sábado, 24 de diciembre de 2016

La Verdad libera y no esclaviza


 
    Los testigos de Jehová ven a sus pastores (ancianos, superintendentes y Cuerpo Gobernante) como superiores en conocimiento bíblico y dan por hecho que los tales profesan la verdad de la Biblia y, por tanto, lo han investigado todo al respecto. Esta elocuente seriedad con que se presentan los pastores de los testigos de Jehová y el hecho de que manejen la Biblia constantemente, hace que los Testigos de a pie crean que ‘están en la verdad’ o en la única religión verdadera y, por tanto, no aceptan o no debieran aceptar argumentos de otros credos.

    Esto mismo es lo que sucede en el resto de las iglesias de la cristiandad. Todas tienen sus pastores y todas manejan de algún modo la Biblia, aunque los protestantes la utilizan más que los católicos. Estos pastores les dicen a sus feligreses que las demás religiones son falsas y que la verdad solamente está en la iglesia o congregación de ellos. Los feligreses aceptan a sus pastores y creen que éstos lo han investigado todo para afirmar que tienen la verdad de la Biblia. Es evidente que las personas afiliadas a cualquier iglesia son sinceras; pero, como bien se dice, la sinceridad no hace que una religión sea verdadera.

     Cuando a cualquier devoto de estas iglesias o congregaciones, sea testigo de Jehová o de otra confesión, se le muestran con educación y buen razonamiento ciertas incongruencias que prueban que tales congregaciones no pueden estar en la verdad de la Biblia, el devoto en cuestión se sentirá herido en su corazón y defenderá su fe con uñas y dientes si es preciso. Está programado para ello por sus pastores, que le indican que no escuche a quienes le dicen otra cosa que no sea la que pregonan los propios pastores, haciéndole creer al adepto que tales individuos que así hablan son en realidad lobos enfundados en piel de oveja.

    La única manera de saber si una iglesia o congregación está realmente en la verdad de la Biblia es mediante investigar su historia y sus doctrinas y ver si esa historia y doctrinas se ajustan a las páginas bíblicas. Puede que al adepto se le haya captado mediante explicarle ciertos textos que le dejan cegado al principio, sobre todo si desconocía la Biblia, y así mal puede ver la realidad que se esconde tras ese aprendizaje tan somero, pues lo cierto es que no se profundiza en el mismo. Las dudas comienzan a surgir cuando el adepto ya se ha bautizado o ha hecho pública su adhesión a la nueva fe. Sin embargo, esas dudas iniciales suelen disiparse paulatinamente a medida que asiste a las reuniones o ritos de su iglesia y al ver que los pastores continúan en la brecha como si estuvieran seguros de que tienen la verdad. Con el tiempo le volverán a surgir nuevas dudas a las que ni se atreverá a enfrentarse.

    Para conocer la verdad de un asunto, lo inteligente y razonable es cotejar las dos partes: la de quienes defienden el asunto y la de quienes muestran que el asunto no es correcto. Oídas las dos partes, como lo haría un juez, puede finalmente emitirse un veredicto final, tras sopesar las pruebas pertinentes. Si los testigos de Jehová, por ejemplo, afirman que tienen la verdad y los que no son Testigos argumentan que los Testigos no la tienen, sería prudente escuchar los argumentos de las dos partes y obrar en consecuencia a la vista de las demostraciones que se esgrimen. Sin embargo, al testigo de Jehová se le ha aleccionado a que en modo alguno escuche a la parte contraria y se le recalca que es rebeldía el pensar con independencia del Esclavo Fiel y Discreto o Cuerpo Gobernante que dirige a los Testigos. En las filas de los testigos de Jehová no hay lugar para el pensamiento crítico.

    El testigo de Jehová cree que su organización ha realizado una profunda investigación en materia religiosa y que por tanto no se equivoca en este aspecto. Pero la organización ha publicado que puede equivocarse en materia doctrinal y de ahí que cambie periódicamente las doctrinas, lo que indica que las doctrinas anteriores no estaban ajustadas a la Biblia. Y las nuevas doctrinas pueden cambiarse mañana, por lo que tampoco estarían ajustadas a la Biblia.

    Cuando a un testigo de Jehová, como se ha tenido ocasión de comprobar en innumerables ocasiones, se le muestran los graves errores doctrinales y antibíblicos que enseña su Cuerpo Gobernante, la reacción natural del Testigo es montar en cólera, gritar para no dejar que el interlocutor continúe hablando y lanzar insultos e improperios, todo ello en lugar de sentarse a dialogar y razonar con la persona que trata de exponerle sus argumentos. Sin embargo el testigo sí espera que aquellos a quienes aborda en la predicación le escuchen.

    Jesucristo dijo que ‘la verdad os libertará’; pero el testigo de Jehová está esclavizado o totalmente sujeto a la organización de su Cuerpo Gobernante. Si está esclavizado de tal manera que toda su vida dependa de la Organización, significa que no es libre y, por tanto, si no es libre, no conoce la verdad. Si conociera la verdad, no tendría que estar esclavizado o encadenado a una organización que constantemente dicta su modo de vivir y le exige tiempo, esfuerzo y medios económicos.    

    Tanto depende el testigo de Jehová de su Organización que con sus contribuciones monetarias mantiene al gran imperio económico de la Watch Tower, el cual a su vez se sostiene con la literatura que imprime para los Testigos, además de con los beneficios de la venta de sus inmuebles religiosos y las inversiones en hedge funds, unos fondos de inversión que solamente están al alcance de los millonarios. Si los testigos de Jehová dejaran de pronto de aportar fondos que finalmente van a parar al imperio económico de la Watch Tower, éste se hundiría irremediablemente y dejaría de imprimir los millones de piezas de literatura que consumen los propios Testigos. Y sin literatura, los testigos de Jehová se verían prácticamente imposibilitados para captar más adeptos. Imprimirla en editoriales cuyo costo incluye la mano de obra, no sería asequible para una Organización que está acostumbrada a no pagar nóminas. 

   ¿Podría realmente subsistir la Organización de los testigos de Jehová sin el apoyo fundamental de la Sociedad Watch Tower? Probablemente no, ya que, si desaparece esa entidad, desaparecería también el medio publicitario principal mediante el que se diseminan las doctrinas jehovistas. Jesucristo, los apóstoles y los primeros cristianos no dependían de un imperio económico para subsistir, pero el cristianismo se expandió. Hoy día otras organizaciones cristianas no están apoyadas por una gran Sociedad editorial y sin embargo prosperan. Pero la organización de los Testigos recibe su aliento del imperio de la Sociedad Watch Tower y separarse de él supone la muerte.

 

 

lunes, 19 de diciembre de 2016

No se cumplen las profecías bíblicas


  

