lunes, 23 de enero de 2017

YA NO ME PUBLICAN LOS ARTICULOS EN ESPAÑA


    La agencia periodística para la que escribo (y escribimos los de la redacción) me entrega 307 cartas que les han enviado los periódicos españoles en los que se publicaban mis artículos de tema religioso. Las cartas son de lectores que protestan por los artículos. 51 de esas cartas han sido escritas por párrocos y pastores protestantes. Y 256 son las escritas por testigos de Jehová que dicen que los artículos les causan mucho daño y van contra la libertad de religión.

    La mayoría de los testigos de Jehová que escriben dicen que pueden demostrar con datos históricos que todo lo que se dice en los artículos es mentira. La cuestión es que los periódicos españoles, a sabiendas de que lo publicado es la escueta verdad, han decidido no publicarme más artículos porque tienen miedo a la opinión pública y no quieren tener problemas. Algunos de esos periódicos habían aumentado sus tiradas precisamente por la serie de artículos, ya que ha quedado claro que, en cuanto no se han publicado más los artículos, las ventas de los periódicos han descendido.

    En España, pues, no aparecerán más los artículos, por lo que se supone que los testigos de Jehová españoles pueden respirar tranquilamente. Sin embargo, los artículos continúan publicándose en periódicos de varios países de habla hispana con los que trabaja la agencia para la que escribo.

    Algunos de estos artículos los publico en esta página, los que el tiempo me permite, ya que son varios artículos diarios de diversa índole.



lunes, 9 de enero de 2017

Viene con las nubes y todo ojo lo verá


    Adivinanza: ‘Antes de que el hombre y la tierra fuesen, él es. Nace el 25 de diciembre. Es la luz del mundo. Da y sostiene la vida. Convierte el agua en vino. Tiene doce discípulos. Proporciona salud. Alimenta a multitudes. Camina sobre las aguas. Lleva una corona de espinas. Muere y resucita. Asciende al cielo. Viene con las nubes y todo ojo lo verá’.

    Cuando se les presenta la anterior adivinanza a los miembros de la cristiandad, no importa la denominación eclesiástica a la que pertenezcan, absolutamente todos responden que, por supuesto, se trata de Jesucristo. Ello es debido a que los evangelios y el Apocalipsis así lo hacen creer. Sin embargo la adivinanza no se refiere a Jesucristo. ¿A quién, pues?

    La pista se da con la afirmación “viene con las nubes y todo ojo lo verá”. En efecto, todos los días viene con las nubes y todo ojo lo ve y lo verá. Se trata del Sol. Su existencia es muy anterior a la Tierra y al hombre. Indiscutiblemente el Sol es la luz del mundo, da y sostiene la vida y, gracias a su acción bienhechora, la tierra produce alimentos para todos los habitantes del planeta. Y por supuesto, la fuente primordial de salud del ser humano es el Sol. Sin el Sol, la Tierra estaría a oscuras y sin su calor y fuente de energía nadie podría vivir.

    Cuando el Sol se refleja sobre las aguas en movimiento parece desplazarse sobre ellas. De ahí que se diga que el Sol camina sobre las aguas. El Sol convierte el agua en vino en el sentido de que hace madurar las uvas cuyo jugo después fermentará y se convertirá en vino. El Sol tiene doce discípulos, que son las doce constelaciones del Zodiaco que recorre a lo largo del año. Al Sol se le representa popular y gráficamente por medio de un halo con pequeños rayos semejantes a espinas, a modo de corona. El Sol asciende al cielo desde la hora del amanecer hasta el mediodía, en que está en el cénit o punto más alto.

    Las respuestas a esta explicación siempre son las mismas por parte de los creyentes: todos coinciden en afirmar que es forzada y que se le encajan al Sol atributos que son propios de Jesucristo. No obstante, lo contrario es la realidad: A Jesucristo, lo mismo que antes de él a otros héroes mitificados, se le atribuyeron las características que en la antigüedad se le imputaban al Sol y posteriormente a dioses o humanos endiosados que hipotéticamente precedieron a Jesucristo. Todos estos son dioses o héroes solares.

    No hemos de olvidar que las religiones fueron solares en la remota antigüedad, cuando se originaron. Las gentes veneraban al Sol cual si fuera el dios dador de vida. El mismo emperador Constantino fue partidario de la adoración al Sol. De hecho fue miembro de la religión cuya devoción se tributaba al Sol Invicto. Se dice que Constantino decretó la libertad de los cristianos y él mismo se hizo cristiano. Lo que en realidad hizo fue algo más descabellado: hizo traspasar la antigua veneración del Sol al personaje recién creado de Jesucristo.

   Fue en su tiempo cuando en realidad se dio origen al cristianismo. Constantino jamás se convirtió al cristianismo, sabiendo que era una ficción por él creada. A pesar de lo que hacen creer los eclesiásticos, el emperador romano continuó toda su vida como incondicional devoto del dios Sol. En su lecho de muerte fue atendido por Eusebio de Nicomedia, que no era cristiano, sino un clérigo del mitraismo, del que el cristianismo romano tomó todos los símbolos. Eusebio de Cesarea era también un clérigo del mitraismo que aceptó el cristianismo y escribió la Historia Eclesiástica, mediante la cual pretendía demostrar, de acuerdo con el emperador Constantino, que los papas y los obispos eran los herederos de los apóstoles y que por tanto la Iglesia Católica que entonces se fundaba, y con ella en realidad el cristianismo, era la verdadera.  

