domingo, 8 de octubre de 2017

Carta a un anciano de congregación



     Un anciano de congregación de los Estados Unidos, del que me consta su prominencia, me escribe una amable carta que me dejó, para que me la entregaran, en la recepción del lugar donde un servidor iba a dar una conferencia. Con buenas palabras, algo que agradezco sumamente, me comunica que lee mis artículos, con los que no está de acuerdo, y para empezar llama mi atención a estos dos asuntos, para que los corrija y publique tal corrección:

    - Que la Sociedad Watch Tower fue fundada por Russell en 1884 y no por un tal Conley en 1881.

    - Que las fechas de 606 a.e.c. y 1914 se las pasó el adventista Barbour a Russell, y éste las aceptó porque detectó que eran la verdad. Estas fechas las descubrió Barbour y no son invención de un tal Elliot en 1844, como usted dice, si bien es cierto que Barbour solamente erró en un año en cada una de ellas y por eso en 1943 la Sociedad corrigió dichas fechas a los años 607 y 537 a.e.c., respectivamente.

    Para mi sorpresa, no me hizo notar asuntos de más peso doctrinal. Así que, sin tardanza, le remití un escrito al apartado postal que me facilitaba. Transcribo el escrito, aunque traducido del idioma inglés en que le envié las líneas:

    ‘Estimado señor ... : Agradezco de veras su interesante misiva que me dejó en el salón de conferencias de … Con respecto a los dos temas que me expone, le señalo lo siguiente:

    En el libro ‘Proclamadores’, página 575, usted puede leer que la Sociedad Watch Tower de Sión la fundó W. H. Conley en 1881. El texto no especifica más; pero, si usted busca la información pertinente (puede consultarlo en el archivo legal del registro de sociedades), verá que las iniciales W.H. corresponden al nombre compuesto William Henry, que era el nombre de pila del señor Conley. Conley era un multimillonario que colaboró con Russell en la publicación de literatura, siendo además, junto con su esposa Sara, miembro del grupo de estudios de Russell en los años setenta.

    Para la creación de la Sociedad, Conley aportó seguramente todo el capital social, formado por cinco mil dólares. En la escritura de constitución figura el reparto así: Conley aportó el 70% (3.500 dólares) y era el presidente; Joseph Russell, padre de Charles, figura como vicepresidente con el 20% de las acciones (1.000 dólares); y Charles Taze Russell era el tesorero secretario con el 10% (500 dólares). Aparte, Conley donó 40.000 dólares para la publicación de un libro que estaba terminando de escribir Russell. El dinero inicial, pues, fue donado íntegramente por Conley.

    Con el tiempo Conley abandonó la sociedad al no estar de acuerdo con Russell en varios puntos. En 1881, por imperativo legal vigente, Russell registró la Sociedad figurando en la escritura como presidente.

    En lo que respecta al tema de las fechas 606 a.e.c. y 1914, le manifiesto que en el mismo libro de ‘Proclamadores’, páginas 134 y 135, puede usted leer que ‘en 1844, E. B. Elliot, clérigo inglés, señaló a 1914 como la posible fecha del fin de los siete tiempos de Daniel’. Las iniciales E. B. del clérigo inglés corresponden al compuesto nombre de Edward Bishop. Elliot publicó en 1844 su libro ‘Horas con el Apocalipsis’ y en él expone por vez primera que los siete tiempos del profeta Daniel duran del 606 a.e.c. a 1914. En este último año, según Elliot, tendría lugar el Armagedón, con lo que concluirían los tiempos de los gentiles y el reino de Dios se instalaría en la Tierra.

    Elliot aplicaba los 2.520 años que en 1823 inventó el escrutador bíblico John Aquila Brown (del que también habla el libro ‘Proclamadores’). Brown llegó a la errónea conclusión de que los siete tiempos de Daniel duraban 2.520 años solares, cuando la realidad, en caso de aplicar, los 2.520 años tendrían que haber sido ‘proféticos’, por llamarlos de alguna manera. Ello implica que en realidad los siete tiempos proféticos durarían 36 años menos que los solares. De todas maneras Elliot erró en la cuenta, pues entre el 606 a.e.c. y 1914 mediaban solamente 2.519 años. Por eso en 1943 el vicepresidente de la Watch Tower, Fred Franz, adelantó por sorpresa un año ambas fechas para así cuadrar los 2.520 años.

    Al principio de los años setenta del siglo diecinueve, Nelson Horatio Barbour, que había sido discípulo del fundador del adventismo, William Miller, se dio una vuelta por la Biblioteca de Londres y topó con el libro ‘Horas con el Apocalipsis’ que Elliot había publicado en 1844. De este libro tomó Barbour las fechas 606 a.e.c. y 1914, que le pasó a Russell, sin que éste investigara si eran ciertas o no.

    Las fechas, pues, no fueron iniciativa de Barbour. Barbour además confundió el año 606 con el dieciocho de reinado de Nabucodonosor, siendo el caso que sus predecesores predicaban el año 606 a.e.c. como el de la subida al trono de Nabucodonosor. De este detalle no se dio cuenta Russell y se lanzó a proclamar a los cuatro vientos que Nabucodonosor había destruido Jerusalén en el 606 y que los judíos fueron liberados del cautiverio babilonio en el 536 a.e.c., pasando por alto que la Biblia no dice que los judíos estuvieron 70 años en el destierro.

    Los 70 años se refieren a la duración de Babilonia después de haber conquistado Harrán, la ciudad de Asiria en la que se había refugiado el rey Asurubalit II. Con la toma de Harrán finalizaba la conquista completa de Asiria. Los supuestos 70 años de destierro parten del error de creer que Jeremías estaba escribiendo a los desterrados del año 19 de Nabucodonosor, cuando la realidad, según Jeremías 29:2, es que el profeta escribía a los desterrados del año 8 de Nabucodonosor.

    La fecha del 606 a.e.c., que se sepa con seguridad, aparece por vez primera en el libro ‘Primer elemento de la sagrada profecía’, publicado por el teólogo inglés Thomas Rawson Birks en 1843. La fecha del 606 sale de que en tiempos de Birks los escrutadores bíblicos leían en Jeremías 52:12 que Nabucodonosor había destruido Jerusalén en el año 19 de su reinado. Como entonces los historiadores afirmaban que Jerusalén había caído en el 587 a.e.c., los escrutadores añadieron 19 años al 587 y así llegaron a la fecha del 606 a.e.c. como año de ascenso de Nabucodonosor. Sin embargo, aquí había un error, pues no es lo mismo ‘el año 19 que 19 años’. El año 19 significa que han pasado 18 años y, por tanto, los escrutadores debieron haber sumado l8 años al 587 y así hubieran llegado al 605 a.e.c. como año de subida de Nabucodonosor, que era lo que demostraban los historiadores.

    La fecha del 606 a.e.c. salió de un error de aplicación de 19 años al 587 a.e.c., fecha real de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor. Como entre el 606 a.e.c. y 1914 había también un error de un año menos, en 1943 Fred Franz ‘arregló’ el descuadre adelantando un año, al 607 a.e.c., la destrucción de Jerusalén, en tanto que también adelantaba un año, al 537 a.e.c., la salida del destierro. Barbour no se dio cuenta de estos errores que le transmitió a Russell y éste tampoco se dio cuenta de esas equivocaciones. Russell lo más que hizo fue pasar el año 1914 a 1915 cuando el Armagedón no vino en 1914, tal como está escrito en el segundo tomo de Estudios en las Escrituras, titulado ‘El tiempo se ha acercado’, y del que existen dos versiones: una con el año 1914 y otra con el 1915 como año del establecimiento del reino de Dios en la Tierra.

    Franz, que adelantó un año las fechas, temía que, si las atrasaba, como hizo Russell, se le iría de la organización un respetable número de miembros, como había ocurrido entre 1926 y principios de 1927, cuando más del 70% de los Estudiantes de la Biblia abandonó las filas. El hecho era que Rutherford había declarado en 1927, con carácter retroactivo, que Jesucristo había nombrado a su esclavo fiel y discreto sobre sus bienes terrestres en 1919 y, si adelantaba las fechas un año, ese nombramiento se atrasaba a 1920, lo que podía suponer un gran descontento entre los adeptos.

    Para cualquier otra explicación, quedo a su entera disposición. Cordialmente’.

