lunes, 28 de marzo de 2016

¿De dónde sale el año 1914? La verdad (1)



    En 1844, el estudioso bíblico Edward Bishop Elliot publicó el libro ‘Horas con el Apocalipsis’. En él aseguraba que los siete tiempos mencionados por el profeta Daniel y aplicados al rey Nabucodonosor de Babilonia duraban 2.520 años. Según él, dicha duración se extendía hasta el año 1914, partiendo del 606 a.e.c. (antes de la era cristiana), año que a su entender era el de ascenso de Nabucodonosor al trono de Babilonia. El año 606 a.e.c. fue erróneamente publicitado como el primero de Nabucodonosor por el teólogo Thomas Rawson Birks, que así lo presentó en su libro ‘Primer elemento de la sagrada profecía’, publicado en 1843.

    Birks fue uno de los que, creyendo basarse en la Biblia, no estaba de acuerdo con el año 605 a.e.c., que era el que los historiadores y los arqueólogos demostraban para el ascenso de Nabucodonosor al trono, siendo el año primero de su reinado el 604 a.e.c. Aunque la fecha del 606 a.e.c. la habían adelantado los historiadores como el año de la toma de la ciudad de Harrán por los babilonios, por lo que con dicha toma finalizaba el imperio asirio, Birks tomó de otros la supuesta confirmación del año 606 al leer Jeremías 52:12, que dice que Nabucodonosor arrasó Jerusalén en el año 19 de su reinado.

    Como entonces ya se pensaba que Jerusalén había sido destruída en el 587 a.e.c.,  algunos estudiosos sumaron erróneamente 19 años al 587 y así creyeron confirmar la fecha del 606 a.e.c. como el año de inicio del reinado de Nabucodonosor. Para hacerlo correctamente, debieron haber sumado 18 años al 587 y hubieran llegado al 605 a.e.c. como año de ascenso de Nabucodonosor. Posteriormente los historiadores corrigieron la fecha del 606 a.e.c., así como la del 536 a.e.c. (año que dedujeron para la caída de Babilonia), pasándolas respectivamente al 609 y 539 a.e.c. La del 539 a.e.c. es la de la caída de Babilonia, en tanto que la del 609 a.e.c. corresponde a la toma del último reducto de Asiria, la ciudad de Harrán.

    De todas maneras se esperaba que en 1914 Cristo regresara a la Tierra e iniciara la batalla de Armagedón contra los gobiernos humanos. Sin embargo, Edward B. Elliot se equivocó al aplicar los 2.520 años, porque entre el 606 a.e.c. y 1914 no median más que 2.519 años. Si se equivocó en algo tan simple, con más razón se equivocaría en cálculos más complicados.

    ¿De dónde sacó Elliot el cómputo de los 2.520 años? Del libro ‘El atardecer’, que John Aquila Brown, otro estudioso bíblico, publicó en 1823. Hasta entonces la duración de los siete tiempos de Daniel se estimaba por lo general en 1.260 años. Brown lo que hizo fue duplicar los 1.260 años, creyendo que los siete tiempos de Daniel aplicaron a Nabucodonosor durante siete años. Y como desde la Edad Media algunos doctos judíos tenían por norma asignar un año por día a ciertos textos de la Biblia, eso es lo que hizo Brown.

    Para ello calculó que siete años equivalían a 2.520 días, a razón de 360 días por año. Sin embargo, el año solar tiene 365 días, por lo que 7 años solares equivaldrían a 365 x 7 =  2.555 días; pero como entra al menos un año bisiesto, el cálculo quedaría en 2.556 días. Ahora bien, Brown no acomodó a los siete tiempos de Daniel años solares, sino años que él entendía como proféticos, los cuales los consideraba de 360 días. De ahí los 2.520 días que después Brown elevó a 2.520 años, en la creencia de que la Biblia daba una regla de medir de un año por día. En realidad esto de convertir los días en años no viene en la Biblia, sino que se trata de un cálculo cabalístico que manejaban intelectuales judíos; es decir, se trata de numerología, que es una ciencia esotérica u ocultista. Los 2.520 años aplicados a los siete tiempos de Daniel son en realidad esoterismo.

    Así que Brown adjudicó un año por día a los 2.520 días que él pensaba que habían durado los siete tiempos en el caso de Nabucodonosor y llegó a la conclusión de que los siete tiempos equivalían a 2.520 años, considerando él esos años como proféticos de 360 días y no como solares de 365. Pero Brown se equivocó al manejar el cómputo. Inadvertidamente convirtió los 2.520 años ‘proféticos’ en solares y por eso fijó el comienzo de los mismos en el 604 a.e.c. (que según los historiadores era el primer año de reinado de Nabucodonosor), finalizando el periodo en 1917. Para ser ecuánime, Brown debió haber aplicado años de 360 días y no años solares de 365. De haber procedido de esa manera hubiera llegado al año 1881 como el final de los 2.520 años ‘proféticos’ que deberían corresponderse con los siete tiempos de Daniel. Pero mezcló años ‘proféticos’ (o que los religiosos llaman incorrectamente proféticos) con solares.

