viernes, 28 de noviembre de 2014

Se arma el belén (1)


    Todos los años, semanas o días antes de la Navidad, se arma el belén en los países católicos, sobre todo en Italia y España. La tradición arranca de 1223, cuando San Francisco de Asís presentó a la admiración de los fieles el primer portal de Belén. Antes de esa fecha a nadie se le había ocurrido montar una réplica del nacimiento del niño Jesús. Se dice que en las catacumbas romanas podían admirarse pinturas que representaban el natalicio de Belén, además de otras escenas cristianas. Sin embargo, todas las representaciones artísticas que se exhiben en las paredes de las catacumbas hacen alusión a Mitra. En realidad las catacumbas eran el cementerio de Roma y todo arte religioso representado en ellas aludía a las creencias mitraicas, que en la capital del Imperio estuvieron vivas hasta bien entrado el siglo IV, cuando el cristianismo se impuso por fuerza.

    Los únicos relatos en los que se pretende basar la celebración del nacimiento de Cristo son los evangelios de Mateo y de Lucas, atribuídos al apóstol Mateo y al médico Lucas, que fue discípulo de Pablo de Tarso, conocido en el orbe católico como San Pablo. Tal atribución es producto de la tradición católica. En realidad no se sabe quiénes escribieron dichos evangelios. Lo que sí es cierto es que los otros dos evangelistas, Marcos y Juan -a los que también se les atribuyen los respectivos escritos por desconocerse quiénes fueron los autores reales-, nada refieren acerca del nacimiento de Jesús en Belén. De hecho, según se relata, las gentes conocían al Cristo como Jesús de Nazaret y no como Jesús de Belén. Las epístolas de Pablo nada especifican sobre el lugar de nacimiento de Jesucristo y otros detalles biográficos, y eso que fueron escritas antes que los evangelios, en opinión de los eclesiásticos.

    El evangelio de Lucas se extiende más que el de Mateo en los detalles del nacimiento en Belén y también en las circunstancias previas al acontecimiento. Mateo es el único que habla de la visita de los magos de oriente y no menciona su número ni que fueran reyes. Ambos evangelistas ofrecen su particular genealogía sobre el recién nacido; aunque deberían coincidir entre sí, sin embargo las dos genealogías difieren en la mayor parte de los ascendentes. Muchos teólogos razonaban que las genealogías diferían entre sí porque Mateo daba la descendencia por línea paterna, mientras que Lucas lo hacía por la materna. Sin embargo ya no defienden esto, dado que han caído en la cuenta de que los judíos tan solo tenían presente la línea paterna y no la materna. De la lectura de las genealogías evangélicas se infiere que el abuelo paterno del niño Jesús no era Joaquín, como popularmente se cree. Este Joaquín no es más que una asignación de los evangelios apócrifos.

    Los dos códices más antiguos del Nuevo Testamento, el Sinaíticus y el Vaticanus, omiten los relatos sobre el nacimiento de Jesús. Según los eruditos, ambos códices pudieran haber sido dos de las cincuenta copias que Eusebio de Cesarea escribió en el primer tercio del siglo IV para ser distribuidas entre las distintas bibliotecas del Imperio Romano. La omisión de los relatos del nacimiento de Jesús en estos primitivos códices neotestamentarios hace suponer que los dos primeros capítulos de Mateo y de Lucas en los evangelios que hoy manejamos fueron añadidos más tarde. Tal vez pudieran haber sido incorporados por Jerónimo de Estridón en la última quinta parte del siglo IV, cuando el Papa Dámaso le encargó con urgencia que tradujera al latín los códices escritos en griego, además de que incorporara otros escritos.

    El trabajo de Jerónimo se conoce como la Vulgata. Después de ver la luz la Vulgata es cuando se producen los códices basados en la misma y que difieren sustancialmente del Sinaiticus y el Vaticanus. Con todo, estos dos códices más antiguos han sufrido modificaciones -enmiendas y raspaduras, como demuestran los análisis con rayos ultravioleta- a lo largo del tiempo, tratando de incorporar en ellos parte de los relatos de la Vulgata latina y otras correcciones posteriores. Hasta que no se inventó la imprenta y se publicó masivamente la Biblia, la Iglesia Católica anduvo corrigiendo códices o falsificándolos de acuerdo con las últimas añadiduras a los libros del Nuevo Testamento.