 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Acerca de Nazareth de Galilea (y 3)


 

    Jerónimo de Estridón no solamente tradujo del griego al latín, sino que incorporó nuevos pasajes a su Vulgata, como los del nacimiento de Jesucristo en Belén y la resurrección, pasajes que después la Iglesia iría ampliando, al igual que ampliaría otras partes del Nuevo Testamento, como la ‘gran inserción’ efectuada a principios del siglo XV y que comprende los textos de Lucas 9:51 a Lucas 18:14, que tampoco vienen en el códice Sinaíticus, así como en otros códices de similar antigüedad.

    Al mismo tiempo incorporó Jerónimo al Nuevo Testamento todo lo relativo a Nazareth. Creyó entender de un texto del Antiguo Testamento que el Mesías sería llamado ‘nazareno’. En realidad sería ‘nazareo’, es decir, algo consagrado a Dios. Pero con la expresión ‘nazareno’ Jerónimo entendió que el Mesías sería de Nazareth, sin caer en la cuenta de que esa población no existía en los tiempos atribuídos a Jesucristo. En el siglo IV ya sonaba el nombre de Nazareth como urbe y Jerónimo pensó que Nazareth tenía muchos siglos de vida y que por lo tanto existía como tal en el siglo I, al tiempo que también pensaba que en ese siglo Nazareth ya tenía sinagoga, cuando la realidad es que la sinagoga se erigió antes de finales del siglo III. 

    Llegados a estas alturas, cabe preguntarse: ¿en qué documentos se basó Eusebio de Cesarea para escribir los cincuenta códices que le encargó el emperador Constantino, si ni el propio Jerónimo  conoció documentos anteriores a los escritos neotestamentarios de Eusebio? Llegamos a la inevitable conclusión de que Eusebio se basó en la misma fuente mediante la cual compuso su ‘Historia eclesiástica’ y las cartas de los padres apostólicos. ¿Qué fuente? Su propio pensamiento. Con la Historia eclesiástica’ y las cartas de los padres apostólicos Eusebio quería demostrar que existieron los personajes centrales del Nuevo Testamento y que la Iglesia ya existía en el siglo I, cuando la realidad es que fue fundada por Constantino poco antes del Concilio de Nicea, que él mismo presidió como padre material de tal iglesia.

    Por tanto los códices que escribió Eusebio eran copia de un primer códice que él mismo elaboró e inventó, probablemente ayudado por Lactancio en lo que respecta a las cartas paulinas, que fueron las primeras en escribirse. Eusebio no pudo basarse en documentos neotestamentarios que no existían antes del siglo IV. Todos los papiros que la Iglesia atribuye a los siglos II y III son traducción griega de la Vulgata de Jerónimo, compuesta a finales del siglo IV. Por tanto esos papiros no pueden ser anteriores al siglo IV, aunque se les presente con caligrafía antigua para hacer creer que tales papiros son mucho más viejos.

    Por otro lado, la Historia no da razón de los padres apostólicos, a excepción de Orígenes y Tertuliano, que en modo alguno fueron padres de la Iglesia, ya que ésta se fundó en el siglo IV. Tampoco dan razón los historiadores de la existencia de Jesucristo y los apóstoles. Filón de Alejandría, que vivió en los años en que se supone que vivió Jesucristo, nada dice de él, y eso que el evangelio reseña que la fama de Jesucristo traspasó las fronteras. La Iglesia afirma que no interesaba la figura de Jesucristo, lo cual no es cierto, pues siempre interesa la figura de una persona de la que se dice que cura enfermos, resucita muertos y convierte el agua en vino, no importa su nacionalidad o credo. Hasta al mismo emperador romano le hubiera interesado y es seguro que hubiera hecho llamar al nazareno a su presencia, pues Galilea y Judea estaban bajo la jurisdicción de Roma.  

    Los evangelios hablan de Jesús de Nazareth. Pero resulta que en los tiempos que se atribuyen a Jesús no existía Nazareth, una población que comenzó su andadura después del año 135, en el siglo II. Hasta el siglo III no tuvo Nazareth sinagoga. Sin embargo en el evangelio se lee que Nazareth tenía sinagoga. Eso significa que los evangelios fueron escritos después del siglo III. No pudo haber sido de otra manera. Y es patente que la inclusión de Nazareth en los evangelios es posterior a Eusebio de Cesarea, pues en el tiempo de éste se desconocía que Nazareth hubiera tenido algo que ver con Jesucristo. Hasta que no vino Jerónimo de Estridón y compuso la Vulgata poco antes de mediados del siglo IV, no saltó Nazareth a la palestra.  

 

 

 

 

 

martes, 19 de septiembre de 2017

Acerca de Nazareth de Galilea (2)

 


    Ya se ha adelantado que los romanos masacraron a los varones de Jafa en el año 67. Tres años más tarde, en el 70, destruían Jerusalén. No pocos judíos huyeron de la ciudad antes de que las tropas romanas estuvieran apostadas en sus murallas. Con el tiempo estos judíos y otros que vivían en lugares lejanos se establecieron en Jerusalén, tras reconstruirla. En el año 135 los romanos volvieron para sofocar la rebelión de la ciudad y masacraron a todos sus habitantes.

    Antes de que los romanos se acercaran a Jerusalén en el año 135, hubo familias que abandonaron la ciudad, habida cuenta de lo que ya había ocurrido en el año 70, en que la mayoría quedó atrapada dentro de la ciudad cuando los romanos la cercaron. Entre las familias que huyeron en el año 135 se contaba la de una de las divisiones sacerdotales. Esta familia emigró hacia el norte y se estableció en Galilea, precisamente en la ladera de la colina a cuyo pie estaba la llanura que albergaba el cementerio de la ciudad de Jafa. Cuando esta familia se estableció en la colina del cementerio de Jafa, allí no había construcción alguna, ni en la colina ni en la llanura, dado que ésta era un cementerio.

    Al principio no habría más que una casa familiar en la ladera de la colina que daba al cementerio de Jafa. Con el tiempo los hijos buscaron cónyuge entre los habitantes de la cercana Jafr y se independizaron de la familia, fundando nuevas casas en la ladera de la colina. Les nacieron descendientes que a su vez se casaron con personas de Jafa y que también se establecieron en la ladera de la colina, sobre la llanura del cementerio, con lo que las casas se multiplicaban en dicha ladera.

    La creciente ladera iba ya siendo una urbe. En el último tercio del siglo III, dado que las personas de esa urbe no cabían en una casa particular para sus reuniones religiosas, erigieron una sinagoga. Pues bien, esta población tomó el nombre de Nazareth y de ella se habla a partir de principios del siglo IV. Con el tiempo Nazareth ocupó la llanura donde estaba el cementerio de Jafa. Para poder construir la ciudad en esa parte hubieron de retirarse durante siglos los huesos de humanos que aparecían al excavar para poner los cimientos de las casas.   

    La primera casa de Nazareth, pues, se construyó a mediados del siglo II. Las familias fueron creciendo y se construyeron nuevas casas, con lo que se dio comienzo a la población de Nazareth. Hasta el último tercio del siglo III no tuvo sinagoga. Por tanto Nazareth no existía en tiempos de Josefo ni en los tiempos en que se compuso el Talmud. Esa es la razón de que ni Josefo ni el Talmud mencionen a Nazareth en sus listados de Galilea. Si Nazareth no existía en los tiempos de Josefo, casi a finales del siglo I, mucho menos existía en los tiempos atribuidos a Jesucristo. En esos tiempos la llanura donde siglos más tarde se alzaría Nazareth era el cementerio de la ciudad de Jafra. En los tiempos de Jesucristo, como está demostrado históricamente, no existía Nazareth ni en la ladera de la colina ni en la llanura. 

    ¿Por qué hablan los evangelios de Jesús de Nazareth, si en sus presumibles tiempos no existía Nazareth? Por un error del autor de la Vulgata, Jerónimo de Estridón. A Jerónimo se le encargó hacia el año 382 que tradujera al latín uno de los códices en griego que había escrito Eusebio años atrás. La razón de traducirlos al latín era que lo escrito por Eusebio en griego contenía acrósticos entre las líneas, acrósticos que denunciaban que lo escrito era falso. Jerónimo, pues, tradujo de ese códice y se basó también en varias traducciones latinas que de ese códice existían en su tiempo, aunque dichas traducciones no eran todo lo uniformes que se quisiera y diferían entre sí. Jerónimo se basó en uno de los códices de Eusebio y en las traducciones latinas que del códice mejor le parecieron. No encontró documentos anteriores al siglo IV en los que basar su traducción.  