    Adventistas y testigos de Jehová, entre otros cultos, profetizan que Jesucristo está a punto de venir a establecer un reino milenario en la Tierra, no sin antes librar la batalla de Armagedón. Este anuncio de carácter profético vienen realizándolo desde el siglo XIX adventistas, Estudiantes de la Biblia y testigos de Jehová principalmente, aunque no vieron llegar el fin del sistema mundial tan anunciado y lo pospusieron para el futuro. A pesar de no haber acertado en su predicción, los Testigos sobre todo no se consideran falsos profetas y se disculpan afirmando que no se cumplieron sus expectativas porque la luz del entendimiento no estaba suficientemente brillante, pero que en modo alguno profetizaron en nombre de Dios, sino que solamente informaron de lo que entendían.
    Los Estudiantes de la Biblia, cuyo 27% que no abandonó las filas dio origen a los testigos de Jehová en 1931, anunciaban el fin para el año 1914 en tiempos de Russell y para 1925 en tiempos de Rutherford. Este segundo presidente de la Watch Tower dejó caer además que a finales de 1941 se estaba a pocos meses del Armagedón, tal como se lee en la literatura de entonces. Knorr y Franz anunciaron específicamente el establecimiento del reino milenario para Septiembre de 1975 (aunque los Testigos actuales lo niegan porque no están informados de lo que realmente pasó y se les ha ocultado la verdad). Existen grabaciones de discursos de Franz y de otros oradores al respecto. El Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová notificaba textualmente a través de las Atalayas que el fin vendría antes de que terminase el siglo XX, por lo que la obra de predicación finalizaría. Esto también lo niegan hoy los Testigos, que no están informados de la realidad, aparte de que las Atalayas han sido modificadas en sus tomos encuadernados y en sus CD rom.
    Pasó el siglo XX y el Armagedón no vino, pero se sigue profetizando que vendrá pronto y ello a pesar de que Jesucristo recalcó, según se lee en los evangelios, que ni él mismo sabía el día y la hora. Todo el problema está en que, si se descuida el sentido de urgencia, los adeptos aflojarán el paso y terminarán saliéndose de las filas jehovistas, como ya está ocurriendo, a pesar de que el Cuerpo Gobernante de los Testigos lo desmiente y disfraza los informes anuales.
    ¿Por qué no se cumplen las supuestas profecías bíblicas y concretamente la de la venida de Cristo en su gloria para establecer el Paraíso en la Tierra tras la batalla de Armagedón? Sencillamente porque los evangelios no son producto del siglo I ni recogieron las palabras y los hechos de un tal Jesús de Nazareth, sino que comenzaron a ser escritos en el siglo IV por orden del emperador Constantino, quien pretendía amalgamar en una sola todas las religiones del Imperio, para lo que mandó también que se creara un personaje o dios central. Eusebio de Cesarea junto con Osio de Córdoba fueron en realidad los primeros escritores de los ‘nuevos testimonios’ que posteriormente se denominaron ‘Nuevo Testamento’.
    De ahí que los más tempranos códices daten del siglo IV y no de antes, como pretenden probar los eclesiásticos por medio de copias de textos evangélicos en hojas de papiro que se hicieron pasar como productos de los siglos II y III. Jerónimo continuó la tarea casi a finales del siglo IV al rehacer y cambiar los textos de Eusebio. Jerónimo los escribió en latín, que no significa que tradujo del griego al latín cuanto había escrito Eusebio. Posteriormente la Iglesia fue añadiendo pasajes al Nuevo Testamento, según la doctrina en boga, mientras que se rehacían los códices, los cuales estaban rigurosamente controlados. Evangelios y epístolas fueron escritos, pues, por y para la Iglesia.   
    Los testigos de Jehová, como todos los protestantes, creen a pies juntillas cuanto está escrito en el Nuevo Testamento y lo toman literalmente como palabra fiel de Dios. El Nuevo Testamento fue terminado de recomponer por la Iglesia a principios del siglo XV, cuando se le añadieron al evangelio de Lucas, que era el más corto, el conjunto de textos conocido como ‘la gran inserción’ (Lucas 9:51 a 18:14) y que no figuran en el Códice Sinaítico, el más antiguo, presumiblemente de antes de mediados del siglo IV. En otros posteriores sí suelen figurar dichos textos porque tales códices se rehicieron según las nuevas añadiduras, aunque hay códices que escaparon de la reelaboración y en los cuales no aparecen los textos mencionados.
    Gutemberg comenzó a imprimir su Biblia de 42 líneas hacia 1452 y su ex socio Fust imprimió la Biblia completa en 1456, extraído su Nuevo Testamento de los códices que la Iglesia ya había reescrito. En el siglo XVI los protestantes se separaron de la Iglesia Católica y aceptaron la Biblia cuyo Nuevo Testamento ya estaba para entonces amañado con las nuevas añadiduras de un siglo atrás.   
    Los historiadores del supuesto tiempo de Cristo no dan razón de él. Por ejemplo, Filón de Alejandría, historiador judío, no sabe nada de la existencia de Jesús de Nazareth, y eso que vivió en los años en que la iglesia dice que vivió el nazareno. Eso es realmente extraño, pues Filón, aunque residía en Alejandría, recibía constantes noticias de Judea. Siendo Jesús un personaje fuera de serie, que curaba a los enfermos, daba de comer a multitudes y resucitaba a los muertos, es raro que Filón no supiera nada de él. Tampoco tenían constancia de Jesús en Roma. El evangelio dice que la fama de Jesús traspasó las fronteras. No cabe duda de que a personaje tan singular el emperador lo hubiera hecho llamar a su presencia.
    El historiador Josefo nada escribe sobre Jesús, salvo las pocas líneas que se le han colgado en el siglo IV y que se cree que son producto de Eusebio de Cesarea. Si Josefo hubiera sabido de Jesús, no cabe duda de que le hubiera dedicado libros enteros y no que al respecto solamente aparecen unas míseras líneas que ni son del propio Josefo. Lo mismo es cierto de los insignificantes pasajes que se le han interpolado a los escritos de Plinio, Tácito y otros. Estos autores también habrían escrito libros enteros de haber sabido de la existencia del personaje.  
    Las profecías bíblicas, y concretamente la del regreso de Cristo a la Tierra en la batalla de Armagedón para instalar el paraíso, no se cumplen porque en el siglo I no existió el personaje de Jesús de Nazareth, el cual fue producto de unos incipientes clérigos mitraítas que luego pasaron a ser cristiano-católicos y que en el siglo IV seguían las órdenes de Constantino de escribir un libro que sirviera de pauta religiosa para todos los súbditos del Imperio. Tal libro es producto de la Iglesia Católica, sufrió modificaciones a lo largo de los siglos y ha llegado hasta nuestro día como el Nuevo Testamento, no siendo en modo alguno un libro de profecías. Por eso no se cumplen.
 

viernes, 16 de diciembre de 2016

El equívoco del nacimiento virginal


 
 

    La atribución del primer evangelio al apóstol Mateo se basa en la tradición de los llamados primeros padres de la Iglesia, de quienes se conocen los escritos a ellos imputados, mas nada se sabe de su real existencia, salvo lo plasmado en la ‘Historia Eclesiástica’ de Eusebio de Cesarea, conocido como el ‘padre de la historia de la Iglesia’. Con toda seguridad los padres de la Iglesia, excepto Orígenes, son pura invención de Eusebio. De los padres de la Iglesia nada dice la Historia seglar. De Orígenes sí, pero está claro que Eusebio interpoló sus escritos y le hace decir que era cristiano. Eusebio añadió renglones tanto a los escritos de Orígenes como a los del historiador Josefo y algunos personajes más.

    De la lectura imparcial del evangelio atribuido a Mateo se deduce que el escritor no era natural de Judea. Si acaso conocía por encima las costumbres y leyes judías. A decir verdad, el apóstol Mateo al que se le atribuye el evangelio (que no lo escribió él) era galileo. Eusebio escribe en el siglo IV que el padre de la Iglesia Papías, que según Eusebio vivió en el siglo II, dijo que ‘Mateo ordenó las sentencias en lengua hebrea’. De igual manera pone en boca de Orígenes que el primer evangelio que se escribió fue el de Mateo y ‘lo compuso en lengua hebrea para los fieles procedentes del judaísmo’. Lo mismo indica Jerónimo a finales del siglo IV, aunque repite lo que ya estaba escrito.

    Si realmente Mateo hubiera profesado el judaísmo, no habría consultado la Septuaginta griega para tomar textos que incluyó en su evangelio como si fueran profecías acerca de Jesús de Nazareth. Un judío o una persona afín al judaísmo hubiera consultado las Escrituras hebreas, no las griegas. Pero si Mateo consultó la Septuaginta griega para escribir su evangelio, quiere decir que lo hacía porque no sabía hebreo y por tanto no pudo escribir en hebreo, diga lo que diga Eusebio por boca de los padres apostólicos que se inventó y digan lo que digan los teólogos de todas las épocas. La realidad es que los padres de la Iglesia son producto de la pluma de Eusebio de Cesarea y mediante ellos trataba de demostrar que los papas eran los sucesores de los apóstoles.

    Una de las citas más controvertidas que hace el escritor del primer evangelio en Mateo 1:22 y 23 es la del pasaje de Isaías 7:14. Tal cita ha sido tomada de la versión de la Septuaginta en griego y no de la versión hebrea. Tomar la cita de las Escrituras hebreas y no de las griegas hubiera sido lo más lógico de haber sido judío el escritor del mencionado evangelio, que además se dice que escribió para los judíos y no para los gentiles. En Mateo se lee, relativo al nacimiento de Jesús en Belén: ‘Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa Dios con nosotros’ (Biblia de Jerusalén). Ya de entrada es de observar que al recién nacido en Belén no se le impuso el nombre de Emmanuel, sino el de Jesús.

    El texto de Isaías 7:14, tal como lo presentan las versiones bíblicas basadas principalmente en la Septuaginta, dice: ‘Por tanto el mismo Señor os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y parirá hijo, y llamará su nombre Emmanuel’ (Biblia Reina-Valera). Las versiones basadas en las Escrituras hebreas o Tanaj ofrecen el versículo de Isaías en términos algo diferentes, pero que vienen a ser idénticos a los que publica la Sociedad Bíblica en ‘La Biblia por Internet’: ‘Pues el Señor mismo os va a dar una señal: La joven está encinta y va a tener un hijo, al que pondrá por nombre Emanuel’ (Isaías 7:14).

    Dos importantes diferencias con la Septuaginta se aprecian en la biblia hebrea, de la que la Septuaginta es una traducción al griego, aunque no todo lo fiel que pudiera desearse. La primera diferencia es que las versiones hebreas especifican que la mujer ‘está encinta’, es decir, que el relato habla en tiempo presente y no futuro. En cambio, las versiones basadas en la Septuaginta indican que la mujer ‘concebirá’, hablando de un tiempo futuro. La segunda y no menos importante diferencia estriba en que las versiones griegas de Isaías 7:14 hablan de ‘la virgen’, en tanto que las hebreas mencionan ‘la joven’. Se trata de un error, posiblemente no involuntario, en la traducción del hebreo al griego del libro de Isaías.

    En las Escrituras hebreas, Isaías 7:14 emplea la palabra ‘almah’. Este vocablo se refiere en términos generales a una mujer joven, sin especificar si es virgen o no. Puede ser una mujer soltera o casada, pero joven. Hemos de tener en cuenta que la virginidad no es exclusiva de la juventud. Una mujer anciana puede haber permanecido virgen toda su vida. De manera que el vocablo hebreo ‘almah’ se traduce apropiadamente al castellano por ‘la joven’. Si Isaías 7:14 se hubiera referido a una virgen, hubiera empleado la palabra ‘betulah’, que en castellano se traduce por ‘virgen’; pero el caso es que la palabra hebrea que figura en el precitado versículo es ‘almah’, mujer joven, y no ‘betulah’, mujer virgen. Isaías se estaba refiriendo a su propia joven esposa y al hijo al que puso por nombre Emmanuel.