    Cuando en los libros del Nuevo Testamento se habla de una segunda venida de Jesucristo en gloria, el trasfondo real de ello es la “venida” del Sol al amanecer. Todos los días el Sol viene con las nubes y todo ojo lo ve. Todos los días se oculta. Todos los días muere y resucita el Sol. De ahí que los relatos de los antiguos dioses, que tomaron los atributos solares, expongan que los tales mueren y resucitan. Más exactamente, mueren y resucitan al tercer día, como el Sol al llegar el 22 de Diciembre. Por tres días el Sol da la sensación de inactividad, que recobra al tercer día, el 25 de Diciembre. Por esa razón, de muchos de aquellos dioses a los que se les aplicaron características de la religión solar se enseña que nacen el 25 de Diciembre. Jesucristo no se libra de dicha asignación tradicional, al declarar la Iglesia Católica a sus fieles que nació el 25 de Diciembre.

    Para los adeptos de las viejas religiones solares el sol moría al momento del ocaso y resucitaba, nacía o renacía con gloria a la mañana siguiente. Con el tiempo este concepto se trasladó a los dioses de turno de las nuevas religiones, que copiaron todo su ritual de las teologías solares y atribuyeron esta peculiaridad de muerte y resurrección o nacimiento a los dioses que ahora veneraban. La diferencia es que a estos nuevos dioses no se les aplicaba un morir y renacer diario, sino anual, al menos en la celebración de los ritos a ellos dedicados.

    El cristianismo no se libró de esto y por ese motivo Jesucristo se parece tanto a otros personajes deificados que le precedieron, como Horus, Osiris, Mitra, Dionisos, Attis, Zoroastro y Krisna, por mencionar algunos. Todos ellos no eran más que una representación encubierta del dios Sol. A todos, incluído Jesucristo, se les consideró como si fueran el mismo Sol. De ahí la general representación de casi todos ellos con un halo luminoso en sus cabezas, ya que eran representaciones solares. El dios mediador egipcio Horus tenía todos los atributos del Sol, atributos que posteriormente heredaría Jesucristo, otro dios mediador, al que los evangelios le aplican todas las funciones que tiene el propio Sol: nace, es la luz del mundo, da y sostiene la vida, convierte el agua en vino, tiene doce discípulos, proporciona salud a las gentes, alimenta a multitudes, camina sobre las aguas, lleva una corona de espinas, muere, resucita, asciende al cielo y viene con las nubes y todo ojo lo verá.

    Sí, los evangelios nos presentan a un Jesucristo de carácter mágico que nace de una virgen, obra insólitos milagros, resucita de la muerte y asciende físicamente a los cielos, si bien algunos credos cristianos, como los testigos de Jehová, enseñan que Cristo no resucitó y ascendió a los cielos físicamente, sino en espíritu. Al mismo Jesucristo se le atribuye decir que es hijo natural del mismo Dios y que tuvo una existencia prehumana en el cielo. Pero justamente esto es lo que más o menos se aseguraba de los viejos seres endiosados en las distintas religiones. En origen, todo ello se remite a la antigua veneración del Sol, que viene con las nubes y todo ojo lo ve. 
 
 
 

sábado, 24 de diciembre de 2016

La Verdad libera y no esclaviza


 
    Los testigos de Jehová ven a sus pastores (ancianos, superintendentes y Cuerpo Gobernante) como superiores en conocimiento bíblico y dan por hecho que los tales profesan la verdad de la Biblia y, por tanto, lo han investigado todo al respecto. Esta elocuente seriedad con que se presentan los pastores de los testigos de Jehová y el hecho de que manejen la Biblia constantemente, hace que los Testigos de a pie crean que ‘están en la verdad’ o en la única religión verdadera y, por tanto, no aceptan o no debieran aceptar argumentos de otros credos.

    Esto mismo es lo que sucede en el resto de las iglesias de la cristiandad. Todas tienen sus pastores y todas manejan de algún modo la Biblia, aunque los protestantes la utilizan más que los católicos. Estos pastores les dicen a sus feligreses que las demás religiones son falsas y que la verdad solamente está en la iglesia o congregación de ellos. Los feligreses aceptan a sus pastores y creen que éstos lo han investigado todo para afirmar que tienen la verdad de la Biblia. Es evidente que las personas afiliadas a cualquier iglesia son sinceras; pero, como bien se dice, la sinceridad no hace que una religión sea verdadera.

     Cuando a cualquier devoto de estas iglesias o congregaciones, sea testigo de Jehová o de otra confesión, se le muestran con educación y buen razonamiento ciertas incongruencias que prueban que tales congregaciones no pueden estar en la verdad de la Biblia, el devoto en cuestión se sentirá herido en su corazón y defenderá su fe con uñas y dientes si es preciso. Está programado para ello por sus pastores, que le indican que no escuche a quienes le dicen otra cosa que no sea la que pregonan los propios pastores, haciéndole creer al adepto que tales individuos que así hablan son en realidad lobos enfundados en piel de oveja.

