las publicó en La Atalaya del 15 de febrero de 1927, aduciendo que con carácter retroactivo Jesucristo había visitado y nombrado a su esclavo sobre los bienes del Amo en 1918 y 1919, aunque el esclavo, que antes era Russell y en tiempo de Rutherford todos los Estudiantes de la Biblia, no se había enterado de tal visita y nombramiento ocho y nueve años atrás.

    Así, pues, suprimida la fecha de 1918, tarde o temprano tendrá que hacerlo la de 1919, ya que se basa en la anterior, y se prevé que será trasladada finalmente a 1914, tal como se ha trasladado a este año central la inspección de Jesucristo a la junta directiva de la Watchtower. De esta manera quedará reforzada la fecha de 1914, ya que gran número de testigos de Jehová, incluídos ancianos, la ponen en duda. 1914 quedará por el momento como el año del fin del tiempo de los gentiles, de la presencia de Cristo en su reino celestial, de la inspección del Amo a la junta directiva y del nombramiento de la misma como esclavo fiel y discreto. Se condenará, pues, el año ‘rutherfordiano’ de 1919, como ya fue condenado el de 1918. Pero todo este galimatías difícilmente lo entenderá cualquier estudiante bíblico, como tampoco lo entiende la práctica totalidad de los que se dicen testigos de Jehová.

 

jueves, 23 de octubre de 2014

Si Jesucristo y los apóstoles eran galileos, ¿cómo pudieron celebrar la Pascua judía?



   Decir a priori que Jesucristo y los apóstoles eran galileos y no judíos puede ser tomado como un insulto o al menos como una barbaridad doctrinal por muchos creyentes. Pero, si leemos con atención los pasajes evangélicos, veremos que el tema no es tan descabellado.

En efecto, de los capítulos del evangelio atribuido a Mateo deducimos que Jesucristo era de Nazareth, aunque el mismo evangelista asegure en el capítulo 2 que Jesús había nacido en Belén, todo para cuadrar la hipotética profecía de Miqueas. El final del capítulo lo despacha diciendo que la familia se instaló en Nazareth. Sin embargo el evangelista Lucas hace desplazarse a los padres de Jesús desde Galilea a Judea para poder asegurar que el niño nació en Belén.

    Lucas introduce la rara cuña de que el emperador romano había ordenado un censo entre sus súbditos -censo por el que, según el evangelista, las familias debían desplazarse a su lugar de origen, lo cual realmente no pudo suceder jamás, ya que el censo se hacía en las poblaciones en que las personas vivían y no en sus ciudades de origen, pues el censo se realizaba con vistas a la recaudación de tributos.

    De todas maneras los tres primeros capítulos de Mateo y Lucas, relativos a la genealogía y nacimiento de Jesucristo, es más que probable que fueran añadidos tardíamente a los evangelios por la Iglesia Católica, según estiman cada vez más eruditos. Estos barajan que los cuatro evangelios principiaban con la predicación de Juan Bautista en el desierto y que a Mateo y a Lucas se le añadieron unos preámbulos que no venían al caso.

    Lo que sí es seguro es que ninguno de los supuestos evangelistas eran judíos, dada la ignorancia que muestran en sus relatos acerca de las costumbres y lugares judíos del primer siglo. Mateo, por tanto, no era judío, como pretenden tantos eclesiásticos. Según el evangelio, Mateo era recaudador de impuestos en Galilea cuando Jesucristo lo escogió como apóstol. Lo mismo ocurre con los demás apóstoles, que todos fueron elegidos como tales en Galilea. Hasta el capítulo 19 de Mateo no se relata el desplazamiento a Jerusalén de Jesús y los suyos.

    Ahora bien, los galileos, como los samaritanos, no celebraban la Pascua judía, que era patrimonio exclusivo de los habitantes de Judea y no de Samaria y Galilea. Aunque la Biblia hace ver que en un principio todos eran israelitas que salieron de Egipto y allí observaron la primera Pascua, tras la división de las tribus no se tiene constancia de que samaritanos y galileos celebraran la Pascua. Por otro lado el auténtico Israel siempre fue la fértil nación de Samaria, la cual, tras la invasión de los asirios, cayó en desgracia y los sacerdotes judíos se apropiaron de sus glorias, trasladándolas a Judá, que era una nación pobre y poco poblada. La Pascua, pues, no fue más que un invento de los sacerdotes del tiempo del rey Josías, que la implantaron con carácter retroactivo y fueron quienes fabricaron el mito de que Judá era la nación escogida por Dios.

    Por lo tanto, galileos y samaritanos no eran judíos y la Pascua nunca les aplicó. No se entiende cómo los evangelistas pudieron afirmar que Jesucristo y los apóstoles, que eran galileos -y así lo expresan los evangelios, salvo en los primeros capítulos de Mateo y Lucas-, pudieron observar una celebración que no les correspondía. Es evidente que los evangelistas ignoraban los asuntos judíos, lo que implica que tales evangelistas pudieran ser escritores de siglos posteriores a aquel en que supuestamente se desarrollaron los acontecimientos.

    Esta ignorancia de los escritores de los evangelios queda patente en el hecho de que, atribuyendo a Jesús y los apóstoles la celebración de la Pascua en el año 33, relatan que después de la cena salieron al monte de los Olivos, que estaba fuera de las murallas de Jerusalén. Tradicionalmente los judíos celebraban la cena de Pascua solamente en familia y, después de la misma, se quedaban en casa hasta la mañana siguiente. Pero los evangelios dicen que Jesús y sus apóstoles salieron al monte de los Olivos. ¿Por dónde salieron, si las puertas de la ciudad se cerraban al anochecer y estaban custodiadas por los romanos, que no permitían concentraciones, sobre todo fuera de la ciudad, por la sospecha de que pudieran tramar alguna conspiración?

    Además en Jerusalén, dada su altura, la temperatura máxima a primeros de abril, que es cuando se sitúa la celebración de aquella Pascua, es de un máximo de 10 grados centígrados. Los evangelistas relatan que Jesús y los suyos pasaron horas en el huerto de Getsemaní, fuera de los muros de la ciudad. ¿Puede alguien soportar durante largo tiempo 10 grados a la intemperie y de noche?

    El desconocimiento de los evangelistas acerca de las costumbres judías del primer siglo, así como de la geografía correspondiente, hace ver que los relatos evangélicos fueron inventados por no judíos de tiempos muy posteriores al siglo I. Y, por supuesto, si estos evangelistas arguyen que Jesucristo y los apóstoles eran galileos, difícilmente hubieran podido celebrar la Pascua judía.