    Cuando Elliot escribió su libro ‘Horas con el Apocalipsis’ no advirtió el error y continuó convirtiendo los 2.520 años ‘proféticos’ en solares. Y así estimó el comienzo de los mismos en el 606 a.e.c., para concluirlos en 1914, aunque debió haberlos terminado en 1915. De todas maneras se equivocó al estimar su duración como años solares y no proféticos y los 2.520 años ‘proféticos’ de Elliot  deberían haber terminado en 1879. Pero Elliot no se dio cuenta de ello y, con error de un año menos en la cuenta que ya era incorrecta, llegó al año 1914 como el tiempo en que Cristo aparecería de nuevo y aniquilaría los gobiernos de la Tierra.

    Hacia el año 1870 o poco más, un tal Nelson Horatio Barbour, que había sido discípulo del fundador del adventismo, William Miller, leyó en la Biblioteca Nacional de Londres el libro ‘Horas con el Apocalipsis’, que Elliot había publicado en 1844. Barbour aceptó los cálculos de Elliot y, aunque en principio predicó que Cristo regresaría en 1873, lo cual no sucedió y por eso acomodó la supuesta venida al año 1874 sin que tampoco viniera Cristo, con el tiempo se inclinó por el año 1914 para dicho regreso y la batalla de Armagedón. Barbour estimaba que había dos venidas de Cristo: una invisible, al tomar su poder real en el cielo en 1874, y otra visible, con su regreso a la Tierra en 1914. (Continúa en la parte 2).     
 
 

viernes, 25 de marzo de 2016

El enigma de la resurrección de Cristo


    Los cuatro evangelios que la Iglesia aceptó como inspirados -hubo muchos más, pero se acordó dejarlos en cuatro porque cuatro eran los puntos cardinales- son los que se dieron en llamar de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. No se sabe quiénes fueron en realidad sus autores. La atribución a los susodichos evangelistas es parte de la tradición eclesiástica, a sabiendas de que no fueron ellos quienes los escribieron. Los protestantes se aferraron a la Biblia en el siglo XVI y la consideraron literalmente como Palabra de Dios, cuando ya la Iglesia había realizado múltiples enmiendas a lo largo de los siglos, sobre todo en el siglo XV, reescribiendo los códices correspondientes y haciéndolos pasar por más antiguos.

    Cuando se inventó la imprenta y salió a la luz la primera Biblia impresa, ya no fue posible reelaborar los códices, dado que las copias impresas de la Biblia llegaban a todas partes y no sucedía como en el caso de los códices, de los que se hacían contadas copias que se custodiaban en algunos monasterios y bibliotecas, códices que estaban directamente controlados por la Iglesia.

    Las biblias de hoy mencionan, de acuerdo con los viejos códices reestructurados, la resurrección de Cristo y sus apariciones. Sin embargo el más antiguo de estos códices, el Sinaíticus, escrito en el siglo IV, escapó al control de la Iglesia porque dicho códice se extravió mucho antes del siglo XV y apareció finalmente, en el siglo XIX, en el Monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí. Con todo, los expertos han detectado a través de luz ultravioleta que este códice ha sido en buena parte alterado por medio de raspar escrituras y sobre escribir textos que sí aparecen en otros códices posteriores, lo que demuestra que la Iglesia lo tuvo bajo control hasta el momento de su temprana desaparición.    

    Es evidente que el códice Sinaíticus ni siquiera mencionaba la resurrección de Cristo, como lo refiere, por ejemplo, muy de pasada, Marcos 16:6. Por eso tantos expertos ajenos a las iglesias sospechan que los códices posteriores al Sinaíticus, los cuales sí mencionan la resurrección y las apariciones, pueden ser falsificaciones efectuadas con carácter retroactivo para tratar de demostrar las doctrinas eclesiásticas en boga durante los siglos X al XV.

    Los cuatro evangelios narran, con mayor o menor extensión, la pasión y muerte de Jesucristo. También su resurrección, aunque el evangelio de Marcos lo hace a vuelapluma y no menciona aparición alguna del resucitado Jesús. Este evangelio, seguramente el primero en escribirse y del que indudablemente copiaron los evangelistas Mateo y Lucas, que ampliaron detalles, termina abruptamente con la súbita huída de las tres mujeres (el evangelio de Mateo menciona dos mujeres y el de Juan una sola) que habían ido a la tumba del Rabí con ungüentos el domingo de madrugada, aunque ya José de Arimatea y Nicodemo habían impregnado el cuerpo de Jesús con áloe y mirra antes de envolverlo en telas y depositarlo en el sepulcro.