    La única manera de saber si una iglesia o congregación está realmente en la verdad de la Biblia es mediante investigar su historia y sus doctrinas y ver si esa historia y doctrinas se ajustan a las páginas bíblicas. Puede que al adepto se le haya captado mediante explicarle ciertos textos que le dejan cegado al principio, sobre todo si desconocía la Biblia, y así mal puede ver la realidad que se esconde tras ese aprendizaje tan somero, pues lo cierto es que no se profundiza en el mismo. Las dudas comienzan a surgir cuando el adepto ya se ha bautizado o ha hecho pública su adhesión a la nueva fe. Sin embargo, esas dudas iniciales suelen disiparse paulatinamente a medida que asiste a las reuniones o ritos de su iglesia y al ver que los pastores continúan en la brecha como si estuvieran seguros de que tienen la verdad. Con el tiempo le volverán a surgir nuevas dudas a las que ni se atreverá a enfrentarse.

    Para conocer la verdad de un asunto, lo inteligente y razonable es cotejar las dos partes: la de quienes defienden el asunto y la de quienes muestran que el asunto no es correcto. Oídas las dos partes, como lo haría un juez, puede finalmente emitirse un veredicto final, tras sopesar las pruebas pertinentes. Si los testigos de Jehová, por ejemplo, afirman que tienen la verdad y los que no son Testigos argumentan que los Testigos no la tienen, sería prudente escuchar los argumentos de las dos partes y obrar en consecuencia a la vista de las demostraciones que se esgrimen. Sin embargo, al testigo de Jehová se le ha aleccionado a que en modo alguno escuche a la parte contraria y se le recalca que es rebeldía el pensar con independencia del Esclavo Fiel y Discreto o Cuerpo Gobernante que dirige a los Testigos. En las filas de los testigos de Jehová no hay lugar para el pensamiento crítico.

    El testigo de Jehová cree que su organización ha realizado una profunda investigación en materia religiosa y que por tanto no se equivoca en este aspecto. Pero la organización ha publicado que puede equivocarse en materia doctrinal y de ahí que cambie periódicamente las doctrinas, lo que indica que las doctrinas anteriores no estaban ajustadas a la Biblia. Y las nuevas doctrinas pueden cambiarse mañana, por lo que tampoco estarían ajustadas a la Biblia.

    Cuando a un testigo de Jehová, como se ha tenido ocasión de comprobar en innumerables ocasiones, se le muestran los graves errores doctrinales y antibíblicos que enseña su Cuerpo Gobernante, la reacción natural del Testigo es montar en cólera, gritar para no dejar que el interlocutor continúe hablando y lanzar insultos e improperios, todo ello en lugar de sentarse a dialogar y razonar con la persona que trata de exponerle sus argumentos. Sin embargo el testigo sí espera que aquellos a quienes aborda en la predicación le escuchen.

    Jesucristo dijo que ‘la verdad os libertará’; pero el testigo de Jehová está esclavizado o totalmente sujeto a la organización de su Cuerpo Gobernante. Si está esclavizado de tal manera que toda su vida dependa de la Organización, significa que no es libre y, por tanto, si no es libre, no conoce la verdad. Si conociera la verdad, no tendría que estar esclavizado o encadenado a una organización que constantemente dicta su modo de vivir y le exige tiempo, esfuerzo y medios económicos.    

    Tanto depende el testigo de Jehová de su Organización que con sus contribuciones monetarias mantiene al gran imperio económico de la Watch Tower, el cual a su vez se sostiene con la literatura que imprime para los Testigos, además de con los beneficios de la venta de sus inmuebles religiosos y las inversiones en hedge funds, unos fondos de inversión que solamente están al alcance de los millonarios. Si los testigos de Jehová dejaran de pronto de aportar fondos que finalmente van a parar al imperio económico de la Watch Tower, éste se hundiría irremediablemente y dejaría de imprimir los millones de piezas de literatura que consumen los propios Testigos. Y sin literatura, los testigos de Jehová se verían prácticamente imposibilitados para captar más adeptos. Imprimirla en editoriales cuyo costo incluye la mano de obra, no sería asequible para una Organización que está acostumbrada a no pagar nóminas. 

   ¿Podría realmente subsistir la Organización de los testigos de Jehová sin el apoyo fundamental de la Sociedad Watch Tower? Probablemente no, ya que, si desaparece esa entidad, desaparecería también el medio publicitario principal mediante el que se diseminan las doctrinas jehovistas. Jesucristo, los apóstoles y los primeros cristianos no dependían de un imperio económico para subsistir, pero el cristianismo se expandió. Hoy día otras organizaciones cristianas no están apoyadas por una gran Sociedad editorial y sin embargo prosperan. Pero la organización de los Testigos recibe su aliento del imperio de la Sociedad Watch Tower y separarse de él supone la muerte.

 

 

lunes, 19 de diciembre de 2016

No se cumplen las profecías bíblicas


  