 

 

lunes, 18 de septiembre de 2017

Acerca de Nazareth de Galilea (1)

 


    Muchos lectores han pedido una explicación sucinta sobre si realmente existía o no existía la población de Nazareth de Galilea en tiempos de Jesucristo. Se resume a continuación la información desde la perspectiva histórica, aunque ya en artículos anteriores se había adelantado la cuestión.

    Los fieles cristianos en general creen que los apóstoles eran judíos. Según los evangelios, todos eran galileos, excepto Judas Iscariote, que se supone que era judío, aunque ello no está del todo claro. También creen los fieles que Jesucristo era judío. En realidad era galileo. Que naciera en Judea por las circunstancias en que se vieron sus padres al empadronarse en Belén, es otro asunto; pero Jesús era galileo, criado en Galilea. Se le conoce en los evangelios como Jesús de Nazareth y no como Jesús de Belén.

    El historiador judío Flavio Josefo, del siglo I, estuvo destinado como comandante en Galilea y escribe que en el año que en nuestro cómputo corresponde al 67, los romanos masacraron a los varones de la ciudad de Jafa, en Galilea. Josefo habla de quince mil muertos; pero es evidente que se trata de una exageración, si no de él, de algún copista posterior. El caso es que los muertos de Jafa, que fueron muchos, recibieron sepultura en el cementerio de la ciudad, que se hallaba a un kilómetro y medio hacia el norte, en una llanura al pie de una colina. Es tan importante esto, que lo repetimos: los muertos de Jafa fueron enterrados un kilómetro y medio hacia el norte, en una llanura al pie de una colina. Esa llanura era el cementerio de Jafa.

    Josefo además menciona las 45 poblaciones de Galilea de su tiempo, muchas de ellas aldeas de menos de cien habitantes; pero no cita Nazareth. La Iglesia dice que Josefo no menciona a Nazareth en su listado de las poblaciones de Galilea porque no era una población importante. Sin embargo el evangelio dice que Nazareth tenía sinagoga. Si tenía sinagoga, era una población importante. Solamente las poblaciones importantes tenían sinagoga. Josefo, pues, no menciona a Nazareth, y eso que, por tener sinagoga, era una urbe importante. En cambio sí que menciona Josefo poblaciones de menor importancia, como las pequeñas aldeas; pero no menciona a Nazareth y eso resulta extraño. ¿Por qué Josefo no menciona a Nazareth en su listado?

    El Talmud judío del siglo II lista las 61 poblaciones existentes en aquel tiempo en Galilea; y tampoco menciona a Nazareth. ¿Por qué el Talmud judío no menciona a Nazareth? Y del año 333 se conserva un mapa -se cree que mandado confeccionar por la emperatriz Elena, madre de Constantino- con el recorrido que los peregrinos debían hacer por tierra santa. El itinerario parte de Belén porque era la ciudad del rey David. El mapa traza el recorrido por Jerusalén y Cafarnaúm y deja de lado a Nazareth. Si Nazareth fue la ciudad donde el ángel Gabriel se apareció a María y donde Jesucristo se crió, debería esa población figurar en el mapa. ¿Por qué no figura Nazareth en ese mapa del año 333?

    Y aquí entra el códice Sinaíticus, el más antiguo de todos los códices neotestamentarios conocidos y descubierto en el monasterio de Santa Catalina del Monte Sion por Konstantin Tischendorf en el siglo XIX.  Todos los eruditos están de acuerdo en que este códice se escribió antes de mediados del siglo IV. Se cree que el códice es una de las cincuenta copias del Nuevo Testamento que el emperador Constantino encargó escribir a Eusebio de Cesarea. Las copias fueron repartidas entre casi todos los obispos de la Iglesia Católica recién creada. Estos obispos era la primera vez que tenían acceso a los escritos del Nuevo Testamento y fueron nombrados por Constantino en el año 312. Con ellos celebró el emperador su primera reunión el año 313 en la ciudad francesa de Arelate (hoy Arlés).

    En el códice Sinaíticus no figura Nazareth ni se habla del nacimiento de Cristo en Belén ni de su resurrección y ascensión. El códice es tan diferente de lo que dicen las biblias actuales, que muchos teólogos afirman que el Sinaíticus es un códice herético. Sin embargo está demostrado que se trata de una copia auténtica de los primeros tiempos de la Iglesia, copia que escapó del control eclesiástico cuando lo habitual era que los códices se retirasen y se sustituyesen por otros nuevos que incluían las añadiduras pertinentes. Los análisis con rayos ultravioletas han detectado que del Sinaíticus se han borrado centenares de pasajes y en su lugar se han escrito otros para adaptarlos a la Vulgata que Jerónimo compuso a finales del siglo IV por encargo del obispo de Roma, Dámaso. Entonces no existía la figura del Papa y al obispo de Roma se le consideraba un obispo más de la Iglesia creada en los años veinte del siglo IV.

    ¿Por qué ni Josefo, que conocía a fondo Galilea, ni el Talmud mencionan a Nazareth? ¿Por qué el mapa del año 333 con el itinerario de las poblaciones de tierra santa no incluye a Nazareth en el recorrido?     
 
 
 
 

 

domingo, 3 de septiembre de 2017

Por qué los 144.000 son un grupo simbólico y no literal


 
    El grupo de los 144.000 aparece solamente en el último libro de la Biblia, el Apocalipsis. Según la Iglesia, este libro se escribió a finales del siglo I, aunque no se incluyó en el Canon hasta finales del siglo IV. La Iglesia Católica confirmó el Canon del Nuevo Testamento en el año 397, en el Concilio de Cartago, aunque en el 393 lo había decidido en el Concilio de Hipona. Se basó en la primera lista que existió de esos libros, confeccionada por el obispo Atanasio de Alejandría en el año 367. Tal lista la hizo pasar la Iglesia como que era del siglo II.

    Atanasio se basó en los códices de Eusebio de Cesarea, redactados en el primer tercio del siglo IV, aunque Eusebio incluía como inspirados los libros El Pastor de Hermas y la Odas de Salomón. No se conocen códices anteriores al tiempo de Eusebio. Los papiros cuya paleografía copió la Iglesia entre finales  del siglo IV y principios del V los hizo pasar como de los siglos II y III para hacer creer que los evangelios y epístolas eran del siglo I.

    Siendo el caso que los 144.000 solamente aparecen en un libro escrito, según se dice, a finales del siglo I, tenemos que Jesucristo, los apóstoles y los primeros cristianos no conocieron la doctrina de los 144.000 (no digamos si el libro se escribió en el siglo IV). Y si no la conocieron, eso significa que tal doctrina no es esencial para el cristiano, ya que los principales cristianos nada supieron de ella.

    Los testigos de Jehová, o más exactamente, su Cuerpo Gobernante, enseñan que los 144.000 son un grupo literal de ungidos que están destinados a ir al cielo al morir y que desde allí gobernarán sobre la Tierra con Jesucristo al frente.

    En los primeros versículos del Apocalipsis se lee que todo lo escrito en tal libro se dio en señales o símbolos. Quiere decir que todo el Apocalipsis es simbólico y no literal. Simbólicos son, por lo tanto, el Armagedón, los 144.000, la gran muchedumbre y la expresión de ‘la muerte no será más’, que el Apocalipsis retoma de Isaías, quien hablaba en términos puramente metafóricos o simbólicos, manifestando la alegría del pueblo de Israel.

    Vayamos a los 144.000 que el Cuerpo Gobernante de los Testigos llama ungidos. La palabra ‘ungido’ significa ‘Cristo’. Cuando el Cuerpo Gobernante dice que hay 144.000 ungidos, en realidad está diciendo que hay 144.000 cristos, más el Cristo principal. ¿Cómo sabemos que estos 144.000 son simbólicos y no literales, aparte de que el Apocalipsis menciona que el libro está escrito en señales o símbolos?

    La primera vez que en el Apocalipsis se menciona a los 144.000 es con relación a las tribus de Israel cuyos individuos tenían que ser sellados. Estos 144.000 están a punto de entrar en la gran tribulación, pero los ángeles están reteniendo la misma hasta que los 144.000 sean sellados. El número 144.000 es simbólico y representa la totalidad del pueblo de Israel, a razón de 12.000 individuos de cada una de las 12 tribus. Aunque las tribus de Israel eran literalmente 12 en términos generales, sin embargo en realidad había 13 tribus, dado que la de José se escindió en dos: la de Efraín y la de Manasés. La inclusión de José y la no inclusión de Dan en el listado del Apocalipsis se debe indudablemente a un error del escritor.

