miércoles, 30 de diciembre de 2015

Un siervo ministerial tiene dudas


Traducción al castellano del escrito que envió el lunes 28 un siervo ministerial de años:

 
    El estudio de la Atalaya del domingo 27 de Diciembre me ha dado que pensar. Duró unos diez minutos más de lo habitual. El conductor se exhibió algo frenético y aportó demasiados argumentos que no venían en la revista.

    Dijo que el tiempo que le queda a este sistema es tan limitado que ni ocuparse en trabajar merecería la pena. Con ganar lo justo para comer sería suficiente, dedicando el resto del día a predicar intensamente, sea jornada laborable o festiva.

    Hizo hincapié en no perder el tiempo en leer literatura que no sea la de la organización. Que no debería tenerse en casa literatura mundana, ‘que hace más mal que bien’ -fueron palabras textuales-. Ni siquiera habría que emplear demasiado tiempo en leer los periódicos. Basta con escuchar las noticias en la televisión a la hora de comer para estar enterados de lo que pasa en el mundo.

    Puso el énfasis en dedicar más tiempo al estudio personal y leer toda la literatura que llega de la organización, absolutamente toda, para lo cual es necesario emplear más tiempo en ese cometido, al menos hora y media diaria, y media hora para la lectura de la Biblia, aparte una hora para el estudio personal y otra diaria para la preparación de las reuniones.

    Recalcó que es imprescindible no abandonar la noche de adoración en familia, dedicando casi todo el tiempo de la misma, a ser posible dos horas, a ensayar las presentaciones para la predicación. Que no debería faltar a esta reunión ningún miembro de la familia, bajo ningún concepto.

    Sostuvo que las familias deberían predicar todos sus miembros juntos por lo menos un día a la semana, los domingos o los sábados si los cabezas trabajan. Pero si no trabajan, por estar en paro o en jubilación, deberían salir a predicar todos los días, sobre todo cuando le queda tan poco a este sistema.

    Con cierto enfado dijo que de ninguna manera debería escucharse a los apóstatas o leer su literatura o comentarios. Aun si dijeran la verdad, no debería un testigo de Jehová escucharlos. ‘Son carroña’, aplicó textualmente, ‘y su objetivo no es otro que el de hacer daño y apartar de la verdad a los verdaderos cristianos’. Empleó también otros calificativos nada agradables.

    Toda la Atalaya se la pasó recalcando el tema de leer única y exclusivamente la literatura de la organización. Incluso no sería prudente leer otra biblia que no fuera la editada por la organización.

    Me pareció demasiado fanática la exposición de este anciano que indudablemente estaba fuera de lugar. A partir de los cinco primeros párrafos me abstuve de comentar más. Después me ha dado por pensar si realmente ésta es la verdad.

    Me he propuesto realizar una investigación imparcial por mi cuenta y lo primero que haré es averiguar si la fecha en que el rey babilonio arrasó Jerusalén fue la del 607 o la del 587, ya que siempre he tenido esa duda, aunque finalmente opté por aceptar el 607. Pero ahora me surge de nuevo la duda al ver tantas cosas que veo dentro de la organización.  

 

 

   

sábado, 26 de diciembre de 2015

Los 2.520 años son invención del teólogo protestante J. A. Brown


    Cuando un testigo de Jehová descubre seriamente la verdad sobre los 2.520 años que se atribuyen a la duración del erróneamente llamado tiempo de los gentiles -desde el supuesto año de 607 a.e.c. en que el cuerpo gobernante enseña que Nabucodonosor destruyó Jerusalén-, se lleva las manos a la cabeza y comienza a investigar en profundidad todo el entramado doctrinal jehovista que se le ha inculcado dogmáticamente. 

    El cuerpo gobernante jehovista da por sentado que los 2.520 años son en principio los siete tiempos del profeta Daniel y a la vez también la duración del tiempo de los gentiles. Y da asimismo por sentado que la doctrina de los 2.520 años se enseña en la Biblia. La realidad es que la Biblia nada dice acerca de que habrían de pasar 2.520 años solares desde la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor hasta el tiempo de la entronización invisible de Jesucristo en su reino celestial. Hoy se enseña paulatinamente que Jesucristo no recibió el reino en 1914, sino que comenzará a reinar al tiempo de la batalla de Armagedón.