    Adventistas y testigos de Jehová, entre otros cultos, profetizan que Jesucristo está a punto de venir a establecer un reino milenario en la Tierra, no sin antes librar la batalla de Armagedón. Este anuncio de carácter profético vienen realizándolo desde el siglo XIX adventistas, Estudiantes de la Biblia y testigos de Jehová principalmente, aunque no vieron llegar el fin del sistema mundial tan anunciado y lo pospusieron para el futuro. A pesar de no haber acertado en su predicción, los Testigos sobre todo no se consideran falsos profetas y se disculpan afirmando que no se cumplieron sus expectativas porque la luz del entendimiento no estaba suficientemente brillante, pero que en modo alguno profetizaron en nombre de Dios, sino que solamente informaron de lo que entendían.
    Los Estudiantes de la Biblia, cuyo 27% que no abandonó las filas dio origen a los testigos de Jehová en 1931, anunciaban el fin para el año 1914 en tiempos de Russell y para 1925 en tiempos de Rutherford. Este segundo presidente de la Watch Tower dejó caer además que a finales de 1941 se estaba a pocos meses del Armagedón, tal como se lee en la literatura de entonces. Knorr y Franz anunciaron específicamente el establecimiento del reino milenario para Septiembre de 1975 (aunque los Testigos actuales lo niegan porque no están informados de lo que realmente pasó y se les ha ocultado la verdad). Existen grabaciones de discursos de Franz y de otros oradores al respecto. El Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová notificaba textualmente a través de las Atalayas que el fin vendría antes de que terminase el siglo XX, por lo que la obra de predicación finalizaría. Esto también lo niegan hoy los Testigos, que no están informados de la realidad, aparte de que las Atalayas han sido modificadas en sus tomos encuadernados y en sus CD rom.
    Pasó el siglo XX y el Armagedón no vino, pero se sigue profetizando que vendrá pronto y ello a pesar de que Jesucristo recalcó, según se lee en los evangelios, que ni él mismo sabía el día y la hora. Todo el problema está en que, si se descuida el sentido de urgencia, los adeptos aflojarán el paso y terminarán saliéndose de las filas jehovistas, como ya está ocurriendo, a pesar de que el Cuerpo Gobernante de los Testigos lo desmiente y disfraza los informes anuales.
    ¿Por qué no se cumplen las supuestas profecías bíblicas y concretamente la de la venida de Cristo en su gloria para establecer el Paraíso en la Tierra tras la batalla de Armagedón? Sencillamente porque los evangelios no son producto del siglo I ni recogieron las palabras y los hechos de un tal Jesús de Nazareth, sino que comenzaron a ser escritos en el siglo IV por orden del emperador Constantino, quien pretendía amalgamar en una sola todas las religiones del Imperio, para lo que mandó también que se creara un personaje o dios central. Eusebio de Cesarea junto con Osio de Córdoba fueron en realidad los primeros escritores de los ‘nuevos testimonios’ que posteriormente se denominaron ‘Nuevo Testamento’.
    De ahí que los más tempranos códices daten del siglo IV y no de antes, como pretenden probar los eclesiásticos por medio de copias de textos evangélicos en hojas de papiro que se hicieron pasar como productos de los siglos II y III. Jerónimo continuó la tarea casi a finales del siglo IV al rehacer y cambiar los textos de Eusebio. Jerónimo los escribió en latín, que no significa que tradujo del griego al latín cuanto había escrito Eusebio. Posteriormente la Iglesia fue añadiendo pasajes al Nuevo Testamento, según la doctrina en boga, mientras que se rehacían los códices, los cuales estaban rigurosamente controlados. Evangelios y epístolas fueron escritos, pues, por y para la Iglesia.   
    Los testigos de Jehová, como todos los protestantes, creen a pies juntillas cuanto está escrito en el Nuevo Testamento y lo toman literalmente como palabra fiel de Dios. El Nuevo Testamento fue terminado de recomponer por la Iglesia a principios del siglo XV, cuando se le añadieron al evangelio de Lucas, que era el más corto, el conjunto de textos conocido como ‘la gran inserción’ (Lucas 9:51 a 18:14) y que no figuran en el Códice Sinaítico, el más antiguo, presumiblemente de antes de mediados del siglo IV. En otros posteriores sí suelen figurar dichos textos porque tales códices se rehicieron según las nuevas añadiduras, aunque hay códices que escaparon de la reelaboración y en los cuales no aparecen los textos mencionados.
    Gutemberg comenzó a imprimir su Biblia de 42 líneas hacia 1452 y su ex socio Fust imprimió la Biblia completa en 1456, extraído su Nuevo Testamento de los códices que la Iglesia ya había reescrito. En el siglo XVI los protestantes se separaron de la Iglesia Católica y aceptaron la Biblia cuyo Nuevo Testamento ya estaba para entonces amañado con las nuevas añadiduras de un siglo atrás.   
    Los historiadores del supuesto tiempo de Cristo no dan razón de él. Por ejemplo, Filón de Alejandría, historiador judío, no sabe nada de la existencia de Jesús de Nazareth, y eso que vivió en los años en que la iglesia dice que vivió el nazareno. Eso es realmente extraño, pues Filón, aunque residía en Alejandría, recibía constantes noticias de Judea. Siendo Jesús un personaje fuera de serie, que curaba a los enfermos, daba de comer a multitudes y resucitaba a los muertos, es raro que Filón no supiera nada de él. Tampoco tenían constancia de Jesús en Roma. El evangelio dice que la fama de Jesús traspasó las fronteras. No cabe duda de que a personaje tan singular el emperador lo hubiera hecho llamar a su presencia.
    El historiador Josefo nada escribe sobre Jesús, salvo las pocas líneas que se le han colgado en el siglo IV y que se cree que son producto de Eusebio de Cesarea. Si Josefo hubiera sabido de Jesús, no cabe duda de que le hubiera dedicado libros enteros y no que al respecto solamente aparecen unas míseras líneas que ni son del propio Josefo. Lo mismo es cierto de los insignificantes pasajes que se le han interpolado a los escritos de Plinio, Tácito y otros. Estos autores también habrían escrito libros enteros de haber sabido de la existencia del personaje.  
    Las profecías bíblicas, y concretamente la del regreso de Cristo a la Tierra en la batalla de Armagedón para instalar el paraíso, no se cumplen porque en el siglo I no existió el personaje de Jesús de Nazareth, el cual fue producto de unos incipientes clérigos mitraítas que luego pasaron a ser cristiano-católicos y que en el siglo IV seguían las órdenes de Constantino de escribir un libro que sirviera de pauta religiosa para todos los súbditos del Imperio. Tal libro es producto de la Iglesia Católica, sufrió modificaciones a lo largo de los siglos y ha llegado hasta nuestro día como el Nuevo Testamento, no siendo en modo alguno un libro de profecías. Por eso no se cumplen.
 