    Junto al sepulcro vacío hallaron las mujeres a un joven vestido de blanco (el evangelio de Lucas menciona dos hombres y ninguno el de Juan) que les dijo que su Señor había resucitado y por eso huyeron despavoridas. Así, de sopetón, concluye el relato de Marcos en su capítulo 16 y versículo 8. Manos posteriores le añadieron una conclusión más suave y larga, que corresponde en nuestras biblias a los versículos 9 al 20, los cuales no se hallan en el códice más antiguo, el Sinaíticus.

    Tampoco se hallan en este códice las apariciones del resucitado mencionadas por los otros tres evangelios y cuyos relatos se atribuyen a Mateo, Lucas y Juan. La conclusión añadida al evangelio de Marcos da pie para entender que ningún relato evangélico se escapa de trastoques literarios, interpolaciones y modificaciones posteriores. Para cuando los protestantes se separaron de la Iglesia católica, ésta ya había dado forma definitiva a los escritos neotestamentarios y a los códices supuestamente antiguos.

    En el códice Sinaíticus no figura el capítulo 21 del evangelio de Juan, que narra la aparición de Jesús a los apóstoles que pescaban en el lago Tiberiades. Los exegetas imparciales aducen que este capítulo es, por fuerza, uno de los muchos pasajes añadidos a los evangelios originales. El capítulo anterior concluye diciendo que “Jesús realizó otras muchas señales que no están escritas en este libro”. Si tal era la conclusión del evangelio, sobra por lógica cualquier texto posterior.

    Este capítulo 21 resulta sospechoso además por la implícita defensa del primado de Pedro, cuando expresa que Jesús le dijo tres veces al apóstol que apacentase sus ovejas y sus corderos. Otro pasaje sospechoso es la narración de la pesca de los 153 peces por parte de los apóstoles. El 153, cuyas cifras suman 9, era uno de los números considerados mágicos en las antiguas religiones, tal como también lo era el número 17. Y precisamente la suma de todos los números comprendidos entre el 1 y el 17 da 153.

    En los misterios de las viejas religiones se conmemoraba la muerte de ciertos dioses o humanos divinizados, así como su resurrección a los tres días, precisamente en el tiempo cercano al equinoccio de primavera. Tal es el caso de Osiris, Krisna, Dionisos, Mitra y algunos más. Por eso tantos expertos en religiones llegan a la conclusión de que la figura de Jesucristo se presenta como una amalgama fabulosa de aquellos seres endiosados que le antecedieron y que en realidad no existieron más que en la mente de quienes divulgaron las creencias que convenían al momento. Sin tratar de menoscabar la fe de los creyentes sinceros, la realidad es que no hay evidencia de que los textos evangélicos sobre la resurrección de Cristo y sus apariciones sean genuinos.


domingo, 13 de marzo de 2016

¿Comió Jesucristo cordero de Pascua el año de su muerte?


 
    La respuesta bíblica es no. Jesucristo no pudo comer cordero de Pascua el año de su muerte por la sencilla razón de que él murió a la hora en que se mataban los corderos para la cena de Pascua. Según la Ley, los judíos debían sacrificar un cordero de un año de edad el 14 de Nisán entre las “dos tardes” y consumirlo en la cena al caer la noche. Es la llamada cena de Pascua, que conmemora la liberación de los israelitas cautivos en Egipto. El día entre los judíos comenzaba al aparecer las tres primeras estrellas de la noche y concluía a la caída del crepúsculo, justo antes del anochecer. El mes de Nisán comienza en la primera noche después de la de luna nueva más próxima al equinoccio de primavera. Esa primera noche, que es cuando en Jerusalén se aprecia el primer arco de luna creciente, corresponde al uno de Nisán, variable de un año para otro.

    La expresión “dos tardes” se refiere a dos periodos del día judío, a saber: la primera tarde corría desde las 12 del día, que es cuando el sol iniciaba su descenso después de estar en el cénit, hasta las 15 horas; y la segunda tarde se daba entre las 15 y las 18 horas, además del crepúsculo. El cordero de pascua, según escribe Flavio Josefo, se degollaba entre la hora novena y la undécima; es decir, entre las 3 y las 5 de la tarde del 14 de Nisán. Jesucristo murió, según los evangelios, el 14 de Nisán hacia las 3 de la tarde, que era cuando se sacrificaban los corderos para la cena.            