    Cuando los setenta y dos sabios (comúnmente llamados ‘los setenta’) que tradujeron las Escrituras hebreas al griego se toparon con Isaías 7:14, el término hebreo ‘almah’ lo vertieron con la palabra griega ‘parthenos’, que se traduce por ‘virgen’. Si bien en contadísimos casos la palabra ‘parthenos’ se ha aplicado a una joven que dejó de ser virgen recientemente, como en el caso de Dina, lo cierto es que ‘parthenos’ reviste siempre el significado de ‘virgen’. Lo más apropiado es que el vocablo griego ‘parthenos’ se hubiera aplicado a la palabra hebrea ‘betulah’, si hubiera sido ésta la palabra recogida en Isaías 7:14; pero el caso es que, erróneamente o no, se tradujo la locución hebrea ‘almah’ mediante la griega ‘parthenos’.

    Posteriormente, cuando se transcribió de la Septuaginta griega al latín, el término griego ‘parthenos’ se vertió como ‘virgo’, de donde la traducción castellana a su vez asumió la palabra ‘virgen’. Si se hubiera traducido imparcialmente el pasaje de Isaías 7:14 directamente del hebreo al castellano, se hubiera empleado la palabra ‘joven’ y no ‘virgen’. Y si el escritor del evangelio de Mateo se hubiera guiado por la versión hebrea de las Escrituras, hubiera empleado la palabra ‘joven’ y no la de ‘virgen’; pero, puesto que el escritor de Mateo no era judío ni consultó las Escrituras hebreas, vertió en su evangelio el pasaje de Isaías de la traducción griega de la Septuaginta, y de ahí que hoy crean los fieles que Jesús nació de una virgen.    

 

viernes, 9 de diciembre de 2016

¿Jesús de Nazareth o Jesús de Belén? (y 2)


 

    Si Nazareth se fundó entre los siglos II y III, es patente que Josefo no la mencionara en sus escritos del siglo I. Tampoco la menciona el Talmud judío, comenzado a escribir hacia el año 200. El Talmud cita 63 poblaciones de Galilea y entre ellas no aparece Nazareth, lo cual es extraño, pues, teniendo Nazareth sinagoga, según el evangelio, los judíos que escribieron el Talmud así como Josefo deberían por fuerza haberla mencionado. Es evidente que Nazareth no existía, de otra manera hubiera aparecido en los listados de Josefo y del Talmud. Además las excavaciones realizadas en Nazareth dieron como resultado que en el siglo I solamente había tumbas en el subsuelo. No se descubrieron ruinas de población alguna de ese primer siglo.

    Existe un mapa fechado en el año 333 (IV siglo) con la ruta turística que los peregrinos habían de seguir en Tierra Santa. El mapa se conoce como ‘Itinerario Burdigalense’. Recoge distintas ciudades, incluídas Belén y Jerusalén, y menciona las poblaciones que han de seguirse a partir de Belén. En el mapa no figura Nazareth, lo que significa que en el año 333 no se sabía que Nazareth fuera la patria de Jesús y se evidencia que el hecho no aparecía en los evangelios. Probablemente fue Jerónimo quien a finales del siglo IV insertó a Nazareth en los evangelios, los cuales reestructuró a conveniencia de la Iglesia.

    Por tanto en los años en que se supone que vivió Jesucristo no existía la población de Nazareth. Si los evangelios la citan es porque los mismos fueron escritos en el siglo IV y no antes, ya que Nazareth comenzó a ser mencionada a principios de ese siglo IV y su sinagoga fue erigida cerca de finales del siglo III. Los escritores de los evangelios suponían que Nazareth tenía siglos de existencia, al igual que la sinagoga.

    Se atribuyen los evangelios a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Sin embargo tal atribución es producto de la pluma de Eusebio de Cesarea en el siglo IV, quien también escribió la Historia Eclesiástica, invención mediante la cual pretendía hacer ver que los obispos eran los sucesores de los apóstoles. Eusebio se inventó asimismo a los Padres de la Iglesia, excepto algunos, como Orígenes, a quien interpoló y le colgó escritos supuestamente cristianos. De estos Padres la Historia seglar nada sabe en absoluto. Eusebio puso en boca de estos Padres la existencia de Jesús de Nazareth y los apóstoles, de acuerdo con las órdenes del emperador Constantino y Osio de Córdoba, que tenían en mente el objetivo de crear una religión común para todos los súbditos del Imperio. Con su Historia Eclesiástica, Eusebio también quería demostrar que los evangelios fueron escritos en el siglo I.

    Del Nuevo Testamento de Eusebio se hicieron en el siglo IV cincuenta copias para las bibliotecas del Imperio. Sin embargo, algo contenían estas copias escritas en griego que pronto fueron retiradas de la circulación. Probablemente Eusebio denunciara mediante acrósticos en las líneas de texto que lo escrito era totalmente falso. El caso es que en los años ochenta de aquel siglo el Papa le encargó a Jerónimo que rehiciera los evangelios y cartas apostólicas, y así produjo la Vulgata latina. No se trató de una simple traducción del griego al latín, como se dice, sino que fue una absoluta reelaboración de los textos griegos de Eusebio.

    El códice Sinaítico es posiblemente una de aquellas copias de Eusebio que sobrevivieron a la quema. Por esa razón es tan diferente de los demás códices que se redactaron a partir de la Vulgata de Jerónimo y que se hicieron pasar por más antiguos. Hay quien afirma que la Vetus latina es anterior a la Vulgata. La Vetus es un conjunto de hojas sueltas que los propios eclesiásticos copiaban de la Vulgata, cada cual según entendía.

    Pero si Jesús no podía ser de Nazareth por la sencilla razón de que el núcleo poblacional no comenzó a existir antes de mediados del siglo II, tampoco pudo haber nacido en Belén. Aparte de que las historias evangélicas se urdieron en el siglo IV y se les dio carácter retroactivo, los padres de Jesús, María y José, no pudieron haberse empadronado en Belén. El escritor del evangelio de Lucas, que desconocía las costumbres y leyes judías y romanas del primer siglo, se equivocó al decir que José y María tuvieron que empadronarse en Belén, de donde hipotéticamente eran oriundos.

   Los empadronamientos o censos eran convocados a efectos de la recaudación de tributos en cada una de las poblaciones y ello no suponía que las familias tuvieran que desplazarse a sus ciudades de origen para empadronarse. El censo se realizaba con vistas al cobro de impuestos de las personas que trabajaban y vivían en la población, sin importar si hubieran nacido en otro lugar. Los ciudadanos no tenían, pues, que viajar a sus lugares de nacimiento. Por tanto, si José y María vivían en Nazareth, como dice el evangelio, no tenían por qué ir a Belén a empadronarse.

    Aparte de ello, está demostrado que el censo de Cirino del que habla el evangelio tuvo lugar en el año 6 de nuestra era y no afectaba a Galilea. Por otro lado también está demostrado por la Historia que Herodes murió en el año 4 antes de nuestra era, que corresponde al año 750 de la fundación de Roma. Supuestamente Jesús tendría unos 3 años cuando Herodes murió. Quiere decir que, al tiempo del censo mencionado en el evangelio, Jesús tendría unos 12 años. Ello evidencia que los tardíos escritores de los evangelios no estaban al tanto de los tiempos pasados y tuvieron que tomar datos mediante la consulta de libros o rollos en alguna biblioteca, probablemente en Cesarea, aunque no calcularon correctamente los años para enmarcar su historia.    

    Solamente los evangelios atribuidos a Mateo y a Lucas informan del nacimiento de Jesucristo en Belén de Judea. Los evangelistas Marcos y Juan lo silencian, así como todas las epístolas. Da la impresión de que a los evangelios de Mateo y Lucas les fueron añadidos los dos primeros capítulos, al igual que al de Juan los primeros 18 versículos. Sin estos capítulos y versículos, los cuatro evangelios principiarían con la predicación de Juan el Bautista en el desierto, tal como lo hace el evangelio de Marcos.   

    De la evidencia de la Historia seglar documentada se deduce que Jesucristo no pudo haber vivido en Nazareth porque la población no existía en el siglo I. Ni el historiador Josefo (siglo I) ni el Talmud (siglo III) mencionan a Nazareth, a pesar de que el evangelio dice que Nazareth tenía sinagoga. Tampoco Jesucristo pudo haber nacido en Belén porque el empadronamiento del que habla el evangelio aconteció más de una década después del supuesto nacimiento de Jesús. Realmente Jesús ni era de Nazareth ni era de Belén.

lunes, 5 de diciembre de 2016

¿Jesús de Nazareth o Jesús de Belén? (1)


    Los fieles en general creen que los apóstoles eran judíos. Según se desprende de los evangelios, eran galileos y casi todos ellos pescadores de profesión. Jesucristo los eligió como tales en tierras de Galilea. Sus nombres: Simón Pedro, Andrés, Santiago de Cebedeo, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago de Alfeo, Judas Tadeo, Simón el cananeo y Judas Iscariote. No se descarta que Judas Iscariote fuera natural de Judea. Que practicaran el judaísmo, ése es otro tema; pero lo cierto es que, salvo uno, los apóstoles, según los evangelios, no eran de Judea.

    De igual manera se cree que Jesucristo era judío. La verdad es que, aunque nació en Judea por las circunstancias, Jesucristo era galileo. De ahí que los evangelios le conozcan como Jesús de Nazareth y no como Jesús de Belén. Jesucristo nació en Belén debido al viaje de empadronamiento que realizaron sus padres, según el evangelio de Lucas; pero tras el nacimiento y la presentación del Niño en el Templo, la familia regresó a Nazareth, de acuerdo con el evangelista Lucas. Sin embargo Mateo dice que la familia huyó a Egipto para escapar de Herodes, aunque especifica que, tras el regreso de Egipto y por temor a Arquelao, que reinaba en Judea, se retiró a Nazareth.

