lunes, 3 de diciembre de 2018

HISTORIA EN VERSO DE LA WATCHTOWER (1)

(Del libro HISTORIA EN VERSO DE LA WATCHTOWER Y LOS TESTIGOS DE JEHOVA,
de Teófilo Josefo Tadeo)



1.- Los prolegómenos

 
Aquila Brown fue el primero

en decir rotundamente

que dos mil quinientos veinte

era en años el entero

cómputo de los famosos

siete tiempos del profeta

para hacer de este planeta

la corte de los gloriosos.

 

Allá por el veintitrés

de aquel siglo diecinueve

que las montañas aún mueve

y aún suscita el interés,

tuvo gran repercusión

el libro ‘El Atardecer’

que Brown legó con placer

y es de fechas conmoción.

 

Después profetizaría

William Miller, que fue el mismo

fundador del adventismo;

afirmó que el fin vendría

y el Cristo aparecería,

ya el cuarenta y tres pasado;

no habiendo el Señor llegado,

gran decepción surgiría.

 

La tan ansiada venida

pospuso al año siguiente;

fracasó y, por consiguiente,

fue sonada la estampida.

Entre los muchos devotos,

Nelson Barbour se encontraba;

con chasco a Australia emigraba,

como tantos boquirrotos.

 

Este Barbour regresó

como veinte años después

y en Londres puso los pies,

algo que no le pesó,

pues fue allí que descubrió

por algún perdido estante

una obra interesante

que un tal Elliot escribió.

 

Filosofando profundo,

mister Elliot aducía

que al catorce se extendía

el gran tiempo de este mundo.

‘Horas’ era a la sazón

el libro que sutilmente

a Barbour le abrió la mente

y le embargó el corazón.

 

Creyó al punto detectar

que Miller se equivocaba

en tres décadas y estaba

ya el tiempo listo a expirar.

Y así fue que, finalmente,

risueño interpretaría

que el señor Cristo estaría

al setenta y tres presente.

 

Predicó en todo lugar

y, una vez que hubo pasado

el año supracitado,

no viendo al Cristo llegar,

corrigió el entendimiento,

pues era el fallo evidente,

y aplazó al año siguiente

el magno acontecimiento.

 

El año voló cual humo,

el Cristo no apareció

y la secta se escindió,

desairada en grado sumo.

Mas Barbour no se rindió

e hizo ver lo nunca visto:

que la presencia de Cristo

en el cielo aconteció.

 

Para explicar tal misterio

fundó su propia revista,

‘El Heraldo’, siempre lista

para este asunto tan serio.

Una copia recibió

Charles Russell, que al leerla,

encontró que era una perla

y a Barbour presto escribió.

 

En verse con él convino

y al fin quedó convencido

de que tenía sentido

la fecha en que el Cristo vino.

Que fue en el setenta y cuatro

que acaeció tal evento,

según el discernimiento

que no era más que teatro.

 

Esta patraña adventista

la extendió Russell fanático

y en proclamarla fue enfático

cual activo publicista.

Por tal prédica insensata

muchos fueron engañados

y también decepcionados:

todo quedó en perorata.

 

Este Russell se valió

de la sociedad fundada,

la Watchtower se llamaba,

por Conley, que a aquél le abrió

las puertas editoriales,

imprimiendo por millones

todas sus publicaciones

y amasando así caudales.

 

Grosso modo predicaba

que el catorce aterraría

porque desastre vendría

sobre quien no le escuchaba.

Que el seiscientos seis fue el año

de la horrible destrucción

de la judaica nación

y ahora mayor era el daño.

 

Lo que Russell no sabía

es que un tal Birks escribió

que el seiscientos seis salió,

no de alguna profecía,

sino de añadir al año

quinientos ochenta y siete

el diecinueve que mete

Jeremías en su escaño.

 

Pero Birks erró la cuenta

porque dieciocho fueron

los años que transcurrieron

hasta aquella cenicienta

ruina de Jerusalén,

desde que al trono ascendiera

el monarca que tuviera

de los judíos desdén.

 

Tienen rigurosamente

razón los historiadores

cuando con sabios rigores

demuestran celosamente

que Jerusalén cayó

como torre de juguete

en aquel ochenta y siete

que una patria destruyó.

 

 

 

 

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