    Para cuando los protestantes se separaron en el siglo XVI, la parte neotestamentaria entonces en boga era ya la definitiva, amparada por los respectivos códices que se habían amañado según las nuevas incorporaciones, pero haciéndolos pasar por mucho más antiguos. Así, la conocida ‘gran inserción’ en el evangelio de Lucas, capítulos 9:51 a 18:14, rellenado principalmente con textos del evangelio de Mateo y otros que fueron inventados (como la parábola del hijo pródigo), fue producto de antes de la invención de la imprenta, y los protestantes, al tomar toda la Escritura como palabra infalible de Dios, ignoraban la existencia de dicha gran añadidura, así como de otras, como los 18 primeros versículos del evangelio de Juan y todo el capítulo 21 del mismo evangelio, amén de los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas, más los textos añadidos de la resurrección y apariciones de Cristo, todos ellos incorporados desde los tiempos de Jerónimo en adelante. Si se cribasen todos estos textos, los cuatro evangelios principiarían con la predicación de Juan Bautista en el desierto y concluirían con el entierro de Cristo.

    Los papiros con relatos del Nuevo Testamento que los eclesiásticos atribuyen a los siglos II y III -no así los eruditos no eclesiásticos- se consideran falsificaciones del siglo IV o posteriores (algo a lo que la Iglesia de Roma ya nos tiene acostumbrados), realizados con estilo caligráfico de otros tiempos para dar la impresión de que los tales son de esos precisos siglos II y III. Un análisis de las tintas, que no se quiere hacer, revelaría sin lugar a dudas el periodo casi exacto de su confección. Lo que sí está demostrado es que los primeros códices del Nuevo Testamento parten de antes de mediados del siglo IV. Eusebio de Cesarea, que fue el brazo derecho del emperador Constantino en el Concilio de Nicea, en el año 325, con toda seguridad tiene mucho que ver en el asunto falsificador, dado que se le estima como el clérigo más embustero que haya pisado la Iglesia en todo tiempo. (Continúa en la segunda parte).

   

lunes, 24 de noviembre de 2014

Jesucristo no escogió como esclavo fiel y discreto a los testigos de Jehová, sino a los Estudiantes de la Biblia


 
    El Cuerpo Gobernante proclama hasta la saciedad que sus miembros actuales son el esclavo fiel y discreto nombrado por Jesucristo en 1919. Ni que decir tiene que los miembros actuales del CG no vivían en 1919. Hasta 2012 el CG no era el esclavo fiel y discreto, sino los que quedaban vivos de los 144.000 ungidos.

    Pero resulta que esto se lo inventó Rutherford (entonces no existía el CG, sino la junta directiva de la Watchtower, que es diferente del CG), y se lo inventó nada menos que en 1927. Dijo que Jesucristo había inspeccionado a su esclavo en 1918 y que en 1919 lo nombró sobre todos sus bienes. De paso publicó que el esclavo fiel y discreto eran todos los ungidos, es decir, todos los Estudiantes de la Biblia sin excepción.

    Esta doctrina encajada a martillazos con carácter retroactivo hizo que el 75% de los Estudiantes de la Biblia se salieran de las filas. En efecto, el anuario de la Watchtower de 1928, que corresponde a las actividades de 1927, da la cifra de los participantes en la Conmemoración: menos de 20.000 personas, cuando el anuario de 1925 daba más de 90.000. En 1926 comenzaron a abandonar el movimiento unos cuantos, debido a que no aconteció la resurrección de los patriarcas ni vino el fin del sistema, como a bombo y platillo anunció Rutherford.

    Pero en 1927, a raíz de la publicación de la nueva doctrina retrospectiva sobre la visita y nombramiento del esclavo sobre los bienes del Amo, una gran mayoría dejó de asociarse con los Estudiantes de la Biblia porque consideraron con toda lógica que el razonamiento de Rutherford era absurdo, ya que éste implantó como creencia que Jesucristo había llegado nueve años atrás, en 1918, y nombrado en 1919 a todos los Estudiantes de la Biblia (que ahora Rutherford afirmaba que en conjunto eran el esclavo fiel y discreto) como administrador de los bienes del Amo. La mayoría que abandonó estaba consciente de que nada ocurrió en 1918 y 1919 y que por entonces el único al que se consideraba esclavo fiel era Russell, que lleva muerto desde Noviembre de 1916. Esta mayoría pensante y en su sano juicio no comulgó con ruedas de molino, como suele decirse popularmente. Rutherford, evidentemente, no estaba en sus cabales.