    Ocurre algo extraño con la población de Nazareth que los evangelios atribuyen a Jesucristo como su ciudad. Mateo escribe que ‘será llamado nazareno’ para cumplir la profecía. Sin embargo no se detecta pasaje alguno en las Escrituras que digan eso. Todo lo más el texto de Mateo podría remitir a los profetas Isaías y Jeremías, que hablan de un ‘brote’, palabra que pudiera significar ‘nazareo’, es decir, algo consagrado a Dios. Sin embargo quien escribió el evangelio de Mateo, que se evidencia que no era judío, debió de confundir las palabras ‘nazareo’ y ‘nazareno’. Y al emplear la palabra ‘nazareno’ dedujo que Jesús era de Nazareth, cuando en realidad debió haber dicho que Jesús era ‘nazareo’, es decir, consagrado a Dios. Pero en modo alguno de Nazareth, si bien la palabra Nazareth tiene su origen en el vocablo ‘nazareo’.

    El historiador Flavio Josefo, nacido en Judea, menciona  en las postrimerías del siglo I cuarenta y cinco poblaciones de Galilea; pero no cita entre ellas a Nazareth, y eso que Josefo estuvo destinado en Galilea como comandante. Tan extraño silencio los teólogos lo atribuyen a que Nazareth no era población importante y por eso Josefo no la menciona en sus escritos. Sin embargo Josefo sí menciona poblaciones galileas que eran simples aldeas. Además el evangelio de Lucas dice que Nazareth tenía sinagoga y en ella leyó Jesús parte de las Escrituras.

    El asunto es que, si Nazareth tenía sinagoga, era una población importante. Solamente las poblaciones importantes tenían sinagoga, aunque no tuvieran gran número de habitantes. Hemos de aceptar, pues, que Nazareth era una urbe de cierta importancia; pero Josefo no la menciona. ¿Por qué? La razón es evidente: Josefo no sabía que existía Nazareth, a pesar de que vivió en Galilea. ¿Y por qué Josefo no sabía que existía Nazareth? Para ello hemos de acudir a la evidencia histórica.    

    Jerusalén fue destruída por los romanos en el año 70 de nuestra era. También destruyeron el Templo. En el 73 caía Masadá. Pero ya antes, en el año 67, los romanos habían matado a miles de habitantes de la ciudad de Jafa, en Galilea. Los muertos de Jafa fueron enterrados casi dos kilómetros hacia el norte, en una gran planicie bajo una colina. Con el paso del tiempo Jerusalén volvió a poblarse; y en el año 135 los romanos volvieron a devastar la ciudad, dada la sublevación de sus moradores.

    Hubo familias que en el 135 consiguieron escapar de Jerusalén, entre ellas la familia de una de las divisiones sacerdotales que, aunque no tenían Templo, sí prestaban servicio religioso. Esta familia consagrada a Dios, o personas que se consideraban ‘nazareos’ (dedicados a Dios) emigraron hacia las tierras de Galilea y se establecieron justamente en la ladera de la colina a cuyo pie se extendía la planicie donde cerca de setenta años atrás fueron enterrados los muertos de Jafa. Aquella planicie no era otra cosa que el cementerio de la antigua Jafa. La familia sacerdotal se instaló, pues, en la ladera de la colina que daba al cementerio, la cual se consideraba tierra de nadie.   

    No sabemos de cuántas personas se componían los miembros de aquellas familia; pero evidentemente eran muy pocos. Allí construyeron su casa y con el tiempo, probablemente buscando cónyuge entre los habitantes de la cercana Jafa, se fundaron nuevas familias que también construían sus casas junto a la primera. Aquel núcleo urbano fue creciendo hasta que en el último cuarto del siglo III, un siglo y pico después de que la familia sacerdotal se instalara en la ladera de aquella colina, se fundó la sinagoga. Esa población creciente fue llamada Nazareth, la cual comenzó su andadura a mediados del siglo II y no se la menciona en los escritos hasta principios del siglo IV.    

    Surge, pues, una pregunta incómoda: ¿Cómo es que los evangelistas hablan de Nazareth si en el siglo I no existía esa población y por esa razón Josefo no la menciona? Hemos de llegar entonces a la inevitable conclusión de que los evangelios no pudieron haber sido escritos en el siglo I, sino en el siglo IV, que es cuando poco antes se empezó a conocer la existencia de Nazareth, a raíz de tener sinagoga. Si hubieran sido escritos los evangelios en el siglo I, en absoluto mencionarían a Nazareth. No existiría, pues, la expresión ‘Jesús de Nazareth’. Tampoco diría el evangelio de Lucas que Jesús entró en la sinagoga de Nazareth para leer un pasaje del profeta Isaías, ya que tal sinagoga no se fundó hasta casi finales del siglo III. Es evidente que los evangelios fueron redactados a partir del siglo IV. Pero, ¿quién o quiénes en realidad pudieran haber sido sus autores?   

    A raíz del edicto de Milán el emperador Constantino ordenó que fueran llevados a su presencia todos los libros religiosos del Imperio. Estos volúmenes fueron destruídos, no sin antes haber encargado Constantino a Eusebio de Cesarea y a Osio de Córdoba que extractaran todo ello y lo fusionaran, creando un único personaje central al que en adelante había que venerar como dios en todo el Imperio, a fin de que hubiera una sola religión. Eusebio y Osio dieron así origen a los evangelios y demás escritos del Nuevo Testamento, haciéndolos pasar por más antiguos.

    Debido a que no investigaron a fondo, se colaron multitud de discrepancias en los evangelios. Y en el caso de la población de Nazareth, creyendo que la misma tenía varios siglos de antigüedad, se la atribuyeron a Jesucristo y pusieron en boca del evangelista Mateo aquello de ‘será llamado nazareno’, dando por hecho que la palabra nazareno significaba ‘natural de Nazareth’. (Continúa en la parte 2).

sábado, 3 de diciembre de 2016

El betelita despedido (y 3)

 

    Conviviré con los pobres lo que me queda de vida. Al menos seré relativamente libre, aunque esté esclavizado a la pobreza. Mientras estaba en Betel no era libre. Eso significa que no conocía la verdad, porque el evangelio dice que ‘conoceremos la verdad y la verdad nos libertará’. Pero si no era libre, quiere decir que no conocía la verdad. Ninguno de los que pasamos por Betel conocimos la verdad, dado que éramos esclavos de una Organización que nos robó el tiempo y las energías.

    Siempre me llamó la atención la carta 16 del Tarot, ese juego que llaman diabólico. Nunca lo he tomado en serio, excepto esa concreta carta. En la carta, un rayo destruye la torre y echa abajo a sus habitantes. Lo gracioso es que la Organización emplea las siglas JW, que en la gematría hebrea y griega indican respectivamente los números 10 y 6. Ambas letras suman 16 y eso remite a la carta 16 del Tarot, donde claramente se destruye la torre. Sin duda, una clara alusión a la Torre Atalaya que se levanta como si fuera la mansión de Dios. ¿De dónde vendrá su destrucción? No lo sabemos; pero vendrá. Sus pecados se han amontonado hasta llegar al cielo.

    Ya de momento la Organización está sufriendo sus penurias al comprobar su escasez económica. La alarma es más grave de lo que creemos. De ahí que se tenga que recortar drásticamente. Pero recorta precisamente la ayuda a los predicadores de tiempo completo que son los que más gente atraen a la Organización. Estos predicadores tendrán que valérselas ahora por su cuenta y evidentemente dedicarán menos tiempo a la predicación, lo que significa que se captarán muchos menos miembros. Y una organización sin miembros que la sostengan está destinada a caer. También recorta la construcción de salones del reino. Si no se construyen nuevos salones, quiere decir que la obra decrece, aunque a las congregaciones se las esté encajando en megasalones, generalmente a las afueras de la población. Llegará un momento en que esos megasalones se quedarán sin espacio para albergar más congregaciones.

    La impresión de literatura se ha reducido prácticamente a la mitad, por lo menos las revistas. Eso demuestra que no hay dinero suficiente para papel y tinta. Y no hay dinero porque, como aseguró públicamente uno de los miembros del Cuerpo Gobernante, los ingresos son inferiores a los gastos. Ya nos contarán qué hace una empresa cuyos gastos superan a los ingresos. Y como los gastos superan a los ingresos, por esa razón nos echan de Betel a los que lo dimos todo y ahora no tenemos edad ni fuerzas para continuar sirviendo. Por lo menos deberían darnos techo y comida por tantos años de servicios prestados. El mundo que llaman de Satanás lo hace: ampara a los pobres. En cambio la que a sí misma se llama la Organización de Jehová, ésa ni atiende a sus propios hermanos necesitados. ¿Dónde está el amor que tanto predican? No, ésta no puede ser la Organización de Jehová o de Cristo. No demuestra amor en absoluto. Solamente le sonríe a quien puede serle útil y que también donará medios económicos y acatará cuanto se le diga y ordene. Si no es así, tal individuo es expulsado.