viernes, 16 de diciembre de 2016

El equívoco del nacimiento virginal


 
 

    La atribución del primer evangelio al apóstol Mateo se basa en la tradición de los llamados primeros padres de la Iglesia, de quienes se conocen los escritos a ellos imputados, mas nada se sabe de su real existencia, salvo lo plasmado en la ‘Historia Eclesiástica’ de Eusebio de Cesarea, conocido como el ‘padre de la historia de la Iglesia’. Con toda seguridad los padres de la Iglesia, excepto Orígenes, son pura invención de Eusebio. De los padres de la Iglesia nada dice la Historia seglar. De Orígenes sí, pero está claro que Eusebio interpoló sus escritos y le hace decir que era cristiano. Eusebio añadió renglones tanto a los escritos de Orígenes como a los del historiador Josefo y algunos personajes más.

    De la lectura imparcial del evangelio atribuido a Mateo se deduce que el escritor no era natural de Judea. Si acaso conocía por encima las costumbres y leyes judías. A decir verdad, el apóstol Mateo al que se le atribuye el evangelio (que no lo escribió él) era galileo. Eusebio escribe en el siglo IV que el padre de la Iglesia Papías, que según Eusebio vivió en el siglo II, dijo que ‘Mateo ordenó las sentencias en lengua hebrea’. De igual manera pone en boca de Orígenes que el primer evangelio que se escribió fue el de Mateo y ‘lo compuso en lengua hebrea para los fieles procedentes del judaísmo’. Lo mismo indica Jerónimo a finales del siglo IV, aunque repite lo que ya estaba escrito.

    Si realmente Mateo hubiera profesado el judaísmo, no habría consultado la Septuaginta griega para tomar textos que incluyó en su evangelio como si fueran profecías acerca de Jesús de Nazareth. Un judío o una persona afín al judaísmo hubiera consultado las Escrituras hebreas, no las griegas. Pero si Mateo consultó la Septuaginta griega para escribir su evangelio, quiere decir que lo hacía porque no sabía hebreo y por tanto no pudo escribir en hebreo, diga lo que diga Eusebio por boca de los padres apostólicos que se inventó y digan lo que digan los teólogos de todas las épocas. La realidad es que los padres de la Iglesia son producto de la pluma de Eusebio de Cesarea y mediante ellos trataba de demostrar que los papas eran los sucesores de los apóstoles.

    Una de las citas más controvertidas que hace el escritor del primer evangelio en Mateo 1:22 y 23 es la del pasaje de Isaías 7:14. Tal cita ha sido tomada de la versión de la Septuaginta en griego y no de la versión hebrea. Tomar la cita de las Escrituras hebreas y no de las griegas hubiera sido lo más lógico de haber sido judío el escritor del mencionado evangelio, que además se dice que escribió para los judíos y no para los gentiles. En Mateo se lee, relativo al nacimiento de Jesús en Belén: ‘Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa Dios con nosotros’ (Biblia de Jerusalén). Ya de entrada es de observar que al recién nacido en Belén no se le impuso el nombre de Emmanuel, sino el de Jesús.

    El texto de Isaías 7:14, tal como lo presentan las versiones bíblicas basadas principalmente en la Septuaginta, dice: ‘Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel’ (Biblia Reina-Valera). Las versiones basadas en las Escrituras hebreas o Tanaj ofrecen el versículo de Isaías en términos algo diferentes, pero que vienen a ser idénticos a los que publica la Sociedad Bíblica en ‘La Biblia por Internet’: ‘Pues el Señor mismo os va a dar una señal: La joven está encinta y va a tener un hijo, al que pondrá por nombre Emanuel’ (Isaías 7:14).

    Dos importantes diferencias con la Septuaginta se aprecian en la biblia hebrea, de la que la Septuaginta es una traducción al griego, aunque no todo lo fiel que pudiera desearse. La primera diferencia es que las versiones hebreas especifican que la mujer ‘está encinta’, es decir, que el relato habla en tiempo presente y no futuro. En cambio, las versiones basadas en la Septuaginta indican que la mujer ‘concebirá’, hablando de un tiempo futuro. La segunda y no menos importante diferencia estriba en que las versiones griegas de Isaías 7:14 hablan de ‘la virgen’, en tanto que las hebreas mencionan ‘la joven’. Se trata de un error, posiblemente no involuntario, en la traducción del hebreo al griego del libro de Isaías.

    En las Escrituras hebreas, Isaías 7:14 emplea la palabra ‘almah’. Este vocablo se refiere en términos generales a una mujer joven, sin especificar si es virgen o no. Puede ser una mujer soltera o casada, pero joven. Hemos de tener en cuenta que la virginidad no es exclusiva de la juventud. Una mujer anciana puede haber permanecido virgen toda su vida. De manera que el vocablo hebreo ‘almah’ se traduce apropiadamente al castellano por ‘la joven’. Si Isaías 7:14 se hubiera referido a una virgen, hubiera empleado la palabra ‘betulah’, que en castellano se traduce por ‘virgen’; pero el caso es que la palabra hebrea que figura en el precitado versículo es ‘almah’, mujer joven, y no ‘betulah’, mujer virgen. Isaías se estaba refiriendo a su propia joven esposa y al hijo al que puso por nombre Emmanuel.