    Hoy día el CG trata de arreglar aquel desbarajuste suprimiendo de momento la fecha de 1918, ya que la estima como un desvarío de Rutherford. Pero como la fecha de 1919 es consecuencia de la de 1918, tarde o temprano el CG la dará por obsoleta y la traspasará a 1914, algo que por ahora se rumorea en Patterson, pero que algunos superintendentes y ancianos saben con seguridad, pues a más de uno se le ha escapado comentarlo.

    Por otro lado, en 1919 no existían los testigos de Jehová, sino los Estudiantes de la Biblia, que eran un grupo completamente distinto del que luego se conoció como testigos de Jehová. En efecto, si en 1919 había más de 90.000 Estudiantes de la Biblia y, según el CG, fue a la directiva de éstos a la que se nombró como el esclavo fiel y discreto, es obvio que el nombramiento no afectó a los testigos de Jehová, que surgieron en 1931. El grupo a los que Rutherford cambió el nombre a testigos de Jehová eran los menos de 20.000 Estudiantes de la Biblia que aceptaron las doctrinas de Rutherford (ya en contraposición a las de Russell) más los pocos nuevos incorporados entre 1926 y 1930.

    Este dilema preocupa a varios superintendentes y ancianos, que son los que lo han expuesto. Estos no pueden conciliar cómo se nombró como esclavo fiel a la directiva de los Estudiantes de la Biblia y sin embargo la directiva de los testigos de Jehová se ha apropiado de tal nombramiento que en realidad no le pertenece, aparte de que se trata de un bulo creado por Rutherford. Por esa razón hay ancianos que razonan que el CG debería suprimir la fecha de 1919, así como la supuesta doctrina del nombramiento del esclavo, máxime teniendo en cuenta que no es una profecía bíblica, sino una parábola o ilustración que dio Jesucristo y que se refiere a todos los cristianos en particular.

 

sábado, 22 de noviembre de 2014

¿Cómo pudo la gente entender la Biblia antes de existir los testigos de Jehová?



    En La Atalaya del 1 de octubre de 1994, página 8, leemos: "Todos los que quieren entender la Biblia deben reconocer que la ‘grandemente diversificada sabiduría de Dios’ solo puede conocerse mediante el conducto de comunicación de Jehová..."

    Lo precedente significa que, según el Cuerpo Gobernante (CG) hoy día -y según la Sociedad Watchtower en otro tiempo-, nadie puede entender la Biblia si no es a través del exclusivo canal de comunicación de Dios con el hombre, es decir, la organización de los testigos de Jehová, tal como predica el esclavo fiel y discreto de Patterson. Si esto es así, ¿cómo pudo Charles T. Russell entender la Biblia antes de que existiera ese hipotético canal exclusivo de comunicación de Dios con el hombre?

    Russell ni siquiera era testigo de Jehová. Actualmente el CG asegura que Russell era un precursor como Juan el Bautista. Quiere decir que, si Juan no era cristiano, tampoco Russell lo era. Ni siquiera se le considera hoy el ‘esclavo fiel y discreto’, como en su día fue considerado. La nueva enseñanza del CG es que el esclavo fiel y discreto comenzó a existir en 1919, cuando el liderazgo jehovista cree ahora que en aquel año la junta directiva de la Waytchtower fue nombrada como tal esclavo por el mismo Jesucristo.

    Durante los siglos precedentes, ¿cómo pudieron entender la Biblia las personas? Tengamos en cuenta que el CG basa gran parte de sus interpretaciones bíblicas en las opiniones y estudios de los doctos católicos y protestantes. Precisamente los adventistas, en la persona de Nelson Horatio Barbour, fueron los que le dejaron en herencia a Russell las doctrinas que aún forman el esqueleto del cuerpo de creencias de los testigos de Jehová, como son los 2.520 años de los llamados tiempos de los gentiles y las fechas de 1914, 607 y 537, aunque estas dos últimas están corregidas de las primitivas 606 y 536, que durante más de seis décadas se predicaron como palabra de Dios.