    Lo que el esclavo viene a decir ahora es que Jesucristo fue nombrado rey en 1914, pero que no comenzará a reinar hasta el tiempo del Armagedón, pues si hubiera empezado a reinar en 1914, ya habrían pasado cien años de los mil que se dice que ha de durar su reinado. Eso es tanto como decir que el rey de España o de Bélgica fue nombrado como rey en tal año, pero que no principiará su reinado hasta un tiempo en el futuro. La verdad escueta es que un rey comienza su reinado cuando se le nombra como tal. Mientras tanto, será príncipe o sucesor al trono, pero no rey.

    La identificación y equiparación de los siete tiempos de Daniel con los tiempos de los gentiles es obra del protestante Nelson Horatio Barbour, que confundió ambos conceptos. Los siete tiempos de Daniel solamente aplicaron a Nabucodonosor, en tanto que los tiempos de los gentiles son una mención de Jesucristo para un futuro desconocido, y no estaban en funciones en el siglo I. Russell aceptó ciegamente la doctrina íntegra de Barbour sobre tiempos y fechas y no investigó si lo que Barbour decía se ajustaba a la realidad. Los sucesores de Russell tampoco investigaron el asunto. Si lo hubieran hecho, habrían descubierto que todo lo que enseñaba Barbour -y que Russell aceptó- era falso. Pero a estas alturas ya es tarde para corregir, a pesar de que el cuerpo gobernante sabe perfectamente que todo lo que tiene asimilado y enseña como doctrina es un engaño, sobre todo lo relativo a fechas y tiempos.

    Enseñanza fundamental del cuerpo gobernante de los testigos de Jehová es que Jesucristo recibiría el reino al final de los 2.520 años transcurridos desde el tiempo en que cesó el reinado de los reyes de Jerusalén y la consiguiente destrucción de la ciudad. Desde 1943 se enseña que el año del cese del reinado de aquellos reyes fue el del 607 a.e.c. Por tanto los 2.520 años se extenderían hasta 1914. Pero ahora resulta que el cuerpo gobernante soslaya la doctrina y dice que Jesucristo no comenzó a reinar en 1914, sino que lo hará en el futuro. De ahí que se haya modificado la doctrina del nombramiento del Amo sobre sus bienes en la Tierra. Tal nombramiento acontecerá en el futuro, al entender del cuerpo gobernante.

    En 1823 el estudioso bíblico o teólogo de la iglesia protestante, John Aquila Brown, publicó el libro ‘El atardecer’. En él expuso por primera vez que los siete tiempos de Daniel duraban 2.520 años, en lugar de los 1.260 que por lo general se aceptaba hasta entonces. Naturalmente, tanto los 1.260 como los 2.520 años se basan primordialmente en la ciencia de la numerología, que es de carácter ocultista.

    Brown creyó entender que habían de pasar 2.520 años desde el año primero de Nabucodonosor hasta el restablecimiento de Israel. Como los historiadores ya habían demostrado que Nabucodonosor subió al trono en el 605 a.e.c. y su año primero de reinado fue el 604 a.e.c., Brown aplicó a dicho año 604 los 2.520 que habían de transcurrir hasta 1917, en que ‘la gloria de Israel brillaría’. Casualmente, en diciembre de 1917 el ejército inglés conquistó Jerusalén a los turcos y el cálculo de Brown fue estimado como profético, por lo que muchos teólogos aceptaron los 2.520 años como realmente bíblicos, a pesar de que nada menciona la Biblia acerca de los mismos y de que todo es especulación mental que venía arrastrando desde la Edad Media.

    Brown supuso que los siete tiempos que Daniel aplicó a Nabucodonosor habían durado 2.520 días, al entender que esos siete tiempos eran ‘proféticos’, es decir, 7 años de 360 días, y no solares. De haber sido solares, los días transcurridos habrían sido 2.556 y no 2.520. Con todo, Brown aplicó la supuesta regla bíblica de ‘un año por cada día’, que ya aplicaban los judíos desde la Edad Media para la aparición del Mesías, y así convirtió los 2.520 días en 2.520 años.