    Como el Apocalipsis se está expresando en símbolos, emplea el número 12 para las tribus y los 12.000 individuos de cada tribu son simbólicos, pues representan la totalidad de los que componen cada tribu. El total de las 12 tribus es, pues, de 144.000 personas. 144.000 es el número simbólico que representa la totalidad de los individuos del pueblo de Israel.

    Cuando estos 144.000 o totalidad de Israel entran en la gran tribulación, salen de ella como ‘gran muchedumbre’, que nadie podía contar. Evidentemente, salen menos de los que entraron. Si entró la totalidad en la gran tribulación, de ella sale un número incontable de personas. Por tanto, los 144.000 y la gran muchedumbre son los mismos y ambos están delante del trono de Dios, es decir, en el mismo cielo. Pero este cielo es también simbólico.

    Rutherford se adelantó demasiado al declarar en 1935 que la gran muchedumbre eran las personas que le escuchaban y que no tenían esperanza de ir al cielo. Pero el Apocalipsis dice que la gran muchedumbre sale de la gran tribulación. Y como la gran tribulación aún no ha acontecido, quiere decir que esa gran muchedumbre está en el futuro, cuando los 144.000 o totalidad del pueblo entre en la gran tribulación y salga de ella como gran muchedumbre incontable.

    El Cuerpo Gobernante enseña que los 144.000 son hombres y mujeres, y están casados o solteros. Sin embargo en el Apocalipsis leemos que los 144.000 son vírgenes, es decir, que no han tenido contacto sexual y por ello se entiende que están solteros y no casados. Dice además el Apocalipsis que los 144.000 ‘no se contaminaron con mujeres’ (TNM), lo que significa que todos ellos son varones, es decir, varones solteros. Según el Apocalipsis, los 144.000 serían todos varones ‘vírgenes’. El Cuerpo Gobernante insiste en decir que esta parte de ‘vírgenes y no contaminarse con mujeres’ es simbólica, en tanto que los 144.000 los considera literales; pero tal cosa es imposible. O es simbólico todo el texto o es literal. Y el propio Apocalipsis aclara que todo lo escrito es simbólico o dado en señales. Todo él sin excepción.

    Los 144.000, pues, son individuos simbólicos que representan la totalidad del pueblo creyente antes de entrar en la gran tribulación. Salen de ella como gran muchedumbre incontable y posteriormente se les vuelve a denominar ‘los 144.000’ porque para entonces componen la totalidad del pueblo ya en el santuario del templo, santuario donde precisamente está la gran muchedumbre y que no es otra que el grupo de los 144.000 individuos simbólicos. No existe un grupo de 144.000 personas que literalmente gobernarán sobre la Tierra, ni existe un grupo separado conocido como ‘gran muchedumbre’. El reinado es también simbólico en este caso.

    El Cuerpo Gobernante fracasó estrepitosamente en la interpretación del Apocalipsis para nuestro tiempo. Por eso tuvieron que rectificar varias veces, publicando hojas aparte, muchos párrafos del contenido del libro ‘Apocalipsis… su culminación’, de la Watch Tower. La no aceptación de la interpretación del Apocalipsis que daba el Cuerpo Gobernante era motivo de expulsión por apostasía. Al final es el Cuerpo Gobernante el apóstata de sus propias doctrinas apocalípticas, como señalan incluso algunos ancianos.

    Hay teólogos que no entienden cómo el Apocalipsis fue incluido por la Iglesia como libro inspirado en el Nuevo Testamento, dado que Jesucristo, los apóstoles y los primeros cristianos nada supieron de los 144.000. Jesucristo, según está escrito al final del libro de Mateo dijo que se enseñara todo lo que él había mandado. Y la doctrina de los 144.000 no  mandó enseñarla. En realidad es una doctrina extraña, incorrectamente interpretada por los testigos de Jehová y otros grupos protestantes.

    La Iglesia Católica lo interpreta desde la perspectiva de que cree ser la sucesora de los apóstoles y el cielo sería en este caso la propia Iglesia, tal como los 144.000 serían la totalidad simbólica de los obispos y los sacerdotes, los cuales reinan sobre los fieles de esa Iglesia. El Apocalipsis se entiende mejor desde la perspectiva de la Iglesia porque en realidad fue escrito por un miembro de la Iglesia, probablemente Eusebio de Cesarea, cuando tal Iglesia se estaba creando en los tiempos del emperador Constantino.

martes, 22 de agosto de 2017

Resulta que el Cuerpo Gobernante no es el ‘esclavo fiel y discreto’

 

    El actual Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová se ha autoproclamado como el único ‘esclavo fiel y discreto’ nombrado por el propio Jesucristo. Se asegura que tal nombramiento le fue dado en 1919. Sin embargo en 1919 no existía el actual Cuerpo Gobernante. Por lo tanto el nombramiento, de haber tenido lugar, habría recaído en 1919 en una corporación distinta a la del Cuerpo Gobernante.

    Por Cuerpo Gobernante se entiende el grupo que hoy dirige los asuntos espirituales de los testigos de Jehová. Tal grupo vino a la existencia en 1971, lo que significa que no existía en 1919. El Cuerpo Gobernante tomó las riendas espirituales de los testigos el 1 de enero de 1976. Hasta entonces todos los asuntos espirituales eran cosa del presidente de la Watch Tower.

    Pero la dirigencia jehovista insiste en que en 1919 sí existía el Cuerpo Gobernante. En efecto, así es; pero a lo que se llama ‘cuerpo gobernante’ de 1919 es a la junta directiva de la Sociedad Watch Tower y dicha junta era un cuerpo gobernante de la sociedad mercantil, pero no de los testigos de Jehová. Entonces no existían los testigos de Jehová, que vinieron a la existencia en 1931. El cuerpo gobernante mercantil o junta directiva de la Watch Tower estaba sujeta al presidente de la Sociedad, que era el que dirigía a los Estudiantes de la Biblia, no a los testigos de Jehová.

    A partir de 1931 el presidente de la Sociedad, entonces Rutherford, comenzó a dirigir los asuntos espirituales de los testigos de Jehová, que así se llamó al 27% de los Estudiantes de la Biblia que no habían abandonado las filas entre 1926 y principios de 1927. Pero los testigos de Jehová solamente eran los ‘ungidos’ o ‘Israel espiritual’, por la razón de que los testigos de Jehová de tiempos antiguos eran los que pertenecían al ‘Israel natural’.

    Cuando en 1935 Rutherford dijo que había ‘una gran muchedumbre de otras ovejas’,  éstas no se consideraban ‘testigos de Jehová’ porque no eran parte del Israel espiritual. En la actualidad solamente serían testigos de Jehová propiamente dicho los que forman el Israel espiritual, que son los que pertenecen a la congregación. Los de la gran muchedumbre solamente son asociados y no pertenecen a la congregación, por lo que no procede su expulsión de la misma.

    Sin embargo Rutherford no cayó en la cuenta de que la ‘gran muchedumbre’ no aparece hasta después de la gran tribulación, según se lee en el Apocalipsis. La gran muchedumbre es un grupo que sale de la gran tribulación. Por tanto su aparición en 1935, tal como impuso Rutherford, no es más que una doctrina errónea que no está de acuerdo con la Biblia. Esto lo saben no pocos superintendentes y ancianos, que no se explican por qué razón los líderes de Warwick no han cambiado todavía este errado punto de vista, aunque suponga un masivo abandono de las filas por parte de muchos.

    Hay un detalle esclarecedor en relación con la identidad del ‘esclavo fiel y discreto’, cuyo nombramiento no puede ser aplicado al Cuerpo Gobernante actual. Recientemente un miembro del Cuerpo Gobernante declaró ante el juez que él nada tenía que ver con la Sociedad Watch Tower. Eso significa que si un miembro del Cuerpo Gobernante nada tiene que ver con la Watch Tower, los demás miembros tampoco. Y si nada tienen que ver con la Watch Tower, quiere decir que no pertenecen a la junta directiva de esa Sociedad. Y si no pertenecen a la junta directiva de la Watch Tower, eso significa que no pueden ser el esclavo fiel y discreto, ya que el nombramiento lo habría hecho Jesucristo a los miembros de la junta directiva de la Watch Tower en 1919. Pero si resulta que los miembros del Cuerpo Gobernante actual no son parte de la junta directiva, tampoco pueden ser el esclavo fiel y discreto.