    Yo también me considero expulsado, ya que he sido oficialmente despedido de Betel. Para el caso viene a ser lo mismo despedido que expulsado. Si no me quieren para las duras, tampoco para las maduras. Y como yo, unos cuantos miles más que el Cuerpo Gobernante considera como ceros a la izquierda. Para estos tipos no somos más que números. Solamente quieren gente que les llene los bolsillos. Pero los bolsillos están cada vez más vacíos y llegará un día en que definitivamente la Organización de los testigos de Jehová no tendrá suficiente estructura para mantenerse en pie.

    Ya la reducción de las tiradas de literatura es un precedente. Si la literatura se reduce más, por falta de medios, el poder de convicción de la Organización también se reduce y los pocos nuevos que entren en las filas hasta podrán contarse con los dedos de una oreja. Tampoco habrá gente nueva que sirva en Betel cuando los viejos sean despedidos. Ayudados por las contribuciones de los de afuera, los que estuvimos dentro éramos los que en realidad manteníamos el tinglado.     

 

jueves, 1 de diciembre de 2016

El betelita despedido (2)


    Decididamente, el Armagedón no llegará. Todo es un mal entendido de la lectura de la Biblia. No hay Armagedón a la vista y todos nosotros nos moriremos, si no de viejos, de pesadumbre y miseria. He perdido toda mi vida dando mi tiempo, mis energías y mi futuro a una Organización que de ninguna manera pudo nombrar Cristo como su vocero. Una Organización que al final me echa a la calle como a un perro. Me está bien empleado, por no haber utilizado libremente el intelecto. Y a todos los demás que conmigo son despedidos de Betel también les está bien empleado, por dejarse engañar.

    Recuerdo ahora el Salmo que dice: ‘No confiéis en el hombre’. Debí haberlo leído antes de entrar en Betel. De todas maneras pensaba que, confiando en la Organización, no confiaba en el hombre. Al final he confiado en el hombre, he confiado demasiado y no he tenido tiempo de pensar en mí y en mi futuro. Y el futuro ya lo tengo encima. Estoy en la calle, como un mendigo. Es el pago a mis cuarenta años de servicio. Por la edad no soy tan viejo; pero me han explotado tanto en Betel que me encuentro cansado.

    No sé lo que duraré. No mucho, a juzgar por las circunstancias. En la Biblia leí que Dios no abandona a los suyos. Ya veo que sí, aunque no creo que Dios se haya enterado de esto. El está demasiado lejos, si es que realmente está o existe. Más bien creo que he sido uno de tantos millones de engañados por un culto que se hace pasar por el vocero de Dios. En realidad es una empresa como tantas otras. Solamente vela por su dinero. Y nosotros los engañados hemos sido sus conejillos de indias. Hemos trabajado gratis y sin derecho a pensión el día de mañana. Y ese día de mañana es hoy, cuando me echan a patadas de Betel. Le he dicho a la cara a un tipo del Cuerpo Gobernante que, si yo soy viejo, más viejo es él y no lo echan. Se enfadó de tal manera que quiso formarme un comité judicial; pero, sabiendo que me quedaba poco para abandonar Betel, se frenó. Solamente me dijo que cuanto antes me fuera, mejor. Y eso es lo que hago.

    Estoy empacando lo poco que tengo para salir de ahí mañana mismo. Me enfrentaré a la vida. Es la primera vez que en realidad me enfrento a ella. No tendré más remedio que vegetar, ya que para vivir no me alcanzan los medios. No voy a darle la tabarra a ningún hermano, pues no me ampararía con gusto, a pesar de que la Biblia dice que ‘Dios ama al dador alegre’. La gente del mundo, en la figura del Estado benéfico, me atenderá mejor. Al menos no me faltará techo, comida y ropa. Ni me faltará una pequeña pensión no contributiva. Si es por la Organización de los testigos de Jehová, me moriría de hambre y frío en un rincón de la calle. He comprobado que ésta no es la Organización de ningún Jehová, pues demuestra que no tiene amor. El amor es aparente, de sonrisa para afuera. Yo lo he dado todo por ella y así me trata ahora, a mí y a otros muchos conmigo. Ya no les servimos para nada y nos plantan en la calle sin más retribuciones.

    El Armagedón me alcanzará. Nos alcanza a todos cuando nos llega la hora. Bastante Armagedón tengo con lo que me espera. No creo que la furia de un Dios fuera peor. ¿Y por qué tendría que ponerse furioso un Dios que ni sabrá si existe la Tierra? Pienso que en realidad somos el producto de alguna inteligencia venida de no se sabe dónde y que cambió los cromosomas a algún tipo de mono antiguo que era más espabilado que cualquier otro mono de su generación. ¡Ah, la generación..! Hasta eso han cambiado los jerifaltes del Cuerpo Gobernante. Cambian de doctrina como de americana para que no decaiga el imperio económico al que sirven y del que dependen. Son todos unos chaqueteros sin escrúpulos. Lo están demostrando.    

 

viernes, 25 de noviembre de 2016

El betelita despedido (1)


    Hola, soy Robert y he servido en el Betel central de los testigos de Jehová por cuarenta años. Lo que motivó mi decisión fue que el Armagedón estaba a punto de llegar y de poco me iba a servir el trabajo seglar. Así que me despedí de la empresa en la que tenía un trabajo fijo y en principio me dediqué a predicar de tiempo completo. Después solicité el ingreso en Betel y me admitieron. He rotado por todos los departamentos y últimamente, dado mi delicado estado de salud, me pasaron a las oficinas. Serví también como anciano de una congregación cercana. Hace dos semanas recibí la carta del Cuerpo Gobernante en la que me comunica que, por la mala situación financiera que atraviesa la Organización, aparte de mi avanzada edad, tengo que dejar Betel en el plazo de un mes. Se me cayó el alma a los pies.

    ¿A dónde podía ir, si no tenía casa ni familia ni trabajo? ¿Habrá algún hermano que me dé alojamiento en su casa? Ni siquiera pude ahorrar unos dólares para la vejez, pues lo que me pagaban era para ayudarme en algunos gastos que la cantidad que me daban a duras penas cubrían. Cierto que tenía alojamiento y comida. Faltaría más, después de trabajar sin sueldo y sin seguridad social. Algunos hermanos pudientes, menos mal, me proporcionaban ropa y calzado que ya no usaban. En estos cuarenta años solamente he tenido dos trajes que aún conservo. Lo poco que poseo no llena la maleta que me ha prestado un hermano joven que se queda en Betel.  

    A los pocos años de estar en Betel me desanimé un poco, ya que el Armagedón no llegaba. Se me dijo que sin falta llegaría, que solamente era cuestión de esperar y no aflojar el paso. A lo más tardar, el Armagedón llegaría antes de que terminara el siglo XX. Lo leí en las publicaciones, aunque también me lo aseguró de palabra un miembro del Cuerpo Gobernante. En esa esperanza estaba; pero pasó el siglo XX y el Armagedón tampoco vino. Esto me decepcionó profundamente. Tentado estuve de solicitar mi baja y ponerme a trabajar fuera. Pero sabiendo lo mal que estaba la situación laboral en la calle y el hecho de que a mi edad difícilmente conseguiría colocarme, opté por aguantar dentro de Betel, aún a sabiendas de que algo andaba mal.

    Empecé a tener serias dudas acerca de la Organización, pues nunca se cumplían las profecías que desde finales del siglo XIX se proclamaban a los cuatro vientos. Me frenaba el texto de Proverbios 4:18, que dice que ‘la luz se hace más brillante’. Tal vez por eso lo que se predicaba años atrás quedaba sin efecto. Y llegaba un nuevo conocimiento que daba esperanzas, aunque al cabo del tiempo también se cambiaba por aquello de que ‘la luz se hace más brillante’. La luz se hace más brillante y las doctrinas siempre se andan cambiando. Y el Armagedón que predicamos no termina de llegar. ¿Estaremos realmente equivocados en la interpretación de los textos bíblicos? ¿Seremos falsos profetas?

    Pero el caso es que tengo que salir de Betel en breve tiempo y no sé a dónde ir. No tengo familia, no tengo casa, no tengo trabajo. La pensión no contributiva que me dará el Estado será la mínima y no me cubrirá ni el alquiler de una vivienda digna. Pudiera aceptar la caridad de los hermanos en cuanto a ropa y comida. Pero ¿soportarán los hermanos darme de comer durante el resto de mi vida? Puede que algún hermano también me dé habitación en su casa, aunque tenga que entregarle mi pensión para contribuir a sus gastos. ¿De verdad habrá algún hermano que me acepte sin más? Lo dudo. Cada cual tiene sus problemas y sé que los hermanos están atravesando una crisis severa y muchos no tienen trabajo.

    No tendré más remedio que ir al comedor social y pedir ropa y calzado a la caridad pública. Me conformaré con un cuartucho para dormir por importe inferior a mi pensión, si es que no hay plaza en el albergue para personas sin techo. No sé qué hacer con la literatura. No puedo llevarla conmigo porque abulta lo suyo y no tengo fuerzas para acarrear otra maleta solamente con libros y revistas. Tendré que dejarla en Betel. No creo que vaya más a las reuniones. Si me amparo en la caridad pública, pasaré inadvertido para los hermanos. Por un lado estoy contento porque no me obligo a acudir a salón alguno del reino o de asambleas. Nadie notará mi falta. Y si la notan, ¿qué puede importarles un viejo? Si no importo en Betel, tampoco en ninguna congregación. (Continúa en parte 2). 