    El CG aduce que Russell investigó él solo y por su cuenta las Escrituras, sin contactar con ningún esclavo fiel y discreto que pudiese dirigirle en el entendimiento correcto. Hoy el CG afirma que Russell predicaba la verdad, puesto que entendía correctamente lo que leía en la Biblia, y eso era lo que enseñaba. ¿Cómo, si no existía un esclavo fiel y discreto que lo guiara?

    Ahora resulta que hasta 1919 no hubo ningún esclavo fiel y discreto en los tiempos pasados, lo que significa que Russell no entendió la Biblia y por lo tanto no podía estar predicando la verdad. Pero si en 1919 Jesucristo eligió a la junta directiva de la Watchtower como su esclavo porque estaba enseñando la verdad, ¿cómo es que esa verdad de entonces no está vigente hoy día, sino que ha cambiado por completo, aduciendo ‘nuevas luces’ de entendimiento? La nueva luz no es compatible con el nombramiento del esclavo, debido a que si el Amo lo nombró porque estaba predicando y enseñando la verdad en 1919, esa verdad tenía que ser hoy día la misma que en 1919. Pero ya vemos que no es así, que las nuevas luces han desplazado a lo que se creía que era la verdad en 1919 y tiempos anteriores.

    Si nadie entendió la Biblia en tiempos anteriores a la existencia del esclavo fiel y discreto y nadie la entiende en la cristiandad, según el esclavo jehovista, ¿por qué el CG consulta las obras con trabajos basados en la Biblia de los eruditos católicos y protestantes y acepta muchos de sus puntos de vista, puntos que después publica como si fueran propios porque los guía el espíritu santo?

    Y si el que a sí mismo se llama esclavo fiel y discreto, que reside en Patterson, cambia constantemente el entendimiento de lo que lee en la Biblia, ¿cómo puede afirmar que la Biblia solamente puede entenderse a través del que el mismo CG llama único canal de comunicación de Dios con el hombre, que es el CG mismo? Si el CG cambia el entendimiento de lo que lee en la Biblia, es porque evidentemente no está percibiendo correctamente el contenido de lo escrito en la Biblia. Ya Jesucristo advirtió que si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo.
 
 
 

domingo, 16 de noviembre de 2014

El ser humano creado por ‘Elohim’ o, literalmente, ‘dioses’


 

    En las traducciones bíblicas leemos que ‘Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Macho y hembra los creó’. La palabra que en castellano se traduce por ‘Dios’, en hebreo es ‘Elohim’, que literalmente significa ‘dioses’, en plural. Por tanto la traducción correcta del mencionado pasaje bíblico sería la siguiente: ‘Los dioses crearon al hombre a su imagen y semejanza. Macho y hembra los crearon’. Es decir, que si el hombre y la mujer fueron creados macho y hembra, a imagen y semejanza de los dioses, eso significa que los dioses eran machos y hembras. O sea, de carne y hueso. Si no, mal se entiende la semejanza o imagen, porque es evidente que el versículo alude a la apariencia física y no tan solo a un supuesto aspecto espiritual de amor, justicia, sabiduría y poder, del que es acreedor el hombre, al igual que los dioses.

    El tema no tiene vuelta de hoja; pero los eclesiásticos, sean católicos o protestantes, se aferran a una falsa tabla de salvación al defender con uñas y dientes que la palabra hebrea ‘Elohim’ es en realidad un plural mayestático, algo así como cuando un rey dice ‘nos’, en lugar de ‘yo’. Pero los eruditos en el idioma hebreo no están de acuerdo con esa pseudo afirmación eclesiástica y defienden que ‘Elohim’ es el plural de ‘Elohá’ y que si la Biblia realmente quisiera decir ‘Dios’ en singular, la palabra correspondiente en el versículo de Génesis que nos ocupa hubiera sido ‘Elohá’ y no ‘Elohim’. Por tanto, en la Biblia se habla de ‘dioses’, en plural; es decir, seres de una inteligencia superior a la del hombre y, evidentemente, portadores de avanzada tecnología.

    Cómo lograron los dioses crear a los humanos, eso ya es otro López que desconocemos. No es descabellado suponer -y es tan solo una hipótesis- que tales dioses trastocarían el ADN de algún sujeto simiesco -por llamarlo de alguna manera- que habitaba la Tierra y que estaba dotado de cierta inteligencia, superior a la de los demás simios, como el dado en llamar ‘hombre de Neandertal’, y le implantaron genes de los propios dioses. O que los dioses macho se aparearon con las hembras terrestres y les nació la actual raza humana, en sus múltiples variedades y otras que habrían desaparecido con el transcurso del tiempo. O viceversa, que serían las hembras de los dioses las que tomaron los machos terrestres. De dónde procedían esos dioses y diosas, no lo sabemos. Las antiguas crónicas sumerias hablan de seres de aspecto humano que bajaron de las alturas etéreas, crearon a los hombres o los transformaron de otros seres que habitaban el planeta, y les enseñaron artes y ciencias.