    Algunos religiosos creen que el cordero se degollaba tras la puesta de sol del 14 de Nisán, en tanto que otros piensan que se sacrificaba después de la puesta de sol del 13 de Nisán, ya al comenzar el día 14. Si esto fuera así, la cena se celebraría a una hora intempestiva de la noche, ya que matar el cordero, despellejarlo y asarlo llevaba no menos de cuatro horas. En tal caso, suponiendo que el cordero se degollase hacia las 6 de la tarde hora solar, tras el ocaso, la cena no estaría lista hasta bastante después de las 10 de la noche hora solar, que en Jerusalén correspondería hoy a las 12 o la 1 de la noche. Los antiguos judíos no acostumbraban a cenar tan tarde. Lo hacían habitualmente al entrar la noche, después de las 7 o las 8, hora solar.

    Puesto que el cordero para la cena de Pascua se sacrificaba el 14 de Nisán hacia las 3 de la tarde, hora solar, y Jesucristo murió ese mismo día hacia la misma hora, no pudo haber celebrado la Pascua judía aquel año. Por tanto, la cena que observó con sus apóstoles era distinta de la de Pascua, lo que significa que ni él ni los suyos pudieron comer cordero pascual esa noche, dado que aún faltaban muchas horas para sacrificar los animales destinados a la cena conmemorativa. Así que lo que Jesucristo celebró con sus apóstoles fue una cena especial de despedida, sea que se le llame Pascua de Jesús o Cena del Señor, la noche anterior a la de Pascua propiamente dicha. Pudo tratarse de una cena denominada Hagigah, pero en modo alguno era la de Pascua judía.

    La cena de Jesucristo tuvo lugar, pues, al iniciarse el 14 de Nisán, en tanto que la de Pascua se celebraba al comenzar la noche del 15 de Nisán, que era precisamente el día en que se conmemoraba la liberación de los israelitas de la esclavitud egipcia. De ahí que el 15 de Nisán fuera siempre festivo, mientras que el 14 no lo era, a no ser que cayera en sábado, día de descanso semanal. Otros detalles que evidencian que Jesucristo no pudo haber celebrado la cena de Pascua judía el año de su muerte son los siguientes:

    1) La cena de Pascua se efectuaba en familia. Si la familia era demasiado pequeña para un cordero, entonces debían compartir el cordero con sus vecinos más próximos. No se celebraba, pues, tal emblemática cena con amigos, socios o discípulos. En el caso de Jesús, aunque soltero, él era el cabeza de familia y por tanto la tradicional cena anual debía celebrarla con su madre y hermanos aún no emancipados. Otro tanto ocurría con los apóstoles. Se entiende que casi todos estaban casados y por lo tanto, como cabezas de familia, debían celebrar la Pascua con quienes estuvieran a su cargo. Pero los apóstoles solteros también tendrían sus respectivas familias con quienes conmemorar tan señalada noche. Por cierto, no parece que los apóstoles fueran judíos; más bien eran galileos.

    2) El pan que se comía en la cena de Pascua era sin levadura (en griego “azumon”), mientras que en la cena de Jesús se consumió pan corriente (en griego “arton”, según se lee en las traducciones interlineales en Lucas 22:19). Ello indica que la cena que Jesús celebró con sus apóstoles no era la de Pascua. De otra manera hubieran consumido pan ‘azumon’ o sin levadura, y no pan corriente o con levadura (en griego, ‘arton’), como indica el evangelio.

    3) Después de la cena de Pascua nadie salía de sus casas, en memoria de la primera pascua en Egipto, cuando los israelitas permanecieron encerrados hasta la hora de marchar, ya de madrugada. Pero Jesús, dice el evangelio, salió con sus apóstoles al monte de los Olivos. A este respecto han de observarse los siguientes puntos:

    A) Que el monte de los Olivos estaba fuera de las murallas de Jerusalén y las puertas, custodiadas por los soldados romanos, se cerraban al anochecer, por lo que nadie podía salir de la ciudad.

    B) Los romanos no permitían reuniones fuera de la ciudad, en los campos, y menos de noche, por temor a que se estuviera fraguando una revuelta. Mucho menos permitían que se congregaran muchedumbres. La excepción eran las fiestas de la ciudad, en que la vigilancia de la soldadesca se extremaba.

    C) En Jerusalén la temperatura a primeros de abril, que es cuando se supone que Jesucristo celebró la cena con los suyos, detenta una máxima de 10 grados por la noche, lo que significa que mal pudiera nadie estar al sereno durante horas, como da a entender el relato evangélico que estuvieron el Nazareno y sus apóstoles tras la cena.

    De todo ello deducimos inequívocamente que Jesucristo no pudo haber cenado cordero de pascua el año de su muerte porque murió cuando se iniciaba la Pascua el 14 de Nisán, a las 3 de la tarde, cuando se sacrificaban los corderos, y la cena de Pascua se celebraba al comenzar el día 15 de Nisán, tras el crepúsculo del 14 de Nisán.