 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

2.520 años de numerología ocultista (y 2)


 

    En el año 1844 el escrutador bíblico Edward Bishop Elliot publicó su libro ‘Horas con el Apocalipsis’. Elliot fue el primero en afirmar que los siete tiempos de Daniel, contrariamente a lo que había publicado Brown en 1823, iban del 606 a.e.c. a 1914, año éste del regreso de Cristo y de la destrucción de los gobiernos humanos. Pero Elliot se equivocó en un año de menos al realizar el cálculo, ya que entre el 606 a.e.c. y 1914 median 2.519 años. Escrutadores posteriores a Elliot aceptaron las fechas 606 a.e.c. y 1914 como el lapso de 2.520 años de los siete tiempos de Daniel.

    El libro de Elliot lo leyó el adventista Barbour hacia el año 1870 y aceptó del mismo, entre otras, la fecha del 606 a.e.c., pero no como la del inicio de los 2.520 años de los siete tiempos de Daniel. Con reservas aceptó también la fecha de 1914, aunque para él no era el año del regreso de Cristo. Dicho regreso se daría en 1873, pero Cristo no llegó, como Barbour esperaba, y trasladó su venida a 1874. Tampoco apareció el esperado Cristo. Finalmente Barbour concluyó que Jesucrito sí había comenzado su reinado, aunque en el cielo y, por tanto, para él se trataba de una presencia invisible de Jesucristo en su reino celestial.

    En 1876, a raíz de haber recibido la revista de Barbour, ‘El Heraldo de la Mañana’, contactó con él Charles T. Russell, que fundaría el grupo de los Estudiantes de la Biblia. Russell aceptó sin rechistar las fechas y doctrinas de Barbour. Ya para entonces Barbour había admitido el año 1914 como el del regreso visible de Cristo a la tierra, en tanto que el año 1874 lo predicó como el de la invisible toma de poder real de Jesucristo en el cielo. Barbour le pasó a Russell como bíblicas las fechas 606 a.e.c. (año supuesto de la destrucción de Jerusalén), 536 a.e.c. (año supuesto de la liberación de los judaítas), 1874 (año supuesto del inicio del reinado de Jesucristo) y 1914 (año supuesto del regreso físico de Cristo a la tierra en la batalla de Armagedón).

    A partir de 1876, Russell predicó el año 1914 como el del advenimiento de Cristo y la batalla de Armagedón. No obstante, unos años antes se dio cuenta de que entre el 606 a.e.c. y 1914 no mediaban 2.520 años, sino uno menos, y pensó trasladar la fecha del Armagedón a 1915. En esa cuenta andaba cuando estalló la Gran Guerra y Russell pensó que la universal contienda desembocaría en el Armagedón aquel mismo año. Pasó 1914 y, constatando que Cristo no había venido a la tierra, trasladó la fecha de 1914 a 1915, año que también pasó sin que aconteciera la llegada de Cristo.

    Todos los predicadores del siglo XIX, especialmente Brown, Miller, Elliot, Barbour y Russell constataron amargamente que no se habían realizado sus expectativas del regreso de Cristo, a pesar de la extensa predicación que con tanto entusiasmo habían escenificado. No pudo hacerse realidad lo que esperaban, sencillamente porque fueron más allá de las cosas escritas en la Biblia y aceptaron y predicaron que Jesucristo aparecería tras cumplirse 2.520 años solares a partir de cierto año antes de la era presente, que en el caso de Brown fue el 604 a.e.c.; en el de Miller el 677 a.e.c., y en el de Elliot, Barbour y Russell, el 606 a.e.c. No pudo hacerse realidad lo que esperaban porque los 2.520 años fueron producto de la mente humana, que se basó en la numerología esotérica u ocultista que tanto enorgullece a quienes se consideran que tienen una mente privilegiada y creen saber más que la propia Biblia y que los propios congéneres.

    En 1943 el vicepresidente y teólogo único de la sociedad Watch Tower de los testigos de Jehová, Fréderick William Franz, adelantó un año la fecha de la supuesta destrucción de Jerusalén para que cuadrasen los 2.520 años, así como otro año la hipotética salida del destierro de los judaítas. Las fechas del 606 y 536 fueron adelantadas respectivamente al 607 y 537 a.e.c. De acuerdo con la lógica matemática, todo dato basado en un dato falso también es falso. Por tanto las fechas del 607 y 537 a.e.c., al estar basadas en las fechas falsas del 606 y 536 a.e.c., también son falsas.

    Del estudio imparcial de la Historia, la Arqueología y la Astronomía, aplicadas las tres ciencias al imperio neobabilonio, se deduce que Nabucodonosor subió al trono en el 605 a.e.c., siendo su primer año de reinado el 604 a.e.c., y por tanto su año 18, en que destruyó Jerusalén, correspondió al 587 a.e.c. Esta fecha está de acuerdo también con lo que escribe Josefo en su obra ‘Contra Apión’, donde dice que el nuevo templo, refiriéndose a los cimientos, se inició en el año segundo de Ciro, transcurridos cincuenta años desde la destrucción del templo anterior. Todos los historiadores calculan que el segundo año de Ciro correspondió al 537 a.e.c. Cincuenta años atrás llevan por consiguiente al 587 a.e.c. como año de la destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén.

    En conclusión, los 2.520 años que continúan predicando los testigos de Jehová son el resultado de acomodar el esoterismo, en este caso la numerología ocultista, a ciertos textos bíblicos. De aplicar realmente los 2.520 años, éstos habrían concluido en 1878, ya que se trata de años incorrectamente llamados proféticos, de 360 días cada uno, y no de años solares de 365 días. Por tanto la fecha de 1914 es del todo errónea y en tal año no aconteció ninguna toma de poder real por parte de Jesucristo, ni en el cielo ni en la tierra. Jesucristo ya tenía toda autoridad real en el cielo y sobre la tierra al tiempo de su ascensión, por lo que no precisaba un tiempo futuro específico en que fuera hecho rey, porque ya lo era desde que ascendió al cielo. De ahí que dijera que ‘todo poder le había sido dado en el cielo y en la tierra’.

    La fecha de 1914, así como la de 1874 para el inicio del reinado de Cristo y las del 606 y 536 a.e.c. para la destrucción de Jerusalén y salida del destierro babilónico, respectivamente, las recibió Russell en herencia del adventista Barbour. Russell, debido a su entusiasmo por pregonarlas y por su escaso conocimiento de la Biblia, no se paró a investigar si eran verídicas o no.

    El año 1914 continúa siendo la piedra angular de la doctrina de los testigos de Jehová. No aconteció en aquel año la llegada de Cristo ni el Armagedón que se predicaba, ni aconteció todo ello en 1925, 1942, 1975 o finales del siglo XX, como también se venía predicando bajo amenaza de expulsión de la congregación de quienes no lo aceptasen. No aconteció absolutamente nada de lo anunciado a bombo y platillo mediante página impresa y voz por la evidente razón de que todo cálculo aplicado a tales fechas está basado en numerología y especulación humana, y no en la Biblia.  

viernes, 18 de noviembre de 2016

2.520 años de numerología ocultista (1)


 

    Al igual que los adventistas, los testigos de Jehová enseñan la doctrina de los 2.520 años. Los Testigos creen que desde que fue interrumpida la monarquía judaica, presumiblemente en el año 607 a.e.c., hasta 1914, transcurrieron 2.520 años. En ese año de 1914 suponen que la monarquía fue reinstaurada en la persona de Jesucristo en el cielo. A los 2.520 años los llaman los ‘tiempos de los gentiles o de las naciones’ y para ellos estos tiempos tienen la misma duración que los siete tiempos del profeta Daniel.

    Los siete tiempos de Daniel y los tiempos de los gentiles son una misma cosa para los testigos de Jehová. Esta identificación de ambos tiempos como si fueran uno solo procede del adventista Nelson Horatio Barbour, que así se lo inculcó al fundador de los Estudiantes Internacionales de la Biblia, Charles Taze Russell, quien ciegamente aceptó de Barbour todas las doctrinas que tienen que ver con tiempos y fechas y no investigó si eran ciertas o no.

    Barbour confundió los siete tiempos de Daniel con los tiempos de los gentiles, cuando en realidad no tienen relación entre sí. Los siete tiempos de Daniel aplicaron única y exclusivamente a Nabucodonosor y se supone que duraron siete años de 360 días, no de 365 días, aunque la Historia no da razón de ellos. Y los tiempos de los gentiles se cuentan a partir de la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 de nuestra era. La Biblia no indica cuánto duran los tiempos de los gentiles ni dice que sean lo mismo que los siete tiempos de Daniel. Pero los testigos de Jehová han sido aleccionados a aceptarlos como si fueran lo mismo, prohibiéndoseles que utilicen su intelecto para investigar libremente la verdad que aquí se les oculta.

    Sea que los 2.520 años se refieran a los siete tiempos de Daniel o a los tiempos de los gentiles, surge una pregunta: ¿Se basan esos 2.520 años en la Biblia o son simplemente especulación humana fundamentada en la numerología esotérica u ocultista? El esoterismo es para los testigos de Jehová sinónimo de demonismo. Ya en la Edad Media los judíos especulaban, mediante barajar números y aplicar cifras de tiempos a los textos bíblicos, que el Mesías aparecería en tal o cual año del futuro.

    Daniel le aseguró al rey babilonio que sería destronado y comería hierba como una bestia durante siete tiempos, al cabo de los cuales volvería a ocupar el trono. Los exégetas han entendido que estos siete tiempos fueron siete años de 360 días, diferentes de siete años solares de 365 días cada uno. Pero algunos estudiosos judíos quisieron ir más allá de lo escrito e interpretaron que esos siete tiempos tendrían una mayor aplicación en el futuro y se referían a la venida del Mesías como rey libertador de la tierra de Israel.