    Este asunto está circulando en muchas congregaciones del mundo y está haciendo reflexionar a superintendentes y ancianos, algunos de los cuales han pedido explicaciones a la dirigencia. Muchos de los aludidos creen que el esclavo fiel y discreto es cada uno de los cristianos en tanto dan a otros el alimento de la verdad bíblica. En modo alguno puede ser una junta directiva de una sociedad mercantil y comercial. Los primeros cristianos no estaban regidos por una sociedad mercantil que se erigiera en esclavo fiel y discreto. Cada uno de aquellos cristianos era un esclavo fiel y discreto.

    Queda claro, entonces, que el actual Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová no puede ser el esclavo fiel y discreto, ya que Jesucristo a nadie nombró como tal en 1919, y menos a los dirigentes de una sociedad mercantil que solamente pensaban en ampliar su capital en base a editar más libros y revistas. Y como los miembros del actual Cuerpo Gobernante reconocen que no son parte de la junta directiva de la Watch Tower, quiere decir que tampoco son el esclavo fiel y discreto, ya que, de serlo, lo sería la junta directiva de la Watch Tower.

    

 

lunes, 14 de agosto de 2017

¿Se escribió el Nuevo Testamento en el siglo IV? (y 6)



    Al igual que el relato de Eusebio sobre la carta de Jesucristo al rey de Edesa, la Iglesia hizo pasar como verídica la llamada ‘donación de Constantino’, donación que, a favor de la Iglesia, también se demostró falsa, pues el escrito había sido realizado siglos después de Constantino y hecho pasar por más antiguo. Eso de hacer pasar documentos recientes por más antiguos es lo que precisamente ha caracterizado a la Iglesia Católica. Así, pues, los evangelios se escribieron en el siglo IV y se hicieron pasar como documentos del siglo I. Y Eusebio creó su ‘Historia eclesiástica’ con hipotéticos personajes que venían del siglo I y a los que hizo pasar por sucesores de los apóstoles. Y además creó las cartas de los ‘padres’ apostólicos para dejar ‘testimonio’ de que los evangelios eran fidedignos, al igual que los personajes que los circundaban. Toda la historia de la Iglesia y de los evangelios se basa en un novelado impuesto como un conjunto de personajes y hechos reales.

    Por regla de tres, quien nos miente en lo poco, nos está mintiendo también en lo mucho. Pero Eusebio nos mintió en todo. No en vano le llaman ‘el gran embustero de la Iglesia’. Pero Eusebio lo que realmente pretendía con sus escritos era tratar de demostrar que los evangelios y las cartas apostólicas eran escritos genuinos y que fueron producto del siglo I. También pretendía demostrar que la Iglesia de Roma era la sucesora legítima de los apóstoles, aunque dejó de lado a los apóstoles que supuestamente regían la Iglesia desde la propia Jerusalén. Y dejó de lado al apóstol Juan, a quien le hubiera correspondido el legítimo derecho de gobernar la Iglesia. Pero, claro, Eusebio sabía que ni existieron Juan ni los demás apóstoles, y ni siquiera Jesucristo, pues él mismo los había inventado.     

    Ahora bien, o mal, Eusebio se obligó a mentir en sus escritos porque debía obedecer órdenes del emperador Constantino. Y Eusebio sabía cómo se las gastaba el emperador, quien mandó asesinar a su propio hijo. Si no perdonó a su hijo Crispo, menos le hubiera perdonado a Eusebio. Así que Eusebio escribió. Pero algo debían de contener los escritos del Nuevo Testamento de Eusebio, probablemente una serie masiva de acrósticos que los delataban como falsificaciones, para que poco más de medio siglo después el obispo de Roma ordenase urgentemente a Jerónimo de Estridón que tradujese aquello al latín, un idioma que prácticamente nadie hablaba, rompiéndose así la cadena de acrósticos de los escritos griegos de Eusebio. Jerónimo tradujo y agregó lo suyo. Y ahí fue cuando surgió la Vulgata latina y posteriormente los códices que, basados en esa Vulgata, fueron hechos pasar por la Iglesia como de los siglos II y III al copiarlos en papiro con caracteres antiguos.    

    Los primeros códices del Nuevo Testamento datan del siglo IV y no existen códices de siglos anteriores. Ello se explica porque el Nuevo Testamento fue escrito en el siglo IV y no antes. Y los primeros templos y sepulcros cristianos son también del siglo IV, algo lógico, pues no existió el cristianismo antes de que lo instituyese Constantino y Eusebio y Lactancio escribieran los libros del Nuevo Testamento, para lo cual Eusebio creó los personajes de Jesucristo y los apóstoles y los ubicó en la época de César Augusto, Herodes, Pilatos y otros personajes históricos, con el objeto de que el relato fuera más creíble.

    El principal historiador del tiempo en que se supone que vivió Jesucristo, Filón de Alejandría, nada escribe sobre él. De haber existido realmente Jesucristo, Filón hubiera escrito libros sobre él. Con Josefo ocurre otro tanto, que no escribe nada sobre Jesús de Nazareth porque antes de su tiempo y en su tiempo no existió Nazareth y tampoco Jesús. La cuña que sobre el Nazareno aparece en un escrito de Josefo se sabe que es espuria y fue añadida probablemente por Eusebio de Cesarea en el siglo IV. Los relatos del Nuevo Testamento hemos de tomarlos como lo que realmente son: literatura a la que no hemos de adaptar la vida, tal como tampoco la adaptaríamos al relato cervantino del Quijote.

 

 

 

sábado, 12 de agosto de 2017

¿Se escribió el Nuevo Testamento en el siglo IV? (5)


    No se sabe con seguridad quién o quiénes escribieron los evangelios y las cartas apostólicas. Aunque la Iglesia afirma sin pruebas que fueron escritos en el siglo I, se sospecha que los evangelios y algunas cartas las escribió Eusebio de Cesarea, en tanto que casi todas las epístolas paulinas las habría escrito Lactancio, ambos en el siglo IV, a las órdenes del emperador Constantino, quien pretendía instaurar una nueva religión común para el Imperio, y esa religión sería el cristianismo, del que los historiadores de siglos anteriores al IV nada saben, a pesar de que la Iglesia ha hecho pasar como de los siglos I a III escritos que realizó a partir del finales del siglo IV. Fue precisamente en ese siglo IV cuando Constantino fundó no solamente la Iglesia Católica, sino el cristianismo.

    Constantino nombró los primeros epíscopos (obispos) en el año 312 y su primera reunión con ellos la celebró el 313 en la ciudad francesa de Areles (Arles).  El emperador nunca se hizo cristiano, aunque la Iglesia diga lo contrario. Constantino murió atendido por Eusebio de Nicomedia, a quien la Iglesia cataloga de hereje. No murió al amparo de una religión que él mismo había hecho inventar. A finales del siglo IV el emperador Teodosio impuso obligatoriamente en todo el Imperio, bajo pena de muerte, el cristianismo que su antiguo predecesor Constantino había instaurado.

     La atribución de la autoría del Nuevo Testamento a Mateo, Marcos, Lucas, Juan, Pablo, Pedro y Santiago es tradición de la Iglesia Católica y se basa en los escritos de Eusebio de Cesarea, que ya se sabe que se inventó a los padres de la Iglesia y a ellos les atribuyó unas supuestas cartas que en modo alguno pudieron escribir, ya que no existieron tales padres de los siglos I a III, excepción hecha de un par de ellos a quienes Eusebio les colgó escritos ‘cristianos’ de los que aquéllos no eran autores. De todas maneras, ninguno era ‘padre’ de la Iglesia.

    Tras convocarse el Concilio de Nicea en el año 325, concilio al que existieron 64 epíscopos nombrados por Constantino, a los tales se les suministró una copia de los ‘nuevos testimonios’ (o Nuevo Testamento) confeccionados por Eusebio y Lactancio, según las órdenes de Constantino. Ninguno de los epíscopos había tenido hasta entonces acceso a dichos escritos que desconocían por completo. Algunos de esos epíscopos nombrados no estuvieron de acuerdo con ciertos aspectos de la nueva religión, entre ellos Arrio.