    No obstante, Brown se equivocó al convertir los 2.520 días considerados proféticos -ó 7 años de 360 días- en años solares. De ahí que calculara inadvertidamente que los 2.520 años iban del 604 a.e.c. a 1917. Para ser exacto, Brown debió haber calculado 2.520 años ‘proféticos’ de 360 días cada uno y no 2.520 años solares de 365 días. Por tanto, en el caso de Brown, los 2.520 años ‘proféticos’ de 360 días debieron haber concluido en 1881.

    En 1943 la Sociedad Watchtower, que por entonces dirigía a los testigos de Jehová, modificó las fechas 606 y 536 a.e.c. -que por más de 67 años se venían predicando- y las convirtió respectivamente en las del 607 y 537 a.e.c. Es decir, basó las fechas 607 y 537 en las fechas ya erróneas del 606 y 536 a.e.c., con lo que perpetuó el error, ya que todo número o tiempo basado en otro demostradamente erróneo es igualmente erróneo.

    Debido a que los 2.520 años de los supuestos tiempos de los gentiles se basan en especulación humana -fueron invento del teólogo protestante J. A. Brown-, la fecha de 1914 es consecuentemente especulación humana basada en cálculos erróneos. Por esa razón no aconteció el Armagedón o la venida física de Cristo a la Tierra en aquel año, que es lo que Russell predicaba realmente, algo que el cuerpo gobernante oculta por encima de todo. La literatura de aquellos años es testigo fidedigno de que Russell predicaba el Armagedón para 1914. No vino ese Armagedón porque la fecha de 1914 es consecuencia del erróneo cálculo de los 2.520 años.

    Durante la presidencia de Rutherford, la fecha de 1914 quedó colgada y no se sabía qué fue lo que ocurrió en 1914. En 1943 se trató de enmendar la plana y la Watchtower -no existía entonces el cuerpo gobernante tal como hoy se conceptúa- declaró que lo que sucedió en 1914 fue la presencia invisible de Cristo en su reino celestial, pero que el Armagedón vendría en el tiempo máximo de una generación. Esa generación ya pasó y el actual cuerpo gobernante cambió el entendimiento de la misma, aduciendo ahora que la generación son dos grupos de ungidos el primero de los cuales traslapa al segundo, algo que por naturaleza es del todo descabellado. Pero los testigos de Jehová han de aceptarlo por fe, aunque el concepto esté equivocado. No se puede ser testigo de Jehová y a la vez un pensador independiente, aunque tenga razón.

    Tras la adaptación de fechas en 1943, los 2.520 años se enseñan como transcurridos entre el 607 a.e.c. y 1914. Pero siguen siendo años solares y no ‘proféticos’. En realidad esos 2.520 años, de haber comenzado a contarse en el 607 a.e.c., debieron haber concluido en 1878, ya que, de acuerdo con la teoría de que los siete tiempos de Daniel duraron 7 años de 360 días ó 2.520 días, dichos días elevados a años corresponderían a 2.520 años de 360 días cada uno, y no a 2.520 años de 365 días.

    Queda, pues, probado, que los 2.520 años, siendo invención del teólogo protestante J. A. Brown en 1823, quien a su vez se basó en la numerología ocultista, no son bíblicos, ya que la Biblia nada menciona acerca de ellos, y ni siquiera los da a sobreentender. Los 2.520 años son realmente especulación humana, productos de mentes exaltadas que creían tener más conocimiento que el resto de sus congéneres acerca de los designios divinos. Como dice la propia Biblia, ‘el conocimiento hincha’ y los testigos de Jehová hoy día se sienten hinchados de poseer un conocimiento de corte ocultista o esótérico que el común de los mortales no posee a mucha honra. Parte de tal hinchado conocimiento es el de los 2.520 años que salieron de un errado cálculo de los ocultistas.