    Es evidente que la historia real de la humanidad, tal vez con cientos de miles de años de antigüedad, ha sido borrada a propósito, apareciendo en su lugar otra historia a conveniencia de quienes la reescribieron. De ahí la bíblica narración de Adán y Eva como las primeras personas creadas en el planeta unos seis mil años atrás, según la cronología que se inserta en las páginas de la Biblia. Cuando la nación de Israel fue prácticamente hecha desaparecer por el imperio asirio, la de Judá tomó su lugar. Judá era una nación pobre y despoblada de vegetación, todo lo contrario de su homónima Israel. Los líderes religiosos de Judá, deseosos de acaparar la gloria que en otro tiempo tuvo Israel, comenzaron a fabricar relatos mediante los cuales se pretendía hacer ver al mundo que Judá era la nación escogida por Dios y la más privilegiada de la Tierra. Para ello crearon el mito de los patriarcas y de que Israel se componía de 12 tribus, de las que el reinado caía sobre Judá.

    Con el tiempo, relataron, 10 tribus de Israel se separaron y perdieron los privilegios divinos, no siendo ya parte de la nación escogida por Dios. Ahora la nación escogida era Judá. Cuando los judíos fueron llevados al destierro de Babilonia en tiempos de Nabucodonosor, sus líderes se empaparon de la sapiencia y religión babilónicas y tomaron como propios gran parte de sus mitos y leyendas. Así redactaron como suya la historia de Adán y Eva y los patriarcas, insertándolos en una aparentemente lógica cronología resumida. La realidad es que la arqueología nada ha revelado de la existencia de los patriarcas y de los grandes reyes de Judá. Tan solo a partir del siglo VII antes de nuestra era, y sobre todo a partir del rey Josías de Jerusalén en el siglo VI, es cuando las excavaciones arqueológicas suministran información fidedigna y confirman la existencia de personajes judaicos.

    Es patente que, tras el regreso del destierro babilónico, comenzaron a escribirse los relatos bíblicos, aunque ya en tiempos de Josías los sacerdotes habían escrito el ‘libro de la Ley’ -una forma del Deuteronomio- y lo habían ‘descubierto’ casualmente en el templo, a raíz de unas obras, haciéndoselo creer así al rey Josías y al pueblo entero. A pesar del futuro halagüeño que se describía en los relatos, el pueblo judío no consiguió levantar cabeza y durante toda su existencia estuvo a merced de las grandes potencias del momento: asirios, babilonios, griegos y romanos. Estos últimos finalmente destruyeron su capital y su nación y dispersaron a sus habitantes en el año 70 de nuestra era. Las promesas mesiánicas que los sacerdotes judíos habían embutido en las Escrituras que consideraban sagradas jamás se realizaron, dado que solamente fueron maquinaciones humanas para glorificar la nación y de paso tener el control del pueblo y vivir a costa de él.

    Cuando el cristianismo subió a escena, se crearon los evangelios y los escritos paulinos, junto con otros imputados a diferentes autores. Los evangelistas, sobre todo Mateo, aplicaron al personaje de Jesús de Nazaret el cumplimiento de antiguas profecías del judaísmo, las cuales los judíos esperaban que se cumplieran en un judío que literalmente los libertara del yugo político y militar al que estaban sometidos y los condujera a una gloriosa independencia nacional que con el tiempo se convertiría en un gran imperio mundial.

    Con ello los judíos aceptaron solapadamente la antigua cronología desde la creación de los míticos Adán y Eva. La Iglesia Católica se aferró a tal cronología y, como hicieran en otro tiempo los judíos, desecharon toda historia seglar que no se ajustara a las edades señaladas por la Biblia. Así, se declaró herético afirmar que el hombre habitaba la Tierra desde cientos e incluso miles de siglos antes de existir Adán y Eva. Se sabe que la Iglesia ordenó quemar en las hogueras de la Inquisición, e incluso mucho antes (se alude de paso a la quema de la Biblioteca de Alejandría), los códices y libros impresos que contuvieran relatos históricos que no se acomodaban a la doctrina eclesiástica.