    Las cartas atribuídas a Pablo fueron escritas antes que los evangelios. Lo más lógico es que, quien primero escribe, narre la historia de los personajes centrales, en este caso Jesucristo y los apóstoles. Sin embargo ‘Pablo’ guarda absolutamente silencio al respecto y menciona a un Cristo intangible y no humano. Las citas paulinas sobre un Jesucristo textual no cabe duda de que son inserciones tardías en el texto. Es raro que el primer narrador del cristianismo no diga absolutamente nada sobre la existencia terrenal y hechos del hipotético fundador de ese cristianismo, aunque sí mencione a unos supuestos primeros seguidores post apostólicos. La aparición de personajes reales en las cartas paulinas, así como en los evangelios, no significa que los relatos hayan sido reales. Las novelas históricas se ambientan precisamente en los tiempos de ciertos personajes reales, que no quiere decir que los personajes centrales o protagonistas de esas novelas hayan existido.

    Eusebio de Cesarea menciona en su ‘Historia eclesiástica’ que Jesucristo le escribió una carta al rey de Edesa, en contestación a otra que el monarca le había enviado. Según Eusebio, la carta estaba en los archivos de Edesa. Este relato fue tomado como verídico por siglos, hasta que se descubrió que era inventado. Si Eusebio fue capaz de mentir tan descaradamente en aras de una supuesta investigación histórica, hemos de entender que nos mintió en todo lo que escribió en su ‘Historia eclesiástica’ y en otras historietas de corte similar, como las cartas que atribuyó a unos presumibles ‘padres’ de la Iglesia.

 

viernes, 11 de agosto de 2017

¿Se escribió el Nuevo Testamento en el siglo IV? (4)


 
    Volvamos a Jerónimo de Estridón. Para componer su Vulgata se valió de una de las copias del Nuevo Testamento en griego producidas por Eusebio de Cesarea. Se valió también de una selección de traducciones latinas del texto griego mencionado, traducciones un tanto libres que no seguían fielmente el texto griego y que por tanto diferían del mismo. Con estos dos tipos de documentos produjo el de Estridón, no sin quebraderos de cabeza, la Vulgata latina. No consultó textos del Nuevo Testamento de los siglos I al III porque no los halló. Y no los halló porque no existían. Los papiros que actualmente se presentan como de los siglos II y III, realmente no son de esos tiempos, pues siguen fielmente los textos de la Vulgata que Jerónimo compuso cerca de finales del siglo IV. Y si los papiros son reproducciones de los textos de la Vulgata y ésta es de finales del siglo IV, por lógica esos papiros no pueden ser de los siglos II y III.

    Pero la pregunta que surge ahora es: ¿No se escribió el Nuevo Testamento, evangelios y cartas, en el siglo I? Y si se escribió en el siglo I, ¿por qué no existían copias de los mismos en el siglo IV? ¿O sí existían? ¿Se basó Eusebio de Cesarea en esas presumibles copias antiguas y luego las destruyó, por cuya razón Jerónimo no habría tenido acceso a ellas? El caso es que no se conocen códices anteriores al siglo IV, en que se produjo el Sinaíticus, hipotéticamente basado en copias más antiguas, pero que nada se sabe de ellas.

    Ningún historiador de los siglos I a III da razón de la existencia del cristianismo en esos siglos. A unos pocos de esos historiadores se les han introducido cuñas a favor del cristianismo en los escritos, para hacer creer que eso lo escribieron ellos; pero está demostrado que las cuñas son espurias. Tales historiadores, de haberlo sabido realmente, hubieran escrito libros enteros sobre Jesucristo y el cristianismo. Nos encontramos, pues, con que solamente los escritores del Nuevo Testamento hablan de la existencia de Jesús, los apóstoles y los primeros cristianos en el siglo I, entendiéndose que los cristianos continuaban activos durante los siglos II y III, aunque no hay registro histórico que lo confirme.

    Nos preguntamos si Eusebio de Cesarea no es realmente el autor de todos o casi todos los libros del Nuevo Testamento, al menos de los evangelios, y que todo eso lo escribió en el siglo IV, a petición del emperador Constantino. Es que Eusebio ya nos coló todas las mentiras habidas y por haber con su ‘Historia eclesiástica’ y las cartas de los padres apostólicos, de los que tampoco da razón la Historia seglar. Y resulta que estos padres citan de los evangelios. Si no existieron, ¿cómo es que defienden la existencia de los evangelios?

    No tenemos más remedio que llegar a la conclusión de que absolutamente todo es producto de la mente de Eusebio, que actuaba a las órdenes del emperador, el cual pretendía establecer una religión única en el Imperio. Y sería precisamente en el siglo IV, en tiempos de Constantino, cuando nacería el cristianismo. Por tanto los evangelios no serían más que una novela histórica impuesta a la fuerza como suceso real para poder establecer la nueva religión. Jesucristo y los apóstoles serían los personajes centrales de la novela. Es como si se impusiera la creencia de que existió don Quijote de la Mancha y el pueblo lo aceptara a ojos cerrados y tildara de apóstata o hereje a quien no lo aceptara.

 

 

jueves, 10 de agosto de 2017

¿Se escribió el Nuevo Testamento en el siglo IV? (3)


    En el siglo XVI los protestantes se separaron de la Iglesia Católica y llevaron la Biblia tal cual la tenía la Iglesia, ya con los textos de ‘la gran inserción’ incorporados al evangelio de Lucas. Los protestantes nada sabían de estas añadiduras y creyeron que toda la Biblia era Palabra segura de Dios que venía del siglo I y en ella basaron exclusiva y literalmente sus creencias. Con el tiempo los protestantes se dividieron en varias sectas que a su vez originaron otras. Todas ellas continúan basándose únicamente en la Biblia, ignorando que el Nuevo Testamento había sido retocado y ampliado por la Iglesia Católica siglos atrás. Los protestantes y otras sectas aceptaron además que el Nuevo Testamento había sido escrito por quienes decía la Iglesia, que es lo que Eusebio de Cesarea aseguró en sus escritos, principalmente en su obra ‘Historia eclesiástica’ y en las cartas de los padres apostólicos.

    La Historia seglar no da razón alguna de la existencia de los padres mencionados por Eusebio, a excepción de Tertuliano y Orígenes, a quienes Eusebio hizo pasar por cristianos y retocó sus escritos. Eusebio, pues, se inventó a los padres apostólicos y apologetas de los siglos I a mediados del III. Después no menciona a más padres porque se supone que estarían vivos para el tiempo en que Eusebio escribía. Y se inventó asimismo las cartas a ellos atribuídas y la historia de la Iglesia, creando personajes que entroncaban con los apóstoles, todo por vía de Roma, olvidando que los apóstoles se suponía que estaban activos en Jerusalén y otros lugares orientales en el siglo I y a tales apóstoles les correspondería con más propiedad ser los dirigentes reales de la Iglesia. Eusebio, que estaba a las órdenes del Emperador Constantino, se inclinó por una Iglesia romana, y eso por obligación.

    Josefo nada sabía de Jesucristo y sus apóstoles y por eso nada escribió sobre ellos. Las breves reseñas que figuran en alguno de sus escritos no son más que cuñas insertadas a machamartillo en el siglo IV, precisamente por Eusebio de Cesarea, quien de paso interpoló a otros autores en el mismo sentido que a Josefo. De haber sabido Josefo de la existencia de Jesucristo hubiera escrito varias obras sobre él. La Iglesia dice que la figura de Jesús no interesaba. ¿No interesaba una persona que convertía el agua en vino, sanaba a los enfermos y resucitaba a los muertos? El evangelio afirma que su fama traspasó las fronteras. Definitivamente, sí interesaba la figura de Jesucristo, tal como interesaban las de los forajidos. Una persona que cura a los enfermos y resucita a los muertos interesa del todo aún a sus propios enemigos.

    El historiador Filón de Alejandría, que vivió justamente en el tiempo en que se supone que vivió Jesucristo, tampoco escribió nada sobre él. Filón era el cronista principal de su tiempo y, aunque vivía en Alejandría, estaba al tanto de los acontecimientos de Judea y otros lugares. Extraña su silencio. Como también extraña que los anales de Roma nada hayan registrado sobre Jesús. El propio emperador, bajo cuya jurisdicción estaba Judea, de haber sabido de este insólito personaje, le hubiera hecho llamar a su presencia. Los historiadores de los siglos I a III nada saben tampoco de Jesucristo y eso también resulta extraño. ¿Es que no hubo un solo historiador a quien interesara la figura de Jesucristo, cuando sí interesaban otras figuras de mucho menor calibre? ¿Se pusieron de acuerdo todos los historiadores para no hablar de la existencia de Jesucristo? Eso es más o menos lo que la Iglesia parece dar a entender.