 
(Traducido y adaptado de la aportación de una persona que fue superintendente de congregaciones y prefiere estar en el anonimato).

sábado, 19 de diciembre de 2015

¿Es lo mismo la gran tribulación que el Armagedón?

 

    -Pedro, como anciano de congregación que eres, tengo una pregunta.

    -Tú dirás, Juan.

    -¿Es lo mismo la gran tribulación que el Armagedón?

    -Por supuesto que no. La gran tribulación se da antes del Armagedón.

    -O sea, que son dos cosas diferentes.

    -Totalmente diferentes. Primero viene la gran tribulación y después el Armagedón.

    -¿Seguro?

    -Seguro. Lo afirma el esclavo fiel y discreto, que ha sido comisionado por el mismísimo Jesucristo para darnos el alimento de la verdad al tiempo debido.

    -Entonces, Pedro, gran tribulación y Armagedón son dos sucesos diferentes y aquél precede a éste.

    -Así es, Juan.

    -Y dime una cosa: ¿pasa alguien vivo a través del Armagedón?

    -Naturalmente. Pasan vivos los de la gran muchedumbre.

    -Es decir, que los de la gran muchedumbre salen vivos del Armagedón.

    -Eso es.

    -Salen del Armagedón, no de la gran tribulación.

    -Del Armagedón.

    -¿Seguro?

    -Segurísimo, Juan.

    -Definitivamente la gran muchedumbre sale viva del Armagedón, no de la gran tribulación, ¿no es así?

    -Así es, Juan. Lo dice el esclavo y lo que el esclavo dice es lo que aceptamos sin rechistar.

    -¿Y si el esclavo se equivoca?

    -El esclavo no se equivoca nunca, Juan.

    -Vale. Entonces, según el esclavo, la gran muchedumbre sale del Armagedón, que es un evento posterior a la gran tribulación.

    -Eso es, posterior a la gran tribulación.

    -Perfecto, Pedro. Entonces ¿cómo hemos de entender los textos de Apocalipsis 7: 9, 13, 14?

    -¿Cómo? Veamos esos textos… Aquí tenemos Apocalipsis 7: 9. Leo: “Después de estas cosas ví y ¡miren!, una gran muchedumbre que ningún hombre podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos de largas ropas blancas y había ramas de palmera en sus manos”.

    -Leo yo el 13: “Y en respuesta uno de los ancianos me dijo: ‘Estos que están vestidos de larga ropa blanca, ¿quiénes son y de dónde vinieron?’” Y ahora lee tú el versículo 14, Pedro.

    -Versículo 14: “De modo que le dije inmediatamente: ‘Señor mío, tú eres el que sabe’. Y me dijo: ‘Estos son los que salen de…’”

    -¿Sí, Pedro? Continúa. ¿Los que salen de…?

    -“Estos son los que salen de… la gran tribulación…”

    -¿De dónde dices que sale la gran muchedumbre, Pedro?

    -Aquí pone que sale de la gran tribulación.

    -Pero tú antes has dicho que sale del Armagedón.

    -Es lo que dice el esclavo, Juan…

    -Una de dos, Pedro, o nadie sale vivo del Armagedón, sino de la gran tribulación, o el Armagedón y la gran tribulación son la misma cosa y el esclavo lo está entendiendo mal hasta ahora.

    -Pues me dejas boquiabierto, Juan. Si la gran muchedumbre sale de la gran tribulación, como dice la Biblia, no puede salir del Armagedón, como dice el esclavo… a no ser, claro que ambos sucesos sean uno solo, es decir, que gran tribulación y Armagedón sean la misma cosa.

    -Veo que lo has captado, Pedro.

    -Pero esto tendrá alguna explicación, Juan. Le preguntaré al superintendente, que le esperamos para la próxima semana.

    -Como quieras, Pedro. Te adelanto que el superintendente al final te dirá que aceptes lo que diga el esclavo y que no investigues por tu cuenta. Eso, si no te rebaja de anciano.

    -Juan, ya me pones en un aprieto. Bien, prefiero no decir nada al super, no sea que me tache de apóstata. De todas maneras, esto de la gran tribulación y el Armagedón me está dando que pensar mucho.