    Hoy día el cristianismo y el judaísmo están tan profundamente arraigados en los pueblos que escrupulosamente los observan, que todo lo que se diga en desacuerdo con lo relatado en la Biblia no puede en modo alguno ser creído, aún si se aludieran pruebas. Los dioses no existen para cristianos y judíos. Tan solo el singular Dios, aunque en el texto hebreo de la Biblia aparezca en plural. Literalmente ‘Elohim’ formó al hombre del barro y a la mujer de una costilla del hombre. El lector bíblico, influenciado por las creencias de los doctores eclesiásticos, se ha hecho plenamente literalista y donde la Biblia dice ‘dioses’, dicha expresión ha de aceptarla e interpretarla como ‘Dios’. Si no, pierden sentido los relatos posteriores sobre ‘un solo Dios, YHWH’.   

viernes, 14 de noviembre de 2014

Pudiera aproximarse nuevo cambio en el entendimiento de la generación que no pasará.


 
    No hace mucho nos comentaban que la generación de la que habló Jesucristo pudiera ser entendida como la de las personas que en nuestro siglo verían el cumplimiento final -cumplimiento final, no inicial- de los eventos que se citan principalmente en el capítulo 24 de Mateo. Ahora, aunque no tenemos forma de comprobar si lo nuevo que nos comentan es o no rigurosamente cierto (aunque el río suena fuerte), voces muy cercanas al Cuerpo Gobernante dejan caer que se está gestando o a punto de gestar nuevo entendimiento sobre la generación que no pasará. Esa generación pudiera referirse definitiva y únicamente a las personas que vieron la destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70 de la era actual.

    Quedaría, pues, sin efecto el entendimiento que hoy se tiene de los dos grupos de ungidos de los que se afirma que constituyen la generación que no pasará. De todas maneras el énfasis se pone, no en la generación, sino en el hecho de que el fin está muy próximo, dado lo avanzado del tiempo desde que Jesucristo comenzó a reinar en 1914 (o más exactamente fue entronizado) y dado lo evidente de la señal compuesta que él profetizó en su día y que se palpa en la actualidad en todas partes del mundo, todo ello según el Cuerpo Gobernante.

    Puede que pronto veamos publicado en La Atalaya algo así como: “Todo indica que la generación a la que se refería Jesucristo era únicamente la de su tiempo, la que presenció la destrucción de Jerusalén en el año 70, y no la que en un futuro lejano sería testigo del Armagedón. En vista de que la luz de la verdad va en aumento, hacemos bien en adoptar un corazón de sabiduría y aceptar decididamente todo cuanto el esclavo fiel y discreto, iluminado por el espíritu santo, nos dispensa como alimento al tiempo debido, según la profecía del propio Jesucristo”.

    Sería el cuarto cambio significativo en el entendimiento de la famosa generación. Primero se predicó, durante décadas, que la generación la componían las personas que en 1914 tenían suficiente edad para comprender los acontecimientos de aquel tiempo y que tales personas presenciarían el Armagedón. Después, mediados los noventa, el entendimiento de la generación cambió al conjunto de los inicuos que no aceptaban que el reino de Dios se estableció en los cielos en 1914. Posteriormente, en la primera década del nuevo siglo, la generación se cambió a los ungidos, matizándose posteriormente que se trata de ungidos que se traslapan o solapan unos a otros. En la actualidad la generación la componen dos grupos de ungidos: el primero de ellos vivía en 1914 y el segundo es un grupo de ungidos nacidos posteriormente, pero que han sido traslapados, imbricados o superpuestos por los del primer grupo, a modo de las tejas de un tejado que se cubren unas a otras.

    Esperaremos pacientemente el desarrollo de los acontecimientos, sin negar ni afirmar nada de cuanto se nos avisa entre bastidores.

   

martes, 4 de noviembre de 2014

El Apocalipsis es un libro de contenido simbólico y no literal



    La Traducción del Nuevo Mundo (TNM) vierte Apocalipsis 1:1 de la siguiente manera: “Una revelación por Jesucristo, que Dios le dio, para mostrar a sus esclavos las cosas que tienen que suceder dentro de poco. Y él envió a su ángel y mediante éste la presentó en señales a su esclavo Juan”.  