 

miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Se escribió el Nuevo Testamento en el siglo IV? (2)

 

    Jerónimo no solamente tradujo al latín los textos griegos o los trasladó desde otras traducciones latinas, sino que recompuso completamente los evangelios. Se cree que fue él quien añadió a Mateo y a Lucas los pasajes del nacimiento de Cristo, así como los 18 primeros versículos de Juan. Y se cree asimismo que fue él quien empezó a añadir a los evangelios los pasajes de la resurrección de Cristo, inexistentes en el Códice Sinaíticus. Igualmente se estima que fue Jerónimo quien hizo pasar a Jesús como procedente de Nazareth, cuando Nazareth no se cita en la literatura hasta principios del siglo IV, habiéndose fundado su sinagoga más allá de mediados del siglo III.

    Nazareth fue fundada por una de las divisiones sacerdotales de Jerusalén que huyó de la devastación de los romanos en el año 135 y se estableció en la ladera de la colina a cuyo pie se extendía el cementerio de Jafra. En el año 67 los romanos habían masacrado a los varones de Jafra, los cuales fueron enterrados poco más de kilómetro y medio al norte, en la llanura del lugar donde después se levantó Nazareth. Pero Jerónimo ignoraba todo esto y creyó que Nazareth llevaba muchos siglos de existencia. Del año 333 existe un mapa que indicaba a los peregrinos las ciudades que habían de recorrer en Tierra Santa, partiendo de Belén, que era la ciudad de David. En el mapa no figura Nazareth; sin embargo el evangelio que hoy conocemos asegura que Jesús se crió en Nazareth y que esa ciudad era importante porque tenía sinagoga.

    El códice Sinaíticus no menciona para nada a Nazareth, a pesar de que los análisis con rayos ultravioletas han detectado que se borraron escrituras más antiguas y se reescribieron textos encima para acordarlos con los textos posteriores de la Vulgata. El historiador Flavio Josefo, del siglo I, que era de Galilea, menciona en sus escritos todas las poblaciones de Galilea y no aparece Nazareth en la relación. No aparece, no porque no fuera importante, que lo era, ya que tenía sinagoga, según el evangelio. Nazareth no aparece en la relación de poblaciones porque en los tiempos de Josefo no existía esa población. Y si no existía, porque se fundó a partir de mediados del siglo II, ¿cómo pudo Jesús andar por Nazareth en el primer tercio del siglo I?

    Así pues, no existieron papiros ni otros documentos neotestamentarios en los siglos I al III, por mucho que quiera decir y tratar de probar la Iglesia. Los papiros que se hacen pasar como procedentes de los siglos I a III siguen la línea de la Vulgata latina de Jerónimo, de la que surgieron varios códices. Y siendo la Vulgata y los papiros copiados de ella producidos a finales del siglo IV o principios del V, no pueden esos papiros ser anteriores al siglo IV. El códice más antiguo, el Sinaíticus, que se cree que es una de las cincuenta copias que escribió Eusebio, es aún más antiguo que la Vulgata y además difiere de ella porque Jerónimo recompuso todo el Nuevo Testamento a partir de una copia de los textos griegos de Eusebio y de las traducciones latinas de los textos de Eusebio. No se limitó únicamente a traducir y no halló documentos neotestamentarios de siglos anteriores porque no los había.

    La Iglesia fue añadiendo textos a la Vulgata latina a lo largo de los siglos. Para ello retiraba los códices más antiguos depositados en distintas bibliotecas y monasterios y los sustituía por los nuevos, todo a fin de hacer parecer que lo escrito era realmente más antiguo. La última añadidura la hizo hacia principios del siglo XV y ésa es conocida por los teólogos como ‘la gran inserción’. Se trata de los textos de Lucas 9:51 a 18:14, los cuales no figuran en el códice Sinaítico y en algún otro códice antiguo, aunque sí en todos los demás códices que fueron amañados con posterioridad. A mediados del siglo XV Gutemberg inventó la imprenta y su primer trabajo fue la Biblia. Dado que se imprimieron no pocos ejemplares de la Biblia, con base en la Vulgata, los cuales fueron a parar a diversas manos y no se controló del todo el asunto por la Iglesia, ésta no retocó más los textos neotestamentarios.

 

martes, 8 de agosto de 2017

¿Se escribió el Nuevo Testamento en el siglo IV? (1)

 

    El códice del Nuevo Testamento más antiguo que existe es el Sinaíticus, escrito en griego antes de mediados del siglo IV. Se cree que es una de las cincuenta copias que efectuó Eusebio de Cesarea por encargo del emperador Constantino. Este códice no contiene los dos primeros capítulos de los evangelios de Mateo y de Lucas, ni los 18 primeros versículos del evangelio de Juan. Tampoco contiene los pasajes de la resurrección, apariciones y ascensión de Jesucristo. Los cuatro evangelios principian en realidad con la predicación de Juan el Bautista en el desierto y terminan con la puesta en la tumba de Jesús. El códice es tan diferente de otros posteriores, que muchos teólogos dicen que es herético.

    Cerca de finales del siglo IV el obispo Dámaso de Roma (entonces no existía la figura del Papa) le encargó a Jerónimo de Estridón que elaborase la Vulgata Latina o traducción al latín del texto griego de Eusebio. Jerónimo se valió de uno de los códices en griego del Nuevo Testamento y de las traducciones latinas existentes del mismo. Jerónimo escogió para su trabajo las traducciones latinas del texto griego que mejor le parecieron, así como una de las copias de los códices de Eusebio. No empleó supuestos escritos del Nuevo Testamento de los siglos I a III por la sencilla razón de que no existían en su tiempo. De haber existido, los hubiera tenido en cuenta. Solamente se valió de los textos griegos de Eusebio y de una selección de traducciones latinas de los mismos.

    Jerónimo recalcó que el trabajo era difícil, pues los textos a la vista presentaban múltiples diferencias. Así que se las arregló como pudo, no solamente para traducir los textos, sino para recomponerlos y fundirlos en un texto latino definitivo, que fue la Vulgata, que incluía varios añadidos que no se hallaban en los originales. Los escritos griegos y latinos anteriores a la Vulgata fueron destruídos, aunque alguno escapó, entre ellos el Códice Sinaíticus, el más antiguo de todos. Este códice lo descubrió Konstantin Von Tischendorf en el monasterio de Santa Catalina del Monte Sion, a mediados del siglo XIX.

    De la Vulgata latina, ya a finales del siglo IV o principios del V, se hicieron los códices que hoy conocemos y que fueron retocados por la Iglesia durante los siglos, a medida que añadía textos al Nuevo Testamento, para lo cual retiraba los códices más antiguos y ponía en su lugar los nuevos. Todos estos códices siguen fielmente el texto de la Vulgata, en tanto que el códice Sinaíticus difiere sustancialmente de los códices basados en la traducción latina de Jerónimo.

    La Iglesia hizo pasar los códices basados en la Vulgata como si fueran producto de los siglos II y III, por medio de copiarlos en papiro con caracteres de otros tiempos, y así hacer creer a los lectores que los evangelios y cartas atribuidas a los apóstoles y otros autores neotestamentarios eran mucho más antiguos. Pero ¿cómo pueden ser anteriores al códice Sinaíticus unos escritos que se basan en la Vulgata y que provienen de finales del siglo IV, mientras el códice Sinaíticus es de antes de mediados de ese siglo IV? Jerónimo no conoció escritos neotestamentarios anteriores al siglo IV. Solamente se basó en los textos griegos de Eusebio y en las traducciones latinas anteriores a la Vulgata y que diferían entre sí, pues ‘cada cual tradujo el texto griego como pudo’.