    Para ello sacaron de contexto cierto pasaje de las Escrituras (Números 14:34) donde se dice que los israelitas pagarían por sus errores ‘un año por cada día’.  De la misma manera interpretaron Ezequiel 4:6 en el sentido de que habría que contar un año por cada día. Sin embargo el texto de Ezequiel no habla de observar un año por cada día, sino ‘un día por cada año’. Estimando ambos textos como una regla para medir ciertos días bíblicos, aunque Ezequiel habla de observar días en vez de años, aplicaron esto como norma general para medir tiempos bíblicos, aunque en el caso de los siete tiempos de Daniel no lo aplicaron rigurosamente. Los siete tiempos los entendieron como periodos variables de 1.260, 1.290 y 1.335 días, que elevaron a años. Así creyeron calcular que el Mesías aparecería en tal o cual fecha, algo que no sucedió.

    Esta interpretación judaica de los tiempos bíblicos la copiaron algunos estudiosos cristianos para tratar de saber cuándo vendría Jesucristo por segunda vez, en tanto que los judíos esperaban a su Mesías por primera vez. Fueron los protestantes los que tomaron en serio este cómputo basado en especulación numérica humana, creyendo que se trataba de entendimiento oculto en las Escrituras.

    Pasados los tiempos sin que apareciera el Mesías (y no apareció porque todo era teoría humana sin fundamento bíblico), en 1823 se dio un definitivo entendimiento al asunto de los siete tiempos de Daniel. El escrutador bíblico John Aquila Brown publicó en 1823 su obra ‘El Atardecer’ y en ella dio a conocer que los siete tiempos duraban exactamente 2.520 años, siendo Brown el primero en apuntar a esta cantidad de años. Hasta su tiempo se aceptaba por lo general que los siete tiempos duraban 1.260 años. Brown lo que hizo en principio fue duplicar esa cifra y la elevó a 2.520 años.

    Sin embargo, la realidad es que los 2.520 años salieron de realizar el siguiente cálculo: Los 7 tiempos que Daniel aplicó a Nabucodonosor se contaban como 7 años de 360 días, por lo que constaron de 2.520 días. Estos días los elevó Brown a años y así llegó a los 2.520 años. Pero estos 2.520 años los contó después erróneamente como años solares de 365 días, en lugar de años de 360 días, y así estableció que los 2.520 años comenzaron en el 604 a.e.c. y terminarían en 1917, año en que según Brown brillaría la gloria de Israel. Casualmente el ejército inglés liberó a Jerusalén a finales de 1917 y la teoría profética de Brown fue tomada en serio por algunos indagadores bíblicos.

    Esos 2.520 años fueron definitivamente aceptados por la mayoría de los escrutadores bíblicos del siglo XIX, aunque todos siguieron cometiendo el error de contarlos como 2.520 años solares de 365 días, en lugar de años de 360 días. De ser el caso, Brown debió haber operado con años de 360 días, ya que los 2.520 días de los 7 tiempos correspondían a años de 360 días y no de 365.

    Si los 7 tiempos de Daniel se hubieran contado por años solares, hubieran arrojado 2.556 días y no 2.520. Paralelamente, si Brown hubiera procedido en consonancia con los 2.520 días de Daniel, los 2.520 años hubieran terminado en 1881 y no en 1917. Para llegar a la fecha de 1917 Brown calculó años solares de 365,25 días. Si hubiera aplicado años ‘proféticos’ de 360 días hubiera llegado a la fecha de 1881, que hubiera sido lo más lógico.

    Por los años treinta del siglo XIX predicaba William Miller, fundador del adventismo, que Cristo vendría como rey y juez en 1843, que era el año al que llegaba tras aplicar los 2.520 años de rigor al 677 a.e.c. Como el Cristo no llegó, pospuso su venida para 1844 y tampoco llegó el esperado. Eso hizo que el movimiento adventista de Miller se fraccionase en varios grupos. Uno de sus discípulos fue el ya citado Barbour, que se separó decepcionado. (Continúa en la parte 2).
 
 
 

viernes, 11 de noviembre de 2016

La famosa tablilla cuneiforme VAT 4956


 

    Aún siguen midiéndose las fechas de los acontecimientos históricos partiendo del año de la caída de Babilonia: el 539 antes de la era cristiana (a.e.c.). Sin embargo el año en cuestión no se considera fecha absoluta, ya que no está comprobado astronómicamente. El 539 a.e.c. es fecha exacta, pero no absoluta. No obstante, hoy día ya se miden los tiempos de la Historia por la nueva fecha científica absoluta, la cual está corroborada por la Ciencia de la Astronomía. Se trata del año 568 a.e.c., catalogado precisamente como ‘fecha científica absoluta’. ¿De dónde sale este año? Se ha llegado a él gracias a la tablilla cuneiforme VAT 4956, de la que se han descubierto dos copias idénticas en las excavaciones de la antigua Babilonia.

    La tablilla VAT 4956 inicia su texto diciendo que está escrita en el año 37 de Nabucodonosor. En ella figuran, dadas en un lapso específico, veintiocho posiciones de los cinco planetas en aquel tiempo conocidos (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno), con relación a la Luna y ciertas estrellas. En trece de esas posiciones aparece la Luna. Los astrónomos tradujeron los datos de la tablilla a nomenclatura moderna e introdujeron todo ello en un sofisticado programa informático que calcula los eclipses y las posiciones astronómicas dentro de un periodo de 25.920 años. ¿Por qué ese largo periodo de 25.920 años?

    La Tierra tiene tres movimientos principales: el de rotación sobre su eje inclinado, cuya vuelta dura un día; el de traslación alrededor del Sol, que dura 365 ó 366 días, y el de precesión de los equinoccios, que dura 25.920 años. El movimiento de precesión se entiende si comparamos la Tierra con un trompo. El trompo gira sobre su eje inclinado al tiempo que se desplaza o traslada por el suelo. Un tercer movimiento del trompo es el del cabeceo de su eje inclinado.

    Pues bien, ese movimiento de cabeceo del eje en sentido circular es en la Tierra el movimiento de precesión. El eje de la Tierra apunta hoy a la estrella Polar de la Osa Menor; pero cada 2.160 años señala a una estrella guía diferente. Al cabo de 12 periodos de 2.160 años habrán transcurrido 25.920 años y el eje terrestre volverá a apuntar a la estrella Polar, salvo que un cataclismo de grandes proporciones lo impida. Durante esos 25.920 años las posiciones estelares son diferentes día a día. Solamente vuelven a repetirse al cabo de los 25.920 años.

    Los datos de la tablilla VAT 4956 que los astrónomos introdujeron en el programa informático profesional con el que habitualmente trabajan apuntaron inequívocamente al año 568 a.e.c. como fecha de las veintiocho posiciones estelares del año 37 de Nabucodonosor. Quiere decir que el 568 a.e.c. se corresponde con el año 37 de Nabucodonosor. Si sumamos 37 años al 568 a.e.c., llegamos al 605 a.e.c. como año de ascenso de Nabucodonosor al trono de Babilonia. El año 605 a.e.c. para la subida al trono de Nabucodonosor está asimismo corroborado por otras líneas de evidencia.

    Así, pues, el año 568 a.e.c. ha sido estimado por astrónomos, arqueólogos e historiadores como ‘fecha científica absoluta’ y es fecha que sirve hoy de pauta para calcular con exactitud las demás fechas de la Historia. La fecha comprobada del 568 a.e.c. está siendo acogida por todos los colectivos mundiales, excepto por los testigos de Jehová. ¿Por qué razón? Porque les echa por tierra la doctrina de que los judaítas estuvieron 70 años desterrados en Babilonia después de que Nabucodonosor destruyera Jerusalén en el año 18 de su reinado. Esa doctrina es la base de la fecha de 1914.

    Para los testigos de Jehová Nabucodonosor subió al trono en el año 625 a.e.c. y no en el 605 a.e.c., como lo demuestran la Historia, la Arqueología y la Astronomía. Y como Nabucodonosor fue contra Jerusalén en su año 18, la fecha de arrasamiento de la ciudad es para los Testigos el año 607 a.e.c., cuando históricamente ello aconteció en el 587 a.e.c. A la fecha del 607 a.e.c. le añaden los supuestos 2.520 años del tiempo de los gentiles y llegan así a 1914 como año del inicio del tiempo del fin y del reinado de Jesucristo en los cielos. La fecha del 607 sale de añadir 70 años al 537 a.e.c., año en que los testigos calculan que los judaítas salieron del destierro babilonio.

    ¿Qué ocurriría si los Testigos descubrieran que los desterrados de Jerusalén en el año 18 de Nabucodonosor no estuvieron 70 años en Babilonia? Ocurriría que la fecha de 1914, que es el eje de la predicación de los Testigos, se vendría abajo. ¿Y por qué los Testigos enseñan que Jerusalén cayó en el 607 a.e.c.? Porque esa fecha es un arreglo de la del 606 a.e.c. que el adventista Barbour le pasó a Russell y éste no investigó sobre su veracidad. Si Russell hubiera investigado, habría descubierto que Jerusalén cayó a manos de Nabucodonosor en el 587 a.e.c.   