    La Biblia Reina Valera de 1569 traduce el mismo pasaje así: “La revelación de Jesús, el Cristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que conviene que sean hechas presto; y envió, y las indicó por señales por su ángel a Juan su siervo”.

    Y la Biblia Jubileo 2000 lo vierte como sigue: La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que conviene que sean hechas presto; y envió, y las indicó por señales por su ángel a Juan su siervo”.

    Es indudable que tanto la TNM como la Biblia Jubileo 2000 han copiado su porción de la antigua Reina Valera de 1569, que especifica que la revelación por Jesucristo fue presentada “en señales” o de manera simbólica. Todas las demás traducciones o versiones bíblicas omiten la expresión “en o por señales”, dado que la misma no aparece en los manuscritos griegos, como puede comprobarse por las traducciones interlineales de la Biblia. Sin embargo, se hace patente por la lectura del libro de Apocalipsis que todo él es simbólico. Por tanto, aunque la expresión “en señales” de las versiones bíblicas reseñadas es un añadido literal, no deja de ser oportuna su inclusión al indicar que lo que el libro refleja no ha de tomarse al pie de la letra, sino que en su totalidad se trata de alegorías.

    A pesar de ser un libro de contenido simbólico, el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová deduce que ciertas partes son literales. Esa presumible literalidad les viene al dedo para poder demostrar la firmeza de sus creencias. Así, toma literalmente los textos que se refieren a los 144.000, la gran muchedumbre, la permanencia en el cielo de los 144.000 y los textos del capítulo 21 referentes a que la muerte no será más. De igual manera estima como profético el contenido general del libro, aduciendo que su cumplimiento se observa en nuestro tiempo. Ya a lo largo de los siglos otros escrutadores bíblicos afirmaban que los textos apocalípticos se cumplían en los respectivos días en que les tocó vivir.

    Es curioso que, hablando de los 144.000, el Cuerpo Gobernante -como antes hizo la Watchtower- asegure que literalmente están delante del trono de Dios, en su templo ubicado en el cielo. Sin embargo, cuando en el Apocalipsis se lee que también los de la gran muchedumbre están delante del trono de Dios y en su templo, el texto en cuestión lo interpretan los líderes jehovistas en sentido simbólico y manifiestan que en este caso se refiere a que los individuos de la gran muchedumbre están a la vista del trono de Dios en la parte terrestre de su templo. La Biblia no habla de ninguna parte terrestre del templo de Dios.

    De paso, el Cuerpo Gobernante enseña que los 144.000 y la gran muchedumbre son dos grupos distintos, cuando de la lectura de los textos bíblicos se infiere que son el mismo grupo bajo diferente denominación. Por esa razón ambos están delante del trono de Dios, en el templo, que no es otro que el mismo cielo, aunque todo ello entendido metafóricamente. El resto del Apocalipsis lo sigue entendiendo el Cuerpo Gobernante como aplicado a los testigos de Jehová en el siglo XX y en estos primeros años del XXI. Al no cumplirse las supuestas profecías que infieren de la lectura del Apocalipsis, los miembros del Cuerpo Gobernante van cambiando la interpretación, interpretación que jamás puede cumplirse literalmente por la sencilla razón de que el Apocalipsis no es un libro de contenido literal, sino simbólico.

    Ya en un principio -hablamos del siglo IV y no antes- el libro de Apocalipsis no se aceptaba plenamente en la Iglesia. Su lectura se hacía con reservas, al considerarse un escrito apócrifo. Finalmente la Iglesia -la Iglesia católica- lo incorporó definitivamente al Canon. Sea como fuere, el libro de Apocalipsis no se entiende si no es bajo la perspectiva de la Iglesia católica. Muchos eruditos están convencidos de que el Apocalipsis -sin mencionar los demás libros del Nuevo Testamento- fue escrito poco antes del año 325 por miembros de la que en breve sería Iglesia católica, fundada por el emperador Constantino. Para poder declarar públicamente que la Iglesia se basaba en Jesucristo y los apóstoles, Eusebio de Cesarea inventó los relatos de su famosa ‘Historia eclesiástica’, así como las cartas de los padres apostólicos, de los cuales nada sabe la historia seglar. Al Apocalipsis, como a otros libros, se les dio carácter retroactivo y se falsificaron documentos con caligrafía antigua para hacer ver que los relatos venían del siglo I, cuando en realidad todo era obra del siglo IV.