    Cuando los setenta y dos sabios (comúnmente llamados ‘los setenta’) que tradujeron las Escrituras hebreas al griego se toparon con Isaías 7:14, el término hebreo ‘almah’ lo vertieron con la palabra griega ‘parthenos’, que se traduce por ‘virgen’. Si bien en contadísimos casos la palabra ‘parthenos’ se ha aplicado a una joven que dejó de ser virgen recientemente, como en el caso de Dina, lo cierto es que ‘parthenos’ reviste siempre el significado de ‘virgen’. Lo más apropiado es que el vocablo griego ‘parthenos’ se hubiera aplicado a la palabra hebrea ‘betulah’, si hubiera sido ésta la palabra recogida en Isaías 7:14; pero el caso es que, erróneamente o no, se tradujo la locución hebrea ‘almah’ mediante la griega ‘parthenos’.

    Posteriormente, cuando se transcribió de la Septuaginta griega al latín, el término griego ‘parthenos’ se vertió como ‘virgo’, de donde la traducción castellana a su vez asumió la palabra ‘virgen’. Si se hubiera traducido imparcialmente el pasaje de Isaías 7:14 directamente del hebreo al castellano, se hubiera empleado la palabra ‘joven’ y no ‘virgen’. Y si el escritor del evangelio de Mateo se hubiera guiado por la versión hebrea de las Escrituras, hubiera empleado la palabra ‘joven’ y no la de ‘virgen’; pero, puesto que el escritor de Mateo no era judío ni consultó las Escrituras hebreas, vertió en su evangelio el pasaje de Isaías de la traducción griega de la Septuaginta, y de ahí que hoy crean los fieles que Jesús nació de una virgen.    

 

viernes, 9 de diciembre de 2016

¿Jesús de Nazareth o Jesús de Belén? (y 2)


 

    Si Nazareth se fundó entre los siglos II y III, es patente que Josefo no la mencionara en sus escritos del siglo I. Tampoco la menciona el Talmud judío, comenzado a escribir hacia el año 200. El Talmud cita 63 poblaciones de Galilea y entre ellas no aparece Nazareth, lo cual es extraño, pues, teniendo Nazareth sinagoga, según el evangelio, los judíos que escribieron el Talmud así como Josefo deberían por fuerza haberla mencionado. Es evidente que Nazareth no existía, de otra manera hubiera aparecido en los listados de Josefo y del Talmud. Además las excavaciones realizadas en Nazareth dieron como resultado que en el siglo I solamente había tumbas en el subsuelo. No se descubrieron ruinas de población alguna de ese primer siglo.

    Existe un mapa fechado en el año 333 (IV siglo) con la ruta turística que los peregrinos habían de seguir en Tierra Santa. El mapa se conoce como ‘Itinerario Burdigalense’. Recoge distintas ciudades, incluídas Belén y Jerusalén, y menciona las poblaciones que han de seguirse a partir de Belén. En el mapa no figura Nazareth, lo que significa que en el año 333 no se sabía que Nazareth fuera la patria de Jesús y se evidencia que el hecho no aparecía en los evangelios. Probablemente fue Jerónimo quien a finales del siglo IV insertó a Nazareth en los evangelios, los cuales reestructuró a conveniencia de la Iglesia.

    Por tanto en los años en que se supone que vivió Jesucristo no existía la población de Nazareth. Si los evangelios la citan es porque los mismos fueron escritos en el siglo IV y no antes, ya que Nazareth comenzó a ser mencionada a principios de ese siglo IV y su sinagoga fue erigida cerca de finales del siglo III. Los escritores de los evangelios suponían que Nazareth tenía siglos de existencia, al igual que la sinagoga.

    Se atribuyen los evangelios a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Sin embargo tal atribución es producto de la pluma de Eusebio de Cesarea en el siglo IV, quien también escribió la Historia Eclesiástica, invención mediante la cual pretendía hacer ver que los obispos eran los sucesores de los apóstoles. Eusebio se inventó asimismo a los Padres de la Iglesia, excepto algunos, como Orígenes, a quien interpoló y le colgó escritos supuestamente cristianos. De estos Padres la Historia seglar nada sabe en absoluto. Eusebio puso en boca de estos Padres la existencia de Jesús de Nazareth y los apóstoles, de acuerdo con las órdenes del emperador Constantino y Osio de Córdoba, que tenían en mente el objetivo de crear una religión común para todos los súbditos del Imperio. Con su Historia Eclesiástica, Eusebio también quería demostrar que los evangelios fueron escritos en el siglo I.

    Del Nuevo Testamento de Eusebio se hicieron en el siglo IV cincuenta copias para las bibliotecas del Imperio. Sin embargo, algo contenían estas copias escritas en griego que pronto fueron retiradas de la circulación. Probablemente Eusebio denunciara mediante acrósticos en las líneas de texto que lo escrito era totalmente falso. El caso es que en los años ochenta de aquel siglo el Papa le encargó a Jerónimo que rehiciera los evangelios y cartas apostólicas, y así produjo la Vulgata latina. No se trató de una simple traducción del griego al latín, como se dice, sino que fue una absoluta reelaboración de los textos griegos de Eusebio.