    -Bueno es que pienses, Pedro. Pensar lleva a descubrir la verdad.

sábado, 12 de diciembre de 2015

¿Enseñó Jesucristo la doctrina de los 144.000?


 
    -Pedro, tú que eres anciano de congregación, sabrás contestarme a una pregunta.

    -Depende, Juan. ¿Qué quieres preguntar?

    -Verás. La doctrina de los 144.000 ¿es imprescindible o esencial para el cristiano?

    -Qué cosas preguntas, Juan. Pues claro que es imprescindible. No se puede ser cristiano sin creer que 144.000 irán al cielo a gobernar con Cristo. ¿A qué viene ahora esa pregunta?

    -Te parecerá raro, Pedro; pero Jesucristo, los apóstoles, los discípulos, el apóstol Pablo y los primeros cristianos nada sabían sobre los 144.000.

    -¿Cómo que nada sabían? ¡Claro que sí, Juan!

    -Pues va a ser que no, Pedro, porque el tema de los 144.000 aparece por primera vez en el Apocalipsis, que se supone escrito a finales del siglo I.

    -¿Y…?

    -Pues que los que vivieron antes de finales del siglo I no se enteraron de la doctrina de los 144.000. Es decir, que ni Jesucristo ni sus apóstoles ni los que vinieron después sabían nada de los 144.000.

    -Ah, ya… Sí, tienes razón en esto. Efectivamente, Jesucristo y los apóstoles no conocieron la doctrina de los 144.000; pero como finalmente se escribió el Apocalipsis, el asunto de los 144.000 se hizo una doctrina fundamental en el cristianismo.

    -Tampoco, Pedro, porque el Apocalipsis es un libro que no fue considerado como inspirado e incluído por la Iglesia Católica en el canon de las Escrituras hasta el año 382, durante el Concilio de Roma.

    -¿Cómo que incluído en el canon por la Iglesia Católica?

    -Así es, fue la Iglesia Católica la que definitivamente estableció que el Apocalipsis era un libro inspirado que debía incluirse en la Biblia, y eso lo hizo a finales del siglo IV.

    -¿Y cómo se sabe que esto es verdad?

    -Por la Historia. No tienes más que consultar la Historia, Pedro.

    -No puede ser, Juan. Eso significaría que estamos aceptando como inspirado un libro de la Biblia que lo fijaron en el canon unos apóstatas.

    -Eso es, Pedro, ni más ni menos lo que ocurrió. Como verás, los presumibles cristianos de los siglos II y III, y gran parte del IV, no tenían el libro de Apocalipsis como parte de la Biblia y por tanto no tuvieron en cuenta la doctrina de los 144.000.

    -Pero se supone que el Apocalipsis, si se había escrito a finales del siglo I, circularía por las congregaciones.

    -Podría circular, no te lo discuto; pero si no se consideraba inspirado, ni perderían el tiempo en leerlo. Además no se tiene constancia de que el libro existiera antes del siglo IV. La atribución a tiempos anteriores no está probada. Solamente es una afirmación infundada de los eclesiásticos, pero no está demostrada.

    -Eso que dices es muy gordo, Juan…

    -La cuestión es que ni Jesucristo ni los apóstoles ni los primeros cristianos, al no conocer la doctrina de los 144.000, no pudieron considerarla como imprescindible o esencial.

    -Pero, Juan, el esclavo fiel y discreto la enseña hoy, que es lo que importa.

    -Lo que importa, Pedro, es que esa doctrina de los 144.000 no formó parte de la enseñanza de Jesucristo. Él dijo que enseñáramos a la gente todo lo que él había enseñado. Y la doctrina de los 144.000 él no la enseñó.

    -Pues no había caído en esto, Juan. Me dejas sin argumentos. Y claro, el apóstol Pablo tampoco la enseñó…

    -El apóstol Pablo tampoco la enseñó. Dijo que si alguien predicaba un evangelio distinto, o sea, alguna doctrina que no fuera de los evangelios, sería anatema.

    -Pero, Juan, el esclavo está facultado por Jesucristo para enseñar la verdad y la doctrina de los 144.000 es parte de la verdad, aunque Jesucristo no la haya enseñado.