    En efecto, cuando en el texto apocalíptico se habla de que ciertos individuos están ante el trono de Dios en su templo celestial, ello se está refiriendo simbólicamente a la elevada posición del clero católico, obispos y sacerdotes, sobre los demás creyentes. Decir que aquéllos están en el cielo equivale tanto como a decir que están en lo supremo de la Iglesia, la cual se consideraba a sí misma como el templo y el trono de Dios.

    Y decir que ya no habría más muerte ni lamento ni dolor es un modo metafórico de expresar que el individuo viviría relativamente feliz, en contraposición a lo que se creía que había sido el llamado paganismo. Tales textos están tomados de Isaías, que habla de las futuras glorias de Judá y de la libertad y disfrute de los individuos al tiempo de la restauración. Incorporados dichos textos retroactivamente a Isaías -en realidad escritos tiempo después de la liberación del cautiverio babilónico-, se refieren a que los judíos ya no sufrirían más en el destierro, que era para ellos lamento, dolor y muerte. Por eso también escribe Isaías que se sentarían bajo su vid y su higuera, sin nadie que les hiciera temblar. Isaías expresa la alegría del pueblo restaurado a su tierra.

    Cuando el Apocalipsis refiere que la nueva Jerusalén celestial baja a la tierra, se quiere indicar que esa nueva Jerusalén es la Iglesia católica establecida entre la humanidad, Iglesia que mediante los sacramentos, simbolizados por árboles que dan frutos todos los meses del año, dispensa la salud espiritual a los creyentes. Y ese ‘vengo pronto’ del que habla Jesucristo alude -desde el punto de vista católico- a que él regresaría metafóricamente y estaría presente en la iglesia, dándole su atención desde los cielos, hasta la consumación de los siglos o fin del sistema mundial del que él mismo dice que ‘nadie sabe el día y la hora’.

    El Armagedón se entiende también desde la perspectiva eclesiástica como referido al triunfo de la Iglesia sobre las naciones y los reinos del mundo. Y el comer las carnes de comandantes y otros significa que la Iglesia ‘comería’ los poderes mundiales y estaría por encima de todos ellos. Tal es lo que, cuando se gestaba el alumbramiento de la Iglesia católica, vislumbraba en el siglo IV el autor o autores del Apocalipsis, quienes creían que dicha entidad se mantendría firme y creciente a través de las edades.

    El atar a Satanás por mil años simbolizaría que éste ya no tendría el poder que por tiempo ilimitado -hasta el fin de los tiempos, que es la alegórica duración de mil años de la Iglesia- se suponía que tuvo en los tiempos del paganismo, ya que la Iglesia se concebía como más poderosa que el propio Satanás. El autor del Apocalipsis intuía que al final de los tiempos o de los simbólicos mil años, la Iglesia y los fieles sufrirían abiertamente la embestida demoníaca, de la que finalmente saldría triunfante un gran número. Y así lo expresó en un símil de parábola.

    Si algo puede tener cierto sentido literal es el desfile de los jinetes apocalípticos. Pero estos jinetes, de metafórico relato, han cabalgado entre la humanidad desde tiempos remotos y, conocida la avaricia humana y el hecho de que los desastres naturales acaecen siempre, jamás faltarán dichos jinetes a su cita en el futuro. Guerras, hambres, enfermedades, terremotos, muerte y otras calamidades, incluso todas juntas, constituyen la plaga eterna del viviente, sin importar el tiempo.

    Visto que el Apocalipsis es un libro de contenido simbólico y no literal, y dado que se escribió bajo la perspectiva de la Iglesia católica, la cual expresa en metáforas su devenir histórico, huelga cualquier interpretación de sentido literal que ofrezca toda entidad religiosa que pretenda establecerse como superior a las demás o argumente con sofisticados razonamientos que ha sido autorizada divinamente para ejercer su desbarajustado y cambiante ministerio, cual es el de la organización de los testigos de Jehová. Tampoco la Iglesia católica fue establecida por ningún Cristo, sino que es fruto de la política romana del siglo IV, a la que se incorporaron las creencias y ceremonias religiosas en boga en aquel tiempo, retrotrayéndolas al siglo de la supuesta existencia de un hipotético personaje del que los evangelios no aclaran si era judío o galileo.