    El códice Sinaítico es posiblemente una de aquellas copias de Eusebio que sobrevivieron a la quema. Por esa razón es tan diferente de los demás códices que se redactaron a partir de la Vulgata de Jerónimo y que se hicieron pasar por más antiguos. Hay quien afirma que la Vetus latina es anterior a la Vulgata. La Vetus es un conjunto de hojas sueltas que los propios eclesiásticos copiaban de la Vulgata, cada cual según entendía.

    Pero si Jesús no podía ser de Nazareth por la sencilla razón de que el núcleo poblacional no comenzó a existir antes de mediados del siglo II, tampoco pudo haber nacido en Belén. Aparte de que las historias evangélicas se urdieron en el siglo IV y se les dio carácter retroactivo, los padres de Jesús, María y José, no pudieron haberse empadronado en Belén. El escritor del evangelio de Lucas, que desconocía las costumbres y leyes judías y romanas del primer siglo, se equivocó al decir que José y María tuvieron que empadronarse en Belén, de donde hipotéticamente eran oriundos.

   Los empadronamientos o censos eran convocados a efectos de la recaudación de tributos en cada una de las poblaciones y ello no suponía que las familias tuvieran que desplazarse a sus ciudades de origen para empadronarse. El censo se realizaba con vistas al cobro de impuestos de las personas que trabajaban y vivían en la población, sin importar si hubieran nacido en otro lugar. Los ciudadanos no tenían, pues, que viajar a sus lugares de nacimiento. Por tanto, si José y María vivían en Nazareth, como dice el evangelio, no tenían por qué ir a Belén a empadronarse.

    Aparte de ello, está demostrado que el censo de Cirino del que habla el evangelio tuvo lugar en el año 6 de nuestra era y no afectaba a Galilea. Por otro lado también está demostrado por la Historia que Herodes murió en el año 4 antes de nuestra era, que corresponde al año 750 de la fundación de Roma. Supuestamente Jesús tendría unos 3 años cuando Herodes murió. Quiere decir que, al tiempo del censo mencionado en el evangelio, Jesús tendría unos 12 años. Ello evidencia que los tardíos escritores de los evangelios no estaban al tanto de los tiempos pasados y tuvieron que tomar datos mediante la consulta de libros o rollos en alguna biblioteca, probablemente en Cesarea, aunque no calcularon correctamente los años para enmarcar su historia.    

    Solamente los evangelios atribuidos a Mateo y a Lucas informan del nacimiento de Jesucristo en Belén de Judea. Los evangelistas Marcos y Juan lo silencian, así como todas las epístolas. Da la impresión de que a los evangelios de Mateo y Lucas les fueron añadidos los dos primeros capítulos, al igual que al de Juan los primeros 18 versículos. Sin estos capítulos y versículos, los cuatro evangelios principiarían con la predicación de Juan el Bautista en el desierto, tal como lo hace el evangelio de Marcos.   

    De la evidencia de la Historia seglar documentada se deduce que Jesucristo no pudo haber vivido en Nazareth porque la población no existía en el siglo I. Ni el historiador Josefo (siglo I) ni el Talmud (siglo III) mencionan a Nazareth, a pesar de que el evangelio dice que Nazareth tenía sinagoga. Tampoco Jesucristo pudo haber nacido en Belén porque el empadronamiento del que habla el evangelio aconteció más de una década después del supuesto nacimiento de Jesús. Realmente Jesús ni era de Nazareth ni era de Belén.

lunes, 5 de diciembre de 2016

¿Jesús de Nazareth o Jesús de Belén? (1)


    Los fieles en general creen que los apóstoles eran judíos. Según se desprende de los evangelios, eran galileos y casi todos ellos pescadores de profesión. Jesucristo los eligió como tales en tierras de Galilea. Sus nombres: Simón Pedro, Andrés, Santiago de Cebedeo, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago de Alfeo, Judas Tadeo, Simón el cananeo y Judas Iscariote. No se descarta que Judas Iscariote fuera natural de Judea. Que practicaran el judaísmo, ése es otro tema; pero lo cierto es que, salvo uno, los apóstoles, según los evangelios, no eran de Judea.

    De igual manera se cree que Jesucristo era judío. La verdad es que, aunque nació en Judea por las circunstancias, Jesucristo era galileo. De ahí que los evangelios le conozcan como Jesús de Nazareth y no como Jesús de Belén. Jesucristo nació en Belén debido al viaje de empadronamiento que realizaron sus padres, según el evangelio de Lucas; pero tras el nacimiento y la presentación del Niño en el Templo, la familia regresó a Nazareth, de acuerdo con el evangelista Lucas. Sin embargo Mateo dice que la familia huyó a Egipto para escapar de Herodes, aunque especifica que, tras el regreso de Egipto y por temor a Arquelao, que reinaba en Judea, se retiró a Nazareth.