    -El apóstol Pablo escribió que Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre, refiriéndose a que no prestáramos atención a doctrinas extrañas. Y la enseñanza de los 144.000 es una doctrina extraña, ajena al propio Cristo. Que esté incluída en el libro de Apocalipsis, eso es otro cantar. Pero no olvides que el Apocalipsis fue impuesto por una iglesia que seguía tradiciones de hombres más que las enseñanzas de Cristo.

    -No sé qué decirte, Juan. No quiero ni pensar en esto. Me volvería loco si descubro que no estoy en la verdad, después de tantos años. Es mejor que dejemos el asunto como está.

    -Como tú quieras, Pedro. Solamente me he limitado a exponerte un tema demasiado peliagudo para el esclavo fiel y discreto, que tampoco quiere encararse a la realidad y acepta como enseñanza de Cristo la doctrina de los 144.000, cuando es el caso que él nada enseñó acerca de los 144.000 llamados ungidos. Esta de los 144.000 de ninguna manera es una enseñanza imprescindible o esencial para el cristiano porque apareció mucho más tarde en un libro que la Iglesia Católica incluyó en el canon bíblico a finales del siglo IV.

    -Juan, no comentes esto con los hermanos. Cuanto menos sepan, mejor.

lunes, 7 de diciembre de 2015

¿Dónde nació Jesús?


    Dionisio el Exiguo fijó la era cristiana a partir del nacimiento de Jesús de Nazaret. Sin embargo se equivocó en por lo menos siete años, al creer que Herodes habría muerto entre el año 4 y 6 de la nueva era, cuando históricamente está demostrado que falleció en el año 4 antes de nuestra era. Por tanto Jesús, de acuerdo con el evangelio, habría nacido, tirando por lo bajo, hacia el año 7 u 8 a.e.c. (antes de la era cristiana), ya que, según el relato, se calculan dos años desde el nacimiento hasta la orden herodiana de matar a los niños inocentes (hecho del que los anales romanos de aquellos tiempos nada informan). Habría que dejar pasar también uno o dos años más de estancia del niño en Egipto con sus padres, huyendo de los malvados planes de Herodes.

    Algo que llama la atención en el relato evangélico es el censo ordenado por Augusto César. El evangelio de Lucas especifica que para realizar tal censo los súbditos debían desplazarse hasta su pueblo natal. Es indudable que el escritor del evangelio de Lucas desconocía que los censos romanos no se hacían de la manera que describe el evangelista, sino que las personas se censaban en el pueblo o ciudad en que residían, aunque hubieran nacido en otro lugar.

    Los censos se efectuaban de cara a la recaudación de tributos. Por tanto, si al decir del evangelio, la familia residía en Nazaret, a más de cien kilómetros de Belén, no era necesario que se desplazara hasta la ciudad en la que habría nacido. Por otro lado, el único censo del que se tiene comprobación histórica en aquellas tierras es el ordenado por Quirino en el año 6 después de nuestra era y solamente afectó a los residentes en Siria y en Judea, no en Galilea. De todo ello se deduce que, si Jesús había nacido en tiempos de Herodes, mal pudieron sus padres desplazarse desde Nazaret hasta Belén solamente para ser censados, y más cuando dicho censo tuvo lugar como doce años después de nacer Jesús.

    Algunos teólogos razonan que José, esposo de María, pudo haber tenido tierras en Belén y que por eso se desplazaría hasta allí. José no tenía tierras en Belén porque era pobre. Por esa razón se obligó a presentar en el Templo dos simples tórtolas como sacrificio por la purificación de su esposa. Además, de haber tenido tierras en Belén, no era necesaria la presencia de la mujer, y más cuando estaba a punto de dar a luz. Y si José hubiera sido propietario de tierras en Belén, no hubiera tenido que alojarse en un establo o covacha para el alumbramiento de su esposa, sino que se entiende que hubiera tenido algún tipo de vivienda en las supuestas tierras de su propiedad, o al menos conocería a vecinos que le hubieran dado alojamiento en su casa. No muy lejos de Belén vivía Isabel, pariente de María, con quien ésta se alojó meses atrás, y ni que decir tiene que también hubiera alojado al matrimonio en las circunstancias en que se hallaba. Definitivamente, José no solamente no tenía propiedades en Belén, sino que mal pudo haberse desplazado hasta ese lugar para censarse, ya que, según los evangelios, residía en Galilea y por tanto no le correspondía censarse al no ser vecino de Judea.