 

sábado, 8 de julio de 2017

De nuevo acá

    Mes y medio he estado dando conferencias por el territorio de los EEUU y he tenido innumerables experiencias. Buena parte de los auditorios lo formaban testigos de Jehová, quienes adquirieron la obra 'La verdad de los años 607-537 a.C. y 1914', cuyas tres ediciones se agotaron. En el equipo conferencista tenía a un ex anciano y a un ex superintendente de circuito.
    En una de las ciudades nos abordó un anciano TJ, que nos interrumpió, subió a la tarima y dijo que lo que exponíamos era mentira. Le preguntamos a qué puntos exactamente se refería y se los rebatimos allí mismo, quedando el anciano al final sorprendido porque jamás había pensado en que el 'esclavo' pudiera estar equivocado. Pidió perdón por la interrupción y bajó a ocupar su asiento. Después de la conferencia nos solicitó un ejemplar.
    A día de hoy la obra (230 páginas) está agotada y ya preparamos una cuarta edición ampliada. La obra se envía discretamente a lista de correos, contra reembolso de los gastos de impresión y correo. En los centros de conferencias la hemos dado por solamente 5 dólares para cubrir el gasto. El correo supone más del doble. Los envíos a Europa se realizan desde España.
    Tras el largo paréntesis, reanudo la actividad del blog. Para sorpresa me encuentro con que se ha superado el millón de visitas, gran parte de las cuales proceden de Rusia, y eso es lo que más sorprende, pues en Rusia no se habla castellano, que se sepa. ¿O acaso traducen los artículos?
    Un caluroso saludo para todos los lectores.

   

sábado, 20 de mayo de 2017

Testimonio de Milton Boone


Anexo del libro 'La verdad de los años 607-537 a.e.c. y 1914'
 
Testimonio de Milton Boone

    Siempre me había llamado la atención el hecho de que la Organización de los testigos de Jehová defendiera la fecha del 607 a.C. como año de la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor, cuando los historiadores, a través de múltiples datos reales y profundos estudios sobre los mismos, daban sobrada evidencia de que tal destrucción aconteció en el año 587 a.C., que fue el año 18 (en otra parte de la Biblia se habla del año 19) del reinado de Nabucodonosor. Solamente del imperio neobabilonio, desde Nabopolasar hasta Nabonido, existe casi más documentación que de toda la historia de la humanidad en conjunto.

    La primera vez que planteé la objeción sobre las fechas fue a al anciano me daba el estudio bíblico según el libro ‘La Verdad que lleva a vida eterna’. Tuvieron que asignarme un anciano porque me daba por hacer preguntas comprometedoras. El anciano, muy serio, me dijo que con ese tipo de preguntas no podía seguir el estudio, aunque me aseguró que los historiadores estaban equivocados en la fecha. No me atreví a preguntar más y acepté la fecha del 607 a.C. Entonces no tenía yo un conocimiento de la Historia como ahora lo tengo, pues cursé el profesorado correspondiente y aún sigo dando clases en una conocida institución.

    También mi conocimiento bíblico es hoy mayor, pero no porque haya estudiado la Biblia con los Testigos, sino porque la investigué imparcialmente por mi cuenta, consultando a fondo más de veinte distintas versiones y traducciones bíblicas, además de varios Nuevos Testamentos interlineales. Igualmente estudié griego clásico, del que asimismo obtuve la correspondiente licenciatura. Si me hubiera limitado a lo que de la Biblia imparten los testigos de Jehová, hubiera seguido siendo un párvulo crédulo y no hubiera conocido más que los típicos textos que se manejan en la predicación.

    La Biblia no da fecha alguna. Las fechas las dan los historiadores. Para llegar a ellas les ha sido necesario estudiar y contrastar innumerables documentos antiguos. Por ejemplo, la fecha del 539 a. C. como año de la caída de Babilonia la dieron los historiadores gracias a la profundidad de sus estudios. Los testigos de Jehová aceptan dicha fecha porque la pregona su Cuerpo Gobernante; pero no aceptan la fecha del 605 a.C. que dan los mismos historiadores para el inicio del reinado de Nabucodonosor, pues, de aceptarla, no les cuadraría a los Testigos el año 607 a. C. como el 18 de Nabucodonosor.

    Debido a un serio error que los adventistas le pasaron a Russell, la organización de los Testigos sigue defendiendo que Nabucodonosor fue entronizado en el 625 a. C. y así llegan al 607 a.C. como el año 18 de Nabucodonosor. Si Russell se hubiera detenido a investigar siquiera una parte de las doctrinas que el adventista Barbour le transmitía, hubiera descubierto que Nabucodonosor no arruinó Jerusalén en el año 606 a.C., que era lo que se defendía hasta el año 1943, en que la organización de los Testigos adelantó la fecha al 607 a.C., tal como se lee en el libro ‘La verdad os libertará’, hoy desconocido para la inmensa mayoría de los fieles.

    Acerca de los 70 años atribuidos al destierro de los judíos en el año en que Nabucodonosor destruyó Jerusalén, nada encontramos en la Biblia. Los 70 años están referidos al imperio babilonio y no a los desterrados. Pero los testigos de Jehová entienden que esos 70 años son los que transcurrieron entre el año de la destrucción de Jerusalén y la salida del cautiverio de los judíos. Los Testigos predican lo que les ordena su Cuerpo Gobernante y ningún Testigo puede leer la Biblia con otro sentido que no sea el que enseñan los líderes de la Organización, aunque la interpretación esté equivocada.

    Son incontables los errores de la enseñanza bíblica del Cuerpo Gobernante. Por dicho motivo cambia periódicamente las doctrinas y la interpretación de muchos pasajes de la Biblia y dice que se trata de ‘nueva luz’. Pero la Verdad no admite nueva luz porque no puede cambiar. Un superintendente de circuito con el que crucé palabras me dijo que lo que cambia no es la Verdad, sino el entendimiento de la Verdad. Le respondí que entonces no estábamos en la Verdad, sino en el entendimiento de la Verdad. Con el tiempo me enteré de que tal superintendente había abandonado la Organización.

    Poco después obtuve la licenciatura en Historia y comencé a dar clases con el nuevo curso escolar. Noté que eso del profesorado no les hacía gracia a los ancianos de la congregación y un buen día, armado de valor, les hice ver que lo del año 607 a.C. no era correcto. Al cabo de un tiempo les presenté mi carta de renuncia, dado que intuía que me expulsarían. Casualmente mi carta de renuncia se cruzó con la nota que me enviaron los ancianos citándome a un comité judicial, al que no acudí. Mi esposa, hija de un anciano y que llevaba en la congregación desde que nació, también presentó conmigo su renuncia.

    En honor a la verdad, no podía continuar en una Organización que en modo alguno estaba enseñando la verdad de la Biblia. Dos de aquellos ancianos abandonaron la congregación no mucho tiempo después, a raíz de la investigación que realizaron sobre fechas y doctrinas. Lo mismo les ocurrió a varios miembros de la congregación con la que me reunía.  

    Después de quince años me sentía como el ave que sale de la jaula. Tenía entonces 36 primaveras y me dediqué con más ahínco a la enseñanza, tanto de Historia como de Griego. Pocos años después inicié un curso especial de Sagrada Escritura, que tuve que hacerlo en Roma, por lo que solicité excedencia del profesorado durante dos años.

    Fue en Roma donde aprendí cómo y cuándo en realidad había sido escrita la Biblia, tanto el Antiguo Testamento de los judíos como el Nuevo, este último íntegramente en griego, pero que por orden papal fue recompuesto en el latín de entonces, casi a finales del siglo IV, por Jerónimo de Estridón, y a partir de la Vulgata de Jerónimo se compusieron los correspondientes códices, presentados con caracteres de otros tiempos para hacerlos pasar por más antiguos. A principios del siglo XV, antes de la invención de la Imprenta, le fueron añadidos al evangelio de Lucas los capítulos y versículos 9:51 a 18:14, que forman la ‘gran inserción’, copiados en su mayor parte de los evangelios de Marcos y Mateo. Pero ésta y la anterior son ya otras historias que pudieran causar gran desasosiego a los devotos.

    No hace mucho tuve la fortuna de leer en un periódico varios artículos del profesor José Yosadit Von Goethe, cuyo contenido coincidía íntegramente con lo que yo tenía asumido de la Historia. Acudí a una de sus conferencias en Nueva York y, entrevistado con él, me refirió que no hacía otra cosa que dar a conocer lo que otros ya habían publicado más ampliamente. Y me recomendó la lectura de varios libros que gustosamente compré. Me chocó que dos de ellos fueran escritos por un antiguo componente del Cuerpo Gobernante. Esos libros me ayudaron a disipar completamente algunas dudas que albergaba.

    Ahora, a la vista de los escritos que me envía para que le dé mi opinión, no puedo menos de sorprenderme por la sencilla explicación de los mismos. Espero que ayudarán a muchos testigos de Jehová de mente abierta a descubrir la verdad que se les oculta.