    Ocurre algo extraño con la población de Nazareth que los evangelios atribuyen a Jesucristo como su ciudad. Mateo escribe que ‘será llamado nazareno’ para cumplir la profecía. Sin embargo no se detecta pasaje alguno en las Escrituras que digan eso. Todo lo más el texto de Mateo podría remitir a los profetas Isaías y Jeremías, que hablan de un ‘brote’, palabra que pudiera significar ‘nazareo’, es decir, algo consagrado a Dios. Sin embargo quien escribió el evangelio de Mateo, que se evidencia que no era judío, debió de confundir las palabras ‘nazareo’ y ‘nazareno’. Y al emplear la palabra ‘nazareno’ dedujo que Jesús era de Nazareth, cuando en realidad debió haber dicho que Jesús era ‘nazareo’, es decir, consagrado a Dios. Pero en modo alguno de Nazareth, si bien la palabra Nazareth tiene su origen en el vocablo ‘nazareo’.

    El historiador Flavio Josefo, nacido en Judea, menciona  en las postrimerías del siglo I cuarenta y cinco poblaciones de Galilea; pero no cita entre ellas a Nazareth, y eso que Josefo estuvo destinado en Galilea como comandante. Tan extraño silencio los teólogos lo atribuyen a que Nazareth no era población importante y por eso Josefo no la menciona en sus escritos. Sin embargo Josefo sí menciona poblaciones galileas que eran simples aldeas. Además el evangelio de Lucas dice que Nazareth tenía sinagoga y en ella leyó Jesús parte de las Escrituras.

    El asunto es que, si Nazareth tenía sinagoga, era una población importante. Solamente las poblaciones importantes tenían sinagoga, aunque no tuvieran gran número de habitantes. Hemos de aceptar, pues, que Nazareth era una urbe de cierta importancia; pero Josefo no la menciona. ¿Por qué? La razón es evidente: Josefo no sabía que existía Nazareth, a pesar de que vivió en Galilea. ¿Y por qué Josefo no sabía que existía Nazareth? Para ello hemos de acudir a la evidencia histórica.    

    Jerusalén fue destruída por los romanos en el año 70 de nuestra era. También destruyeron el Templo. En el 73 caía Masadá. Pero ya antes, en el año 67, los romanos habían matado a miles de habitantes de la ciudad de Jafa, en Galilea. Los muertos de Jafa fueron enterrados casi dos kilómetros hacia el norte, en una gran planicie bajo una colina. Con el paso del tiempo Jerusalén volvió a poblarse; y en el año 135 los romanos volvieron a devastar la ciudad, dada la sublevación de sus moradores.

    Hubo familias que en el 135 consiguieron escapar de Jerusalén, entre ellas la familia de una de las divisiones sacerdotales que, aunque no tenían Templo, sí prestaban servicio religioso. Esta familia consagrada a Dios, o personas que se consideraban ‘nazareos’ (dedicados a Dios) emigraron hacia las tierras de Galilea y se establecieron justamente en la ladera de la colina a cuyo pie se extendía la planicie donde cerca de setenta años atrás fueron enterrados los muertos de Jafa. Aquella planicie no era otra cosa que el cementerio de la antigua Jafa. La familia sacerdotal se instaló, pues, en la ladera de la colina que daba al cementerio, la cual se consideraba tierra de nadie.   

    No sabemos de cuántas personas se componían los miembros de aquellas familia; pero evidentemente eran muy pocos. Allí construyeron su casa y con el tiempo, probablemente buscando cónyuge entre los habitantes de la cercana Jafa, se fundaron nuevas familias que también construían sus casas junto a la primera. Aquel núcleo urbano fue creciendo hasta que en el último cuarto del siglo III, un siglo y pico después de que la familia sacerdotal se instalara en la ladera de aquella colina, se fundó la sinagoga. Esa población creciente fue llamada Nazareth, la cual comenzó su andadura a mediados del siglo II y no se la menciona en los escritos hasta principios del siglo IV.    

    Surge, pues, una pregunta incómoda: ¿Cómo es que los evangelistas hablan de Nazareth si en el siglo I no existía esa población y por esa razón Josefo no la menciona? Hemos de llegar entonces a la inevitable conclusión de que los evangelios no pudieron haber sido escritos en el siglo I, sino en el siglo IV, que es cuando poco antes se empezó a conocer la existencia de Nazareth, a raíz de tener sinagoga. Si hubieran sido escritos los evangelios en el siglo I, en absoluto mencionarían a Nazareth. No existiría, pues, la expresión ‘Jesús de Nazareth’. Tampoco diría el evangelio de Lucas que Jesús entró en la sinagoga de Nazareth para leer un pasaje del profeta Isaías, ya que tal sinagoga no se fundó hasta casi finales del siglo III. Es evidente que los evangelios fueron redactados a partir del siglo IV. Pero, ¿quién o quiénes en realidad pudieran haber sido sus autores?   

    A raíz del edicto de Milán el emperador Constantino ordenó que fueran llevados a su presencia todos los libros religiosos del Imperio. Estos volúmenes fueron destruídos, no sin antes haber encargado Constantino a Eusebio de Cesarea y a Osio de Córdoba que extractaran todo ello y lo fusionaran, creando un único personaje central al que en adelante había que venerar como dios en todo el Imperio, a fin de que hubiera una sola religión. Eusebio y Osio dieron así origen a los evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento, haciéndolos pasar por más antiguos.

    Debido a que no investigaron a fondo, se colaron multitud de discrepancias en los evangelios. Y en el caso de la población de Nazareth, creyendo que la misma tenía varios siglos de antigüedad, se la atribuyeron a Jesucristo y pusieron en boca del evangelista Mateo aquello de ‘será llamado nazareno’, dando por hecho que la palabra nazareno significaba ‘natural de Nazareth’. (Continúa en la parte 2).