    ¿Por qué no aceptan los testigos de Jehová la fecha 568 a.e.c. que se desprende de la tablilla VAT 4956? Porque el año 37 de Nabucodonosor les llevaría al 605 a.e.c. como inicio del reinado del mismo, y por tanto su año 18 desembocaría en el 587 a.e.c. Los Testigos solamente aceptan de la VAT 4956 las trece posiciones lunares y dicen sin más que las mismas se dieron en el año 588 a.e.c., a fin de que les cuadren las cuentas. Pero las posiciones de los astros que da la tablilla no se corresponden con las de ese año 588 a.e.c. Ni siquiera se corresponden las posiciones de la Luna. ¿Por qué no?

    La Luna tiene un periodo de traslación de 18 años y 10 días llamado Saros. Al cabo de ese tiempo la Luna la vemos en el mismo lugar del firmamento con respecto a las constelaciones. El periodo Saros del año 568 a.e.c. sí se correspondería con el que se dio en el 586 a.e.c., pero no con el del año 588 a.e.c. Pero si los Testigos admiten el año 586 a.e.c. como periodo Saros de la Luna con respecto a la tablilla VAT 4956, entonces se les descuadra la fecha de 1914, ya que habría que contar el año 37 de Nabucodonosor en el 586 a.e.c. y 37 años atrás les llevarían al año 623 a.e.c. como inicio del reinado de Nabucodonosor. El año 18 de este monarca les situaría a los Testigos en el 605 a.e.c. como año de la caída de Jerusalén y el cautiverio respectivo. Y si al 605 a.e.c. le añaden los famosos 2.520 años, ello les lleva a 1916 como año del inicio del reinado de Jesucristo en los cielos, quedándoles sin efectividad la fecha de 1914 en la que están anclados.   

    La tablilla VAT 4956 ha caído como jarro de agua fría a la enseñanza que tradicionalmente imparte el Cuerpo Gobernante de los Testigos de Jehová. Por la VAT 4956 y la Astronomía se demuestra que el año 37 de Nabucodonosor fue el 568 a.e.c. y no el 588, como enseñan los Testigos. La tablilla VAT 4956 realmente les descuelga la fecha de 1914, la cual está basada en la falsa fecha del 606 a.e.c. que dio a conocer el adventista Barbour.
 
 

jueves, 3 de noviembre de 2016

Nabucodonosor ascendió en el 605 a.e.c.


    El nuevo imperio de Babilonia tras la conquista definitiva de Asiria, cuando los babilonios ayudados por los medos tomaron la ciudad de Harrán y destruyeron su templo en el año 609 antes de la era cristiana (a.e.c.), duró 70 años. Por esa razón los historiadores aplicaron los 70 años al 609 y así llegaron en principio al 539 a.e.c. como año de la caída de Babilonia. Si se hubieran equivocado en la fecha del 609, también se habrían equivocado en la del 539 a.e.c., ya que entre ambas mediaban los 70 años de duración del imperio neobabilonio después de haber conquistado Harrán. El año 539 a.e.c. fue corroborado de varias maneras.

    La principal corroboración del año 539 a.e.c. parte del tiempo del inicio de reinado de Nabucodonosor. Cuatro años después de la toma de Harrán, por tanto en el 605 a.e.c., aconteció la batalla de Karkemis, en que los egipcios pretendían apoderarse de las tierras que Babilonia le había conquistado a Asiria. El príncipe heredero de Babilonia, Nabucodonosor, fue enviado por su padre Nabopolasar, que se hallaba enfermo en Babilonia, a pelear a Karkemis. Nabucodonosor salió victorioso de Karkemis y poco después murió Nabopolasar, siendo Nabucodonosor coronado como rey. El ascenso al trono de Nabucodonosor acaeció, pues, en el 605 a.e.c.

    La corroboración del 539 a.e.c. a partir del año de ascenso de Nabucodonosor al trono de Babilonia, es decir, del 605 a.e.c., se establece gracias a los listados de Beroso y Tolomeo, que han sido refrendados como exactos a raíz del descubrimiento de la lista de los reyes en Uruk, una tablilla cuneiforme descubierta en tierras de la antigua Babilonia. El historiador judío Josefo, del siglo I, también da en su obra ‘Contra Apión’ la misma relación de los reyes y tiempos de reinado que citan los anteriores listados.

    Los reyes que aquí importan son los siguientes: Nabucodonosor, que reinó 43 años; su hijo Evil Merodac, que reinó 2 años; un yerno de Nabocodonosor, Neriglisar, con 4 años de reinado; el hijo de este último, Labashi Marduk, que reinó pocos meses y se cuentan cero años por haber muerto este rey antes de su año primero de reinado; y finalmente reinó otro yerno de Nabucodonosor, Nabonido, durante 17 años. En su tiempo Ciro conquistó Babilonia. En total estos reyes estuvieron activos durante 66 años. Pues bien, los historiadores aplicaron esos 66 años al año primero de Nabucodonosor, es decir, al 605 a.e.c. y así corroboraron el 539 a.e.c. como año de la caída de Babilonia.

    Confirma la exactitud de los listados anteriores la estela de Adad Guppi, madre del rey Nabonido. Cuando murió, a los 104 años de edad, su hijo el rey le compuso la estela en la que se lee que Adad Guppi vivió, aparte de 25 años con reyes asirios y 21 años con Nabopolasar, los 43 años de reinado de Nabucodonosor, los 2 años de Evil Merodac y los 4 años de Neriglisar, cumpliendo ella entonces 95 años. La estela pasa por alto el breve reinado de Labashi Marduk, que no influye en el cómputo, y concluye diciendo que Adad Guppi murió en el año noveno de Nabonido, cumplidos los 104 años. Con Nabucodonosor, Evil Merodac, Neriglisar, Labashi Marduk y Nabonido, Adad Guppi vivió un total de 58 años. Como el año noveno de Nabonido fue el 547 a.e.c., si sumamos esos 58 años al 547 llegamos al 605 a.e.c. como año de ascenso de Nabucodonosor.   

    La fecha del 609 a.e.c. para la toma de la ciudad de Harrán y principio de los 70 años de duración del imperio neobabilonio se corrobora, entre otras, por la tablilla catalogada como Nabón 8. Dicha tablilla dice que se escribió en el año primero de Nabonido y que el rey tuvo un sueño en el que el dios Sin le ordenaba reconstruir el templo de Harrán, que  llevaba destruido 54 años. Como el año primero de Nabonido fue el 555 a.e.c. (su año de ascenso fue el 556 a.e.c.), 54 años atrás, sumados al 555, llevan al 609 a.e.c. como año de la destrucción del templo de Harrán al tiempo de ser conquistada la ciudad por los babilonios y los medos. La Historia corrobora que Harrán fue tomada en el 609 a.e.c. y los 70 años de dominio de Babilonia terminaron en el 539 a.e.c. con la caída del imperio ante Ciro.           

    Son decenas de miles las tablillas cuneiformes babilonias que corroboran la sucesión de los reyes ya citados y sus años de reinado, no siendo posible intercalar entre ellas ningún rey más ni otros años de reinado que no sean los que se listan. Todas las tablillas dan un total de 66 años de reinado a los reyes comprendidos entre Nabucodonosor y Nabonido. Y todas las tablillas que se descubren no hacen más que corroborar esos precisos reyes y años de reinado. Todas las tablillas están de acuerdo con los listados de Beroso, Tolomeo, la lista de los reyes en Uruk y la estela de Adad Guppi. Y dado que Babilonia cayó en el 539 a.e.c., 66 años atrás llevan inexorablemente al 605 a.e.c. como año del ascenso de Nabucodonosor al trono de Babilonia.         

    La Historia y la Arqueología demuestran fehacientemente que Harrán fue tomada en el 609 a.e.c. y que la batalla de Karkemis y el ascenso de Nabucodonosor acontecieron en el 605 a.e.c. La Astronomía igualmente lo demuestra, gracias, entre otros, al diario astronómico VAT 4956. Esta tablilla cuneiforme, que ella misma fecha su registro en el año 37 de Nabucodonosor, da 28 posiciones estelares tan precisas que los astrónomos han podido calcular, mediante sofisticados programas informáticos astronómicos con los que predicen los eclipses y los movimientos de los cuerpos celestes, a qué año exacto de nuestro cómputo corresponde el 37 de Nabucodonosor, indicado en el diario.

    El programa arrojó que el único año en que pudieron haberse dado esas posiciones fue el 568 a.e.c. Puesto que la tablilla dice que fue escrita en el año 37 de Nabucodonosor, sumando 37 años al 568 se alcanza el 605 a.e.c. como año de ascenso de dicho rey. Al año 568 a.e.c. lo llaman los astrónomos y los historiadores el ‘año absoluto científico’, por estar comprobado astronómicamente. Esta es la nueva fecha de los eruditos para calcular los tiempos de la Historia. La del 539 a.e.c. es fecha exacta, pero no absoluta, ya que no existe comprobación de ella por la Astronomía.  

    En conclusión, la Historia, la Arqueología y la Astronomía, las tres ciencias exactas al unísono, demuestran que Nabucodonosor ascendió al trono de Babilonia en el 605 a.e.c. Empezó a reinar el mismo año de la batalla de Karkemis, cuatro años después de haber caído Harrán en el 609 a.e.c. Desde Nabucodonosor, en el 605 a.e.c., hasta la caída de Babilonia en el 539 a.e.c., pasaron 66 años. No es posible, pues, asignar a Nabucodonosor otro año de ascenso que no sea el 605 a.e.c.