    Bien sabía todo esto el Papa Benedicto XVI cuando en su día dejó caer sorprendentemente que Jesús no había nacido en Belén, sino en Nazaret, aunque hoy se sabe que Nazaret no fue fundada hasta bien avanzado el siglo II. En el último cuarto del siglo I la tierra de Nazaret era un cementerio donde reposaban miles de ciudadanos de la cercana Jafa, muertos por los romanos en el año 73. De hecho el historiador judío Flavio Josefo no menciona a Nazaret entre las 45 poblaciones de Galilea. Si realmente Nazaret hubiera tenido una sinagoga, como se lee en el evangelio, la ciudad hubiera sido importante y no habría pasado inadvertida a Josefo.

    Después de las revueltas de Jerusalén en el año 135, una familia de judíos emigró a la zona norte de Jafa, en concreto a las inmediaciones del inmenso cementerio, donde sus miembros se instalaron, guardando la distancia acostumbrada con el camposanto, y fundaron con el tiempo el pueblo de Nazaret. Los escritores de los evangelios desconocían esto y pensaron que Nazaret existía desde siglos atrás. De ahí que muchos doctos entiendan que los evangelios, o al menos una parte, fueron escritos después del siglo II ó III, probablemente en el IV, que es de cuando parten los primeros códices que se conocen del Nuevo Testamento, a saber, el Sinaíticus y el Vaticanus.

    Benedicto XVI aseguró también que en el lugar del nacimiento de Jesús no hubo ni mula ni buey. Y la razón de ello es porque, según el Papa, Jesús no nació en Belén. El caso es que tampoco pudo haber nacido en Nazaret, puesto que dicha población no existía en los tiempos en que a Jesús se atribuye su existencia. Por fuerza los relatos sobre él tuvieron que haberse escrito siglos después, a modo de novela histórica, haciendo encajar en las narraciones personajes de la vida real. Si el empadronamiento de Judea, a la que pertenecía Belén, aconteció en el año 6 d.e.c. y Jesús tuvo que haber nacido en tiempos de Herodes, hacia el año 7 u 8 a.e.c., según se desprende del relato evangélico, se hace patente que no nació en Belén. La atribución del nacimiento en Belén se considera tardía y fue acoplada para tratar de justificar que Jesús era descendiente del rey David, tanto por vía paterna como materna. Sin embargo, las genealogías de los evangelistas discrepan entre sí.

    El Papa mencionó asimismo que no se sabía en qué año, mes y día nació Jesús y que todo eran conjeturas con respecto a la fecha. La fecha del 25 de diciembre fue impuesta por la Iglesia debido a que en tal día se celebraba en Roma el nacimiento del divinizado  Mitra, dios solar, de quien muchas características se aplicaron a Jesús. Para el Papa, Jesús habría nacido en Nazaret, dado que los evangelios le conocen como ‘Jesús de Nazaret’. Esta sola expresión ya evidencia por sí misma que los evangelios no pudieron haberse escrito en el siglo I porque nada se sabía de la existencia de Nazaret en aquel tiempo. Por tanto, queda en pie la pregunta: Si Jesús no nació en Belén ni en Nazaret, ¿dónde nació? Quienes escribieron los evangelios no se pusieron de acuerdo en esto ni tampoco investigaron lo suficiente para cerciorarse de que no existía Nazaret en el siglo I y de que hubo en Belén un empadronamiento que fue posterior al nacimiento de Jesús. Mateo y Lucas echaron retrospectivamente el cálculo a ojo para su novela histórica y fallaron desde el mismísimo principio de sus relatos.    
 
(Artículo copiado de la prensa, escrito por J. R. Tantín)